17 (2.0). El paciente oficio de escribir

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Escribir es, como la aventura, un acto de fe. Sabemos dónde comenzamos, pero no dónde terminaremos (aunque a veces, con cierta humana ingenuidad, creemos saberlo) ni cuál será el camino que unirá esos dos puntos, quizá cercanos, quizá remotos.

Tampoco, como ocurre con la aventura, sabemos en todos los casos cuál es el motor que nos impulsa a la acción. Sólo tenemos una certeza: la de que hay algo dentro de nosotros que busca ser expresado o encontrar el tiempo y el lugar necesarios para manifestarse.

Y así como no existe una fotografía sin la apertura hacia la luz que permite dejar una huella donde de otra manera sólo existiría un potencial no revelado, para escribir necesitamos abrirnos. No necesariamente al afuera, sino a nosotros mismos.

Y eso no es algo que suceda de un día para otro, así como -por lo general- tampoco existen las aventuras instantáneas.

No: como bien sabemos los aventureros, la aventura es un proceso arduo y su glamour es inversamente proporcional al esfuerzo, compromiso y dedicación que nos requiere.

Por eso es que escribir, como buen acto de aventura, es un ejercicio de la paciencia. Pero es un ejercicio liberador y transformador.

…………..

Como mis lectores históricos habrán deducido, el blog está en un período de reposo. No porque no sucedan cosas en mi vida, sino porque he debido dedicar mi tiempo y energía a otras cuestiones. Y, por otra parte, tengo otros proyectos de redacción. En cuanto consiga encaminarlos, los lectores que quieran darse una vuelta por ahí serán bienvenidos, como siempre.

En paralelo -e impulsada por la convicción de que trabajar en cosas que no tengan que ver con lo artístico no me hace feliz o, peor aún, me hace infeliz- he decidido sacar del voraz baúl de los proyectos pendientes el de guiar un taller literario. Si a algún lector le interesa participar, me puede contactar por aquí o bien a arianariccio@hotmail.com.

En principio, la modalidad será a distancia. En parte porque estoy complicada para llevar adelante encuentros presenciales pero, además, porque creo que de esa manera puede participar quien así lo desee, sin importar sus horarios o su ubicación geográfica.

No hay una fecha definida de inicio ya que mi idea es hacer un taller personalizado (y, por supuesto, accesible en lo económico). Me encantaría que, si hubiera algún lector interesado, se comunique conmigo y me contara cuáles son sus expectativas y anhelos en relación al hecho de escribir.

Y si algún lector sabe de alguien a quien pudiera interesarle la propuesta, agradeceré la difusión, ya sea compartiendo este post o bien mi email de contacto.

Por último, si mientras este blog se encuentra inactivo algún lector desea comunicarse conmigo, también puede escribirme al mail indicado arriba.

Mientras tanto, será hasta el próximo texto. Aquí, allá, o en el lugar hacia donde la aventura nos lleve.

 

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14 (2.0). No tan bárbaro

Reina y su muñeca
Hace hoy exactamente un año yo estaba también en Punta del Este desde hacía unas cuantas semanas, a unos kilómetros de donde estoy ahora, contando los días para poder salir de aquello que con cierta ironía -y, por qué no, piedad- bauticé “la jaula de oro”.

Un bello lugar, rodeado de un bello entorno, que no tenía la libertad de poder disfrutar.

Me la pasaba encerrada porque estaba aislada de todo y mi sueldo se iba en pagar el alquiler de Montevideo.

Atrás quedaron todas las historias de esa temporada: un enero radiante y todos los personajes que conocí en Chihuahua, los compañeros de trabajo con los que hacíamos catarsis todos los días, el plato de comida diario (que era cualquier cosa menos bueno, pero al menos era la garantía de que ALGO iba a comer durante el día), el contar monedas para ir al único almacen en kilómetros a la redonda y comprar un paquete de galletitas brasileras que en aquel verano costaban diez pesos y solían ser mi único alimento diario después del plato de comida, las mucamas que me regalaban manzanas, el último bon o bon que encontré registrando todo mi equipaje un día que estaba muerta de hambre, los emails intercambiados con la que era mi locadora en Villa Biarritz para que por favor me permitiera pagar el alquiler en cuotas, las escapadas clandestinas para agarrar wi fi en un pasillo del hotel sin que me viera mi jefe, el febrero lluvioso donde me tuve que quedar recluida durante mis pocas horas libres en mi habitación (que, nobleza obliga, no era fea, pero era una cárcel al fin), los consejos de vida de Ricky Maravilla, la noche donde tuve que ser recepcionista de una (fallida) fiesta swinger, el día en que Carlos Di Doménico me dijo “divina, hacés bien, nunca te vayas de Uruguay y no vuelvas a Buenos Aires”, las celebrities uruguayas interesadas en comer de arriba todo lo que les fuera posible, y el deseo feroz de que todo eso se terminara y llegara el momento de regresar a Montevideo y a mi querido barrio.

Si le hubieran preguntado a aquella mujer qué sería de su vida en un año, seguramente no hubiera imaginado un escenario parecido a aquel. Hay cosas que una cree que sólo vivirá una vez en la vida.

Y yo (resignada) miro a esa rubia muy parecida a esta, que todavía vive en los posts de aquel entonces, y puedo escuchar todo lo que me dice. Y retrucarle sus argumentos. Nadie mejor que yo para discutir conmigo misma. Los demás, ni siquiera lo intenten. Siempre encontraré argumentos para defender mis convicciones justamente porque, como se desprende del término, estoy convencida de ellas.

-Estás en la punta, eso es bárbaro (dice ella, recluida en una zona que a las nueve de la noche ya es una boca de lobo).

Sí querida, estoy en la punta, puedo ir adonde se me cante caminando. Pero, al igual que vos, no tengo dinero para esos menesteres. Además, mi vida, vos NO tenías que pagar por tu alojamiento. Eso es una gran, gran ventaja.

-No tenés un jefe como aquel que sólo nosotras sabemos qué tan terrible podía ser, eso es bárbaro.

Es un buen punto, casi ganado (a medias, porque esta temporada he tenido una jefa difícil de aguantar), pero no. Porque, este año, tampoco trabajo en cosas que me gusten, el ambiente laboral es tan complicado como el de aquel entonces, y sigo trabajando unos días más sólo con el fin de ganar tiempo para seguir buscando. Sólo por eso. Por lo demás, lo que hago no me aporta nada ni en lo económico ni en lo personal. Casi diría que el año pasado fue más rico a ese nivel.

-Podés ir al supermercado que quieras, no a ese almacén que parecía sacado de película de terror clase B, eso es bárbaro.

Estimada rubia tan teñida como ahora, sí, tengo pila de lugares donde comprar comida cerca, pero mi presupuesto actual sólo me da para adquirir las mismas galletitas de entonces -o sucedáneos de aquellas- que esta temporada, encima, son más caras. Te reconozco sin embargo que he comido mejor hasta hace unos días, cuando tenía algunos pesos disponibles para eso.

-Podés ir a nuestro templo (el puerto) de noche a cualquier hora, eso es bárbaro.

Puedo, sí, pero (aunque no lo creas) vos el año pasado tenías más recursos que yo para salir más presentable. Más ropa, más maquillaje, más de todas esas chucherías que las mujeres conocemos. A mí se me acabo hasta el rímmel y (adiviná) no, no me puedo comprar otro. Me siento desnuda sin él, más que tomando sol en Chihuahua. Vos me entendés.

OK, vos tenías todo eso, pero no la posibilidad de salir. Yo tengo esa posibilidad, pero me falta todo eso.

Conclusión: siempre nos faltan cinco para el peso.

Y te digo: vos estabas entusiasmada por regresar a Montevideo, aunque sólo fuera por escapar de esa cárcel.

A mí no me está pasando eso. Porque Montevideo para mí, este año, representa -incluso más que el año pasado- la necesidad de tomar decisiones que deberé tomar más temprano que tarde, más allá de mis deseos de permanencia y (cierta) estabilidad.

Esa sensación que tenías el año pasado, eso

era bárbaro. Te lo asegura la voz de la experiencia.

……………

7 de febrero, dos días antes de cobrar mi sueldo, ya no tengo dinero, y no precisamente porque haga una vida dispendiosa.

Pido un vale, pero es sólo para pagar el alojamiento.

De manera que vuelvo a mi dieta de galletitas. No se la recomiendo a nadie.

9 de febrero, cobro, pero he trabajado muy pocos días de enero así que mi dieta no ve muchas posibilidades de prosperar (aunque me compro los víveres necesarios para prepararme un sandwich).

Sentada en la computadora pienso que estoy en el lugar que quiero estar, luchando por un objetivo que exige salir (una vez más) de la zona de comodidad y que durante esta estadía tuve el privilegio de ir muchos días a esas playas que tanto amo.

Pero no puedo sacarme de la cabeza esa canción que cantaba Reina Reech, porque sé dónde estaba hace un año, y dónde estoy ahora. Incluso creo que el tema original -perteneciente al musical “The woman of the year”- del que sólo se conservó intacta la célebre frase “el pasto es más verde siempre en otro jardín” y que tiene una letra bastante más ácida que la de la versión ATP de Reina, aplica bastante más a mi vida. Que no es, precisamente, “apta para todo público”.

Y siento que esa caminata, en cuyo registro fotográfico hay imágenes donde el pasto parece brillar como esmeraldas más luminosas que las de cualquier otro jardín, llega lentamente al mismo lugar donde comenzó.

11 (2.0). Pas encore

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-Vamos a bailar a lo del vecino

dice otra rubia, europea -muy bella- el 1 de enero del 2015, unas cuatro horas después de la medianoche que separó un año (lleno de tachaduras y anotaciones al margen) de otro que aún ni siquiera califica como hoja en blanco.

El vecino tiene una bruta casa y una banda en vivo, pero no.

Es el segundo año consecutivo que me toca recibir en mi amada Punta del Este. Y, coincidencias o no, este concluye a muy pocos kilómetros del lugar en el que lo recibí cuando nació, con el mar casi mojándome los pies como el año pasado, y con un grupo de personas que en su casi totalidad me eran desconocidas hasta hace unas horas.

Igual que el año pasado.

Es llamativo cómo se repiten ciertas experiencias en las que la vida -tal vez para no resultarnos aburrida y predecible- cambia el escenario, pero mantiene la escaleta del guión. Como esperando que descifremos ese mensaje oculto que se repetirá una y otra vez hasta que logremos interpretarlo.

Sólo que esta vez no estoy trabajando y mi hermano se encuentra en una quinta, a muchos kilómetros de distancia. Pasándola mucho mejor que el año pasado, espero. Por lo menos sin tener que caminar kilómetros en la oscuridad solo y esperar horas en una terminal vacía. Cada vez que revivo ese momento y me pongo en su lugar, se me siguen llenando los ojos de lágrimas por la impotencia de no haberlo podido ayudar y hacer un poco más agradable esa experiencia oscura y triste.

……………………….

Sentada en el muelle de Mailhos, miro hacia ese mar donde espero que se disuelvan mis cenizas el día en que todas mis hojas, las escritas y las que queden en blanco con finales abiertos, se desintegren.

Pienso en que debo calificar, no en el top ten (dejemos esos puestos para personas que me superen ampliamente en edad y vida en estas costas) pero sí entre las cien personas que, estando en este momento en Punta del Este, más aman esta ciudad.

He tenido lo mejor de este lugar servido en bandeja y he tenido que escarbar debajo de la alfombra para rescatar las sobras de esa bandeja. Y en todas las situaciones posibles sigo amando esta ciudad donde lo más bello es aquello que no se puede comprar, graciosa paradoja para un sitio donde todo parece estar en (costosa) oferta. Incluso las personas.

Quizá porque fue aquí donde viví muchos de los momentos más intensos de mi vida. Los más felices y los más infelices también. He abierto ciclos y los he cerrado. Y fue aquí donde transcurrió el prólogo de este blog. Un prólogo jamás escrito, pero que en poco más de treinta días acumuló historias con las que podría publicar un libro, pero no.

Todavía no me convertí en esa mercenaria de la literatura que vende hasta el último retazo de su privacidad al mejor postor. Me sigo quedando con mis secretos y con esas historias que tal vez se disuelvan en el mar conmigo, algún día.

……………

No traje (lo que queda de) mi computadora, por eso no estoy escribiendo. Estaba trabajando en el este, ya no. Estoy en la búsqueda laboral y definiendo mi fecha de regreso a Montevideo de acuerdo a cómo se presente el panorama en los próximos días.

Tal lo esperable para un alma nómade, he andado de playa en playa, desde Bikini hasta mi querida Chihuahua, que tantas horas de sol y bellos atardeceres me ha dado el año pasado.

Además de representar dos extremos imaginarios en un largo recorrido de kilómetros, ambas playas tienen dos perfiles sociológicos bien diferentes. Bikini es un viaje de egresados donde todavía hay mucho por conocer; Chihuahua es un viaje de vuelta donde ya nada nos sorprende demasiado. Y diría que, si te sorprende, es que no estás en el lugar correcto.

Como -después de todo- las almas nómades tenemos algo de esos dos perfiles disímiles, yo me siento cómoda en ambas playas, pero a nivel literario Chihuahua es mucho más rica. Casi no existe vez en la que haya ido y no haya encontrado alguna historia digna de ser contada. Es un lugar donde las mujeres solas llaman la atención, y ese es el punto de partida de muchas experiencias y reflexiones.

Algún día le tengo que dedicar un post completo a Chihuahua.

Otra de las teorías que van tomando forma en mi existencia peregrina es que la vida nos va llevando a los lugares acerca de los cuales quiere que escribamos, porque las historias latentes en esos lugares están -de alguna manera cuántica- en sintonía con nuestra propia historia, en un momento dado. No somos nosotros quienes elegimos un lugar. El lugar nos elige a nosotros, porque quiere que expresemos su alma, de la forma en que tengamos capacidad para hacerlo.

………………

Uruguay es una prueba de crecimiento personal, un lugar para curar heridas de la niñez, no para echar raíces hacia la prosperidad.

Y NO hay hombres,

me dice la encantadora rubia del comienzo del post.

Y casi podría dar fe de todo lo que dice.

Y hacer las valijas e irme hacia otro lugar (jamás Buenos Aires).

Pero no.

(todavía)

10 (2.0). En síntesis

No sólo mi futuro es una hoja en blanco. También lo es mi presente.

Jueves, 11 de diciembre.

Estoy sentada, una vez más, frente a mi computadora.

Buscaba un momento oportuno para escribir, pero creo que esta vez la vida –como sucedió otras veces- me lo ha impuesto a la fuerza.

En Montevideo, y supongo que en casi todo Uruguay, es un día divino. Uno de esos días en que me digo a mí misma “vamos a la playa”, armo mi bolsito, y me voy hacia la playa que sea. Como ocurrió la semana pasada, que hice escala en José Ignacio y La Barra.

Hoy, en cambio, no tengo ganas de nada.  No quiero estar levantada, tampoco quiero estar en la cama. No tengo ganas de dormir, pero tampoco quiero estar despierta.

En resumen, un día delicioso.

……………

Tampoco tengo ganas de escribir un post largo. Por una vez, voy a ser sintética.

Primero, les cuento a mis lectores que a partir de ayer soy –nuevamente- una desempleada más.

Mi contrato de trabajo se acabó porque estoy sobrecalificada para el puesto que estaba ocupando, como me dijeron con mucha amabilidad mis jefes.

Es verdad, pero necesitaba el dinero como cualquier mortal no-mantenido.

Quizá debería valorar lo bueno: me quedé sin trabajo en el momento justo para buscar un trabajo de temporada. Que no será una buena temporada, pero siempre tendrá más oportunidades que las que se presentan en Montevideo donde, como bien saben los uruguayos, todo muere desde ahora y al menos hasta febrero.

Y a partir de hoy cuento con una referencia nueva, porque mis flamantes exjefes se deshicieron en abalanzas hacia mí. Yo necesitaba más el dinero que los elogios, pero no dejo de reconocer que en este país donde todo se maneja de forma pura y dura en base a recomendaciones, nunca está de más agregar una al currículum.

No obstante, por ahora, sólo puedo ver lo triste de la situación. Por ejemplo, que le había prometido un pasaje a mi hermano para poder vernos en sus vacaciones y ese papelito se fue junto con ese sueldo completo de diciembre que ya no cobraré.

…………….

Desde mi regreso a Montevideo, tuve tres noches fatídicas. Una está esbozada en el post (Querida), la otra no tuvo registro en esta crónica. Y la de ayer sería la tercera; y la primera en el ranking, por lejos.

Anoche, en medio de las lágrimas, el silencio puertas adentro, y la euforia lejana por el triunfo de River que no estaba en condiciones anímicas de compartir, me fui a bañar.

Y pasados unos minutos sentí los arañazos de la perra en la puerta, queriéndola abrir.

La perra sólo hace eso en casos extremos, cuando percibe que quien está del otro lado de la puerta está muy mal. Así que me confirmó lo que ya sabía. Y, para completar, cuando salí se puso a llorar ella también.

Toda la empatía de la que carecen algunos seres humanos está repartida entre los animales. No me queda ninguna duda de eso.

……………..

Al mismo tiempo, al igual que esa puerta, se están cerrando otras. No tengo ganas de hablar de eso, pero quizá sea necesario o inevitable que se cierren.

No hay demasiado que pueda hacer al respecto, de manera que por el momento voy a encarar lo único que siento que está en mis manos.

Mañana me voy con rumbo este a saludar a un amigo que acaba de cumplir años y a hacer un poco de terapia de playa y conversación con él.

Y después, aprovechando que ya estaré por la zona, voy a hacer la ruta de bares y hoteles de Punta del Este, La Barra, Manantiales, etc.

De nuevo frente a un fin de año incierto, les pido a mis lectores creyentes –en lo que sea- que enciendan una luz por mí.

Todo suma. Gracias.

9 (2.0). La sonrisa de los gatos

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Noviembre se va, mi amiga L. se fue hace ya varios días después de más de tres semanas de estadía donde pude recordar qué divertido era salir de bares y copas por ahí.

Hemos reído, hemos llorado, hemos bailado, hemos tomado sol y algunas otras cosas también, hemos compartido tantos silencios juntas.

En esta vida montevideana que empezó el año pasado no desde cero, sino desde menos diez, algunas veces no sólo me falta con quien compartir palabras. Más que eso, me falta con quien compartir silencios.

Y ahora se siente fuerte el bache de la ausencia de mi visitante. Hay cosas que ya no me apetece tanto hacer sola aunque, conforme pase el tiempo, sé qué volveré a adaptarme y las haré.

……………….

Entre las actividades solitarias que estoy tratando de retomar, se encuentra la de ser perseverante con la escritura. El año pasado pude escribir más de 500 páginas (sólo de este blog), lo que demuestra que –de haber tenido la constancia requerida- este año hubiera podido terminar perfectamente la novela con la que desde hace años vengo dando vueltas.

Pero no. Este año fue el del mareo rioplatense, el de estar de ambos lados de la orilla sin estar del todo en ninguno, el de un cronograma revuelto sobre el que no tuve control alguno. Y creo que esa deriva sin rumbo cierto se extendió a muchas de mis otras actividades.

Hoy, ya con un techo estable sobre mi cabeza (nunca sobre mis sueños) y caminos ya incorporados bajo mis pies, estoy tratando de retomar un relativo control sobre mi tiempo y de establecer prioridades. A esta altura de la vida una ya aprendió que el tiempo no sólo es un bien escaso sino que, además, es el más preciado de todos. Sin él, de nada sirve disponer de cualquier otro.

Por eso, estoy haciendo limpieza de actividades “inductoras del trance” -como decía un profesor en mis épocas universitarias- y poniendo en valor y grilla horaria otras que, a diferencia de aquellas, apuntan a fortalecer mis objetivos de llevar una vida cada vez más consciente. De hecho, hilando fino, toda esta aventura de venirme a Uruguay comenzó por eso, y si dejo esa búsqueda abandonada a su suerte de nada serviría todo el esfuerzo hecho hasta el momento. Del que este blog, como mis lectores ya saben, es sólo un pálido registro que elige callar muchas batallas agónicas de una esforzada (nunca definitiva) conquista.

……………

Quizás el hecho de que mi vida cambió (por exagerado que parezca) a partir de la llegada abrupta e impensada de una gata tuvo mucha influencia en lo que quiero escribir ahora.

Una novela, en principio más breve que la que escribo desde hace años y que espera paciente su final sin saber cuándo llegará ese punto, cual Penélope a Ulises.

Como conté alguna vez en La vida es novela, para sentarme a escribir un texto de ficción debo partir de una premisa básica: tener el principio y el final. Lo que está en el medio será la consecuencia de esos dos momentos.

Tengo una cábala, además. Nunca contar el título de lo que estoy escribiendo (que en mi caso surge naturalmente una vez que poseo el inicio y el desenlace de la historia).

Pero, como esa cábala está demostrando más bien ser la maldición de aquello que no avanza, esta vez la voy a quebrar.

Quiero empezar a escribir una novela que se va a llamar “La sonrisa de los gatos” (estuve investigando y al parecer sólo hay un corto con ese nombre, pero ningún texto literario). Una chica en sus veintes, un novio infiel que le regala un gato que no era originalmente para ella sino para la amante, que rechaza el regalo. La oficial y la amante forman parte del mismo grupo de amigas, que sorpresivamente (o no, pero habrá que leerlo) apoyarán a “la otra” cuando la situación, como suele ocurrir, estalle en algún momento.

Y así nuestra protagonista se quedará sin novio, sin amigas y sin salud casi al mismo tiempo, porque se enterará de que padece cáncer. Pero junto con esas pérdidas se quedará con un gato que será clave en el desarrollo de la historia.

Por supuesto, yo ya sé si ella sobrevivirá o no a su cáncer, y por supuesto ya sé también qué tipo de cáncer tiene, pero eso no es lo relevante de la historia. Lo que me interesa narrar es cómo se desarrolla la relación entre la protagonista y ese gato que llega a su vida a través de un camino misterioso, y el rol que cumple el animal a lo largo de la enfermedad.

Conozco muy bien lo que es el cáncer y creo que puedo ponerme en la piel de alguien que lo padece, porque lo viví de muy cerca por mucho tiempo. Conozco también lo que es el hecho de que un gato irrumpa en tu vida –porque ellos siempre hacen una entrada triunfal- sin haberlo buscado.

Sé que voy a llorar escribiendo esa novela porque, sin ser una historia autobiográfica, toca heridas pasadas y casi presentes que en el fondo remiten a los mismos sentimientos: la soledad, la incomprensión ajena y el desamparo frente a la adversidad.

Y espero que, una vez escrita, mis lectores se emocionen leyéndola. El plan es que esté lista en el 2015. Veremos.

La clave está, como casi todos los escritores dijeron con más o menos las mismas palabras, en sentarse y escribir todos los días.

Pero todos, sin excepción. Escribir es un ejercicio de la fuerza de voluntad, mucho más que casi cualquier otra actividad.

En realidad, la vida del escritor debería limitarse a: a) escribir, b) leer a otros escritores y c) hacer sociales (siempre glamorosos) a fin de recordar que existe un mundo fuera del interno y obtener material para sus propias creaciones. Ya se sabe, la realidad supera a la ficción.

Se sabe también que lograr que esos puntos coexistan sin ser contaminados por las demandas del tedioso mundo es algo tan esquivo y fugaz como la sonrisa de los gatos.

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P.D. Para los lectores interesados en mis vaivenes laborales, les cuento que desde hace unas semanas estoy trabajando, no en lo mío, pero me sirve para hacer un poco de caja, colaborar en la casa y cubrir algunos gastos. De todos modos, el tema trabajo quedará para un próximo post.

7 (2.0). Para no perder la costumbre

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Lunes, una nueva semana hábil comienza, el sol brilla en Montevideo y –como vengo diciendo desde el año pasado- comienza la temporada en la que de verdad vale la pena haber elegido vivir acá.

A casi un mes de haber regresado a esta ciudad ya se me están acabando las reservas de dinero que traje para pagar pequeños gastos. Para ser más exacta, en realidad casi todo se me fue en un gran gasto: un perchero (de esos comerciales) para que mi ropa pudiera salir del encierro de bolsas y cajas.

Por cierto, todavía no recuperé todas mis prendas. Ah, cómo deseo ahora haber podido dejar todo en un solo lugar. Pero no, y al presente –todavía- estoy como viviendo a medias. Aunque, por lo menos, ya tengo más opciones para elegir a la hora de vestirme y no tengo que andar siempre con los mismos dos trapitos con los que me vestí durante casi tres semanas, y pasando bastante frío.

Pero regreso a ese hecho puntual de ver cómo, poco a poco, va quedando el último billete en mi billetera.

Históricamente, en esos casos y desde que estoy en Uruguay, usaba la tarjeta de crédito. Pero, por si algún lector no lo sabe, Santa Visa pasó a mejor vida, ese paraíso que me imagino tan verde como los dólares y tan lleno de destellos de luz como los de las tarjetas más coquetas. Ya lo he dicho alguna vez: estoy fuera del sistema bancario.

Soy una outsider de la sociedad, en muchos sentidos.

Y ahora, sin la ladera plástica/ virtual, sólo me quedan mis dos laderos de carne y hueso, entendiéndose por esto las dos únicas personas con las que contás en situaciones límite, verbigracia cuando no tenés un peso, en el sentido más literal que pueda tener esa expresión (creo que todos lo saben, pero en esta crónica esa expresión SIEMPRE se utiliza en sentido puro y duro).

El primero, sin duda, mi hermano que –por razones que no viene al caso detallar- sé que no está en condiciones de ayudarme.

El segundo no me escribe desde hace unas cuantas semanas y eso es una señal de que, en este momento, no puedo contar con él.

Se trata de esos momentos que te hacen recordar hasta qué punto estás sola en el mundo: sin padre, sin madre, sin abuelos, sin familia, obviamente sin pareja.

Sí, soy una outsider.

………………..

Parte de ese dinero que tenía lo invertí en pagar un pasaje de ida y otro de vuelta para ir a la “semana” de la moda uruguaya, en el LATU (que sería como un equivalente de la Rural en el sentido de que muchas exposiciones/ congresos/seminarios en Montevideo se hacen ahí).

Quería distraerme. Y sacar fotos de otra cosa que no sea la casa donde vivo y los animales. Creo que hasta yo misma ya me aburrí de sacarles fotos, aunque los adore y ver una foto de la gatita Frida durmiendo me produzca una sensación de síndrome de Stendhal.

Llego al mostrador y le digo a la chica que fulanita me envió la invitación de prensa (es verdad) y entonces entro con la pulserita luminosa que me habilita a meter la cuchara por –en teoría- todos los rincones. A nivel económico no hace diferencia porque la entrada general es gratuita, pero lo hago para poder sacar fotos sin problemas.

Igual, para la hora en la que entro al predio no hay nada que me divierta mucho. Como 18 estaba cortada, llego tarde y me pierdo el brindis de presentación de evento, que hubiera sido lo más interesante. De las charlas que hay a continuación ninguna me llama demasiado la atención.

Me tomo una Zillertal, un café con un Kit Kat, un cóctel de Chandon, todo de cortesía y todo sea para amortizar los boletos de colectivo.

Saco algunas fotos, pero para una porteña no hay nada que sea demasiado llamativo. Todo es cada vez más Rapsodia look-alike y todas las asistentes tienen más o menos el mismo perfil. Chicas muy jóvenes de pelo largo y planchado, rubias pero no tanto, con sus madres más rubias e invariablemente bronceadas. Todas deben compartir el mismo placard, porque todas se visten con el mismo estilo. En el otro extremo, hay alguna teen alternativa style de esas que te cruzás en el BAF; pero son la excepción, no la regla.

Me enamoro de un par de vestidos incomprables en los que veo un atisbo de originalidad y emprendo la retirada.

………………

En fin, no hay mucho más para contar por el momento. Un par de entrevistas que pasaron sin pena ni gloria con la ecuación trabajo que no me gusta hacer/exigencias esclavas/ sueldo que no lo compensa. Si tan sólo una de esas variables fuera más indulgente con mis expectativas (no pido más, es claro), pero eso todavía no ha ocurrido.

Para ocupar la mente en algo más interesante, estoy diseñando un taller literario virtual. Ahora tengo el espacio físico para hacer algo presencial, es cierto, pero no es mi primera opción. Después de todo, estuve ocho años metida en el mundo de la capacitación a distancia y algo sé del tema.

No es porque lo piense como una fuente de ingresos; de hecho, no sé si eso va a ocurrir. Pero el sólo acto de pensar ejercicios que a mí me hubiera gustado hacer me genera una cierta gratificación.

Justamente porque no lo veo como algo comercial, me estoy tomando mi tiempo para organizarlo, sin urgencias. Pero, en cuanto lo haya diseñado, publicaré el aviso pertinente por si alguno de mis lectores conoce a alguien a quien pueda interesarle.

Por otra parte, y como sé que mi frecuencia de publicación es bastante díscola, creé una fan page del blog en Facebook. No para que mis lectores se hagan fans, sino para que los heavy users de esa red tengan otra opción para saber cuándo hay nuevos posts. Si tipean verlan mode en el campo de búsqueda les va a saltar la página y allí podrán ver los posts publicados. Por lo menos, por supuesto, el que sea el más reciente (la idea es ir publicando los anteriores también).

Dicho esto, me voy a tomar sol. El placer más democrático, aquel que puedo seguir disfrutando hasta que se me acabe la última gota de ese protector solar que ya comienza a escasear, desafiando a este sistema que me dice que, sin mis dos laderos, las circunstancias están a punto de resultar más abrasadoras que esos rayos.

6 (2.0). Los anillos de Saturno

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Buscame algo que dice “los anillos de Saturno”,

me pide él, y yo –siempre diligente como secretaria ad honorem- me aplico a la búsqueda.

El escuchó esa canción en otra compañía femenina, pero yo lo ignoro en ese momento y lo descubro recién cuando le participo mi descubrimiento, a causa de cierto comentario que él me hace y ya no viene al caso.

La frase, le escribo por mail, es de una canción que se llama “Al sur de tu corazón” y la canta Laura Canoura.

Por supuesto, escucho la canción. Me gusta y coincido bastante con lo que dice la letra.

El busca la canción, que escuchó por única vez en aquel momento donde me envió la frase que pescó al vuelo, averigua en qué disco se encuentra, y lo compra.

Es un disco doble que sí escucha conmigo (no sabemos si con alguien más en algún otro momento, claro, pero eso a esta altura es un detalle) y ambos coincidimos en que no era nuestro estilo. Pido disculpas si hay algún fan de Laura Canoura entre mis lectores. La he visto en alguna entrevista ya viviendo en Uruguay y de hecho me cayó bastante simpática. Pero como cantante no me enamora, con la única excepción de esa canción.

Quizá debería darle otra oportunidad pero, en el interín, lo solucionamos fácil: si alguien es fan, que vaya al recital y después nos juntamos para tomarnos un whisky. Que sea importado, por favor, no uruguayo. Amo tantas pero tantas cosas de Uruguay, salvo su whisky y ese disco de Laura Canoura.

…………………..

Domingo 12 de octubre, voy caminando por algún pasillo de la casa montevideana donde vivo y desde un celular empieza a sonar “Al sur de tu corazón”, versión en vivo y a todo volumen.

Y en un instante hago un viaje de muchos, muchos años, hasta la historia que acabo de contar. Y todos sus protagonistas se hacen presentes en el escenario donde –en el fondo- siempre están, es decir la memoria de mi alma.

Hay una frase de Rudyard Kipling que sostiene que los olores son más poderosos que las imágenes o los sonidos para despertar emociones en nuestro corazón. Pero, de alguna manera, un sonido es el perfume sutil de un recuerdo y en tanto tal a veces puede llegar a nuestro sistema límbico con la misma celeridad de un aroma. No necesito que ningún estudio científico me avale; estoy segura de que es así.

Y, para añadir una nueva dimensión a la cuestión, hace poco, justo antes de regresar a Uruguay, vi una imagen. Una impresión mediocre en blanco y negro de una casa que tiene que ver con mi historia personal, en un contexto donde se suponía –o al menos yo esperaba- que esa imagen no debía estar, nunca, de ninguna manera. La impresión de una foto de una casa en Cabo Polonio, una casa que para mí simbolizó durante mucho tiempo un pasaporte a la libertad y luego resultó ser una tumba, el sepulcro de mucha de mi ingenuidad.

Cuando vi esa imagen, al igual que cuando escuché la canción de Laura Canoura, el efecto fue instantáneo. En el caso de la foto, me tomé uno atrás del otro unos cuantos vasos de whisky (escocés, claro, no uruguayo ni argentino) del bar de la casa porteña en la que mi mirada descubrió la foto. Si el alcohol me pateó el hígado, no me importa. Duele menos una patada al cuerpo que una al alma, todos lo sabemos. Bueno, a veces dudo que todos lo sepan, pero nosotros lo sabemos y es lo que importa.

Cuando escuché la canción de la Canoura, sólo pude esbozar una semisonrisa y declararme a mí misma que el pasado nunca muere. Como los anillos de Saturno, los recuerdos giran a nuestro alrededor como partículas que se desprendieron de algo que en algún momento existió bajo otra forma. Las formas mutan, pero las partículas siguen ahí, silenciosas y sin tocarnos hasta que en algún momento de manera en apariencia azarosa una de ellas se desprende y nos golpea recordándonos que alguna vez todo fue uno: nosotros, los anillos, y el cielo en el que estuvimos suspendidos antes de aterrizar en el áspero suelo de eso que –nos lo recuerda la misma caída- es el hoy.

…………….

“Trabajá”,

me dice en tono paternalista/ condescendiente un hombre que se despide de mí en un encuentro fugaz.

Y hubiera podido responder tantas cosas, pero el contexto no era apropiado para eso. Y creo que mi interlocutor tampoco hubiera podido entenderme, así que mi respuesta fue un diplomático y helado silencio.

Me molestan, y no lo puedo evitar, las personas que piensan que no trabajo porque no quiero. No sé si se imaginan que por reunir determinadas características yo debería tener al menos un par de ofertas laborales a mis pies.

Bueno, no.

Unos días antes de venirme, estaba sentada en una esquina del muy porteño barrio de Almagro con mi amiga V. (no la del post pasado, otra con la misma inicial, colega de carrera). Y llegamos a esa conclusión: que muchas personas ven desde afuera una situación que no es, la de que una es exquisita y no se resigna a trabajar en cosas que sabe bien que no son lo suyo y no le gustan.

Ok, si te matás horas quemándote las pestañas leyendo y escribiendo muchas veces sin comer o acostarte siquiera un par de horas, no me parece mal que aspires a un determinado nivel laboral.

Pero ese no es el punto, sino el de que –en mi caso- varias veces, como ahora, aceptaría ese rango de trabajos que no me gustan. Me postulo, pero no me llaman.

Los que atraviesan mi situación pueden entenderla. Desde posiciones más privilegiadas, es muy complicado poder hacerlo. Lo sé, por eso evito discusiones y opto por el silencio.

En fin, todavía no he conseguido trabajo y, tal vez por arte de la magia de la ley de Murphy, todas esas posibilidades que parecían estar en el aire cuando tuve que regresar a Buenos Aires desaparecieron y aún no han sido reemplazadas por otras.

Pero los lectores de mi blog saben que, en esta historia, todo puede cambiar de la noche a la mañana, para mi tristeza o para mi alegría.

Y me pregunto cuáles serán los anillos de Saturno que me harán evocar este momento, cuando pase el tiempo y siempre y cuando yo logré pasar con él. Pero la respuesta es tan incierta y misteriosa como esos anillos.