20 (2.0). Y nos conocemos mucho

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Lunes 11 de febrero de 2013, estoy sentada en el locutorio de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces. Es un momento de incertidumbre: mi viaje puede acabarse justo en este anhelado momento en que está comenzando. Miro hacia afuera y veo a toda esa gente que deambula, sin cesar, por los pasillos. Gente que abandona Montevideo por el feriado de carnaval y gente que llega justamente por eso.

Pero todos ellos, intuyo, tienen algo en común. Tienen eso a lo que el mundo, para mí, se reduce en ese instante: un lugar para dormir y alguien que los reciba, sea por cariño o por los eficaces oficios de una tarjeta de crédito.

Martes 12 de enero de 2016, estoy sentada en el patio de comidas de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces y no puedo evitar recordar esa tarde que daría inicio a los tres años que pasé en Uruguay. Al igual que en ese momento, no tengo un lugar donde dormir esa noche.

De hecho, tampoco lo tenía anoche.

…………………

Doce horas antes de ese momento, estaba sentada en la misma mesa del patio de comidas. Sin llave para entrar a la casa donde estaban mis cosas -sólo llevaba consigo mi documento argentino y unos doscientos pesos uruguayos- y sin la dueña de esa casa presente.

Pero como siempre sucedió a lo largo de estos tres años, siempre aparece la red justo en ese momento en que me estoy por estrellar contra el piso. De hecho, esta vez, sentí el olor del suelo con una vividez tal que podría reproducirlo nota por nota, si alguna gran firma internacional me quisiera contratar para crear ese perfume.

Sí: entre todos los títulos que conquisté durante estas (más de) mil y una noches, también tengo ese. Soy nariz de suelos. Y tengo muy poca competencia a nivel mundial.

Dos horas después de ese momento estoy, en muy agradable compañía, en Negroni, comiendo una pizza ya no recuerdo con qué ingredientes y bebiendo no sé qué trago, a pesar de que recuerdo que -como siempre- fue elegido con esmero. Ocurre que a veces la historia es tan fuerte que el decorado y la utilería pasan a un segundo plano.

Recuerdo estar sentada en una mesa de la vereda mirando a la gente del restaurante que se encuentra justo enfrente y retrocediendo casi tres años en el tiempo, a mis días ahí y a las historias brillantes y oscuras que suceden puertas adentro y los comensales nunca conocerán.

Recuerdo las lágrimas que lloré sin cesar cuando mi anfitriona de esos días de enero de 2016 me comunicó que no regresaría a su casa esa noche y que, por lo tanto, yo quedaba en libertad de hacer lo que quisiera.

Recuerdo lo difícil que es pensar con claridad cuando sentís que te sueltan la mano y te sentís tan sola y desamparada como cuando recién llegaste, antes de que el bar donde estoy sentada fuera siquiera construido, antes de poder imaginar que trabajarías en el lugar que está enfrente y de que allí aprenderías cosas que nunca hubieras soñado, antes de aprender que la confianza te salva en ocasiones y en otras te conduce a abismos como este.

Recuerdo a la persona que tejió los hilos de la red que me rescató esa noche y a la que siempre le estaré agradecida por su generosidad y caballerosidad.

Recuerdo que lo primero que hizo esa persona cuando crucé la puerta de su casa fue abrirme la ducha para que pudiera tomar un baño caliente que me sacara las lágrimas del cuerpo, y dejarme una copa de vino en la mesa de noche del cuarto de invitados para que las lágrimas del alma -que se siguen derramando cuando las del cuerpo ya han cesado- pudieran brindar por el elegante don de la oportunidad de las causas y azares del destino.

………………..

Pero ahora, después de la ducha caliente, la copa de vino, la gran vista de Montevideo desde un apartamento cercano al Golf y el desayuno amable, estoy sentada nuevamente en un banco frío de la terminal de Tres Cruces, esperando escuchar el ábrete sésamo que permite que las llaves de la casa donde me esperan mis cosas se abra y yo pueda rescatarlas y llevármelas lo más lejos posible de ahí.

Es una sutil ironía que mi ciclo de vida en Uruguay termine donde empezó y que el lugar sea, una vez más, aquel de donde partí. Pero, como escribí hace poco, ese espejismo circular es falaz: el punto de partida parece coincidir con el de llegada, pero existe una distancia infinita entre ambos.

Y, por otra parte, como bien saben mis lectores, en estos tres años adquirí esa odiosa costumbre de aprender a convivir con la sutileza de la ironía, que sabe ejercer el sarcasmo con una delicadeza en la que ningún ser humano fue, es, ni será jamás, tan diestro.

……………..

Me siento en un banco justo enfrente del Emporio de los Sandwiches. Se sientan y se van señoras que compran postres a los que devoran como si fuera su último día, entran al local teenagers mochileras que compran comida como si ese que inciarán en minutos fuera el último viaje que van a emprender. Y llegan a mi celular mensajes que me recuerdan que la vida es un ciclo y que todo puede renacer cuando parece estar a punto de morir.

Con cierto olvido del don de la empatía, unas horas después llama también mi (ex) anfitriona y -al fin- puedo rescatar mis cosas de un entorno que en ese momento fue hostil y hoy ni siquiera forma parte de mi vida; sólo de mis recuerdos y sólo a efectos de escribir, que es lo único que me importa en este momento y lo que me permite seguir viviendo porque la escritura es mi única compañía incondicional y eterna.

………..

Jueves 4 de febrero, estoy sentada en mi casa en Buenos Aires. Han pasado muchas cosas en el medio: Después de un viaje horrible (no existen otros adejtivos para calificarlo) que se extendió desde el 19 de diciembre al 14 de enero, donde todo lo que podía salir mal salió mal (no existe una manera más pura y dura de describirlo), tuve la oportunidad de despedirme de Uruguay de una manera más grata.

Pude tener, por casi una semana, una estadía mucho más grata donde pude equilibrar energías y estar finalmente de vacaciones en mi lugar en el mundo, Punta del Este.

Como ya se dejaba vislumbrar en mi anterior entrada, he decidido volver a Buenos Aires. Es una decisión ambivalente: por un lado, siento que Uruguay -por el momento- ha cumplido su ciclo. Por otro lado, siempre se extraña a un gran amor, y siempre es difícil dejarlo, a pesar de la convicción que sustente nuestra elección.

Pero hay una luz que hace mucho más acogedor este túnel de un final cuyo paisaje que -como a todos, al fin y al cabo- me resulta esquivo. Este año verá esa luz el libro que reunirá todas esas historias vividas en Uruguay. Todas aquellas que fueron narradas en este blog y muchas de aquellas que no conté y que permitirán ver el conjunto bajo una nueva perspectiva.

Mi objetivo es que el libro se edite (por supuesto, será una edición de autor) para octubre o noviembre, porque lo quiero presentar antes de fin de año, tanto en Buenos Aires como en Uruguay. Todos los lectores históricos estarán invitados y me encantaría contar con su presencia porque, después de todo,

somos pocos y nos conocemos en mucho. Casi igual a lo que ocurre en Uruguay.

 

 

 

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19 (2.0). A Christmas Carol

Miércoles 23 de diciembre, casi medianoche, en la terminal de Punta del Este.

Estoy esperando el COT que sale a la una de la mañana, para volver a Montevideo.

-No quiero festejar la navidad -le digo a mi interlocutor- No la festejo desde que murieron mis padres. Al final, me doy cuenta de que lo mejor es pasarla sola.

Y, ahora, soy nuevamente una homeless en Uruguay. Soy una peregrina, como siempre, pero sospecho que no tengo siquiera un pesebre al que llegar y le confiera a esta navidad la dimensión de renacimiento que según mi educación católica debería tener.

No. Simplemente estoy en la semivacía terminal de esa ciudad que es mi lugar en el mundo, con una cartera que me pesa y desborda de cosas –salvo quizá la más querida, una prenda que perdí esa tarde en el shopping de La Barra-, contando los segundos para que llegue la una de la mañana, en la víspera de nochebuena.

En algún momento de esa espera mi acompañante se irá y yo me daré cuenta de que esa conversación que creía privada fue escuchada por uno de los chicos del puesto de COPSA.

-Muchacha, te dejo un vaso de agua -me dice– Que pases la mejor navidad posible.

………….

Como ya conté en alguna otra entrada, cuando este blog era un espacio de escritura y catarsis cotidiano, quizá mi navidad más extraña fue aquella que pasé en una clínica, con mi padre agonizante, hace exactamente veinte años. Él y yo; casi podría decir que sólo yo, porque él ya estaba casi inconsciente y desconectado de la realidad. Siempre recordaré que unos minutos después de la medianoche entró la enfermera de turno y me dijo: bueno, basta de llorar.

Será que esas palabras me quedaron grabadas no sólo en la memoria sino también en el alma, porque este 2015 no se me cayó una sola lágrima a la medianoche, aunque fue la primera navidad de mi vida que pasé completamente sola, porque a la hora en que la amiga que me había invitado a pasarla con ella llegó a su casa ya no había ni taxis ni colectivos que me llevaran hasta allí.

Lloré después, y se me llenan los ojos de lágrimas ahora, al escribir estas líneas: es por eso que sabía que debía escribirlas. Era un buen motivo para retomar el “diario de viaje de una argentina en Montevideo”.

………

Sábado 19 de diciembre, llego a Tres Cruces (mi siempre querida terminal de Tres Cruces) con un equipaje que pesa tanto como yo, como tantas otras veces. No es que traiga ropa: mi ropa ha quedado casi toda en Montevideo, en la casa de un gentil amigo que permitió que, esta vez y ante una inminente mudanza, mis pertenencias no quedaran desperdigadas por media ciudad.

No, el peso del equipaje se debe más que nada a la comida que no debería comprar acá.

Para los lectores que no estén al tanto, abro un pequeño paréntesis. Ya no tengo hogar en Uruguay. El apartamento que compartía con otra chica fue desocupado hace unos días: mi roomie se fue a Canadá y yo a Buenos Aires, a buscar recursos para solventar mis gastos uruguayos y a llevar todo lo que pude de mi guardarropa de invierno. Porque todo parece indicar que deberé volver a Buenos Aires. Esta vez sí, aunque parezca mentira. Y si a mis lectores les parece mentira, imagínense a mí.

Ese sábado 19 me fue a buscar mi amiga R. a Tres Cruces. Y me invitó a quedarme en Montevideo hasta el 25 y pasar la nochebuena con ella. No fue una buena decisión, pero no lo sabía en ese momento.

………………..

Si no venís ahora, no vengas.

Me dice, palabras más palabras menos, un mensaje que veo en la pantalla de mi teléfono cuando me despierto el 21 de diciembre, a las 9 de la mañana; y que es la respuesta a uno mío que expresaba que llegaría el 26 a Maldonado porque me quedaría a pasar la navidad en Montevideo.

Es el mensaje que declara oficialmente que me quedé sin alojamiento en Maldonado, sin ese lugar físico que necesitaba para vivir mientras buscaba trabajo, que fue la idea del viaje desde el principio. Y tampoco tengo casa en Montevideo, por lo tanto en ese momento siento que hice todo este viaje –con el dinero, el tiempo, la ilusión y la energía que ello insume-

para nada.

Un par de días después, estoy en Portones, en la entrada del cine. Llorando, con un celular casi sin batería (es mi karma), enviando mensajes de voz en medio del griterío de la gente que hace fila eterna en el cajero automático que está al lado mío y de la casta que compra regalos de navidad para sus festejos. Aquella a la que no pertenezco desde hace mucho, mucho tiempo; más de la mitad de mi vida.

Es evidente que debo estar llorando mucho porque pasa una chica –por lo menos una década más joven que yo- con su novio, me mira con profunda compasión y me dice, con la precisión pura de las personas que poseen el don de la empatía:

-¿Te puedo ayudar en algo?

Pero no, mis problemas en este momento exceden cualquier ayuda que ella pudiera estar en condiciones de darme.

No obstante, conmovida, lloro aún más y ella me mira con aún más pena.

-Vamo arriba- me dice sonriendo.

Y esa frase tan uruguaya que a mí siempre me sonó tan mal me suena bien creo que por primera vez desde que comenzó mi travesía uruguaya.

A los dos minutos, se acerca el seguridad del cine y me dice:

-Señorita, no puede cargar su celular acá.

Gracias, señor que no posees el don de la empatía, me voy con mis lágrimas a otra parte.

……….

Casi una hora después, todavía en Portones, en mi celular al borde de la agonía aparecen las palabras de mi amiga R., en cuya casa me estoy quedando:

“Preparate que te paso a buscar”.

Salgo del shopping y la lluvia cae como si se tomara revancha de todas esas veces en que se vio privada de salir a escena en Montevideo. Cae copiosa, triunfal, casi pornográfica.

Cinco minutos después –y a pesar de estar bajo el techo del refugio de la parada de ómnibus- estoy como si hubiera cruzado a nado el Río de La Plata, con cartera incluida. Cartera llena de papeles que pasaron a mejor vida porque la lluvia los deja inutilizables en la forma más pura y dura que mis lectores puedan imaginar.

Media hora después, recibo otro mensaje de mi amiga:

“Tomate un taxi. No puedo llegar”.

Y comienza otro capítulo de la telenovela de ese día, un peregrinaje de una hora en el vano intento de conseguir un taxi bajo la lluvia furiosa e incesante.

Que al final llegará, después de que la vida considere que por el día de la fecha ya ha cumplido con su deber de caer, con su dureza más líquida, sobre mí.

…………

Ya lo he contado en este blog: en algún momento, guiada por mi amor a la naturaleza y al agua en todas sus formas, hice el curso de timonel que se dicta en el Automóvil Club Argentino.

Mi profesor, de apellido Delgadillo, decía que en algunas ocasiones hay que aprender a dejarse llevar y navegar sin rumbo. Pero eso, decía también, es un privilegio reservado a quienes tienen la experiencia necesaria para poder hacerlo.

-No le hagan caso, chicos -decía su mujer, que dictaba con él las clases- Nunca es bueno navegar sin rumbo.

Y comenzaba entre ellos una pequeña discusión que excede el punto que deseo ilustrar aquí. Una escena que –todos los alumnos lo sabíamos- era sólo un paso de comedia con el que pretendían dejar su impronta en cuestiones de otra manera muy prosaicas y matemáticas (como lo sabe cualquiera que haya debido trazar un rumbo frente a una carta náutica).

Vuelvo al presente.

Yo soy la aventura, como declaré en la línea de apertura de uno de los textos de este blog. Y la aventura, como declaré en la línea de cierre de ese mismo texto, es un acto de fe.

La fe fue ese hilo conductor que guió mi cruzada de tres años en tierras uruguayas. Tres años que ahora me encuentran sin casa, sin trabajo, y debiendo tomar la decisión de reajustar mi rumbo.

Eso pienso en los albores del 25 de diciembre, en el pesebre montevideano al que llegué después de que varias otras puertas se cerraran en mi cara con la violencia del golpe no esperado.

Y ahora soy, como reza el epitafio de Francis Scott Fitzgerald, uno de esos barcos contra la corriente que son llevados en forma inexorable hacia el pasado. Porque, más tarde o más temprano, la corriente es más fuerte que cualquier intento de ganarle, como sabe cualquier navegante más allá de las declaraciones histriónicas de los capitanes que los instruyen.

Los aventureros de alma sólo tenemos una certeza: que nunca se vuelve al mismo lugar, menos después de que el mar haya inundado hasta el último recoveco no ya de nuestros barcos, sino de nuestra alma.

16 (2.0). Existe un alfabeto del silencio

Volver era esto; irse es vivir con la ausencia de esto

Volver era esto; irse es vivir con la ausencia de esto

Pero no nos han enseñado a deletrearlo,

decía uno de mis poetas preferidos, Roberto Juarroz (y tal vez haya citado esas líneas antes, pero no tengo en este momento la capacidad para recordarlo).

Hace un año, días más días menos, estaba sentada frente a mi computadora, en la cocina del apartamento de Villa Biarritz.

Había muchos silencios en mi vida, en aquel momento. Silencios de aquellas voces que había escuchado a lo largo de mi travesía uruguaya y que ya no formaban parte de mi círculo laboral o afectivo, bien por circunstancias externas, bien por decisión propia.

Silencios de voces que no sabía que conocería en aquel momento. Y esa es la magia del destino: hoy, mientras escribo esto, ya no podría imaginar mi existencia sin esas voces.

El silencio de aquel apartamento que se perdió para siempre en la casa donde estoy pasando mis últimas horas.

Y el silencio que había detrás de las puertas donde golpeaba en vano intentando conseguir un trabajo que me permitiera quedarme.

Esos silencios han pasado y han mutado en otras formas; quizás ahora sean palabras, pero que en todo caso forman parte de una poesía escrita a destiempo y cuyos versos ya no puedo -ni me interesa- descifrar.

Sentada frente a una computadora ajena porque, queridos lectores, a) la mía terminó de morir mientras yo estuve en Punta del Este y b) no, no sé cómo voy a hacer para reponerla,

pienso en que cualquier palabra que pueda escribir en esta noche no hace más que dejar en evidencia la presencia absoluta del silencio que nos recuerda que la ausencia es la forma más sutil de la presencia.

Pienso en el silencio de las palabras de amor que no escucharé, porque aunque hubiera una voz que hubiera tomado la decisión de pronunciarlas, yo ya no estaré presente para escucharlas.

Pienso en el silencio que será la única respuesta frente a un lenguaje ante el cual me siento una extranjera y cuyos códigos simbólicos y giros urbanos ya no domino.

Pienso en el silencio como el único puente tendido entre mis -de nuevo- queridos lectores y yo, el único que permanece a través del tiempo cuando el de las palabras se cae por falta de tiempo, de recursos técnicos o por el insolente poder de la tristeza. A través del silencio avanzan, entre las siempre lábiles y movedizas orillas de la comunicación, mensajes que demuestran que lo textual no siempre necesita ser legible por medio de signos, sino revelarse mediante la sensibilidad del lector, como una película fotográfica donde sólo pueden ver imágenes quienes pueden tratar con delicadeza y paciencia aquello que para otros es sólo un material oscuro y sin matices.

Pero, por sobre todo, pienso en los silencios de aquellos maullidos que ya nunca voy a escuchar -al menos, cotidianamente- y que van a dejar mis días vacíos de la mejor música que me regaló Uruguay.

Y mientras pienso en esos silencios, sobre todo en los del párrafo anterior, me doy cuenta de que el llanto silencioso es el más triste de todos, porque es aquel donde ya no nos queda ni siquiera el poder catártico del llanto enérgico y desesperado.

………………

Me voy de Montevideo, este jueves. Sin fecha de regreso.

Es una decisión, en parte, madurada a lo largo de la estadía de un verano entero en Punta del Este, en la que la distancia me sirvió para comprobar que no estaba conforme con varios factores de mi vida montevideana.

Y a la vez, por otra parte, es una decisión forzosa y forzada, tomada sin anestesia y -por lo tanto- dolorosa, traumática y aún no procesada.

No tengo mucho más para agregar, sólo que quiero volver a vivir en Uruguay y, como siempre, cuento con el invaluable aporte de mis lectores si saben de alguna posibilidad laboral o tienen algún aporte constructivo en pos de lograr ese objetivo.

Por ahora, y dado que me quedo sin vivienda (al menos en Montevideo), debo irme a Buenos Aires y evaluar desde allí cómo seguir.

En unas horas, como cerrando un círculo, visitaré esa cocina de Villa Biarritz, y me despediré de todos los silencios. Los vividos y aquellos que quedan atrás definitivamente.

Mi computadora murió, mi celular está a punto de hacerlo, mi vida montevideana tal como la conocía está llegando a su fin. Se cortan mis lazos con el que fue mi mundo y deberé crear nuevos. Quizá en Montevideo, quizá en Maldonado, quizá en otro país, no lo sé.

Sólo sé que en este momento empieza la etapa de un duelo de duración indefinida, en el que -no obstante- los lectores y yo seguiremos unidos a través de ese melancólico, infinito y complejo alfabeto del silencio.

15 (2.0). The not quite, the not yet, and the not at all

Lunes nueve, dos A.M.

Camino por la desierta rambla puntaesteña y recuerdo qué diferente era este camino hace sólo un mes.

Iba por la 20, después me pasé a Gorlero (que es por donde debería estar caminando para llegar antes a mi destino) pero la ausencia absoluta de gente me deprimió. En Gorlero no hay NADIE. Todo está cerrado y no hay ni hormigas caminando por la calle.

No diría que me da miedo, miedo es lo que sentiría caminando sola en este mismo momento por Buenos Aires. Pero sí siento un profundo desasosiego. Porque he viajado mucho a Punta del Este fuera de temporada, pero lo habitual es que estuviera acompañada por las noches. Y, además, que hiciera una vida puertas adentro, en un bello lugar del que no sentía deseos de salir.

Por lo tanto estoy viviendo, por primera vez, esa experiencia de la que tanto me ha hablado tanta gente: la soledad del este entre temporada y temporada.

Que, al fin y al cabo, no es muy diferente a la que viví en Montevideo durante casi todo el primer año de mi estadía.

Y sobreviví para contarlo.

……………..

Casi diecisiete horas después, mi celular no suena cuando me hacen una llamada. Conclusión: me dejan plantada cuando yo ya estaba pronta para salir.

Me puede dejar plantada cualquiera, pero la cuestión es que me deja plantada esa persona que yo espero que nunca pero nunca haga esas cosas. El único hombre incondicional después de mi hermano: mi ex. Pero empiezo a pensar que ningún hombre tiene la cualidad de ser incondicional, eso nos está reservado a nosotras (feliz día atrasado, mujeres).

No sé si ir a tirar mi celular al mar para que tenga la misma muerte romántica que el que ahogué involuntariamente en Valizas o quedarme en mi cama llorando.

Pero no quiero tirame en esta cama, ni siquiera en la de Montevideo. Quiero estar en mi cama de Buenos Aires manchando mis almohadas con esa mezcla indeleble de lágrimas, delineador negro y máscara de pestañas sin que nadie me moleste. Aunque ay, si eso fuera posible, con mis gatos de Montevideo al lado mío.

Y por un momento deseo nunca haber venido a Uruguay. Aunque lo cierto es que ya no puedo imaginar mi vida sin esta experiencia.

……….

Hace 81 días que estoy en Punta del Este, casi un verano (y si me apuran hasta podría recibir el otoño acá).

Y pasaron muchas cosas en esos días, muy diferentes a las de hace dos años, en aquel ahora muy lejano primer mes de mi experiencia uruguaya.

La principal diferencia es que yo ya no soy la misma, y probablemente por eso me pasan cosas distintas.

Una de las cosas remarcables que me pasó fue el amable préstamo de un apartamento durante dos semanas, hecho que -como tantos otros- debo agradecerle a este blog. Es muy posible que la persona que me lo prestó lea estas líneas, de manera que nuevamente se lo agradezco. Fue una isla de paz y estabilidad en el océano de la turbulencia constante.

Ahora me duele mucho la cabeza y recuerdo las palabras de mi amiga B., en cuya casa dormí el viernes: “no tengas novio, no tengas hijos, seguí con tu vida de soltera”.

Mi amiga -otro de los regalos que me hizo la punta en esta temporada- tiene una bella hija y un novio a quienes ama. Pero creo que, aplicado a mi caso y mis experiencias, su consejo tiene algo de sabiduría.

Y también me retó por haberme sacado el rubio (ahora estoy más oscura). Y tiene razón. No me encuentro sin esa cuota de agua oxigenada en mi cabeza.

Todo indica que debo seguir siendo rubia y soltera.

………………

No he tenido acceso a una computadora durante varios días, y hoy resultó ser el día con todos los números de la rifa para sentarme a escribir. Era eso o salir a la calle a ver si me pisa un auto. Claro, hay que pararse en el medio de la calle en algún punto de paso obligado -digamos cerca de una estación de servicio- pero munida de un banquito para sentarse a esperar hasta ese dichoso momento en que llegue el auto.

He tenido varias noches como estas -casi todas narradas en este blog de una manera u otra- y recuerdo en particular y con nitidez a la señora madre de esas noches, la del 31 de julio de 2013 (esbozada en “Tierna es la noche“).

Muy, pero muy relacionada con esa porque la sangre del dolor brotaba de una misma herida, recuerdo también la noche posterior a los feriados de carnaval: la del miércoles de ceniza del 2014, a la que a su vez le dediqué el post “La peine“.

La diferencia entre una y otra noche es que en la de “La peine” había una decisión consciente y voluntaria de dejar atrás algo y apostar por ese refugio que tan bien conozco, el de la soledad.

A un año de haber tomado esa decisión, no estoy segura de que haya sido la correcta y -de hecho- no me interesa demasiado mantenerla, aunque las circunstancias ayudaron a que pudiera hacerlo. No sé si esa pequeña muerte que sucedió a “soltar el ladrillo” generó una pequeña resurrección. Y no sé qué ocurrirá a mi regreso a Montevideo con esa historia.

En este momento sólo sé que recuerdo aquella noche fría del 31 de julio de 2013, sentada en la querida cocina de Villa Biarritz, tomando grappamiel, escuchando Tom Waits, llorando, escribiendo y muriéndome de frío.

“Cuando nos movemos en el límite, como lo hacemos nosotros, cualquier cosa puede provocar un derrumbe. Me duele mucho lo ocurrido y espero que podamos aprender de esto” me escribe, en el mismo momento en que estoy escribiendo estas palabras, la persona que me dejó plantada y me concedió con cierta gracia la ocasión para estar escribiendo este texto, que hubiera sido muy otro si lo hubiera escrito -tal lo previsto- mañana.

Si, tal vez peco de soberbia, pero no veo qué es lo que yo tengo de aprender de esta situación. Salvo que, como señalé al principio de este post, quizá no exista el hombre que tenga la capacidad de ser incondicional del todo. Y que tengo que cambiar mi celular, pero eso ya lo sabía.

En lo que sí coincido es en que siento todos los cascotazos juntos en mi cabeza. Por eso me duele tanto, al límite de la náusea. Y no tengo aspirinas salvo mi Plidex de cabecera, la panacea para todo. Veremos si funciona contra esto.

…………….

En unos días (al momento de escribir estas líneas no sé cuántos, pero serán pocos) me vuelvo a Montevideo y, en algún momento de marzo, viajaré a Buenos Aires (de visita).

Los mismos caminos de hace dos años, pero otra caminante. Y una ruta excluida de las mapas y que nunca, pero nunca, se deja anticipar del todo.

14 (2.0). No tan bárbaro

Reina y su muñeca
Hace hoy exactamente un año yo estaba también en Punta del Este desde hacía unas cuantas semanas, a unos kilómetros de donde estoy ahora, contando los días para poder salir de aquello que con cierta ironía -y, por qué no, piedad- bauticé “la jaula de oro”.

Un bello lugar, rodeado de un bello entorno, que no tenía la libertad de poder disfrutar.

Me la pasaba encerrada porque estaba aislada de todo y mi sueldo se iba en pagar el alquiler de Montevideo.

Atrás quedaron todas las historias de esa temporada: un enero radiante y todos los personajes que conocí en Chihuahua, los compañeros de trabajo con los que hacíamos catarsis todos los días, el plato de comida diario (que era cualquier cosa menos bueno, pero al menos era la garantía de que ALGO iba a comer durante el día), el contar monedas para ir al único almacen en kilómetros a la redonda y comprar un paquete de galletitas brasileras que en aquel verano costaban diez pesos y solían ser mi único alimento diario después del plato de comida, las mucamas que me regalaban manzanas, el último bon o bon que encontré registrando todo mi equipaje un día que estaba muerta de hambre, los emails intercambiados con la que era mi locadora en Villa Biarritz para que por favor me permitiera pagar el alquiler en cuotas, las escapadas clandestinas para agarrar wi fi en un pasillo del hotel sin que me viera mi jefe, el febrero lluvioso donde me tuve que quedar recluida durante mis pocas horas libres en mi habitación (que, nobleza obliga, no era fea, pero era una cárcel al fin), los consejos de vida de Ricky Maravilla, la noche donde tuve que ser recepcionista de una (fallida) fiesta swinger, el día en que Carlos Di Doménico me dijo “divina, hacés bien, nunca te vayas de Uruguay y no vuelvas a Buenos Aires”, las celebrities uruguayas interesadas en comer de arriba todo lo que les fuera posible, y el deseo feroz de que todo eso se terminara y llegara el momento de regresar a Montevideo y a mi querido barrio.

Si le hubieran preguntado a aquella mujer qué sería de su vida en un año, seguramente no hubiera imaginado un escenario parecido a aquel. Hay cosas que una cree que sólo vivirá una vez en la vida.

Y yo (resignada) miro a esa rubia muy parecida a esta, que todavía vive en los posts de aquel entonces, y puedo escuchar todo lo que me dice. Y retrucarle sus argumentos. Nadie mejor que yo para discutir conmigo misma. Los demás, ni siquiera lo intenten. Siempre encontraré argumentos para defender mis convicciones justamente porque, como se desprende del término, estoy convencida de ellas.

-Estás en la punta, eso es bárbaro (dice ella, recluida en una zona que a las nueve de la noche ya es una boca de lobo).

Sí querida, estoy en la punta, puedo ir adonde se me cante caminando. Pero, al igual que vos, no tengo dinero para esos menesteres. Además, mi vida, vos NO tenías que pagar por tu alojamiento. Eso es una gran, gran ventaja.

-No tenés un jefe como aquel que sólo nosotras sabemos qué tan terrible podía ser, eso es bárbaro.

Es un buen punto, casi ganado (a medias, porque esta temporada he tenido una jefa difícil de aguantar), pero no. Porque, este año, tampoco trabajo en cosas que me gusten, el ambiente laboral es tan complicado como el de aquel entonces, y sigo trabajando unos días más sólo con el fin de ganar tiempo para seguir buscando. Sólo por eso. Por lo demás, lo que hago no me aporta nada ni en lo económico ni en lo personal. Casi diría que el año pasado fue más rico a ese nivel.

-Podés ir al supermercado que quieras, no a ese almacén que parecía sacado de película de terror clase B, eso es bárbaro.

Estimada rubia tan teñida como ahora, sí, tengo pila de lugares donde comprar comida cerca, pero mi presupuesto actual sólo me da para adquirir las mismas galletitas de entonces -o sucedáneos de aquellas- que esta temporada, encima, son más caras. Te reconozco sin embargo que he comido mejor hasta hace unos días, cuando tenía algunos pesos disponibles para eso.

-Podés ir a nuestro templo (el puerto) de noche a cualquier hora, eso es bárbaro.

Puedo, sí, pero (aunque no lo creas) vos el año pasado tenías más recursos que yo para salir más presentable. Más ropa, más maquillaje, más de todas esas chucherías que las mujeres conocemos. A mí se me acabo hasta el rímmel y (adiviná) no, no me puedo comprar otro. Me siento desnuda sin él, más que tomando sol en Chihuahua. Vos me entendés.

OK, vos tenías todo eso, pero no la posibilidad de salir. Yo tengo esa posibilidad, pero me falta todo eso.

Conclusión: siempre nos faltan cinco para el peso.

Y te digo: vos estabas entusiasmada por regresar a Montevideo, aunque sólo fuera por escapar de esa cárcel.

A mí no me está pasando eso. Porque Montevideo para mí, este año, representa -incluso más que el año pasado- la necesidad de tomar decisiones que deberé tomar más temprano que tarde, más allá de mis deseos de permanencia y (cierta) estabilidad.

Esa sensación que tenías el año pasado, eso

era bárbaro. Te lo asegura la voz de la experiencia.

……………

7 de febrero, dos días antes de cobrar mi sueldo, ya no tengo dinero, y no precisamente porque haga una vida dispendiosa.

Pido un vale, pero es sólo para pagar el alojamiento.

De manera que vuelvo a mi dieta de galletitas. No se la recomiendo a nadie.

9 de febrero, cobro, pero he trabajado muy pocos días de enero así que mi dieta no ve muchas posibilidades de prosperar (aunque me compro los víveres necesarios para prepararme un sandwich).

Sentada en la computadora pienso que estoy en el lugar que quiero estar, luchando por un objetivo que exige salir (una vez más) de la zona de comodidad y que durante esta estadía tuve el privilegio de ir muchos días a esas playas que tanto amo.

Pero no puedo sacarme de la cabeza esa canción que cantaba Reina Reech, porque sé dónde estaba hace un año, y dónde estoy ahora. Incluso creo que el tema original -perteneciente al musical “The woman of the year”- del que sólo se conservó intacta la célebre frase “el pasto es más verde siempre en otro jardín” y que tiene una letra bastante más ácida que la de la versión ATP de Reina, aplica bastante más a mi vida. Que no es, precisamente, “apta para todo público”.

Y siento que esa caminata, en cuyo registro fotográfico hay imágenes donde el pasto parece brillar como esmeraldas más luminosas que las de cualquier otro jardín, llega lentamente al mismo lugar donde comenzó.

10 (2.0). En síntesis

No sólo mi futuro es una hoja en blanco. También lo es mi presente.

Jueves, 11 de diciembre.

Estoy sentada, una vez más, frente a mi computadora.

Buscaba un momento oportuno para escribir, pero creo que esta vez la vida –como sucedió otras veces- me lo ha impuesto a la fuerza.

En Montevideo, y supongo que en casi todo Uruguay, es un día divino. Uno de esos días en que me digo a mí misma “vamos a la playa”, armo mi bolsito, y me voy hacia la playa que sea. Como ocurrió la semana pasada, que hice escala en José Ignacio y La Barra.

Hoy, en cambio, no tengo ganas de nada.  No quiero estar levantada, tampoco quiero estar en la cama. No tengo ganas de dormir, pero tampoco quiero estar despierta.

En resumen, un día delicioso.

……………

Tampoco tengo ganas de escribir un post largo. Por una vez, voy a ser sintética.

Primero, les cuento a mis lectores que a partir de ayer soy –nuevamente- una desempleada más.

Mi contrato de trabajo se acabó porque estoy sobrecalificada para el puesto que estaba ocupando, como me dijeron con mucha amabilidad mis jefes.

Es verdad, pero necesitaba el dinero como cualquier mortal no-mantenido.

Quizá debería valorar lo bueno: me quedé sin trabajo en el momento justo para buscar un trabajo de temporada. Que no será una buena temporada, pero siempre tendrá más oportunidades que las que se presentan en Montevideo donde, como bien saben los uruguayos, todo muere desde ahora y al menos hasta febrero.

Y a partir de hoy cuento con una referencia nueva, porque mis flamantes exjefes se deshicieron en abalanzas hacia mí. Yo necesitaba más el dinero que los elogios, pero no dejo de reconocer que en este país donde todo se maneja de forma pura y dura en base a recomendaciones, nunca está de más agregar una al currículum.

No obstante, por ahora, sólo puedo ver lo triste de la situación. Por ejemplo, que le había prometido un pasaje a mi hermano para poder vernos en sus vacaciones y ese papelito se fue junto con ese sueldo completo de diciembre que ya no cobraré.

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Desde mi regreso a Montevideo, tuve tres noches fatídicas. Una está esbozada en el post (Querida), la otra no tuvo registro en esta crónica. Y la de ayer sería la tercera; y la primera en el ranking, por lejos.

Anoche, en medio de las lágrimas, el silencio puertas adentro, y la euforia lejana por el triunfo de River que no estaba en condiciones anímicas de compartir, me fui a bañar.

Y pasados unos minutos sentí los arañazos de la perra en la puerta, queriéndola abrir.

La perra sólo hace eso en casos extremos, cuando percibe que quien está del otro lado de la puerta está muy mal. Así que me confirmó lo que ya sabía. Y, para completar, cuando salí se puso a llorar ella también.

Toda la empatía de la que carecen algunos seres humanos está repartida entre los animales. No me queda ninguna duda de eso.

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Al mismo tiempo, al igual que esa puerta, se están cerrando otras. No tengo ganas de hablar de eso, pero quizá sea necesario o inevitable que se cierren.

No hay demasiado que pueda hacer al respecto, de manera que por el momento voy a encarar lo único que siento que está en mis manos.

Mañana me voy con rumbo este a saludar a un amigo que acaba de cumplir años y a hacer un poco de terapia de playa y conversación con él.

Y después, aprovechando que ya estaré por la zona, voy a hacer la ruta de bares y hoteles de Punta del Este, La Barra, Manantiales, etc.

De nuevo frente a un fin de año incierto, les pido a mis lectores creyentes –en lo que sea- que enciendan una luz por mí.

Todo suma. Gracias.

9 (2.0). La sonrisa de los gatos

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Noviembre se va, mi amiga L. se fue hace ya varios días después de más de tres semanas de estadía donde pude recordar qué divertido era salir de bares y copas por ahí.

Hemos reído, hemos llorado, hemos bailado, hemos tomado sol y algunas otras cosas también, hemos compartido tantos silencios juntas.

En esta vida montevideana que empezó el año pasado no desde cero, sino desde menos diez, algunas veces no sólo me falta con quien compartir palabras. Más que eso, me falta con quien compartir silencios.

Y ahora se siente fuerte el bache de la ausencia de mi visitante. Hay cosas que ya no me apetece tanto hacer sola aunque, conforme pase el tiempo, sé qué volveré a adaptarme y las haré.

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Entre las actividades solitarias que estoy tratando de retomar, se encuentra la de ser perseverante con la escritura. El año pasado pude escribir más de 500 páginas (sólo de este blog), lo que demuestra que –de haber tenido la constancia requerida- este año hubiera podido terminar perfectamente la novela con la que desde hace años vengo dando vueltas.

Pero no. Este año fue el del mareo rioplatense, el de estar de ambos lados de la orilla sin estar del todo en ninguno, el de un cronograma revuelto sobre el que no tuve control alguno. Y creo que esa deriva sin rumbo cierto se extendió a muchas de mis otras actividades.

Hoy, ya con un techo estable sobre mi cabeza (nunca sobre mis sueños) y caminos ya incorporados bajo mis pies, estoy tratando de retomar un relativo control sobre mi tiempo y de establecer prioridades. A esta altura de la vida una ya aprendió que el tiempo no sólo es un bien escaso sino que, además, es el más preciado de todos. Sin él, de nada sirve disponer de cualquier otro.

Por eso, estoy haciendo limpieza de actividades “inductoras del trance” -como decía un profesor en mis épocas universitarias- y poniendo en valor y grilla horaria otras que, a diferencia de aquellas, apuntan a fortalecer mis objetivos de llevar una vida cada vez más consciente. De hecho, hilando fino, toda esta aventura de venirme a Uruguay comenzó por eso, y si dejo esa búsqueda abandonada a su suerte de nada serviría todo el esfuerzo hecho hasta el momento. Del que este blog, como mis lectores ya saben, es sólo un pálido registro que elige callar muchas batallas agónicas de una esforzada (nunca definitiva) conquista.

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Quizás el hecho de que mi vida cambió (por exagerado que parezca) a partir de la llegada abrupta e impensada de una gata tuvo mucha influencia en lo que quiero escribir ahora.

Una novela, en principio más breve que la que escribo desde hace años y que espera paciente su final sin saber cuándo llegará ese punto, cual Penélope a Ulises.

Como conté alguna vez en La vida es novela, para sentarme a escribir un texto de ficción debo partir de una premisa básica: tener el principio y el final. Lo que está en el medio será la consecuencia de esos dos momentos.

Tengo una cábala, además. Nunca contar el título de lo que estoy escribiendo (que en mi caso surge naturalmente una vez que poseo el inicio y el desenlace de la historia).

Pero, como esa cábala está demostrando más bien ser la maldición de aquello que no avanza, esta vez la voy a quebrar.

Quiero empezar a escribir una novela que se va a llamar “La sonrisa de los gatos” (estuve investigando y al parecer sólo hay un corto con ese nombre, pero ningún texto literario). Una chica en sus veintes, un novio infiel que le regala un gato que no era originalmente para ella sino para la amante, que rechaza el regalo. La oficial y la amante forman parte del mismo grupo de amigas, que sorpresivamente (o no, pero habrá que leerlo) apoyarán a “la otra” cuando la situación, como suele ocurrir, estalle en algún momento.

Y así nuestra protagonista se quedará sin novio, sin amigas y sin salud casi al mismo tiempo, porque se enterará de que padece cáncer. Pero junto con esas pérdidas se quedará con un gato que será clave en el desarrollo de la historia.

Por supuesto, yo ya sé si ella sobrevivirá o no a su cáncer, y por supuesto ya sé también qué tipo de cáncer tiene, pero eso no es lo relevante de la historia. Lo que me interesa narrar es cómo se desarrolla la relación entre la protagonista y ese gato que llega a su vida a través de un camino misterioso, y el rol que cumple el animal a lo largo de la enfermedad.

Conozco muy bien lo que es el cáncer y creo que puedo ponerme en la piel de alguien que lo padece, porque lo viví de muy cerca por mucho tiempo. Conozco también lo que es el hecho de que un gato irrumpa en tu vida –porque ellos siempre hacen una entrada triunfal- sin haberlo buscado.

Sé que voy a llorar escribiendo esa novela porque, sin ser una historia autobiográfica, toca heridas pasadas y casi presentes que en el fondo remiten a los mismos sentimientos: la soledad, la incomprensión ajena y el desamparo frente a la adversidad.

Y espero que, una vez escrita, mis lectores se emocionen leyéndola. El plan es que esté lista en el 2015. Veremos.

La clave está, como casi todos los escritores dijeron con más o menos las mismas palabras, en sentarse y escribir todos los días.

Pero todos, sin excepción. Escribir es un ejercicio de la fuerza de voluntad, mucho más que casi cualquier otra actividad.

En realidad, la vida del escritor debería limitarse a: a) escribir, b) leer a otros escritores y c) hacer sociales (siempre glamorosos) a fin de recordar que existe un mundo fuera del interno y obtener material para sus propias creaciones. Ya se sabe, la realidad supera a la ficción.

Se sabe también que lograr que esos puntos coexistan sin ser contaminados por las demandas del tedioso mundo es algo tan esquivo y fugaz como la sonrisa de los gatos.

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P.D. Para los lectores interesados en mis vaivenes laborales, les cuento que desde hace unas semanas estoy trabajando, no en lo mío, pero me sirve para hacer un poco de caja, colaborar en la casa y cubrir algunos gastos. De todos modos, el tema trabajo quedará para un próximo post.