20 (2.0). Y nos conocemos mucho

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Lunes 11 de febrero de 2013, estoy sentada en el locutorio de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces. Es un momento de incertidumbre: mi viaje puede acabarse justo en este anhelado momento en que está comenzando. Miro hacia afuera y veo a toda esa gente que deambula, sin cesar, por los pasillos. Gente que abandona Montevideo por el feriado de carnaval y gente que llega justamente por eso.

Pero todos ellos, intuyo, tienen algo en común. Tienen eso a lo que el mundo, para mí, se reduce en ese instante: un lugar para dormir y alguien que los reciba, sea por cariño o por los eficaces oficios de una tarjeta de crédito.

Martes 12 de enero de 2016, estoy sentada en el patio de comidas de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces y no puedo evitar recordar esa tarde que daría inicio a los tres años que pasé en Uruguay. Al igual que en ese momento, no tengo un lugar donde dormir esa noche.

De hecho, tampoco lo tenía anoche.

…………………

Doce horas antes de ese momento, estaba sentada en la misma mesa del patio de comidas. Sin llave para entrar a la casa donde estaban mis cosas -sólo llevaba consigo mi documento argentino y unos doscientos pesos uruguayos- y sin la dueña de esa casa presente.

Pero como siempre sucedió a lo largo de estos tres años, siempre aparece la red justo en ese momento en que me estoy por estrellar contra el piso. De hecho, esta vez, sentí el olor del suelo con una vividez tal que podría reproducirlo nota por nota, si alguna gran firma internacional me quisiera contratar para crear ese perfume.

Sí: entre todos los títulos que conquisté durante estas (más de) mil y una noches, también tengo ese. Soy nariz de suelos. Y tengo muy poca competencia a nivel mundial.

Dos horas después de ese momento estoy, en muy agradable compañía, en Negroni, comiendo una pizza ya no recuerdo con qué ingredientes y bebiendo no sé qué trago, a pesar de que recuerdo que -como siempre- fue elegido con esmero. Ocurre que a veces la historia es tan fuerte que el decorado y la utilería pasan a un segundo plano.

Recuerdo estar sentada en una mesa de la vereda mirando a la gente del restaurante que se encuentra justo enfrente y retrocediendo casi tres años en el tiempo, a mis días ahí y a las historias brillantes y oscuras que suceden puertas adentro y los comensales nunca conocerán.

Recuerdo las lágrimas que lloré sin cesar cuando mi anfitriona de esos días de enero de 2016 me comunicó que no regresaría a su casa esa noche y que, por lo tanto, yo quedaba en libertad de hacer lo que quisiera.

Recuerdo lo difícil que es pensar con claridad cuando sentís que te sueltan la mano y te sentís tan sola y desamparada como cuando recién llegaste, antes de que el bar donde estoy sentada fuera siquiera construido, antes de poder imaginar que trabajarías en el lugar que está enfrente y de que allí aprenderías cosas que nunca hubieras soñado, antes de aprender que la confianza te salva en ocasiones y en otras te conduce a abismos como este.

Recuerdo a la persona que tejió los hilos de la red que me rescató esa noche y a la que siempre le estaré agradecida por su generosidad y caballerosidad.

Recuerdo que lo primero que hizo esa persona cuando crucé la puerta de su casa fue abrirme la ducha para que pudiera tomar un baño caliente que me sacara las lágrimas del cuerpo, y dejarme una copa de vino en la mesa de noche del cuarto de invitados para que las lágrimas del alma -que se siguen derramando cuando las del cuerpo ya han cesado- pudieran brindar por el elegante don de la oportunidad de las causas y azares del destino.

………………..

Pero ahora, después de la ducha caliente, la copa de vino, la gran vista de Montevideo desde un apartamento cercano al Golf y el desayuno amable, estoy sentada nuevamente en un banco frío de la terminal de Tres Cruces, esperando escuchar el ábrete sésamo que permite que las llaves de la casa donde me esperan mis cosas se abra y yo pueda rescatarlas y llevármelas lo más lejos posible de ahí.

Es una sutil ironía que mi ciclo de vida en Uruguay termine donde empezó y que el lugar sea, una vez más, aquel de donde partí. Pero, como escribí hace poco, ese espejismo circular es falaz: el punto de partida parece coincidir con el de llegada, pero existe una distancia infinita entre ambos.

Y, por otra parte, como bien saben mis lectores, en estos tres años adquirí esa odiosa costumbre de aprender a convivir con la sutileza de la ironía, que sabe ejercer el sarcasmo con una delicadeza en la que ningún ser humano fue, es, ni será jamás, tan diestro.

……………..

Me siento en un banco justo enfrente del Emporio de los Sandwiches. Se sientan y se van señoras que compran postres a los que devoran como si fuera su último día, entran al local teenagers mochileras que compran comida como si ese que inciarán en minutos fuera el último viaje que van a emprender. Y llegan a mi celular mensajes que me recuerdan que la vida es un ciclo y que todo puede renacer cuando parece estar a punto de morir.

Con cierto olvido del don de la empatía, unas horas después llama también mi (ex) anfitriona y -al fin- puedo rescatar mis cosas de un entorno que en ese momento fue hostil y hoy ni siquiera forma parte de mi vida; sólo de mis recuerdos y sólo a efectos de escribir, que es lo único que me importa en este momento y lo que me permite seguir viviendo porque la escritura es mi única compañía incondicional y eterna.

………..

Jueves 4 de febrero, estoy sentada en mi casa en Buenos Aires. Han pasado muchas cosas en el medio: Después de un viaje horrible (no existen otros adejtivos para calificarlo) que se extendió desde el 19 de diciembre al 14 de enero, donde todo lo que podía salir mal salió mal (no existe una manera más pura y dura de describirlo), tuve la oportunidad de despedirme de Uruguay de una manera más grata.

Pude tener, por casi una semana, una estadía mucho más grata donde pude equilibrar energías y estar finalmente de vacaciones en mi lugar en el mundo, Punta del Este.

Como ya se dejaba vislumbrar en mi anterior entrada, he decidido volver a Buenos Aires. Es una decisión ambivalente: por un lado, siento que Uruguay -por el momento- ha cumplido su ciclo. Por otro lado, siempre se extraña a un gran amor, y siempre es difícil dejarlo, a pesar de la convicción que sustente nuestra elección.

Pero hay una luz que hace mucho más acogedor este túnel de un final cuyo paisaje que -como a todos, al fin y al cabo- me resulta esquivo. Este año verá esa luz el libro que reunirá todas esas historias vividas en Uruguay. Todas aquellas que fueron narradas en este blog y muchas de aquellas que no conté y que permitirán ver el conjunto bajo una nueva perspectiva.

Mi objetivo es que el libro se edite (por supuesto, será una edición de autor) para octubre o noviembre, porque lo quiero presentar antes de fin de año, tanto en Buenos Aires como en Uruguay. Todos los lectores históricos estarán invitados y me encantaría contar con su presencia porque, después de todo,

somos pocos y nos conocemos en mucho. Casi igual a lo que ocurre en Uruguay.

 

 

 

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18 (2.0). Invitación

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A todos mis lectores históricos, sin demasiados preámbulos (que a esta altura entre nos no son necesarios) los invito a visitar mi nuevo proyecto, Salada en pila.

La razón del título y la línea editorial del blog están detallados allí, de manera que no voy a replicar la explicación aquí para no aburrirlos. Espero que, cuando lo consideren oportuno, se den una vuelta por saladaenpila.wordpress.com.

Esto no quiere decir que verlan mode haya concluido, simplemente que -por ahora- le doy un descanso para enfocar mi energía en ese nuevo proyecto.

Los espero; y hasta pronto, aquí o allá.

17 (2.0). El paciente oficio de escribir

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Escribir es, como la aventura, un acto de fe. Sabemos dónde comenzamos, pero no dónde terminaremos (aunque a veces, con cierta humana ingenuidad, creemos saberlo) ni cuál será el camino que unirá esos dos puntos, quizá cercanos, quizá remotos.

Tampoco, como ocurre con la aventura, sabemos en todos los casos cuál es el motor que nos impulsa a la acción. Sólo tenemos una certeza: la de que hay algo dentro de nosotros que busca ser expresado o encontrar el tiempo y el lugar necesarios para manifestarse.

Y así como no existe una fotografía sin la apertura hacia la luz que permite dejar una huella donde de otra manera sólo existiría un potencial no revelado, para escribir necesitamos abrirnos. No necesariamente al afuera, sino a nosotros mismos.

Y eso no es algo que suceda de un día para otro, así como -por lo general- tampoco existen las aventuras instantáneas.

No: como bien sabemos los aventureros, la aventura es un proceso arduo y su glamour es inversamente proporcional al esfuerzo, compromiso y dedicación que nos requiere.

Por eso es que escribir, como buen acto de aventura, es un ejercicio de la paciencia. Pero es un ejercicio liberador y transformador.

…………..

Como mis lectores históricos habrán deducido, el blog está en un período de reposo. No porque no sucedan cosas en mi vida, sino porque he debido dedicar mi tiempo y energía a otras cuestiones. Y, por otra parte, tengo otros proyectos de redacción. En cuanto consiga encaminarlos, los lectores que quieran darse una vuelta por ahí serán bienvenidos, como siempre.

En paralelo -e impulsada por la convicción de que trabajar en cosas que no tengan que ver con lo artístico no me hace feliz o, peor aún, me hace infeliz- he decidido sacar del voraz baúl de los proyectos pendientes el de guiar un taller literario. Si a algún lector le interesa participar, me puede contactar por aquí o bien a arianariccio@hotmail.com.

En principio, la modalidad será a distancia. En parte porque estoy complicada para llevar adelante encuentros presenciales pero, además, porque creo que de esa manera puede participar quien así lo desee, sin importar sus horarios o su ubicación geográfica.

No hay una fecha definida de inicio ya que mi idea es hacer un taller personalizado (y, por supuesto, accesible en lo económico). Me encantaría que, si hubiera algún lector interesado, se comunique conmigo y me contara cuáles son sus expectativas y anhelos en relación al hecho de escribir.

Y si algún lector sabe de alguien a quien pudiera interesarle la propuesta, agradeceré la difusión, ya sea compartiendo este post o bien mi email de contacto.

Por último, si mientras este blog se encuentra inactivo algún lector desea comunicarse conmigo, también puede escribirme al mail indicado arriba.

Mientras tanto, será hasta el próximo texto. Aquí, allá, o en el lugar hacia donde la aventura nos lleve.

 

100. La desnudez del círculo

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Es una fría noche de junio, voy caminando por Callao, la medianoche espera a la vuelta de cualquier esquina y me cruzo con muchas chicas solas.

No es que sean chicas “de la noche”, o por lo menos no lo parecen. Imagino que son mujeres que vuelven hacia sus casas desde su trabajo o alguna salida social.

No sé si es porque siempre fui bastante paranoica, o si se trata de un índice de que en mi vida montevideana me movía por lugares que no me generaban esta sensación de miedo a que algo –indefinido pero violento- suceda. Lo definiría como esa adaptación a la vida porteña desarrollada por una mujer NYC que está acostumbrada a evitar ciertas conductas.

Pero, definitivamente, pienso que ni loca caminaría sola por esta Callao, a esta hora, en esta ciudad.

No estoy sola –qué alivio, y qué gratificante al menos en esta noche en particular- pero no veo la hora de llegar al que será mi refugio durante esa noche. Un nuevo escenario en esta opereta de delirios del Río de la Plata, que acabo de conocer y de alguna manera inaugurar en este viaje.

Casi como si me estuviera esperando.

…………….

Lunes 16 de junio, nueve de la noche. Estoy sentada tomando un café con leche en el bar de la terminal de Buquebus. El mismo que me vio compartir el último desayuno con mi hermano, antes de partir hacia el que sería mi primer trabajo en Uruguay, unas horas antes de la sucesión de eventos en ese momento desesperantes tan propios de una homeless, que narré en el primer post de esta crónica. Una peregrina idea que no sólo no murió sino que se alimentó de sus propias carencias, miserias y dolores y sigue latiendo con fuerza en mí, al fin y al cabo un alma peregrina.

Como un círculo, el mismo escenario en el que estaba con mi hermano antes de partir es aquel donde hago tiempo para encontrarme con él.

El barco, con odiosa puntualidad, llegó a las cinco y media de la tarde, de manera que llevo más de tres horas esperando. Se trata de una situación que nunca viví en mi vida (otra más). Siempre hubo alguien esperándome.

Bueno, esta vez no.

Y no puedo viajar sola, ni hacer la patriada que hice aquella noche del paro –casi- absoluto de transporte en Montevideo. No puedo caminar más de diez metros sola con este exceso de equipaje a cuestas.

…………….

El perchero de mi habitación en Villa Biarritz es casi lo único que queda en pie en la mañana del lunes 16 en la que –al fin- termino de vaciarla. Corriendo, como siempre.

Es también el primer elemento de la habitación que llamó mi atención el día que la conocí. De alguna manera, nos pertenecimos, nos reconocimos y supimos que íbamos a pasar muchos días juntos, con sus correspondientes noches.

Ese perchero me vio mirar programas de Fox Life –en ese entonces Utílisima- deseando que aunque sea llegara a mí el aroma de esos platos que cocinaban en los programas gourmet mientras yo comía arroz o polenta (o nada). Maquillarme y peinarme con esmero para ir a trabajos varios, que –cada cual a su manera- marcaron mi vida para siempre, bien por la gente que conocí en ellos, bien por las facetas de mi personalidad que sacaron a la luz y que por siempre se resistirán a volver a las prudentes sombras, bien por lo que me hicieron sufrir.

Fue el testigo mudo de esos sonidos de celular que llegaban en los momentos menos esperados con mensajes muy disímiles entre sí. Palabras de consuelo y apoyo, de compañía, de manipulación, de seducción, de encanto, de ecos de la nostalgia, de empatía, de incomprensión. Pero todas ellas partes de la misma poesía, de esa cuyos versos irrumpirán en nuestras vidas de las maneras más absolutas e inoportunas a partir del momento en que fueron escritos.

Fue mi compañía mientras escribía muchos de los 99 textos que precedieron a este.

Fue quien resistió con estoica prestancia el peso de kilos y kilos de ropa y accesorios que no entraban ni en el placard del pasillo ni en la cómoda.

Por eso, mientras deconstruía en cajas y bolsas de consorcio mi (primera etapa de) vida uruguaya, me sentí envuelta en un vértigo que terminó abruptamente en el momento en que vi ese perchero desnudo.

Horas revisando y agrupando papeles, prendas, víveres y enseres que guardaban en sí huellas de una historia que sólo nosotros conocemos del todo y de la que ellos jamás hablarán. Dinerales gastados en taxis para transportar los bultos de un lado a otro. Relatos de la mudanza contados a mi círculo más íntimo y a los amigos uruguayos que con gran gentileza aceptaron recibir mis cosas hasta que pueda regresar.

Pero sólo en ese instante en que vi el perchero desnudo sentí mi propia desnudez reflejada en él. Me sentía despojada de todo. Sólo contaba con mis lágrimas y mis recuerdos.

Esa fue una de las vivencias más nítidas de la despedida que sentí en mi vida.

……………….

El post número cien iba a ser aquel donde relatara mi regreso (quizá) definitivo a Uruguay, pero dado que eso aún no ha ocurrido, me pareció justo dedicárselo a mi adiós a Villa Biarritz, esta vez sí consumado.

Hoy, 23 de junio, faltan seis días para mi cumpleaños y veo cómo mis posibilidades de pasarlo en mi amado Uruguay se me van de las manos.

Sí, preferiría pasarlo sola ahí que acompañada en Buenos Aires, donde de todas maneras no tendría demasiada compañía, porque no tengo posibilidades económicas de festejarlo.

Soy una persona digamos diferente (eso lo aclaro porque siempre llega algún lector ocasional) y de un tiempo a esta parte mi cumpleaños es para mí una fecha de retiro en mi lugar en el mundo.

Este año, unos cuantos kilómetros de río –o algunos cuantos cientos de pesos si queremos mirarlo con la crudeza de los números tan líquidos como un río pero más poderosos- me separan de mi lugar en el mundo.

No siempre le huí a los festejos multitudinarios, de hecho festejé mis 26 años con un fiesta de decenas de invitados en Milión. Incluso hoy me acuerdo a la perfección hasta de cómo estaba vestida el día que fui a contratar el menú en ese lugar y tuve que negociar costos con Ernestina Pais, que me elogió mi blazer (que aún conservo).

Eran épocas más pudientes, claro.

En el 2011 tuve una tentativa de festejo donde también iba a reservar un salón privado en un bar muy coqueto. Pero ese año me iba a la Isla de Pascua y decidí guardar mis dineros para eso después de que me pasaron un presupuesto salado (podrían aplicar ambos sentidos del término, el argentino y el uruguayo). Lástima, porque ese año sí tenía ganas de festejar.

Y he tenido un par de festejos mundialistas inolvidables. El de 1986, cuando Argentina ganó el mundial de México un 29 de junio y mi fiesta terminó siendo rodeada de extraños en pleno Cabildo y Juramento.

Y el de 2010, en Punta del Este, en el mundial de la plena efervescencia uruguaya. Lo recuerdo como un cumpleaños muy feliz, quizás el último donde me sentí plenamente así.

2014, ya no estoy en Uruguay, no tengo dinero, mi cumpleaños cae en un triste y melancólico domingo.

La mudanza externa –visible- coincide con la mudanza interna –invisible- y por eso, por la fuerza e intensidad de este momento, decidí escribir el post número 100.

A seis días de mi cumpleaños, miro el perchero (no en la foto, sino en mi alma) y la metáfora casi perfecta de su forma me da la esperanza de que el círculo, en algún momento, vuelva a girar con ese ritmo uruguayo que extraño. Como la ruleta que contiene dentro de sí los treinta y seis números que ya viví y aquel treinta y siete que está por llegar, quién sabe dónde y de qué manera.

Casi, casi, como mi regreso a Uruguay.

82. Síndrome de abstinencia

cerquita de donde estoy trabajando

cerquita de donde estoy trabajando

En mis más tiernas épocas de estudiante (en el primer año de la carrera), leí un libro muy interesante de un autor llamado José Luis Fernández. El libro trataba sobre la radio y uno de los temas recorridos en él era cómo la voz podía hacer presente a un cuerpo y era el canal que hacía posible una presencia casi tan real como -y a veces más importante que- la física, por la gran cantidad de componentes afectivos que se mediatizan a través de cuestiones técnicas. De por sí frías y duras, pero que a su vez hacen posibles experiencias tan sensibles como la de sentirnos acompañados.

Eso, que años ha sólo pasaba con la radio o con los teléfonos de línea, ha cambiado sideralmente desde la presencia de los teléfonos celulares en nuestras vidas. Ni hablar desde la progresiva incorporación de funciones que permiten que nos sintamos conectados con el mundo -y las personas que nos importan dentro de él- sea cual sea el lugar del planeta donde nos encontremos.

Desde este 24 de diciembre, cuando mi celular se ahogó literalmente en el arroyo de Valizas (por cierto un lugar muy romántico para morir) estuve pensando en eso casi todo el tiempo.

…………

No he tenido suerte con los celulares en Uruguay. Por casi cuatro meses ni siquiera pude acceder a uno, cuando finalmente tuve uno me lo robaron cuando todavía estaba caliente, y el segundo no me duró mucho.

Y cuando tomé conciencia de que mi fallecido celular ya no iba a encender, me quería matar. Fue como si me hubieran sacado una pierna. Claro, hay que entender el contexto: primero, plena época festiva, cuando uno necesita desesperadamente saber que va a recibir el saludo de sus seres queridos, cosa que los que han tenido la experiencia de ser expatriados comprenderán bien.

Segundo, no tengo plata para comprar otro en Uruguay.

Tercero, me salió un trabajo en un hotel cerca de Chihuahua, me tuve que ir de Valizas directo para allá y no pude pasar por Montevideo para buscar mi destartalada notebook (que ya sabemos que también está en las últimas). Estoy en un lugar perdido, sin computadora, sin celular, tengo que resolver la estadía de mi hermano -que viene del 31 de diciembre al 7 de enero- y cómo podrá celebrar el año nuevo, ya que yo estaré clavada trabajando el 31 y el 1.

Y podría seguir, pero en fin, no tengo tiempo. Estoy en un cyber de Punta Shopping y en dos horas tengo que estar nuevamente en mi trabajo, así que tengo que correr. Pero no les puedo explicar a mis lectores lo que he sufrido, los nervios que me comí y las corridas olímpicas que tuve que hacer y sigo haciendo para que, de todos los chirimbolos con los que estoy haciendo malabares, ninguno se me caiga al suelo (uso la palabra chirombolos como guiño a este país donde he descubierto que se trata de una palabra popular, por lo menos en épocas navideñas).

Estoy sufriendo de un enorme, tremendo, síndrome de abstinencia de comunicación.

El tema del trabajo, que es toda una historieta -tragicómica- en sí, quedará para un próximo post, al igual que el balance de fin de año que quiero dejar asentado en este diario de viaje.

Espero poder volver a tener celular y computadora a la brevedad.

Mientras tanto, les deseo a todos mis lectores que sueñen con muchos proyectos para el 2014 y hagan lo posible por llevarlos a cabo.

Y muchas gracias por acompañarme durante la aventura de mi propio proyecto.

Un beso a todos.

81. Navidad oriental

las épocas -prehistóricas- en que festejaba la navidad

las épocas -prehistóricas- en que festejaba la navidad

Sábado 21 de diciembre.

A la tarde, de improviso, recibo un mail de una amiga –compañera de facultad- a la que siempre quise mucho y con la que había perdido contacto hace ya unos 3 o 4 años.

No había sabido casi nada de ella desde entonces hasta este momento, si bien tenemos una amiga en común (la querida M. que me prestó el dinero para mi último viaje a Buenos Aires).

V., que es la amiga a la que hago referencia (y es otra V. diferente a todas las que ya fueron nombradas alguna vez en el blog) me invita a una fiesta de despedida del año, en su casa. Que, tal como se podrán imaginar, queda del lado del charco opuesto a aquel donde me encuentro.

Me alegra mucho recibir su mail y, cuando lo respondo, comienzo a pensar de qué manera puedo sintetizarle todo lo que ocurrió en mi vida durante este año, sin que la pobre V. se quede dormida frente a la pantalla.

………

Y es una misión imposible, claro.

Me pongo a pensar en todo lo que ocurrió en mi 2013 y no hay una manera de resumirlo. Incluso este espacio, a pesar de su extensión y su inmensa cantidad de páginas y caracteres, no es más que la punta del iceberg de todo lo que viví.

Y quizás una de las partes más ricas fue todo ese enero que viví en Punta del Este, sola y aún sin empleo pero en la búsqueda constante de él. Fue una mezcla interesante de vida de soltera, nomadismo extremo y vacaciones mentirosas, porque cuando uno busca trabajo (que es el peor de todos los trabajos, y tiene por añadidura el ingrato carácter de no ser pago) la mente nunca se relaja del todo. Especialmente cuando, como en mi caso, se apuesta a un proyecto de vida en otro país, con todas las implicancias que ello conlleva.

Un proyecto muy solitario, además.

Pero ese enero estuvo colmado de historias muy ricas a nivel literario, como una previa inolvidable en el puerto de Punta del Este –seguida por una borrachera en Moby Dick, también inolvidable-, pretendientes extraños –como uno del que recibí setenta llamadas perdidas en un mismo día-, entrevistas de trabajo sentada en un banquito en plena calle 20. Y muchas historias más, algunas que –como tantas otras que viví este año- es mejor dejar por ahora prolijamente ocultas bajo el velo del silencio.

Una de las cosas que nunca olvidaré de ese enero son todas mis caminatas nocturnas por la rambla y por el puerto, durante ese mes en el que el clima se portó de una manera impecable. No debe haber habido (casi) día que no fuera de playa, al menos en Punta del Este.

Y, en cada una de esas noches, me sentaba a mirar la luna y las estrellas (como he contado en algún post, como buena canceriana me siento hija de la luna y unida a esos astros que la rodean).

Y hablaba con ellas, en un diálogo silencioso para el mundo externo pero muy audible en alguna otra dimensión de la existencia, y les pedía que me ayudaran a quedarme en ese lugar y que me mostraran el camino para lograrlo. Que, si había algún punto en el mundo desde el que quería seguir mirándolas, era ese. Ya se sabe que yo amo el este uruguayo, pero me refería a Uruguay en general.

………………

23 de diciembre, vuelvo de alguna manera al punto de partida, aunque ese regreso es sólo una ilusión, porque todas las experiencias atravesadas en el camino alteraron el orden de las piezas del rompecabezas, tan desordenadas como las imágenes del caleidoscopio roto.

Sigo desempleada y mi permanencia en Uruguay es un asunto que se resolverá en el curso de los próximos días.

Pero, por una vez en sintonía con el mundo, he decidido parar la máquina por unas horas e irme a pasar la navidad a Valizas, a pasos del mar y rodeada de un par de amigos muy queridos.

Me voy este mismo lunes y sin computadora (ya no resiste un transporte), de manera que recién volveré a escribir en el blog el jueves o viernes, cuando regrese a Montevideo.

Yo dejé de festejar la navidad hace muchos años, y desde hace la mitad de mi vida que me siento completamente ajena al mundo en diciembre. No participo, de ninguna manera, en los devaneos existenciales de las personas normales acerca de qué comer, en dónde pasarla o qué regalos comprar.

Tampoco es que sea una noche más; es una noche que en el terreno afectivo me pega por muchos costados, por eso siempre representa para mí una fecha más bien incómoda.

………….

En cierto sentido, este año tendrá algo en común con la mayoría de mis navidades pasadas y es que pasamos del consumismo desbordado. No es el espíritu del festejo y eso me alegra, y quizá sea por eso que la invitación a participar en él llegó a mí.

Pero, por otra parte, sé que será una noche muy alegre –la personalidad de mis anfitriones hace que no tenga ninguna duda al respecto-.

Quiero aprovechar para desearles a mis lectores que tengan una feliz navidad y que cada uno la viva de la manera en que elija vivirla.

Yo sé que, en algún momento, me sentaré a la orilla del mar, bajo las estrellas, y que –copa en mano- brindaré con mi adorado hermano a la distancia.

Y que, una vez más, alzaré mi vista hacia las estrellas y la luna y les pediré que me permitan seguir contemplándolas cerca del mar, en este país, al menos por un enero más.

Y lloraré y haré catarsis, claro.

Porque mis anfitriones son tan generosos que sé que eso también estará permitido, incluso por encima de muchas otras cosas.

76. Pista negra (II)

bella postal del sábado: los jacarandás en el frente de la facultad de ingeniería

bella postal del sábado: los jacarandás en el frente de la facultad de ingeniería

Viernes 22 de noviembre, diez y media de la noche.

Brindo con un merlot argentino, a muy pocos metros de uno de los lugares que representan la quintaesencia porteña: la plaza San Martín.

No es un brindis triste, tampoco un brindis alegre. Es, podría decirse, un brindis esperanzado. Y ya se sabe que la esperanza es un estado melancólico y ambivalente: es una apuesta de que la fe nos llevará hacia la luz, hecha desde un lugar donde lo único que parece hacernos compañía son las tinieblas. Las propias, las ajenas y las de la vida, que se reflejan y se multiplican como en un laberinto de espejos donde las imágenes se proyectan hacia el infinito.

La noche es amable, la compañía lo es mucho más. Por fin, después de mucho tiempo, puedo hablar de algunas de esas anécdotas que nadie conoce. Y tener esa charla mercenaria y contar esas cosas que sólo le puede decir una persona que escribe a otra que también lo hace.  Nos unen otros lazos de complicidad, además, pero creo que ese es uno de los más poderosos.

……………..

Cinco horas más temprano, revuelvo un vaso de café con “sabor navideño” (en mi caso, el de avellana) en el Starbucks de Cabildo y Echeverrría. En el mismo lugar y con la misma persona que hace seis meses, en mi segunda visita a Buenos Aires de este año.

Somos las mismas, pero somos otras diferentes a las de aquel momento, decimos con mi amiga G. Han pasado tantas, tantas cosas en la vida de ambas en estos seis meses.

Cosas que nos han hecho más escépticas y, como contracara, han alimentado más nuestros sueños.

Hablamos de la defensa de tesis de G., de la medicina ayurveda, le hago un resumen de ese mix Gran Hermano/ Patito Feo/ Hablemos sin saber que ocupa unas 50 horas oficiales de mi semana más otras (casi) tantas de desvelos.

Siguiendo en la línea televisiva, hablamos de cómo se rompió el contrato de lectura en los guiones de Farsantes (en este tema G. lleva la voz cantante porque en Uruguay los programas argentinos siempre llegan con delay y yo todavía no pude ver las escenas de las que me habla). Hablamos del curso de guión que hicimos hace unos años, exactamente el mismo, sólo que G. lo hizo en un cuatrimestre y yo en otro.

Hablamos de los proyectos de ambas, todos lejos de Buenos Aires al menos por el momento.

Hablamos de la novela que G. está escribiendo y de la que yo intento escribir. La de G. es policial, por lo que el título de este post –si bien tiene en principio otro sentido que los amantes del deporte conocerán- alude también a ella, indirectamente. Todo tiene que ver con todo y bien lo sabemos los que hemos pasado por una (buena) carrera de Comunicación. Somos como los hijos del rey de Serendipo y vemos relaciones y conexiones donde nadie más podría verlas. Casi diría que es la marca de clan que hace que nos reconozcamos unos a otros, una especie de tatuaje sólo visible a nuestros ojos.

Y el encuentro de agenda apretada que iba a durar hora y media termina durando tres. Y me voy a mi siguiente compromiso sin pasar por casa. No puedo demorarme, me esperan una botella de merlot argentino y un disco de música country que yo misma elegí. Y esa charla de historias mercenarias que hace meses anhelo poder tener.

Y ese abrazo que tanta, tanta falta me hace.

………………………

Sábado, dos de la tarde. Mi amigo montevideano J. me había pedido que fuera a La Boca por él pero –y lo lamento- los tiempos no me dan. Nos vamos con A. a comer un choripán en ese puesto que tanto amamos y está al lado del Mercado de San Telmo. Muy rasca pero la inflación se hace sentir como en todos lados y el chori vale cuatro pesos más que la última vez que lo comí (no hace tanto). Hasta el vaso de vino de botella de plástico aumentó. Pero todo, en conjunto, acompañada y bajo el sol, con cantidad de esas salsas de componentes inciertos que me encantan, es un manjar como hace mucho que no disfruto.

Una hora y media después, estoy en el 152 volviendo hacia Belgrano e intentando coordinar un encuentro con mi amiga V., la correctora y editora de textos. Sí: mi visita es un gran taller literario que, en el fondo, no es más que una gran sesión de terapia extendida.

Pero –con alguien me tenía que pasar- con V. nos desencontramos porque la vida, una vez más, me pone límites y no llego hacer todo lo que quiero.  E incluso ahora, en el momento en que escribo, me duele el desencuentro, porque la extraño mucho y necesitaba hablar con ella.

Pero V., del otro lado, sonríe y responde: siempre es necesario dejar un encuentro pendiente para tener una excusa para volver de visita.

………….

Frustrado el encuentro con V., tengo libres dos horas hasta mi próxima cita. Miro computadoras en Garbarino y Compumundo y me doy cuenta de que, en este viaje, va a ser imposible volverme con una. De manera que sigo tecleando en la agónica, rogando que no se apague con frases sin grabar que luego –como siempre ocurre- serán irrecuperables.

Decido entonces apostar a las compras de perfumería y voy a Farmacity, después a Pigmento. Comparo precios, elijo qué me conviene comprar en cada lugar, y me voy con dos bolsas gigantes pero que en Buenos Aires puedo financiar en cuotas y me salen tres veces más baratas que en Uruguay. El lector atento sabe que tengo las valijas prontas para abandonar la casa de Gran Hermano, así que tengo que contar con ciertas reservas.

Improviso un paso fugaz por mi casa de allá para dejar todo y saludar a mi hermano, con el que hasta ese momento apenas crucé palabras desde mi llegada y con el que –aún-no pude compartir ni una comida.

Y tanto me sigue conmoviendo todo lo que sentí y todo acerca de lo que pude hacer catarsis durante esos tres días, y tan duro fue el día que acaba de acabar, que extraño esa visita a Buenos Aires que comenzaba hace exactamente una semana y en la que, en este momento exacto, estaba tomando un Jack Daniel’s.

No extraño la visita por la ciudad en sí, claro, sino por la gente querida.

Hoy, mientras escribo, sólo me acompañan el vaso de agua de la canilla y el clásico Plidex de cortesía.

De todas maneras, si esa visita ocurrió, es porque –y sólo porque- sigo apostando a ese sueño de vivir en este país desde el que escribo, en condiciones que me permitan narrar historias diferentes a estas, tantas veces oscuras y que cuento, como hoy, con un nudo en la garganta. Un nudo que, como la esperanza, es ambivalente. Porque un lazo de los que forman la cuerda anudada es el de la angustia, pero el otro es el de haber vivido esos momentos que en este momento extraño.

Y esta historia porteña continuará –y se cerrará- en un próximo post.