19 (2.0). A Christmas Carol

Miércoles 23 de diciembre, casi medianoche, en la terminal de Punta del Este.

Estoy esperando el COT que sale a la una de la mañana, para volver a Montevideo.

-No quiero festejar la navidad -le digo a mi interlocutor- No la festejo desde que murieron mis padres. Al final, me doy cuenta de que lo mejor es pasarla sola.

Y, ahora, soy nuevamente una homeless en Uruguay. Soy una peregrina, como siempre, pero sospecho que no tengo siquiera un pesebre al que llegar y le confiera a esta navidad la dimensión de renacimiento que según mi educación católica debería tener.

No. Simplemente estoy en la semivacía terminal de esa ciudad que es mi lugar en el mundo, con una cartera que me pesa y desborda de cosas –salvo quizá la más querida, una prenda que perdí esa tarde en el shopping de La Barra-, contando los segundos para que llegue la una de la mañana, en la víspera de nochebuena.

En algún momento de esa espera mi acompañante se irá y yo me daré cuenta de que esa conversación que creía privada fue escuchada por uno de los chicos del puesto de COPSA.

-Muchacha, te dejo un vaso de agua -me dice– Que pases la mejor navidad posible.

………….

Como ya conté en alguna otra entrada, cuando este blog era un espacio de escritura y catarsis cotidiano, quizá mi navidad más extraña fue aquella que pasé en una clínica, con mi padre agonizante, hace exactamente veinte años. Él y yo; casi podría decir que sólo yo, porque él ya estaba casi inconsciente y desconectado de la realidad. Siempre recordaré que unos minutos después de la medianoche entró la enfermera de turno y me dijo: bueno, basta de llorar.

Será que esas palabras me quedaron grabadas no sólo en la memoria sino también en el alma, porque este 2015 no se me cayó una sola lágrima a la medianoche, aunque fue la primera navidad de mi vida que pasé completamente sola, porque a la hora en que la amiga que me había invitado a pasarla con ella llegó a su casa ya no había ni taxis ni colectivos que me llevaran hasta allí.

Lloré después, y se me llenan los ojos de lágrimas ahora, al escribir estas líneas: es por eso que sabía que debía escribirlas. Era un buen motivo para retomar el “diario de viaje de una argentina en Montevideo”.

………

Sábado 19 de diciembre, llego a Tres Cruces (mi siempre querida terminal de Tres Cruces) con un equipaje que pesa tanto como yo, como tantas otras veces. No es que traiga ropa: mi ropa ha quedado casi toda en Montevideo, en la casa de un gentil amigo que permitió que, esta vez y ante una inminente mudanza, mis pertenencias no quedaran desperdigadas por media ciudad.

No, el peso del equipaje se debe más que nada a la comida que no debería comprar acá.

Para los lectores que no estén al tanto, abro un pequeño paréntesis. Ya no tengo hogar en Uruguay. El apartamento que compartía con otra chica fue desocupado hace unos días: mi roomie se fue a Canadá y yo a Buenos Aires, a buscar recursos para solventar mis gastos uruguayos y a llevar todo lo que pude de mi guardarropa de invierno. Porque todo parece indicar que deberé volver a Buenos Aires. Esta vez sí, aunque parezca mentira. Y si a mis lectores les parece mentira, imagínense a mí.

Ese sábado 19 me fue a buscar mi amiga R. a Tres Cruces. Y me invitó a quedarme en Montevideo hasta el 25 y pasar la nochebuena con ella. No fue una buena decisión, pero no lo sabía en ese momento.

………………..

Si no venís ahora, no vengas.

Me dice, palabras más palabras menos, un mensaje que veo en la pantalla de mi teléfono cuando me despierto el 21 de diciembre, a las 9 de la mañana; y que es la respuesta a uno mío que expresaba que llegaría el 26 a Maldonado porque me quedaría a pasar la navidad en Montevideo.

Es el mensaje que declara oficialmente que me quedé sin alojamiento en Maldonado, sin ese lugar físico que necesitaba para vivir mientras buscaba trabajo, que fue la idea del viaje desde el principio. Y tampoco tengo casa en Montevideo, por lo tanto en ese momento siento que hice todo este viaje –con el dinero, el tiempo, la ilusión y la energía que ello insume-

para nada.

Un par de días después, estoy en Portones, en la entrada del cine. Llorando, con un celular casi sin batería (es mi karma), enviando mensajes de voz en medio del griterío de la gente que hace fila eterna en el cajero automático que está al lado mío y de la casta que compra regalos de navidad para sus festejos. Aquella a la que no pertenezco desde hace mucho, mucho tiempo; más de la mitad de mi vida.

Es evidente que debo estar llorando mucho porque pasa una chica –por lo menos una década más joven que yo- con su novio, me mira con profunda compasión y me dice, con la precisión pura de las personas que poseen el don de la empatía:

-¿Te puedo ayudar en algo?

Pero no, mis problemas en este momento exceden cualquier ayuda que ella pudiera estar en condiciones de darme.

No obstante, conmovida, lloro aún más y ella me mira con aún más pena.

-Vamo arriba- me dice sonriendo.

Y esa frase tan uruguaya que a mí siempre me sonó tan mal me suena bien creo que por primera vez desde que comenzó mi travesía uruguaya.

A los dos minutos, se acerca el seguridad del cine y me dice:

-Señorita, no puede cargar su celular acá.

Gracias, señor que no posees el don de la empatía, me voy con mis lágrimas a otra parte.

……….

Casi una hora después, todavía en Portones, en mi celular al borde de la agonía aparecen las palabras de mi amiga R., en cuya casa me estoy quedando:

“Preparate que te paso a buscar”.

Salgo del shopping y la lluvia cae como si se tomara revancha de todas esas veces en que se vio privada de salir a escena en Montevideo. Cae copiosa, triunfal, casi pornográfica.

Cinco minutos después –y a pesar de estar bajo el techo del refugio de la parada de ómnibus- estoy como si hubiera cruzado a nado el Río de La Plata, con cartera incluida. Cartera llena de papeles que pasaron a mejor vida porque la lluvia los deja inutilizables en la forma más pura y dura que mis lectores puedan imaginar.

Media hora después, recibo otro mensaje de mi amiga:

“Tomate un taxi. No puedo llegar”.

Y comienza otro capítulo de la telenovela de ese día, un peregrinaje de una hora en el vano intento de conseguir un taxi bajo la lluvia furiosa e incesante.

Que al final llegará, después de que la vida considere que por el día de la fecha ya ha cumplido con su deber de caer, con su dureza más líquida, sobre mí.

…………

Ya lo he contado en este blog: en algún momento, guiada por mi amor a la naturaleza y al agua en todas sus formas, hice el curso de timonel que se dicta en el Automóvil Club Argentino.

Mi profesor, de apellido Delgadillo, decía que en algunas ocasiones hay que aprender a dejarse llevar y navegar sin rumbo. Pero eso, decía también, es un privilegio reservado a quienes tienen la experiencia necesaria para poder hacerlo.

-No le hagan caso, chicos -decía su mujer, que dictaba con él las clases- Nunca es bueno navegar sin rumbo.

Y comenzaba entre ellos una pequeña discusión que excede el punto que deseo ilustrar aquí. Una escena que –todos los alumnos lo sabíamos- era sólo un paso de comedia con el que pretendían dejar su impronta en cuestiones de otra manera muy prosaicas y matemáticas (como lo sabe cualquiera que haya debido trazar un rumbo frente a una carta náutica).

Vuelvo al presente.

Yo soy la aventura, como declaré en la línea de apertura de uno de los textos de este blog. Y la aventura, como declaré en la línea de cierre de ese mismo texto, es un acto de fe.

La fe fue ese hilo conductor que guió mi cruzada de tres años en tierras uruguayas. Tres años que ahora me encuentran sin casa, sin trabajo, y debiendo tomar la decisión de reajustar mi rumbo.

Eso pienso en los albores del 25 de diciembre, en el pesebre montevideano al que llegué después de que varias otras puertas se cerraran en mi cara con la violencia del golpe no esperado.

Y ahora soy, como reza el epitafio de Francis Scott Fitzgerald, uno de esos barcos contra la corriente que son llevados en forma inexorable hacia el pasado. Porque, más tarde o más temprano, la corriente es más fuerte que cualquier intento de ganarle, como sabe cualquier navegante más allá de las declaraciones histriónicas de los capitanes que los instruyen.

Los aventureros de alma sólo tenemos una certeza: que nunca se vuelve al mismo lugar, menos después de que el mar haya inundado hasta el último recoveco no ya de nuestros barcos, sino de nuestra alma.

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Bitácoras de la derrota

(reflexiones literarias VI)

Creo que, en los posts anteriores de la serie “Reflexiones literarias”, ha quedado claro que adhiero a la idea de que el arte nace de la experiencia y que, en cualquier caso, 1) la imaginación nos ayuda a re-crear esa experiencia y 2) todo lo que podamos imaginar se origina en aquello que hemos vivido. Y, por otra parte, que el hecho de haberle puesto el cuerpo a una determinada situación no se traduce de manera automática en una obra -más o menos- artística. La creación sólo es posible cuando podemos dejar fluir los trazos de la experiencia.

En ese acto, el cuerpo y el arte son indivisibles e indistinguibles. En la pintura o la escultura es muy clara la relación entre el cuerpo y el des-cubrimiento de algo que sólo comienza a hacerse evidente gracias a él. A la escritura, en cambio, tiende a atribuírsele un proceso de creación bastante más intelectual, en el que el cuerpo pasa a ser sólo un instrumento que permite plasmar en un soporte físico o virtual lo que la mente le dicta. Una misma frase puede ser escrita por cualquier persona y su sentido no se modificará; por el contrario, una pincelada sobre un lienzo es tan irrepetible como el ser que la trazó.

Sin embargo, soy de las que creen que el cuerpo interviene tanto en la literatura como lo hace en otras ramas del arte. En primer lugar, por la razón detallada en el párrafo de apertura de este post: lo que podemos expresar nace de una experiencia a la que en algún momento le pusimos el cuerpo. Y en segundo lugar, porque el momento de creación plena es equivalente a un estado de trance donde no existen ni el tiempo ni el espacio. Es decir, donde se impone la lógica del cuerpo por sobre la de la mente.

Según una corriente muy en boga hoy en día, deudora tanto de la filosofía zen como de la física cuántica, el tiempo es una construcción mental y –en tanto tal- sólo puede ser trascendida cuando aprendemos a dominar a nuestra caprichosa mente. Si bien el objetivo final en esa línea de pensamiento es poder lograrlo a voluntad, existe la posibilidad de que alcancemos ese estado sin buscarlo de manera consciente y sin que siquiera nos percatemos de ello. Una de esas maneras es a través de la creación artística, donde el cuerpo pasa a estar un paso por delante de las estructuras mentales que clasifican y estancan, en fragmentos limitados, un continuo de experiencia.

Quizás por esa presencia protagónica del cuerpo, creo que el ejercicio de desarrollar un texto literario tiene mucho que ver con una navegación en soledad. Navegar es una actividad donde el cuerpo está continuamente involucrado y, en muchos momentos, el instinto y los movimientos que el cuerpo aprendió a hacer suyos mediante la experiencia actúan antes que la mente. La escritura es un viaje individual que nace de percepciones singulares: no hay copilotos; el acto de manejar el timón es responsabilidad exclusiva de quien se enfrenta, de manera solitaria, a una hoja de papel o a la pantalla de su computadora.

Y, si consideramos que el arte en particular y la literatura en especial tienen más que ver con los hechos efectivamente vividos que con los imaginados, es tentadora la hipótesis de que cuanto más ingobernable el curso de la derrota –tanto en el sentido náutico como, a veces, en el coloquial del término-  tanto más interesante será la bitácora de viaje.

En el próximo post de la serie de reflexiones literarias, retomaré el tema de lo que -en mi humilde opinión y experiencia- ocurre al embarcarse en esa viaje que nace en un punto de partida concreto y se dirige a un punto de llegada inasible. Que es, a la vez, un punto de partida hacia otras travesías porque, como sostuve en un post anterior, creo que el arte es un viaje eterno.

Pero eso derá dentro de unos días. Creo que el próximo post lo dedicaré al tema del bricolage con cuero y a personalizar un par de botas.

Besos

PD. La foto que ilustra el post viene de la época en que hice el curso de timonel en el ACA. No tengo muy buenas fotos de esa experiencia… porque se supone que iba a aprender, no a sacar fotografías. Y debía comprometer mi cuerpo al 100%, así que de ahí nace mucho de la inspiración para este texto.