20 (2.0). Y nos conocemos mucho

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Lunes 11 de febrero de 2013, estoy sentada en el locutorio de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces. Es un momento de incertidumbre: mi viaje puede acabarse justo en este anhelado momento en que está comenzando. Miro hacia afuera y veo a toda esa gente que deambula, sin cesar, por los pasillos. Gente que abandona Montevideo por el feriado de carnaval y gente que llega justamente por eso.

Pero todos ellos, intuyo, tienen algo en común. Tienen eso a lo que el mundo, para mí, se reduce en ese instante: un lugar para dormir y alguien que los reciba, sea por cariño o por los eficaces oficios de una tarjeta de crédito.

Martes 12 de enero de 2016, estoy sentada en el patio de comidas de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces y no puedo evitar recordar esa tarde que daría inicio a los tres años que pasé en Uruguay. Al igual que en ese momento, no tengo un lugar donde dormir esa noche.

De hecho, tampoco lo tenía anoche.

…………………

Doce horas antes de ese momento, estaba sentada en la misma mesa del patio de comidas. Sin llave para entrar a la casa donde estaban mis cosas -sólo llevaba consigo mi documento argentino y unos doscientos pesos uruguayos- y sin la dueña de esa casa presente.

Pero como siempre sucedió a lo largo de estos tres años, siempre aparece la red justo en ese momento en que me estoy por estrellar contra el piso. De hecho, esta vez, sentí el olor del suelo con una vividez tal que podría reproducirlo nota por nota, si alguna gran firma internacional me quisiera contratar para crear ese perfume.

Sí: entre todos los títulos que conquisté durante estas (más de) mil y una noches, también tengo ese. Soy nariz de suelos. Y tengo muy poca competencia a nivel mundial.

Dos horas después de ese momento estoy, en muy agradable compañía, en Negroni, comiendo una pizza ya no recuerdo con qué ingredientes y bebiendo no sé qué trago, a pesar de que recuerdo que -como siempre- fue elegido con esmero. Ocurre que a veces la historia es tan fuerte que el decorado y la utilería pasan a un segundo plano.

Recuerdo estar sentada en una mesa de la vereda mirando a la gente del restaurante que se encuentra justo enfrente y retrocediendo casi tres años en el tiempo, a mis días ahí y a las historias brillantes y oscuras que suceden puertas adentro y los comensales nunca conocerán.

Recuerdo las lágrimas que lloré sin cesar cuando mi anfitriona de esos días de enero de 2016 me comunicó que no regresaría a su casa esa noche y que, por lo tanto, yo quedaba en libertad de hacer lo que quisiera.

Recuerdo lo difícil que es pensar con claridad cuando sentís que te sueltan la mano y te sentís tan sola y desamparada como cuando recién llegaste, antes de que el bar donde estoy sentada fuera siquiera construido, antes de poder imaginar que trabajarías en el lugar que está enfrente y de que allí aprenderías cosas que nunca hubieras soñado, antes de aprender que la confianza te salva en ocasiones y en otras te conduce a abismos como este.

Recuerdo a la persona que tejió los hilos de la red que me rescató esa noche y a la que siempre le estaré agradecida por su generosidad y caballerosidad.

Recuerdo que lo primero que hizo esa persona cuando crucé la puerta de su casa fue abrirme la ducha para que pudiera tomar un baño caliente que me sacara las lágrimas del cuerpo, y dejarme una copa de vino en la mesa de noche del cuarto de invitados para que las lágrimas del alma -que se siguen derramando cuando las del cuerpo ya han cesado- pudieran brindar por el elegante don de la oportunidad de las causas y azares del destino.

………………..

Pero ahora, después de la ducha caliente, la copa de vino, la gran vista de Montevideo desde un apartamento cercano al Golf y el desayuno amable, estoy sentada nuevamente en un banco frío de la terminal de Tres Cruces, esperando escuchar el ábrete sésamo que permite que las llaves de la casa donde me esperan mis cosas se abra y yo pueda rescatarlas y llevármelas lo más lejos posible de ahí.

Es una sutil ironía que mi ciclo de vida en Uruguay termine donde empezó y que el lugar sea, una vez más, aquel de donde partí. Pero, como escribí hace poco, ese espejismo circular es falaz: el punto de partida parece coincidir con el de llegada, pero existe una distancia infinita entre ambos.

Y, por otra parte, como bien saben mis lectores, en estos tres años adquirí esa odiosa costumbre de aprender a convivir con la sutileza de la ironía, que sabe ejercer el sarcasmo con una delicadeza en la que ningún ser humano fue, es, ni será jamás, tan diestro.

……………..

Me siento en un banco justo enfrente del Emporio de los Sandwiches. Se sientan y se van señoras que compran postres a los que devoran como si fuera su último día, entran al local teenagers mochileras que compran comida como si ese que inciarán en minutos fuera el último viaje que van a emprender. Y llegan a mi celular mensajes que me recuerdan que la vida es un ciclo y que todo puede renacer cuando parece estar a punto de morir.

Con cierto olvido del don de la empatía, unas horas después llama también mi (ex) anfitriona y -al fin- puedo rescatar mis cosas de un entorno que en ese momento fue hostil y hoy ni siquiera forma parte de mi vida; sólo de mis recuerdos y sólo a efectos de escribir, que es lo único que me importa en este momento y lo que me permite seguir viviendo porque la escritura es mi única compañía incondicional y eterna.

………..

Jueves 4 de febrero, estoy sentada en mi casa en Buenos Aires. Han pasado muchas cosas en el medio: Después de un viaje horrible (no existen otros adejtivos para calificarlo) que se extendió desde el 19 de diciembre al 14 de enero, donde todo lo que podía salir mal salió mal (no existe una manera más pura y dura de describirlo), tuve la oportunidad de despedirme de Uruguay de una manera más grata.

Pude tener, por casi una semana, una estadía mucho más grata donde pude equilibrar energías y estar finalmente de vacaciones en mi lugar en el mundo, Punta del Este.

Como ya se dejaba vislumbrar en mi anterior entrada, he decidido volver a Buenos Aires. Es una decisión ambivalente: por un lado, siento que Uruguay -por el momento- ha cumplido su ciclo. Por otro lado, siempre se extraña a un gran amor, y siempre es difícil dejarlo, a pesar de la convicción que sustente nuestra elección.

Pero hay una luz que hace mucho más acogedor este túnel de un final cuyo paisaje que -como a todos, al fin y al cabo- me resulta esquivo. Este año verá esa luz el libro que reunirá todas esas historias vividas en Uruguay. Todas aquellas que fueron narradas en este blog y muchas de aquellas que no conté y que permitirán ver el conjunto bajo una nueva perspectiva.

Mi objetivo es que el libro se edite (por supuesto, será una edición de autor) para octubre o noviembre, porque lo quiero presentar antes de fin de año, tanto en Buenos Aires como en Uruguay. Todos los lectores históricos estarán invitados y me encantaría contar con su presencia porque, después de todo,

somos pocos y nos conocemos en mucho. Casi igual a lo que ocurre en Uruguay.

 

 

 

17 (2.0). El paciente oficio de escribir

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Escribir es, como la aventura, un acto de fe. Sabemos dónde comenzamos, pero no dónde terminaremos (aunque a veces, con cierta humana ingenuidad, creemos saberlo) ni cuál será el camino que unirá esos dos puntos, quizá cercanos, quizá remotos.

Tampoco, como ocurre con la aventura, sabemos en todos los casos cuál es el motor que nos impulsa a la acción. Sólo tenemos una certeza: la de que hay algo dentro de nosotros que busca ser expresado o encontrar el tiempo y el lugar necesarios para manifestarse.

Y así como no existe una fotografía sin la apertura hacia la luz que permite dejar una huella donde de otra manera sólo existiría un potencial no revelado, para escribir necesitamos abrirnos. No necesariamente al afuera, sino a nosotros mismos.

Y eso no es algo que suceda de un día para otro, así como -por lo general- tampoco existen las aventuras instantáneas.

No: como bien sabemos los aventureros, la aventura es un proceso arduo y su glamour es inversamente proporcional al esfuerzo, compromiso y dedicación que nos requiere.

Por eso es que escribir, como buen acto de aventura, es un ejercicio de la paciencia. Pero es un ejercicio liberador y transformador.

…………..

Como mis lectores históricos habrán deducido, el blog está en un período de reposo. No porque no sucedan cosas en mi vida, sino porque he debido dedicar mi tiempo y energía a otras cuestiones. Y, por otra parte, tengo otros proyectos de redacción. En cuanto consiga encaminarlos, los lectores que quieran darse una vuelta por ahí serán bienvenidos, como siempre.

En paralelo -e impulsada por la convicción de que trabajar en cosas que no tengan que ver con lo artístico no me hace feliz o, peor aún, me hace infeliz- he decidido sacar del voraz baúl de los proyectos pendientes el de guiar un taller literario. Si a algún lector le interesa participar, me puede contactar por aquí o bien a arianariccio@hotmail.com.

En principio, la modalidad será a distancia. En parte porque estoy complicada para llevar adelante encuentros presenciales pero, además, porque creo que de esa manera puede participar quien así lo desee, sin importar sus horarios o su ubicación geográfica.

No hay una fecha definida de inicio ya que mi idea es hacer un taller personalizado (y, por supuesto, accesible en lo económico). Me encantaría que, si hubiera algún lector interesado, se comunique conmigo y me contara cuáles son sus expectativas y anhelos en relación al hecho de escribir.

Y si algún lector sabe de alguien a quien pudiera interesarle la propuesta, agradeceré la difusión, ya sea compartiendo este post o bien mi email de contacto.

Por último, si mientras este blog se encuentra inactivo algún lector desea comunicarse conmigo, también puede escribirme al mail indicado arriba.

Mientras tanto, será hasta el próximo texto. Aquí, allá, o en el lugar hacia donde la aventura nos lleve.

 

21. Non stop

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En el tránsito entre el jueves y el viernes, en esta medianoche, avanzo lentamente hacia esa jaula cuyas puertas se abrieron hace dos días y horas. No lo hago por gusto, sino porque en esa jaula se encuentra mi alimento (o, para decirlo con más propiedad, mi posibilidad de obtenerlo).

Al igual que en Buenos Aires, hoy llovió en Montevideo, con lo que mis planes de pic nic en la playa se fueron al tacho. De cualquier manera, siento que mis horas de libertad, si bien insuficientes, fueron bien utilizadas. Me puse al día con varios mensajes que tenía que escribir y responder. Lamentablemente, todavía me quedan en el tintero virtual varios.

Quizás por la lluvia, quizás porque ya siento la puerta de la jaula entornándose detrás de mí, esta es una noche rara. De hecho, no tengo demasiadas ganas de escribir.

Lo hago, en primer lugar, porque la experiencia me enseñó que escribir es un hábito. Y justamente ayer le contaba a un grupo de amigas que quiero llegar a los 100 posts sobre esta experiencia uruguaya. Es una meta personal bastante arbitraria, pero que estimativamente implica que -para lograr escribirlos- debería quedarme acá al menos hasta mi cumpleaños. Es decir, hasta la mitad casi exacta del año.

En segundo lugar, por una razón que enseguida comprenderán.

Hoy a la mañana tuve que salir bajo la lluvia. No tengo paraguas, creo que lo “perdí” en el hostel de las habitaciones deprimentes. Ayer en el barrio judío me iba a comprar uno pero pensé que no iba a llover próximamente (sí, ya sé que existe algo que se llama pronóstico, pero mi religión no permite su lectura). Botas e impermeable sí tengo, pero están a algunos kilómetros de distancia, en mi habitación de Buenos Aires.

La dueña de casa trabaja a puertas cerradas y yo detesto interrumpir. Imposible conseguir un paraguas prestado. En fin, me di una ducha a cielo abierto y creo que la lluvia me llegó hasta el alma.

El chocolate Arcor pasó a mejor vida hace varios días, ahora tengo un Garoto que es un poco más rico. Confieso que esta noche me siento tan descorazonada que me pasé de mi ración diaria autoimpuesta. Es una de esas noches en que necesitás que alguien te abrace o te diga la palabra justa. El único ser viviente que puedo llegar a tener cerca es la rata que alguna vez cruzó la medianera y no se ajusta a ninguna de mis dos necesidades.

Me escribe una persona que me conoce mucho, le cuento algunas cosas y me ilusiono con recibir esa palabra justa. Pero no, él me habla de un libro con el que parece estar muy entusiasmado y que yo leí hace muchos años, cuando estudiaba, y me resultó impactante e inolvidable: El zen en el arte del tiro con arco, de Eugen Herrigel. Le recomendé a muchas personas ese libro, pero parece que a él no (o no me hizo caso en su momento).

De paso, se lo recomiendo a mis lectores también  Es un libro que requiere una lectura lenta y mucha reflexión  Pero en mi humilde opinión vale la pena dedicarle ese tiempo, en especial en aquellos momentos en que se busca darle un giro a la vida (no es de autoayuda, aclaro).

De pronto yo, que sólo buscaba contención, apoyo y consuelo, me veo enredada en una discusión filosófica que no deseaba tener, pero una frase de mi interlocutor sobre el mensaje del libro queda sonando en mi cabeza: en el fondo, el tirador apunta a sí mismo.

A partir de mañana, y por una semana, después de mi trabajo diurno tendré un trabajo nocturno, lo que implica que -durante la mayoría de esos días- trabajaré entre 14 y 15 horas diarias.

Por lo tanto, tendré una vida non stop que se reducirá a trabajar, comer algo en ambos trabajos, bañarme y dormir. Creo que la escritura deberá quedar fuera de la ecuación  Por eso quería escribir este post, porque sé que voy a extrañar esa actividad durante esa semana, cuyo balance compartiré a su término.

Y, por mi parte, agrego una opinión a la frase de mi interlocutor: el zen no sólo habla del viaje hacia uno mismo a través de la quietud y la contemplación  sino también -y casi diría que es una etapa necesaria en ese viaje- a través del vértigo. El yin y el yang, una vez más.

Los quise mucho.

 

16. Through the looking glass

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Hay algo de lo que ya me di cuenta en los pocos días que llevo viviendo en esta tranquila cuadra de Punta Carretas y es que fui a dar en el que, estoy segura, es el apartamento más bohemio -por definirlo de alguna manera- de todo el edificio del que forma parte. Apostaría todo el patrimonio líquido que tengo en este momento, es decir nueve dólares, a que no estoy equivocada.

Entre otras cosas, casi no hay muebles. Las sillas son de plástico, de esas de jardín. Hay una pared entera pintada por la hija de la dueña de la casa, que es una suerte de vengadora de todos los infantes cuyos padres les prohíben siquiera tocar una pared. Nunca hay demasiada comida y la cocina jamás está en orden. Y es evidente que la moda no califica entre los intereses de la dueña de casa.

Desde la primera vez que vine me llamó un poco la atención ese estilo de vida. Y antes de mudarme a este apartamento donde tengo mi pequeña habitación que será mi hogar hasta fines de marzo, hice una breve investigación para saber dónde me estaba metiendo. Así fue como me enteré un poco de la historia de vida de mi locadora. Sin entrar en demasiados detalles que no viene al caso contar, me llamó la atención una parte de esa historia contada por su misma protagonista en un blog de expats.

Sucedió que ella (madre soltera de una niña adoptada) se mudó a Uruguay con lo puesto. Y mucho de su experiencia de recién llegada a este país estuvo marcado por privaciones y el consiguiente desarrollo de estrategias de supervivencia. O, si me pongo purista con el lenguaje, debería decir de tácticas de supervivencia, porque -como bien sé- es difícil tener la objetividad necesaria para pensar estratégicamente cuando las necesidades apremian.

La principal consecuencia de haber atravesado esa época de privaciones, de acuerdo a sus palabras, fue despojarse en gran medida de la cultura consumista norteamericana en la que había sido criada, y lograr acostumbrarse a vivir con lo esencial.

Después de haber leído ese texto, pude entender mejor su modo de vida. Y, de alguna manera, me veo reflejada en él de muchas maneras.

Cuando me vine en enero a buscar trabajo, tenía preocupaciones en las que hoy ya no tengo ni tiempo de pensar. En los momentos en que uno se ve obligado a luchar por lo fundamental, desprenderse de lo accesorio ni siquiera es una opción: es algo que ocurre más allá de nuestra propia voluntad. Mi vida aquí y ahora -como de alguna manera describí en The trapeze act– es un número circense que se reduce a:

1- hacer equilibrio en la cuerda de mi trabajo actual,

2- seguir caminando en búsqueda de otras posibilidades laborales,

3- comer lo suficiente para no trastabillar en la soga y caer en la jaula de los leones, y

4- tener un colchón en el que tirarme cuando las puertas del circo cierran.

Y esa vida, que en la superficie está llena de limitaciones, en el fondo no deja de ser un gran peregrinaje. Y un peregrinaje es una experiencia liberadora desde el primer paso, porque ningún peregrino puede llegar a destino si no va despojándose de todos sus lastres por el camino. De hecho, creo que el momento en que uno llega a ese incierto destino no es otro que el instante en que siente que ya no tiene sobre sí ningún peso que pueda percibir como una carga.

En el tránsito de ese peregrinaje, como ya conté en algún otro post, me encuentro con la incomprensión de varias personas uruguayas que no pueden entender cómo elegí este país para vivir, aunque sólo sea por unos meses. Al principio esa actitud me chocaba bastante, hasta que comprendí que también podía verme reflejada en ella. Siempre me costó entender cómo alguien podía elegir una ciudad como Buenos Aires para vivir, posiblemente porque de un tiempo a esta parte la padecía más de lo que la disfrutaba.

Pero bueno, la diferencia sería que nunca me sentí quién para criticar el sueño de nadie. Allá cada persona con sus proyectos de vida y con los sacrificios y las resignaciones que está dispuesto a hacer para cumplirlos. Ahora estoy mirando desde otro punto de vista el concepto -en el que ya creía pero ahora descubro hasta qué punto es cierto- de que el extranjero a una tierra descubre en ella cosas que para los nativos han pasado a ser invisibles. Y reafirmo la teoría de que, frente a las objeciones, no hay que dar explicaciones que no pueden darse en cinco minutos.

Ya tengo la respuesta de lo que voy a decir a partir de este momento frente a ellas: que, al mejor estilo “comer, rezar, amar” -pero con un tono mucho menos glamoroso- emprendí un viaje con la idea de escribir una crónica y, en ese recorrido, quiero registrar todas las oscuridades de un proyecto así: el pasar hambre, el tener trabajos desgastantes, el no conocer a nadie, etc. En el fondo, el tener problemas y no tener demasiados recursos para resolverlos. Y las situaciones que se desarrollan a partir de ese punto generador.

Es claro que ese no es el hecho inspirador de mi viaje, pero me parece una explicación romántica y pintoresca para darle a personas que de todas maneras no entenderían las verdaderas.

Estoy segura de que nadie me creerá demasiado, pero algún día, cuando haya corregido estos textos (y les haya agregado las cosas que no puedo contar acá) les voy a enviar a los incrédulos ese documento. Y, aunque no lo lean, tal vez aprendan a respetar un poco más los sueños ajenos. O a callar prudentemente frente a ellos.

Creo que, por una parte, existe un grupo de personas que no pueden ver más que su propio espejo y, en él, un único reflejo: el suyo. Por otro lado, se encuentra un grupo que puede verse reflejado en el espejo de otras personas, y de esa manera comprender no sólo circunstancias de su propia existencia sino también de la de quienes están a su alrededor. Y existe un tercer grupo, que es al que aspiro pertenecer: el de aquellos que desean trascender esos reflejos y descubrir el mundo desde una nueva dimensión, que no es otra que la de la esencia que anima todas las imágenes entre las que nos movemos en nuestra vida diaria.

Quizás por eso Alicia tras el espejo es uno de los primeros libros que siento que abrió mi cabeza de niña y despertó mi creatividad de muchas maneras. Casi treinta años después, estoy satisfecha de poder resignificar esa experiencia.

Y si tuviera que resumir de qué se tratan estos posts, creo que esa sería la mejor definición: de todo lo que voy encontrando y viviendo en mi peregrinaje por detrás del espejo.