16 (2.0). Existe un alfabeto del silencio

Volver era esto; irse es vivir con la ausencia de esto

Volver era esto; irse es vivir con la ausencia de esto

Pero no nos han enseñado a deletrearlo,

decía uno de mis poetas preferidos, Roberto Juarroz (y tal vez haya citado esas líneas antes, pero no tengo en este momento la capacidad para recordarlo).

Hace un año, días más días menos, estaba sentada frente a mi computadora, en la cocina del apartamento de Villa Biarritz.

Había muchos silencios en mi vida, en aquel momento. Silencios de aquellas voces que había escuchado a lo largo de mi travesía uruguaya y que ya no formaban parte de mi círculo laboral o afectivo, bien por circunstancias externas, bien por decisión propia.

Silencios de voces que no sabía que conocería en aquel momento. Y esa es la magia del destino: hoy, mientras escribo esto, ya no podría imaginar mi existencia sin esas voces.

El silencio de aquel apartamento que se perdió para siempre en la casa donde estoy pasando mis últimas horas.

Y el silencio que había detrás de las puertas donde golpeaba en vano intentando conseguir un trabajo que me permitiera quedarme.

Esos silencios han pasado y han mutado en otras formas; quizás ahora sean palabras, pero que en todo caso forman parte de una poesía escrita a destiempo y cuyos versos ya no puedo -ni me interesa- descifrar.

Sentada frente a una computadora ajena porque, queridos lectores, a) la mía terminó de morir mientras yo estuve en Punta del Este y b) no, no sé cómo voy a hacer para reponerla,

pienso en que cualquier palabra que pueda escribir en esta noche no hace más que dejar en evidencia la presencia absoluta del silencio que nos recuerda que la ausencia es la forma más sutil de la presencia.

Pienso en el silencio de las palabras de amor que no escucharé, porque aunque hubiera una voz que hubiera tomado la decisión de pronunciarlas, yo ya no estaré presente para escucharlas.

Pienso en el silencio que será la única respuesta frente a un lenguaje ante el cual me siento una extranjera y cuyos códigos simbólicos y giros urbanos ya no domino.

Pienso en el silencio como el único puente tendido entre mis -de nuevo- queridos lectores y yo, el único que permanece a través del tiempo cuando el de las palabras se cae por falta de tiempo, de recursos técnicos o por el insolente poder de la tristeza. A través del silencio avanzan, entre las siempre lábiles y movedizas orillas de la comunicación, mensajes que demuestran que lo textual no siempre necesita ser legible por medio de signos, sino revelarse mediante la sensibilidad del lector, como una película fotográfica donde sólo pueden ver imágenes quienes pueden tratar con delicadeza y paciencia aquello que para otros es sólo un material oscuro y sin matices.

Pero, por sobre todo, pienso en los silencios de aquellos maullidos que ya nunca voy a escuchar -al menos, cotidianamente- y que van a dejar mis días vacíos de la mejor música que me regaló Uruguay.

Y mientras pienso en esos silencios, sobre todo en los del párrafo anterior, me doy cuenta de que el llanto silencioso es el más triste de todos, porque es aquel donde ya no nos queda ni siquiera el poder catártico del llanto enérgico y desesperado.

………………

Me voy de Montevideo, este jueves. Sin fecha de regreso.

Es una decisión, en parte, madurada a lo largo de la estadía de un verano entero en Punta del Este, en la que la distancia me sirvió para comprobar que no estaba conforme con varios factores de mi vida montevideana.

Y a la vez, por otra parte, es una decisión forzosa y forzada, tomada sin anestesia y -por lo tanto- dolorosa, traumática y aún no procesada.

No tengo mucho más para agregar, sólo que quiero volver a vivir en Uruguay y, como siempre, cuento con el invaluable aporte de mis lectores si saben de alguna posibilidad laboral o tienen algún aporte constructivo en pos de lograr ese objetivo.

Por ahora, y dado que me quedo sin vivienda (al menos en Montevideo), debo irme a Buenos Aires y evaluar desde allí cómo seguir.

En unas horas, como cerrando un círculo, visitaré esa cocina de Villa Biarritz, y me despediré de todos los silencios. Los vividos y aquellos que quedan atrás definitivamente.

Mi computadora murió, mi celular está a punto de hacerlo, mi vida montevideana tal como la conocía está llegando a su fin. Se cortan mis lazos con el que fue mi mundo y deberé crear nuevos. Quizá en Montevideo, quizá en Maldonado, quizá en otro país, no lo sé.

Sólo sé que en este momento empieza la etapa de un duelo de duración indefinida, en el que -no obstante- los lectores y yo seguiremos unidos a través de ese melancólico, infinito y complejo alfabeto del silencio.

100. La desnudez del círculo

perchero

Es una fría noche de junio, voy caminando por Callao, la medianoche espera a la vuelta de cualquier esquina y me cruzo con muchas chicas solas.

No es que sean chicas “de la noche”, o por lo menos no lo parecen. Imagino que son mujeres que vuelven hacia sus casas desde su trabajo o alguna salida social.

No sé si es porque siempre fui bastante paranoica, o si se trata de un índice de que en mi vida montevideana me movía por lugares que no me generaban esta sensación de miedo a que algo –indefinido pero violento- suceda. Lo definiría como esa adaptación a la vida porteña desarrollada por una mujer NYC que está acostumbrada a evitar ciertas conductas.

Pero, definitivamente, pienso que ni loca caminaría sola por esta Callao, a esta hora, en esta ciudad.

No estoy sola –qué alivio, y qué gratificante al menos en esta noche en particular- pero no veo la hora de llegar al que será mi refugio durante esa noche. Un nuevo escenario en esta opereta de delirios del Río de la Plata, que acabo de conocer y de alguna manera inaugurar en este viaje.

Casi como si me estuviera esperando.

…………….

Lunes 16 de junio, nueve de la noche. Estoy sentada tomando un café con leche en el bar de la terminal de Buquebus. El mismo que me vio compartir el último desayuno con mi hermano, antes de partir hacia el que sería mi primer trabajo en Uruguay, unas horas antes de la sucesión de eventos en ese momento desesperantes tan propios de una homeless, que narré en el primer post de esta crónica. Una peregrina idea que no sólo no murió sino que se alimentó de sus propias carencias, miserias y dolores y sigue latiendo con fuerza en mí, al fin y al cabo un alma peregrina.

Como un círculo, el mismo escenario en el que estaba con mi hermano antes de partir es aquel donde hago tiempo para encontrarme con él.

El barco, con odiosa puntualidad, llegó a las cinco y media de la tarde, de manera que llevo más de tres horas esperando. Se trata de una situación que nunca viví en mi vida (otra más). Siempre hubo alguien esperándome.

Bueno, esta vez no.

Y no puedo viajar sola, ni hacer la patriada que hice aquella noche del paro –casi- absoluto de transporte en Montevideo. No puedo caminar más de diez metros sola con este exceso de equipaje a cuestas.

…………….

El perchero de mi habitación en Villa Biarritz es casi lo único que queda en pie en la mañana del lunes 16 en la que –al fin- termino de vaciarla. Corriendo, como siempre.

Es también el primer elemento de la habitación que llamó mi atención el día que la conocí. De alguna manera, nos pertenecimos, nos reconocimos y supimos que íbamos a pasar muchos días juntos, con sus correspondientes noches.

Ese perchero me vio mirar programas de Fox Life –en ese entonces Utílisima- deseando que aunque sea llegara a mí el aroma de esos platos que cocinaban en los programas gourmet mientras yo comía arroz o polenta (o nada). Maquillarme y peinarme con esmero para ir a trabajos varios, que –cada cual a su manera- marcaron mi vida para siempre, bien por la gente que conocí en ellos, bien por las facetas de mi personalidad que sacaron a la luz y que por siempre se resistirán a volver a las prudentes sombras, bien por lo que me hicieron sufrir.

Fue el testigo mudo de esos sonidos de celular que llegaban en los momentos menos esperados con mensajes muy disímiles entre sí. Palabras de consuelo y apoyo, de compañía, de manipulación, de seducción, de encanto, de ecos de la nostalgia, de empatía, de incomprensión. Pero todas ellas partes de la misma poesía, de esa cuyos versos irrumpirán en nuestras vidas de las maneras más absolutas e inoportunas a partir del momento en que fueron escritos.

Fue mi compañía mientras escribía muchos de los 99 textos que precedieron a este.

Fue quien resistió con estoica prestancia el peso de kilos y kilos de ropa y accesorios que no entraban ni en el placard del pasillo ni en la cómoda.

Por eso, mientras deconstruía en cajas y bolsas de consorcio mi (primera etapa de) vida uruguaya, me sentí envuelta en un vértigo que terminó abruptamente en el momento en que vi ese perchero desnudo.

Horas revisando y agrupando papeles, prendas, víveres y enseres que guardaban en sí huellas de una historia que sólo nosotros conocemos del todo y de la que ellos jamás hablarán. Dinerales gastados en taxis para transportar los bultos de un lado a otro. Relatos de la mudanza contados a mi círculo más íntimo y a los amigos uruguayos que con gran gentileza aceptaron recibir mis cosas hasta que pueda regresar.

Pero sólo en ese instante en que vi el perchero desnudo sentí mi propia desnudez reflejada en él. Me sentía despojada de todo. Sólo contaba con mis lágrimas y mis recuerdos.

Esa fue una de las vivencias más nítidas de la despedida que sentí en mi vida.

……………….

El post número cien iba a ser aquel donde relatara mi regreso (quizá) definitivo a Uruguay, pero dado que eso aún no ha ocurrido, me pareció justo dedicárselo a mi adiós a Villa Biarritz, esta vez sí consumado.

Hoy, 23 de junio, faltan seis días para mi cumpleaños y veo cómo mis posibilidades de pasarlo en mi amado Uruguay se me van de las manos.

Sí, preferiría pasarlo sola ahí que acompañada en Buenos Aires, donde de todas maneras no tendría demasiada compañía, porque no tengo posibilidades económicas de festejarlo.

Soy una persona digamos diferente (eso lo aclaro porque siempre llega algún lector ocasional) y de un tiempo a esta parte mi cumpleaños es para mí una fecha de retiro en mi lugar en el mundo.

Este año, unos cuantos kilómetros de río –o algunos cuantos cientos de pesos si queremos mirarlo con la crudeza de los números tan líquidos como un río pero más poderosos- me separan de mi lugar en el mundo.

No siempre le huí a los festejos multitudinarios, de hecho festejé mis 26 años con un fiesta de decenas de invitados en Milión. Incluso hoy me acuerdo a la perfección hasta de cómo estaba vestida el día que fui a contratar el menú en ese lugar y tuve que negociar costos con Ernestina Pais, que me elogió mi blazer (que aún conservo).

Eran épocas más pudientes, claro.

En el 2011 tuve una tentativa de festejo donde también iba a reservar un salón privado en un bar muy coqueto. Pero ese año me iba a la Isla de Pascua y decidí guardar mis dineros para eso después de que me pasaron un presupuesto salado (podrían aplicar ambos sentidos del término, el argentino y el uruguayo). Lástima, porque ese año sí tenía ganas de festejar.

Y he tenido un par de festejos mundialistas inolvidables. El de 1986, cuando Argentina ganó el mundial de México un 29 de junio y mi fiesta terminó siendo rodeada de extraños en pleno Cabildo y Juramento.

Y el de 2010, en Punta del Este, en el mundial de la plena efervescencia uruguaya. Lo recuerdo como un cumpleaños muy feliz, quizás el último donde me sentí plenamente así.

2014, ya no estoy en Uruguay, no tengo dinero, mi cumpleaños cae en un triste y melancólico domingo.

La mudanza externa –visible- coincide con la mudanza interna –invisible- y por eso, por la fuerza e intensidad de este momento, decidí escribir el post número 100.

A seis días de mi cumpleaños, miro el perchero (no en la foto, sino en mi alma) y la metáfora casi perfecta de su forma me da la esperanza de que el círculo, en algún momento, vuelva a girar con ese ritmo uruguayo que extraño. Como la ruleta que contiene dentro de sí los treinta y seis números que ya viví y aquel treinta y siete que está por llegar, quién sabe dónde y de qué manera.

Casi, casi, como mi regreso a Uruguay.

99. El chico del Disco de Chucarro

El Disco de Chucarro (foto de la página de Disco)

El Disco de Chucarro (foto de la página de Disco)

-Ponele una coma

Me dice mi amiga L. –ella desde su computadora, yo en los restos de la mía- como si estuviéramos corrigiendo un texto.

De alguna manera, es lo que estoy haciendo.

Pero, al igual que cuando le damos algo que escribimos a un amigo/ lector de confianza para conocer su opinión, podemos escuchar sugerencias pero la edición final siempre será la nuestra. Al menos en mi caso, donde soy una autora independiente; una outsider que no debe pasar por ningún otro filtro que no sea el propio.

Y ese ha trabajado mucho. Tanto, que no le vendría mal una limpieza de toda esa maraña de sustancias que tiene atascadas dentro.

Caso contrario, creo que explotará en cualquier momento y, posiblemente, yo con él. Todos llevamos una bomba de tiempo adentro, sólo que algunos mecanismos son más sensibles que otros.

……………..

Me gasto casi mis últimos pesos en una caja de Plidex. Prefiero estar tranquila antes que comer. Igual mi amigo J. (santo) me tiró víveres para que pudiera aguantar unos días.

Al esperable caos interno se agrega que desde hace 10 días, y después de no haberme enfermado nunca durante mi estadía en Uruguay, tengo una gripe galopante que me perturba y me genera un estado de incomodidad permanente.

Es viernes, son las tres de la tarde, me tomo unas cuantas pastillas (más de las que me haya tomado juntas alguna vez) confiando en que eso me va a dar una calma instantánea frente a ese momento que no puedo enfrentar. No quiero decirle a la dueña del apartamento que me voy, tampoco sé cómo decírselo; yo, que este año me recibí de experta en encontrar argumentos para todo.

Pero, en vez de eso, lo que logro es un sueño instantáneo que durará unas cuantas horas. Para cuando logro despertarme ya está la niñera, pronto se hará muy tarde y este tipo de bombas no se largan de noche cuando lo único que necesita la gente normal es un sueño reparador.

El sábado repito la misma historieta y me sale más o menos igual. Con el agregado de que me siento peor y más afiebrada. Cuando logro despertarme en un estado de semiinconsciencia pienso en que mañana debería repartir mis cosas como hormiguita viajera yendo de bondi en bondi por todo Montevideo. Me duele mucho el cuerpo, transpiro de la fiebre y siento como si me corriera veneno por  la cabeza, supongo que en parte por los nervios y en parte porque en mi golpeado estado nunca se me ocurrió que hubiera sido buena idea abrir un poco la ventana para renovar el aire.

……………….

El domingo me tomo la misma cantidad de pastillas pero actúo inmediatamente. Para hacerla corta, le digo a la dueña del apartamento que me voy, que no conseguí trabajo y no puedo pagar el alquiler (aunque por supuesto pagaré los días que me quede ahí). En resumen ella se lo toma con bastante calma –al menos aparente- y me dice que, si voy a volver pronto a buscar mis cosas, puedo dejarlas ahí.

De manera que en unos días –en cuanto tenga el pasaje que, obviamente, me regalarán porque yo no tengo un peso- parto a Buenos Aires.

En teoría, en un par de semanas, mi amigo J. tendrá la llave de la casa que va a alquilar. Y, en cuanto tenga las mínimas condiciones para ser habitable, me podré mudar ahí. Proceso que puede tardar dos semanas, tres, un mes o quién sabe. Me voy en la incertidumbre total, deseando que la espera sea corta y dejando el 95% de mis cosas acá en un gran acto de fe, otro de los tantos que siguen jalonando este camino desordenado y desesperado. Otro trapeze act sin red esperando que el otro trapecista llegue a tiempo.

Sé que debería tomar esto como unas vacaciones, pero no son vacaciones por elección voluntaria sino atravesada por la espada de las circunstancias, por lo tanto me cuesta verlas como tales. No me importa lo que los demás puedan opinar desde afuera. La única verdad que puedo sentir es la que me acompaña y no puede exceder los límites de mi ser, así como la de otros tampoco puede ingresar en el mío.

Es irónico, porque ahora que me voy –y quizá gracias a la magia de la cédula- me empiezan a llegar posibles alternativas de empleos y sugerencias de personas a quienes enviarles mi cv. Pero ya sin un techo sobre mi cabeza no puedo hacer nada de eso.

La vida es un eterno desencuentro.

Al menos, la mía.

………………..

En algún momento de febrero del 2013, cuando vivía por Berro y Barreiro, era habitué del Disco de Chucarro. Un día estaba en la fila con una botella de vino (barato, el único que podía comprar) y el chico que estaba detrás de mí me preguntó si el vino era bueno.

Era obvio que el muchacho sólo me quería dar charla y siguió insistiendo ante mi seguidilla de monosílabos hasta que fue evidente que yo no le daba cabida.

Es una historia que conté brevemente hace mucho tiempo -91 posts- en La bella luna, los arcos y las flechas. El chico me encantaba, era alto, de mi tipo, ojos celeste cielo, educado dado el vocabulario que utilizaba y su manera de comportarse e irradiaba dulzura. Pero yo acababa de llegar a Montevideo, no me acostumbraba a mi trabajo, vivía en un hostel que no me gustaba y me sentía tan mal en medio de todo ese contexto que me consideraba el ser menos interesante de todo el universo.

Y ahora, sentada en la cocina, recuerdo ese momento y me quiero matar.

El tiempo pasó, conocí a varios hombres uruguayos (incluso hablé con muchos de ellos), pero nunca me pude olvidar de ese que, a la distancia, sigue siendo el más atractivo. Quizá porque es el de la duda eterna: qué hubiera pasado si respondía a su diálogo aquella noche.

Si esa escena se hubiera repetido no tanto después, digamos en mayo –cuando ya tenía mucho training en relacionarme con hombres de todo tipo gracias a mi trabajo nocturno-, otra hubiera sido la historia. Pero en mayo ya vivía en Punta Carretas y, aunque volví al Disco de Chucarro, nunca volví a cruzarme con ese chico.

Tanto da que sólo hubiéramos tomado un café. Hoy, a casi quince meses de ese momento, siento que esa sigue siendo una pieza faltante en esta historia.

………………

El 29 de diciembre de 1995 era un día de mucho, mucho calor. Yo vivía en Villa Devoto, estaba esperando mi turno en una farmacia de la calle Sanabria (la de una cuadra con un bar muy clásico en la esquina) y de repente entraron un par de chicos evidentemente drogados.

Ya era un día complicado para mí. Tuve miedo de que pasara algo y salí. Aunque sabía que iba a pasar algo, de todas maneras. Algo mucho más trascendental.

Mi padre agonizaba en su cama (ya no había hospital donde pudieran hacer algo por su enfermedad) y yo había ido a comprar un remedio para él. Pero sabía que se estaba despidiendo. Y me quedé con él sola, sentada al borde de su cama, por horas, contemplando cómo invade a un cuerpo sufriente y agostado por el cáncer ese ritmo desacompasado de su alma cuando se está preparando para partir. Un ritmo que nos es incomprensible a los que no formamos parte de ese ritual y que sólo podemos ver sus ecos agitando un cuerpo que ya es sólo piel, huesos y unos ojos cuya luz se va apagando de a poco hasta que, de golpe, se produce la oscuridad total.

Es una escena imborrable en mi vida. Sólo mi padre (que esté donde esté espero se haya despojado de la violencia del dolor de esas horas) y yo sabemos lo que fue vivirla. Pero cualquiera que haya visto morir a una persona, en especial cercana a sus afectos, sabe a lo que me refiero. Y más aún si le tocó vivir ese momento en soledad.

Tal vez sea por cosas como esa que estoy acostumbrada, y soy una vieja amiga, de esa señora.

………………….

Así como es doloroso ver morir a una persona, es doloroso ver morir a un sueño.

Pero las personas no pueden renacer; los sueños, sí.

Es muy difícil de entender para cualquiera que no esté en mi piel pero, si no supiera que existe una posibilidad de regreso a la brevedad, estaría sintiendo esa misma sensación de desamparo que sentí ese 29 de diciembre (que se convirtió en 30) de 1995. Después de ver morir a una persona, creo que ver morir un sueño frente a tus ojos, un sueño en el que te jugaste todo y para el que quemaste muchas naves –quizá todas-, debe calificar como una de las experiencias más tristes de la existencia.

Al menos para mí.

Me voy de Montevideo, pero sólo espero que mi sueño resucite a la brevedad.

Ya no será lo mismo, claro. Viviré en otro barrio, dejaré atrás a esa Villa Biarritz a la que desde que llegué sentí como MI lugar en Montevideo (y siempre lo será), tendré que pasar muchas noches sola en una casa enorme y todavía no sé cómo me voy a enfrentar a esa experiencia. Pero se trata de un regalo generoso que valoro y tendré que adaptarme a él.

El chico del Disco de Chucarro, quizá ya ennoviado, quizá disfrutando con otra de ese vino que tal vez hubiéramos podido tomar juntos, sonríe y escucho su agradable e inolvidable voz a la distancia:

-No vuelvas a arrepentirte de algo que no hiciste. Ese es un lujo que las personas que todavía no encontraron aquello por lo que luchan no se pueden dar.

Por él, por mi padre, por los 98 posts que preceden a este, por la única copa o la centena de ellas que me hubiera podido tomar con el eterno e inalcanzable chico del Disco de Chucarro, brindaré por ello en Buenos Aires, aunque además del vino la copa se llenará de mis lágrimas.

………………….

La idea de esta crónica siempre fue escribir cien posts.

Pero, dado que no sé cuándo voy a regresar, me parece inevitable que el último post de la historia sea este, el 99.

El día que regrese –espero que eso ocurra- escribiré el número 100.

-Ponele una coma- repite mi amiga L., más para suavizar este trago (que sabe con creces que es de un amargor insoportable para mí) que porque tenga certeza de lo que pasará.

Sigo su consejo y no cierro este texto con un punto final. Simplemente,

Por el momento, queridos lectores, esto es todo

90. La peine

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Sábado 1 de marzo, estoy sentada en el banco de mármol de la puerta de mi edificio, mirando hacia Pedro Berro, esperando que mi amiga R. me pase a buscar para llevarme a su casa.

De repente veo algo que se mueve por la enredadera del edificio contiguo (una construcción de estilo antiguo que me encanta, no me molestaría vivir ahí). No es un pájaro, no es un avión, no es Superman que vino a rescatarme de mis problemas.

No, me doy cuenta al instante de que es uno de los simpáticos habitantes de este barrio mejor conocido como Punta CarRATAS, es decir un roedor. Me termino de dar cuenta cuando veo su larga cola agitarse entre las hojas.

Sucede que, a casi de un año de vivir en el barrio, aún no me acostumbro a su presencia. Dudo entre levantarme del banco y huir, pero la verdad es que no sé hacia donde escapar porque sospecho que el roedor me podría seguir a cualquier lado.

Me quedo sentada entonces, como hipnotizada, siguiendo con la mirada los movimientos de ese miserable ser semi oculto en la clandestinidad cómplice del follaje y la noche.

Y en eso llega mi amiga en su muy pistero Ford K y nos vamos a comer asadito a su casa. Obviamente invitada por ella, porque yo sigo sin un peso al momento de escribir este texto.

Y mi liquidación, bien gracias. Supuestamente la cobro el lunes.

………………….

Unos días después de renunciar a mi trabajo, en febrero, estaba sentada en medio del campo frente a una chimenea tomando un Johnnie etiqueta negra de una botella perdida añejada por unos diez años. Especial.

En la mesa ratona que había entre mí y la chimenea estaba apoyado algo que yo había dejado hace muchos años en esa casa, primero como préstamo y luego como regalo: una caja de tarot Osho Zen.

Hace algunos años, en el 2010, emprendí unas vacaciones solitarias que me llevaron a esa misma casa frente a cuya chimenea estaba sentada en ese momento, pero también a otros lugares como a José Ignacio donde –no casualmente- también estaba en el medio del campo, en un precioso lugar.

En la soledad de mi habitación, en aquella noche de enero de 2010, fue donde usé por primera vez el tarot de Osho, por recomendación de la dueña de la chacra donde me hospedaba. Hice una tirada de cuatro cartas y la lectura expresó con tanto nivel de detalle y perfección lo que había pasado y pasaba en mi vida, que desde aquel momento me hice fan de ese tarot. Tanto que ni bien volví a Buenos Aires me lo compré y –por esas vueltas de la vida- terminó en la casa donde me encontraba en esta noche de febrero de 2014.

Esta vez no saqué cuatro cartas, sino que hice la tirada rápida (amantes del doble sentido, por favor abstenerse), que está orientada a definir el estado actual de tu vida. Y saqué una sola carta, la misma que encabeza este post.

La pena.

………………….

En (muy) resumidas cuentas, el mensaje que expresa la carta es que estamos atravesando una situación muy dolorosa en nuestras vidas. Pero es menester vivir ese dolor a conciencia para poder avanzar hacia situaciones mejores y más luminosas.

Me pareció tremendamente significativo haber recibido ese mensaje en ese momento, más aún porque usé el tarot varias veces durante años y nunca, nunca me había salido esa carta. Pero soy una devota creyente de que la vida nos habla de maneras misteriosas. Sólo hay que estar un poco atentos y descubriríamos muchas más cosas que aquellas que percibimos a través de nuestro costado racional.

En el momento puntual de sacar la carta, asocié el mensaje a ese trabajo infausto que acababa de dejar atrás y a toda la incertidumbre de lo “bueno por conocer” a la que uno se arroja cuando abandona lo “malo conocido”, siempre en el sentido laboral.

Pero ahora, que he atravesado mi miércoles de ceniza del que hablé en el post anterior, sé que haber sacado esa carta apuntaba a esa situación que acabo de atravesar y –de algún modo- me preparaba, me alentaba y me daba la mano para recorrerrla.

………………….

Al final, resultó que la vida me deparaba muchos más planes que los que imaginaba iba a tener durante los eternos días de feriados de carnaval.

El viernes salí con mi amiga R. y reincidí –a pesar de haber jurado no volver- con Gata Bacana, sólo porque ahí trabajan dos ex compañeras de mi reciente ex trabajo. Como esta vez conocí a uno de los dueños y me pareció muy agradable, voy a abstenerme de hacer comentarios. Sólo voy a reconfirmar que no es mi perfil, para nada.

De ahí nos fuimos a Circus, donde a) mi amiga R., como buena chica del palo, conocía a todo el mundo y b) creo que estaba la resaca masculina de Montevideo (en esto coincidimos ambas). Y nosotras dos, casi las únicas mujeres, salvo algunas veteranas de las que mejor también me abstengo de hacer comentarios. No quiero que los lectores que no me conocen piensen que de ahí me vine a casa volando en mi escoba.

No, volví en el Ford K, y llegué a las seis de la mañana a una Vázquez Ledesma desierta, sólo para descubrir que el encargado/ seguridad de turno no había llegado, y yo sin llave.

Me tuve que comer dos horas afuera, pero como siempre (a veces) hay algún ángel rondando por ahí, resulta que en un día feriado a las seis de la mañana un hombre muy amable estaba limpiando la peluquería que hay al lado de mi edificio y me pude quedar a esperar ahí.

Por cierto, el encargado nunca llegó (bueno, habrá llegado después). Me tuvo que abrir una vecina, a eso de las ocho de la mañana.

……………………..

Ayer al caer la tarde estaba en el lamentable estado en el que te sumerge recibir la cuchillada de la pena, esa de la que hablaba la carta de Osho. No importan las precisiones acerca del estado, condiciones y circunstancias en que me encontraba. Sólo voy a decir que estaba sola en mi habitación y venía de tomar una decisión fundamental para mi vida. Estaba quemando de manera simbólica algo en el mismo fuego que me estaba envolviendo.

No sabía en qué momento iba a suceder eso, pero me imaginaba que iba a ser este miércoles. Y mi intuición, una vez más, no se equivocó. En cuanto la vida me dio la señal y me tendió el cuchillo, me lo hundí en el corazón.

Dudé algunos instantes, no lo voy a negar. Pero lo hice porque ya estaba convencida de mi decisión y sabía que consumirme hasta quedar reducida a cenizas y bañarme en la sangre de mis heridas iba a ser la única manera de renacer.

………………………….

Casi simultáneamente recibí mensajes de dos amigas, una argentina, la otra uruguaya. Mi querida L. con la que hace mucho tiempo no hablaba y que me preguntaba en qué andaba (y va a sonreír al leer esto, más allá de que la anécdota no sea divertida) y la citada R., que me invitó a comer pizzas a la casa.

No estaba en estado muy para salir (más bien todo lo contrario) pero decidí hacerlo.

Y la pasé muy bien. Me hizo bien la compañía.

Sólo que, como no tenía plata para un taxi, me tuve que volver caminando por Camino Carrasco hasta no sé qué calle con nombre de fecha de febrero, de ahí agarrar 8 de Octubre y esperar (casi una hora) el colectivo en la esquina de esa avenida y Comercio. Como imaginarán no hice el recorrido sola, pero igual detesté hacerlo. Los montevideanos que conocen el trayecto me comprenderán. Me sentía caminando por tierra de nadie.

Me bajé en Bulevar Artigas y 21 de Septiembre y si bien amo 21 no está buena para caminar sola a las cinco de la mañana.

Nunca más hago otra de esas salidas de pobre. Si no tengo plata para un taxi de vuelta ni nadie que me traiga, me quedo en casa.

Sí, soy una chica limitadita. Ya lo he confesado.

Y más en etapas fuertes y duras de mi vida, como esta donde aún debo vivir la oscuridad de la pena que –esperemos- precede a la iluminación, aunque sólo sea en algún aspecto de la vida.

86. The cost of living

yo, una copa de vino, villa biarritz, un pasado tormentoso, un instante presente de paz y un futuro incierto

yo, una copa de vino, villa biarritz, un pasado tormentoso, un instante presente de paz y un futuro incierto

Lunes 17 de febrero, de regreso en Montevideo, en la adorable Villa Biarritz.

Aunque me encanta el barrio -mis lectores lo saben- pensé que el regreso iba a ser más traumático (porque no debe haber lugar en Uruguay que ame más que Punta del Este, aunque en promedio esta vez no la pasé bien durante mi permanencia allí).

Pero no.

Después de cincuenta días en los que mis tres alimentos primarios fueron paquetes de galletitas brasileras de diez pesos, y arroz y fideos de los más baratos que se puedan encontrar en el Macro Mercado, ayer llegué, fui a mi querido Disco de Punta Carretas, y me compré una botella de vino y todos los elementos necesarios para hacerme un sandwich (algo así como) gourmet.

Fue un exceso, por supuesto.

Pero lo necesitaba tanto.

……………….

Atrás, en esos cincuenta días de silencio debajo del mar –tomo esas palabras de la canción “La libertad” que describe a le perfección ese período- quedaron sumergidas historias varias. En ese demasiado tiempo muerto que tuve para pensar, aislada en el medio del campo tormentoso donde había más liebres, serpientes, ratones y murciélagos que personas, llegué a la conclusión de que lo más valioso de todos los trabajos que tuve en Uruguay fue la cantidad de personas interesantes que conocí gracias a ellos.

Y las situaciones más o menos pintorescas que jamás hubiera vivido de no haberme arriesgado a dar ese salto que me permitió cruzar el charco físicamente; porque el salto mental y espiritual ya lo había dado tiempo antes.

Por lo demás, ni en el nivel profesional ni en el económico esos trabajos fueron brillantes. Pero me sirvieron para escribir una historia, esta historia que –en todo caso- contiene dentro de sí la integridad de mis fuerzas, mis pasiones, mis recursos, mis aspiraciones y mis deseos, y será el suelo sobre el que se levantará  todo aquello que pueda construir en este país.

O, en el peor de los casos, el que sostendrá mis pasos si es que debo partir hacia otro destino.

De este último trabajo en particular, recuerdo mañanas y tardes de enero en Chihuahua (cuando todavía el sol brillaba) donde cada día llegaba a mi solitario espacio en la arena algún hombre que intentaba charlas cuya trascendencia y nivel de profundidad era inversamente proporcional a la cantidad de ropa que llevaban puesta. Recordemos que estamos hablando de una playa nudista o, como la han denominado, naturista.

Recuerdo una noche de salida con las promotoras a un boliche gay, la única disco en kilómetros a la redonda. Por cierto un lugar muy buen puesto aunque sólo lo conocí de afuera, porque cuando después de una hora logramos llegar luego de haber cruzado a perros hambrientos aullando como lobos y camionetas que nunca nos levantaron porque presumiblemente les dimos miedo, y dado vueltas en redondo cual turista perdido en Parque Chas (o San Rafael para poner un ejemplo nativo) el famoso boliche estaba cerrado. Lo gracioso fue que estábamos a sólo diez minutos de caminata y tardamos una hora en llegar, quizá porque las jarras de caipirinha que nos tomamos antes habían hecho efecto.

Pero igual nos divertimos tanto.

Recuerdo noches solitarias intentando terminar un libro prestado por una recepcionista llamado “Noches de Pasión”, al lado del cual títulos como “Las 50 sombras de Grey” deben ser una obra maestra. Pero, así y todo, lo terminé. Una vez que empiezo a leer un libro, tengo la pulsión de terminarlo. Aunque sea tan poco atrapante que me insuma eternidades poder hacerlo.

Recuerdo el hambre que pasé muchas veces y lo que sufría mi paladar por tener que comer ciertas cosas.

Pero aquí estoy, más reconstituida y –como buena serpiente- logré resurgir de las cenizas de aquella piel que se desprendió de mi cuerpo y la vida fue quemando. A veces en una llamarada, a veces a fuego lento.

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-Te pido por favor que no se lo digas a nadie. Pero, claro, no creo que quieras que nadie se entere de las necesidades que estás pasando.

Eso es lo que me dijo mi ex jefa en mi trabajo anterior, cuando me dio un adelanto porque le había llegado el rumor de que yo no tenía dinero para comer. Me lo dijo con un tono entre condescendiente y “trato de ser amable pero no tengo idea de lo que estar en tu situación”.

Es posible deducir que mi ex jefa:

a) no era lectora de mi blog, y

b) era una chica nacida y criada en Carrasco que, en efecto, no creo que tuviera idea de lo que es no tener plata para comprar comida. Su frase desbordaba de “Carrasco style”. Mis lectores saben lo que opino de la fauna femenina de ese barrio, a grandes rasgos. Saben también que no soy tan malvada. Sé que hay mujeres de la zona que no tienen el cerebro tan adocenado por esa marca de clan de barrer debajo de la alfombra lo que asumen que no va a ser bien visto por su entorno.

Y es así como, en mi opinión, muchas de ellas terminan siendo como Nicole Kidman en la película “Las mujeres perfectas”. Me refiero a la Nicole del final.

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Hay muchas historias glamorosas de expatriados, algunas protagonizadas por personas famosas, otras por personas que sólo nosotros conocemos. Pero todos conocemos alguna.

La mía es una historia que no lo es, aunque ha tenido momentos que pueden calificarse como tales. En todo caso, es una historia aventurera. Y sincera, ajena a los artificios de los que el glamour se vale para engalanarse. Y a pesar de sus piezas ocultas en sombras sólo accesibles a mi mirada, pero que siempre se traslucen de alguna manera.

Una historia que devela cada costo oculto de las condiciones de producción de su discurso, aun frente a personas que están acostumbradas a comprar una mercancía sin interesarse en que nadie les haga un desglose de los componentes que conforman su valor real más allá de su precio visible.

En un mundo que –aún y acaso cada vez más- vive de apariencias, es para mí casi una cuestión de honor proceder de esa manera y compartir con mis lectores el costo de la vida que elegí vivir. Y el deseo de que, en algún momento de este año, comience a ser más fácil para mí poder pagarlo.

PS. Gracias a ti lector que me prestaste el modem para poder conectarme a Internet. Gracias, de corazón.

68. Pagar, viajar, desear

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Sábado, cruzo la terraza, atravieso la cocina y veo –como tantas otras veces- los puestos de la feria de Villa Biarritz, ahí nomás, casi al alcance de mi mano. Tanto, que puedo ver los gestos de los transeúntes y escuchar lejanamente sus conversaciones.

Me dolería tener que abandonar este punto de la ciudad del que ya me siento parte. Es casi mi única conquista en todo este tiempo: haber encontrado mi lugar en Montevideo. Punta Carretas es tan Arianita. Mucho más que Pocitos, por ejemplo (aunque concedo que depende de qué zona de dicho barrio hablemos).

Me acuerdo de ir caminando rodeando el parque, por Leyenda Patria –ahora mi calle vecina- y pensando cuánto me gustaría poder vivir en alguno de esos edificios que daban al verde. En ese entonces vivía en el hostel de Pocitos y sentía que la concreción de ese deseo estaba muy, muy lejos de mi alcance.

Sin embargo, algunas veces, la ley de atracción funciona. O eso parece.

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Una de las creencias axiales de estos textos es que en esta historia nada, nada es definitivo. Ni siquiera este lugar físico desde donde escribo. Siempre lo supe, pero desde que me enteré de que ya comenzó la cuenta regresiva para esa despedida estoy viviendo una especie de duelo en segundo plano.

El apartamento donde vivo se puso a la venta y eso significa que, más tarde o más temprano –y mientras siga viviendo en esta ciudad, claro- tendré que buscar un nuevo hogar, sabiendo de antemano que será casi imposible encontrar una ubicación como esta.

Sólo espero que ese día se retrase lo más posible.

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La semana pasada fue un vértigo, por eso no estuve escribiendo, aunque por supuesto extrañé hacerlo. Gracias a préstamos y a hacer uso de hasta el último peso que recibí como adelanto en mi nuevo trabajo, pude pagar el alquiler, aunque es menester decir que en los días previos a poder pagarlo había una cruda tensión en el aire por este tema. La dueña del apartamento ya tenía una desesperación por cobrar que yo podía percibir a metros de distancia. Y que sólo era comparable a la mía por poder pagarle.

Fue un mes muy tenso. Estoy contenta de que se haya terminado. En promedio la pasé bastante mal.

Ahora tengo otro problema y es que la señora dueña me imploró que le pague esta semana el alquiler de octubre porque necesita el dinero. Hizo que la tomara de la mano cuando me lo dijo y los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas.

Puedo entender muy bien la situación.

Pero, con menos de la mitad de mi sueldo por cobrar, no sé todavía cómo voy a hacerle frente.

La historia de mi año, más o menos.

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Luego de un paso por Pando –donde comí en un carrito la hamburguesa más grande que jamás vi en mi vida- por La Paz y por Lezica, me tocaron viajes laborales un poco más ruteros.

Estuve en Colonia, en Carmelo, en Nueva Helvecia, en Libertad (cómo amé ese pueblo). En Mercedes, con su costanera envidiable, en Rosario y en Fray Bentos.

Y volví con una convicción: podría pasarme la vida entera haciendo eso.

Fueron los tres días más divertidos de mi vida en Uruguay en lo que va del año.

Tal vez porque me tocó viajar con dos personas que me hicieron reír como hace mucho que no me reía. Aunque sólo fuera por tocarle bocina a cada ser vivo más o menos agraciado –o no tanto- con el que nos cruzamos, con la loca –o no tanto- idea de levantar algún corazón en cada pueblo.

O, por lo menos, de levantar la autoestima de quien recibía el bocinazo. Estoy segura de que le alegramos el día a más de uno.

Y, además, trabajamos mucho.

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Mañana y el miércoles nos toca (con equipo ampliado al que se suman dos personas) San Carlos –mi muy querido pueblo carolino que tantas veces me ha visto pasar por sus serenas calles- y la ciudad de Maldonado.

Si ocurre algún tipo de milagro, en dos semanas me gustaría estar nuevamente en esos pagos, porque tendrá lugar el Punta Food and Wine y muero por ir al evento chill out en José Ignacio y a la comilona en Garzón, con mi ídolo Francis. Hace tres años fui a la primera edición del evento y, casi como asistente pionera, siento que me merezco regresar.

Tomando en cuenta que no sé cómo haré para pagar el alquiler –y esa es, por supuesto, mi prioridad- suena un poco delirante mi expresión de deseo, pero es que le estoy dando ocasión a la ley de atracción para que opere un poquito de nuevo.

En algo, es claro, esa ley no falla.

Comencé el año deseando intensamente un año diferente al 2012. Un año que tendiera a la incertidumbre de la aventura antes que a la imperceptible cárcel de la rutina, tanto más perversa e indestructible cuanto menos visible es a nuestros ojos.

Y ese deseo –profundo, visceral e inevitable-,

sin duda,

se está cumpliendo.

66. La vida es novela

lluvia cae en el corazón de villa biarritz

lluvia cae en el corazón de villa biarritz

, hay que escribir mucho.

Esta es la primera vez en mi vida que escribo –con continuidad- un texto puramente compuesto por vivencias reales. Como ya he declarado un par de veces, y respondo cada vez que me lo preguntan, todo lo que cuento acá es true story, por increíbles que puedan parecer algunas cosas.

Y muchas veces pienso que si contara todo lo que no cuento y lo promoviera, es posible que fuera una historia interesante desde el punto de vista comercial, porque en efecto es una especie de novela con muchos condimentos de esos que al lector promedio le encanta leer. Mi vida acá es cualquier cosa menos aburrida, lo cual no siempre equivale a que para mí sea divertida. En todo caso, es intensa, con toda la carga semántica y emotiva que puede contener esa palabra.

Tal vez, de hacer eso, todas las complicaciones económicas que atravieso se resolverían o, por lo menos, me convertiría en una especie de escritora maldita, cosa que no deja de tener su gracia.

Pero cada vez estoy más convencida de que, en la versión final de este texto, hay muchas historias que deberán quedar afuera. Algunas de esas situaciones sólo las conocen una persona, o dos. Otras, sólo las conozco yo y creo que me las llevaré al cajón o quedarán impregnadas en mis cenizas. Es mentira eso de que no nos vamos con nada de este mundo. Nos vamos con nuestros silencios. Y hasta quizás, a veces, a causa de nuestros silencios.

No obstante, si ese es el precio a pagar por conservar una cierta dosis de misterio, estoy de acuerdo con hacerlo. No niego que es una teoría polémica y discutible pero, para mí, gran parte del atractivo de una mujer reside en conservar algún secreto. Los atajos y los desvíos de ese recorrido que la llevaron a un determinado punto en el que, en un momento dado, los demás la ven.

Por otra parte, hay una dimensión ética de la cuestión que atañe a aquellas de esas historias donde interviene/n otra/s persona/s. A veces, una sola palabra acerca de ciertas vivencias compartidas puede generar un efecto dominó similar a aquel del que hablaba en un post anterior. Otras tantas de esas historias ocultas son bastante solitarias, pero sé que igualmente podrían causar un impacto en determinadas personas.

Por lo tanto, llego a la conclusión de que para ser un escritor en el sentido más íntegro de la palabra hay que ser un mercenario. Nada ni nadie te tienen que importar, salvo contar una buena historia. Situación que no deja de tener su (est)ética, en algún punto. Pero a mí no me interesa llegar a ese punto; al menos no en este momento de mi vida.

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Escribir ficción tiene una primera y enorme diferencia con escribir un texto autobiográfico (si bien todo lo que pasa por el filtro de quien escribe se convierte de alguna manera en ficción, pero esa es otra discusión).

En los textos de ficción, por lo general, uno no sólo sabe cómo comienza la historia, sino también cómo va a terminar. O, al menos, es lo que me sucede a mí. No puedo sentarme a escribir un texto de esas características sin poder ver en mi mente la última escena. La veo de una manera cinematográfica: puedo observar hasta el más mínimo gesto del personaje que protagonice esa escena y sé qué planos usaría para contarla.

Ninguna de esas novelas que escribo desde hace un tiempo han llegado a esa escena aún, pero la escena existe; sólo hace falta escribir lo justo y necesario que requiere llegar hasta ella.

En este texto que escribo en tiempo real a partir de historias reales, en cambio, ignoro el final. Sólo tengo la capacidad de escribir día a día la historia que conducirá a esa escena. Mientras tanto, atravieso otras que –intuición y experiencia mediante- me imagino cómo van a terminar. Y aunque sé que muchas veces el final de esas escenas intermedias no va a ser feliz (y el tiempo me da la razón) las atravieso de todas maneras, por alguna razón o quizá por algún instinto irracional que está en mi naturaleza y es imposible erradicar o siquiera ignorar.

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Domingo, cae la tarde (sub)tropical. Llueve y está horrible. Ideal para escribir, o tal vez no. Parafraseando a Auster, no sé si me da placer escribir, pero no escribir sería aún más displacentero.

Estoy sola pero tengo compañía animal. No, no es que las queridas ratas han llegado a mi reino. Pero la humedad favoreció el desarrollo de los mosquitos más grandes que vi en mi vida (y juro que esa imagen es tan real como todo lo que cuento).

Tendría que comprar insecticida, pero sólo me quedan veinte dólares para no sé cuántos días.

Prefiero comer. Incluso si los mosquitos me comen a mí.

Hace un par de días hablé con la dueña del apartamento, y me dijo que me esperaba una semana porque confiaba en mí.

El segundo término de la oración es muy gratificante y a la vez justo para conmigo porque me supe ganar esa confianza desde el primer día que me instalé acá.

Con respecto al primer término, la semana transcurre y el dinero del alquiler sin aparecer. Así las cosas. Me van a pagar una parte del sueldo fijo de mi nuevo trabajo por adelantado pero a) con eso no cubro ni remotamente la suma necesaria y b) no sólo que prefiero, sino que necesito, comer.

Quienes hayan leído esta crónica desde el principio sabrán que he pasado por muchas etapas complicadas. Sin embargo, siento que septiembre está siendo el mes más duro de todos los que pasé acá.

Ya he criado a una persona y creo que no me apetece tener hijos, no sé si alguna vez plantaré un árbol. No me queda otra que seguir escribiendo y suplir con libros lo que no me interesa hacer en otros aspectos de mi vida.

Tal como conté en ROI, estoy contenta porque siento que ese niño que crie es un hombre de verdad, algo muy difícil de encontrar hoy en día.

Y en este momento valoro ese logro –quizás el único de mi vida, pero lo vale- más que nunca. Porque a lo largo de los últimos días recordé algo que aprendí exactamente hace la mitad de mi vida, a los 18 años, cuando terminé de quedarme huérfana de padres –y prácticamente de familia- con aquel entonces niño por criar y muchas batallas (legales, económicas y emocionales) por librar.

Que, cuando se trata de batallas importantes, estoy sola frente al mundo y la única ayuda garantizada es la que depende exclusivamente de mí misma.

Escribir es un acto muy solitario. Más cuando se trata de la propia vida.

Bien lo sabemos quienes escribimos porque la vida nos desborda y necesita plasmarse, de alguna manera, fuera de nosotros mismos.