16 (2.0). Existe un alfabeto del silencio

Volver era esto; irse es vivir con la ausencia de esto

Volver era esto; irse es vivir con la ausencia de esto

Pero no nos han enseñado a deletrearlo,

decía uno de mis poetas preferidos, Roberto Juarroz (y tal vez haya citado esas líneas antes, pero no tengo en este momento la capacidad para recordarlo).

Hace un año, días más días menos, estaba sentada frente a mi computadora, en la cocina del apartamento de Villa Biarritz.

Había muchos silencios en mi vida, en aquel momento. Silencios de aquellas voces que había escuchado a lo largo de mi travesía uruguaya y que ya no formaban parte de mi círculo laboral o afectivo, bien por circunstancias externas, bien por decisión propia.

Silencios de voces que no sabía que conocería en aquel momento. Y esa es la magia del destino: hoy, mientras escribo esto, ya no podría imaginar mi existencia sin esas voces.

El silencio de aquel apartamento que se perdió para siempre en la casa donde estoy pasando mis últimas horas.

Y el silencio que había detrás de las puertas donde golpeaba en vano intentando conseguir un trabajo que me permitiera quedarme.

Esos silencios han pasado y han mutado en otras formas; quizás ahora sean palabras, pero que en todo caso forman parte de una poesía escrita a destiempo y cuyos versos ya no puedo -ni me interesa- descifrar.

Sentada frente a una computadora ajena porque, queridos lectores, a) la mía terminó de morir mientras yo estuve en Punta del Este y b) no, no sé cómo voy a hacer para reponerla,

pienso en que cualquier palabra que pueda escribir en esta noche no hace más que dejar en evidencia la presencia absoluta del silencio que nos recuerda que la ausencia es la forma más sutil de la presencia.

Pienso en el silencio de las palabras de amor que no escucharé, porque aunque hubiera una voz que hubiera tomado la decisión de pronunciarlas, yo ya no estaré presente para escucharlas.

Pienso en el silencio que será la única respuesta frente a un lenguaje ante el cual me siento una extranjera y cuyos códigos simbólicos y giros urbanos ya no domino.

Pienso en el silencio como el único puente tendido entre mis -de nuevo- queridos lectores y yo, el único que permanece a través del tiempo cuando el de las palabras se cae por falta de tiempo, de recursos técnicos o por el insolente poder de la tristeza. A través del silencio avanzan, entre las siempre lábiles y movedizas orillas de la comunicación, mensajes que demuestran que lo textual no siempre necesita ser legible por medio de signos, sino revelarse mediante la sensibilidad del lector, como una película fotográfica donde sólo pueden ver imágenes quienes pueden tratar con delicadeza y paciencia aquello que para otros es sólo un material oscuro y sin matices.

Pero, por sobre todo, pienso en los silencios de aquellos maullidos que ya nunca voy a escuchar -al menos, cotidianamente- y que van a dejar mis días vacíos de la mejor música que me regaló Uruguay.

Y mientras pienso en esos silencios, sobre todo en los del párrafo anterior, me doy cuenta de que el llanto silencioso es el más triste de todos, porque es aquel donde ya no nos queda ni siquiera el poder catártico del llanto enérgico y desesperado.

………………

Me voy de Montevideo, este jueves. Sin fecha de regreso.

Es una decisión, en parte, madurada a lo largo de la estadía de un verano entero en Punta del Este, en la que la distancia me sirvió para comprobar que no estaba conforme con varios factores de mi vida montevideana.

Y a la vez, por otra parte, es una decisión forzosa y forzada, tomada sin anestesia y -por lo tanto- dolorosa, traumática y aún no procesada.

No tengo mucho más para agregar, sólo que quiero volver a vivir en Uruguay y, como siempre, cuento con el invaluable aporte de mis lectores si saben de alguna posibilidad laboral o tienen algún aporte constructivo en pos de lograr ese objetivo.

Por ahora, y dado que me quedo sin vivienda (al menos en Montevideo), debo irme a Buenos Aires y evaluar desde allí cómo seguir.

En unas horas, como cerrando un círculo, visitaré esa cocina de Villa Biarritz, y me despediré de todos los silencios. Los vividos y aquellos que quedan atrás definitivamente.

Mi computadora murió, mi celular está a punto de hacerlo, mi vida montevideana tal como la conocía está llegando a su fin. Se cortan mis lazos con el que fue mi mundo y deberé crear nuevos. Quizá en Montevideo, quizá en Maldonado, quizá en otro país, no lo sé.

Sólo sé que en este momento empieza la etapa de un duelo de duración indefinida, en el que -no obstante- los lectores y yo seguiremos unidos a través de ese melancólico, infinito y complejo alfabeto del silencio.

Anuncios

92. Un adorno de lo invisible

IMG_9967

Miércoles 19 de marzo, casi la una de la mañana,

me duermo (algo que no me viene pasando muy seguido, más bien todo lo contrario),

*teclea cosas inconexas e incoherentes*.

Tengo que despertarme muy temprano para ir a buscar las cosas que –aún- están en mi ex trabajo en Punta del Este. Es posible que me quede allá un día y vuelva el jueves a la noche.

No puedo seguir postergando el viaje porque necesito las cosas que dejé ahí, entre ellas mi plancha (vivo en un apartamento tan hippie que no hay otra plancha además de la mía), comida y cosas de perfumería que ahora se me hacen imprescindibles.

Creo que no la voy a pegar con el clima, pero debo ir.

Y escaparme por unas horas de este Montevideo donde me la pasé buscando pequeños escapes en los últimos días.

………………….

El miércoles pasado (no llegué a contarlo en mi entrada anterior, y tampoco venía mucho al caso) asistí a la inauguración oficial de un restaurante, invitada por la persona responsable de organizar el evento, alguien a quien conocí en mi ex trabajo.

El restaurante en cuestión se llama Dakota y, ahora que lo visité, puedo recomendarlo. Los porteños amantes de Kansas que vengan a Montevideo (o los nativos que suelen ir a Kansas cuando visitan Buenos Aires) se van a sentir cómodos ahí porque es muy ese estilo, e imagino que con la ventaja de la ausencia de la engorrosa e ineludible espera que caracteriza a Kansas. Se encuentra en mi querido barrio de Punta Carretas, en el Dazzler de Montevideo, ahí nomás de 21 y Ellauri.

12 de marzo, entonces. El lugar rebalsa de gente. Saco algunas fotos, me cruzo a mi ex jefe –a quien, por supuesto, saludo- e intento comer algo, sin éxito. Tengo un flashback de los eventos de mi primer trabajo, donde las señoras bien desde Punta Carretas hasta Carrasco llegaban a Pocitos con el tupper debajo del brazo.

Intento tomar un trago, pero el barman que encabeza la barra no da abasto y me dice que me lo debe. Unos minutos más tarde otro chico que está en la vuelta se apiada de mí (quizá porque debo haber sido la única asistente que fue sola y ostensiblemente sin conocer casi a nadie) y me tira un Bellini.

Sigo sacando fotos hasta pasada la medianoche, vuelvo a la barra y el barman director de orquesta me entrega un vaso con un trago adornado con primor y me dice “Te lo debía”. Lo tomo, me siento a revisar fotos, salgo y me siento ahora en la escalinata del hotel a sacar unas últimas fotos desde ahí. Pasan un par de asistentes y me preguntan si me siento mal.

No, estoy bien sobria, a pesar del Johnnie Walker double black y del trago con el que saldó su deuda el barman (el Bellini ni lo cuento porque era suave como el sol de marzo en Montevideo). Y como conozco toda la escala gradual del arco etílico, sé muy bien que por lo general quienes te preguntan si estás bien son aquellos que ya están decididamente hechos percha.

No obstante, cuando voy caminando por 21 rumbo a casa, me tropiezo porque uno de mis zapatos se engancha en la vereda y caigo estrepitosamente. Tanto, que al día siguiente tendré moretones y dolores varios, en especial en la muñeca derecha.

Hay algo que no estoy haciendo bien en mi caminar; me estoy tropezando mucho. Tengo que manejar mejor mis movimientos porque esa caída, para mí, no es más que un recordatorio simbólico de algo que está en otro plano.

Y eso que he tomado muchas decisiones clave en lo que va del mes. Muchas, quizá demasiadas para mi desbordada y siempre emocional capacidad de comprensión. Y muchas más de las que mis lectores, incluso los más cercanos a mí, podrían imaginar.

………………….

El sábado volví a salir, con un gentil anfitrión argentino que tal vez lea estas líneas y a quien le agradezco su amabilidad. Fuimos a tomar algo al célebre Pony Pisador (el de 26 de marzo) y después fuimos a 21 Bar.

Wrong way. En el 21 hay casi tanta gente como el miércoles en Dakota y a mí –que no estoy en mi mejor momento- me fastidia eso de tener que caminar entre la marea humana. Me siento como si tuviera quince años y estuviera caminando por Caix con mis amigas mientras los chicos aprovechan la volada de la ausencia de burbuja personal para tocarte todo lo que puedan en la caminata.

Hasta la música es (casi) la misma que pasaban en aquella época. Mientras tomamos una Patricia suena “Cómo no te voy a amar/ Cómo no te he de querer” y la muchachada sigue gritando “Comanche” al final de cada verso.

Igualito que en aquella época.

………………..

El lunes hice festejo de St Patrick’s, esta vez con compañía local. Fui a un clásico bar cervecero de Pocitos, el Gallagher’s (algo así como una versión local de Downtown Matías, y si no me han mentido el dueño o uno de ellos es argentino). De ahí me fui a la Ciudad Vieja, donde ahora descubrí que se hace la versión a escala pero potente del clásico festejo –amado y odiado con igual intensidad según el lugar en el que te encuentre- del microcentro porteño.

No esperaba tanto fervor pero quien no lo sepa, lo aprenderá de prisa *escucha a Jorge Drexler* cuando tenga la oportunidad de pasar unos cuantos días acá y hundirse en la cotidianeidad: en Uruguay cualquier excusa es buena para tomar.

Me tomo unas cervezas en otro clásico bar irish (el Shannon) y, si hubiera tenido alguna saudade de Buenos Aires en esa noche (que no), quedó ahogada y desvanecida entre olas de espuma, propia y ajena.

……………………

Miércoles 19 de marzo, faltan doce días para que termine el mes, aproximadamente veinte para que deba pagar mi alquiler –en el supuesto de que me quedara acá-.

Y yo sigo sin trabajo.

Y todas las pequeñas historias que ocuparon este post, más otras que quedaron en el tintero –por ejemplo recorrer varias veces la rambla desde mi casa hasta Punta  Gorda- son un intento por perfeccionar mi caminata y no tropezar a cada rato a causa de la desesperación a la que me conduce estar las veinticuatro horas del día pensando qué va a ser de mi vida en abril, si me podré quedar o si tendré que partir. Hora tras hora de una mente que tiende a devanarse en ese dilema. Despierta, en sueños, y en pesadillas.

Ya sabía de antemano que la vida uruguaya parece congelarse entre el fin del carnaval y el de la semana de turismo. Pero el año pasado, si bien ya estaba viviendo acá, entre el trabajo y el (inolvidable) esfuerzo de encontrar un lugar decente al que llamar hogar, no lo advertí con tanta fuerza.

En pos de lograr mi sueño de poder quedarme, y en vista de las circunstancias antedichas, he decidido resignar –por el momento- mis pretensiones y volver a buscar trabajo de lo que venga. Al menos hasta tener mi cédula uruguaya (no, no tengo noticias de la partida todavía).

De manera que, si algún lector en una de esas tiene algún dato de lugares donde estén buscando gente, le pido por favor me envíe esa información por privado.

Me siento como en esas relaciones donde uno quiere más que el otro o, desde otro abordaje, una de las partes necesita poner a prueba sin cesar el amor declarado por la otra parte involucrada en la relación. Amo tanto a este país, pero él se esfuerza en hacerme las cosas tan difíciles.

Pero no quiero volver con mi ex, es decir con Buenos Aires.

Y sé bien que desde afuera mi amor parece irracional pero, para mí, no existe el amor sin pasión y no existe la pasión sin locura. Le dejo la vida fácil a los cuerdos. Camino entre ellos, pero no soy una de ellos.

No necesito que nadie me tatúe en el cuerpo esa frase. La llevo tatuada en mi mirada, y todo aquel que me ha mirado a los ojos lo sabe.

Y eso es sólo un atisbo de la intensidad de la cuestión.

Porque lo visible, como cité en otro post y decía Roberto Juarroz –por siempre uno de mis poetas preferidos- es sólo un adorno de lo invisible.

77. Pista negra (III)

foto0160[1]

Sábado 23 de noviembre, siete de la tarde.

Camino hacia la fuente de la plaza Armenia, en Palermo, buscando a mis amigas V. y M.

A V. (que no es la editora y correctora de textos sino otra V., a quien casualmente conocí en el mismo trabajo y comparte nombre con aquella) la vi en mi penúltimo viaje y tuvimos una conversación preciosa, a la que aludí en un post.

A M. no la veo desde hace mucho tiempo, más de un año. Cada tanto veo fotos en Facebook y sé que tiene el cabello larguísimo. Y que, desde que decidió renunciar a aquel siniestro (en el sentido popular del término) trabajo en el que todas nos conocimos, está radiante y cada vez más bella.

Ambas son unos cuantos años más chicas que yo, pero en nuestro encuentro lo visible -como escribió Roberto Juarroz- es sólo un adorno de lo invisible.

Doy la vuelta al círculo de la fuente y, casi al final de mi recorrido, encuentro a V.

Que me llama y me abraza como si no nos hubiéramos visto desde hace mucho tiempo (o como si nos hubiéramos visto anoche). Y, para retomar la conversación emotiva que tuvimos hace casi cinco meses, me cuenta que está embarazada. Sé que no le molestará que lo comparta con mis lectores, es una noticia que celebro y sin duda merece formar parte de este texto y aportar un toque de luz.

………….

Preparamos guacamole, tomamos cerveza (menos V., claro, que toma jugo) y mantenemos una charla mística. Hablamos de las esculturas que M. hace en el IUNA, de su trabajo como cocinera, de la ayahuasca, de historias familiares, de nuestras metas y de muchas otras cosas que jamás podrían ser puestas en palabras.

Y, tal como me había ocurrido hace un día con G., un encuentro que iba a durar tres horas termina durando el doble.

Cuando nos vamos de la casa de V., M. me abraza y yo me emociono. No es la cerveza, es la sensación de haber hablado con personas que entienden cosas que nadie más podría comprender.

De ahí me voy al cumpleaños de P., a unas cuatro cuadras. Es la una y más de la mañana y, tal lo previsible en una amable noche primaveral, Palermo explota.

Ya en el bar, encuentro y saludo a queridas mujeres que de manera fortuita conocí hace unos tres años  y –salvo un par de excepciones- hace más de un año que no veo y han tenido el gesto de hacerme un inolvidable regalo de cumpleaños, tal como conté en el mismo post donde mencioné la conversación con V.

A esta altura, ya estoy cansada. Me quedo media hora y regreso a casa porque este domingo, temprano, me espera un desayuno con P. (otra P., que es tocaya de la chica del cumpleaños).

Me subo a un taxi que me cobra 55 pesos argentinos. Creo que en lo que respecta a ese medio de transporte, los costos argentinos y uruguayos están bastante parejos.

……………..

Domingo 24 de noviembre, ocho de la mañana. Me levanto para ir a desayunar con mi amiga P., que fue compañera de carrera.

A P. la vi por última vez unos días antes de iniciar mi aventura uruguaya, el veintipico de diciembre del 2012. Ella conoció y escuchó todas las ilusiones con respecto a este viaje, así que de alguna manera me emociona reencontrarme con ella y hacer un balance que no podría hacer con nadie más que con ella.

Sólo tengo dos horas para esta cita, porque en dos horas y media tengo que estar en Cabildo y Juramento para encontrarme con otra persona.

Pero las aprovechamos bien. P. –que está estudiando astrología- me hace una síntesis de mi carta natal e improvisamos una sesión de tarot, tal como hicimos hace casi exactamente un año, justo antes de mi partida. Me cuenta anécdotas de viajes que hizo y de sus propias pistas negras (literales, en su caso).

Cuando me voy, nos abrazamos y ella me dice algunas cosas.

Y me voy caminando con lágrimas en los ojos.

………………..

Cinco horas después, estoy en la casa de mi amiga M, quien hizo posible mi viaje al prestarme el dinero para los pasajes. También tengo dos horas para estar con ella porque debo  volver a casa a armar el bolso (tarea que, como de costumbre, dejo para último momento).

Hablamos a doscientos kilómetros por hora y logramos ponernos bastante al día. Y hasta nos da el tiempo para jugar un rato con su adorable pug Pepita.

Tres horas después, estoy en casa. Armo el bolso con la ropa que necesito, los encargos que me hicieron en Uruguay y todos los víveres y productos de perfumería que compré para llevarme. Y el bolso termina quedando más pesado que yo.

Me queda una hora para comer con mi hermano empanadas de carne que él mismo cocinó. Y nos tomamos un vino.

Y después de eso me acompaña a la terminal de Buquebus, donde me espera ese odioso barco lento a la China.

………………

Lunes 2 de diciembre, seis de la tarde.

J. me dice, cuando me ve salir con mi vestido negro largo de Zara “Ay Floricienta, cómo nos vinimos”.

Sí, me baten Floricienta (lo único que me puedo llegar a ver parecido es el pelo y las faldas largas, pero bueno). Y si me consiguiera el novio que se consiguió la chica de mentas en la vida real, no estaría tan mal.

Acabo de renunciar a mi trabajo. Nadie sabe todavía en ese momento (salvo mi jefa, todos se enterarán en unas horas) y se lo cuento al guardia de seguridad, que me dice al irme:

-No te olvides de comprarte una planta de ruda macho y hacer lo que te dije.

………………….

Camino y me despido del barrio, extraña combinación de toneladas de productos chinos, señoras mayores, dealers y prostitutas que cobran 350 pesos uruguayos la media hora.

Y me voy tan feliz de saber que hay gente que ya no tendrá el placer de chupar mi prana todos los días.

También me voy preocupada, no lo voy a negar.

Tengo unas dos semanas para conseguir trabajo. Si a alguno de mis lectores se le ocurre alguna idea de qué puedo hacer o adónde puedo buscar, les pido me la envíen por privado. Será bienvenida. El objetivo es seguir quedándome en este país.

Me deslizo sobre una pista cuyo final aún no puedo ver, a una velocidad vertiginosa. La misma que guió mis encuentros en mi viaje a Buenos Aires.

Y, poco a poco, voy adquiriendo una cierta maestría en esto de intentar conservar el equilibrio en un contexto donde mantenerse en pie depende de eso. Y en donde, a cada instante, uno siente que va a terminar estrellado en cualquier momento.

Una extraña combinación de adrenalina, pérdida del control y –a la vez- necesidad de autocontrol.