17 (2.0). El paciente oficio de escribir

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Escribir es, como la aventura, un acto de fe. Sabemos dónde comenzamos, pero no dónde terminaremos (aunque a veces, con cierta humana ingenuidad, creemos saberlo) ni cuál será el camino que unirá esos dos puntos, quizá cercanos, quizá remotos.

Tampoco, como ocurre con la aventura, sabemos en todos los casos cuál es el motor que nos impulsa a la acción. Sólo tenemos una certeza: la de que hay algo dentro de nosotros que busca ser expresado o encontrar el tiempo y el lugar necesarios para manifestarse.

Y así como no existe una fotografía sin la apertura hacia la luz que permite dejar una huella donde de otra manera sólo existiría un potencial no revelado, para escribir necesitamos abrirnos. No necesariamente al afuera, sino a nosotros mismos.

Y eso no es algo que suceda de un día para otro, así como -por lo general- tampoco existen las aventuras instantáneas.

No: como bien sabemos los aventureros, la aventura es un proceso arduo y su glamour es inversamente proporcional al esfuerzo, compromiso y dedicación que nos requiere.

Por eso es que escribir, como buen acto de aventura, es un ejercicio de la paciencia. Pero es un ejercicio liberador y transformador.

…………..

Como mis lectores históricos habrán deducido, el blog está en un período de reposo. No porque no sucedan cosas en mi vida, sino porque he debido dedicar mi tiempo y energía a otras cuestiones. Y, por otra parte, tengo otros proyectos de redacción. En cuanto consiga encaminarlos, los lectores que quieran darse una vuelta por ahí serán bienvenidos, como siempre.

En paralelo -e impulsada por la convicción de que trabajar en cosas que no tengan que ver con lo artístico no me hace feliz o, peor aún, me hace infeliz- he decidido sacar del voraz baúl de los proyectos pendientes el de guiar un taller literario. Si a algún lector le interesa participar, me puede contactar por aquí o bien a arianariccio@hotmail.com.

En principio, la modalidad será a distancia. En parte porque estoy complicada para llevar adelante encuentros presenciales pero, además, porque creo que de esa manera puede participar quien así lo desee, sin importar sus horarios o su ubicación geográfica.

No hay una fecha definida de inicio ya que mi idea es hacer un taller personalizado (y, por supuesto, accesible en lo económico). Me encantaría que, si hubiera algún lector interesado, se comunique conmigo y me contara cuáles son sus expectativas y anhelos en relación al hecho de escribir.

Y si algún lector sabe de alguien a quien pudiera interesarle la propuesta, agradeceré la difusión, ya sea compartiendo este post o bien mi email de contacto.

Por último, si mientras este blog se encuentra inactivo algún lector desea comunicarse conmigo, también puede escribirme al mail indicado arriba.

Mientras tanto, será hasta el próximo texto. Aquí, allá, o en el lugar hacia donde la aventura nos lleve.

 

95. El cielo está a mis pies

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“Si no leyó ‘Las puertas del cielo’ de Cortázar estará en un problema”

decía la consigna de un parcial domiciliario de mi carrera en la que se nos pedía un análisis de la relación celeste – cielo – Celina, tríada simbólica que conformaba el esqueleto de aquel universo de sentido creado por Cortázar en el cuento de referencia.

En esas muy lejanas épocas, efectivamente, eso era un problema. Muy fácil de resolver -no obstante- en relación a otros.

Hoy, mientras escribo, miro sin filtros (o mejor dicho con el de la mirada, que siempre construye aquello que vemos de acuerdo a la historia social e individual que la educó) un pedazo de cielo celeste a través del resquicio que deja el espacio abierto de la puerta corrediza de vidrio junto a la cual me siento a escribir.

En Montevideo, al igual que en Buenos Aires supongo, ha llovido durante la mayor parte del día.

Yo estoy maquillada como para salir, pero los planes que tenía se disolvieron entre las gotas de lluvia y no veo rastros de ellos sobre las baldosas de la terraza; sólo veo la tierra casi negra de las macetas que la tormenta arrastró de su ubicación original durante la madrugada.

Los trazos coloridos sobre mi rostro son el único indicador de que esos planes alguna vez existieron.

………….

“Perdida”

Eso es lo que dice, con exquisito e involuntario sentido de la oportunidad, un mensaje que recibo por whatsapp cuando me siento a escribir y, sin saberlo, describe con mayor profundidad de la pensada esa situación en la que me encuentro.

Sí, estoy perdida, quizá desde aquella caminata trayecto Carrasco – Punta Carretas que en todos sus pormenores relaté en “Ella se perdió”. O tal vez desde antes, o tal vez desde después.

Sí, hola, soy Ariana, y como mi tocaya griega tengo una cierta relación con los laberintos. Conozco sus vericuetos, pero todavía no los domino del todo. Claro que llevo mi hilo en la cartera, pero a veces me enredo en él y me aprisiona tanto que siento que me asfixia.

Y, por supuesto, conozco bien al Minotauro. Algún día nos vamos a ir juntos de copas y vamos a posar para la foto.

Si la persona que me envió el mensaje me conociera más, hasta podría llegar a sentirme ofendida por la ambigüedad del término.

Pero no me conoce tanto y, de manera coherente con mi política de vida, tomo las palabras que recibo como de quien vienen y de la relación que nos une.

En este caso, no puedo dudar de que la carga de sentido alude a una desconexión con el mundo que me rodea –del cual la persona emisora del mensaje forma parte- y admiro la sincronicidad con la que llega a mi teléfono.

Ya lo dije unas veinte veces en este blog, y lo seguiré repitiendo más tarde o más temprano en cualquier texto que escriba, porque forma parte de esos preceptos que merecen mi adhesión de manera inquebrantable:

la vida es una cuestión de timing.

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Yo no sé exactamente dónde se ubica ese (ese) pedazo de cielo celeste que vislumbraba hace unos minutos y que ahora se esconde tras un velo de oscuridad que impide el acceso a aquellos que carecen de la llave que sólo ciertos privilegiados –como Celina en el cuento- poseen.

El que puede, cruza las puertas de ese cielo donde tal parece que lo más primitivo se trastoca en la refinación última de la felicidad; el que no, contempla, analiza y teoriza acerca de un estado de beatitud que, como una burbuja, puede romperse al menor contacto con esa aspereza que suele caracterizar a los pensamientos de nos, aquellos que no tenemos llave ni cerrajero amigo y ni siquiera sabemos bien dónde queda la cerradura.

Tal vez el cielo sean los tres días que me quedan hasta el sábado 12. Los tres últimos días de abril donde creo que vale la pena seguir buscando trabajo.

Tal vez el cielo comience el sábado 12 y termine el lunes 21, en esos días donde el ritmo del país se detiene (o aumenta, de acuerdo al lado de la puerta desde donde lo observemos), donde por lo tanto será inútil buscar trabajo y donde no me va a quedar otra que vivir de vacaciones aunque no tenga un peso en el bolsillo. Pero donde veré al menos a un par de queridas personas porteñas. Son mis dos únicos planes confirmados para esos días.

Tal vez el cielo comience el 21 y se extienda hasta el 30, en aquellos días donde la aceptación de lo que haya ocurrido hasta ese momento sea casi la única alternativa posible.

O tal vez el cielo se encuentre en un horizonte alternativo que decidí desempolvar y comenzar a recorrer.

Yo no sé.

……………………

Quiero cerrar el post con un pedido a mis lectores, los habituales y los ocasionales, y trataré de ser sintética aunque tal habilidad no forme parte de mis capacidades. Hace unos días y de manera completamente fortuita tuve oportunidad de encontrarme con una crítica pública hacia mi persona en tanto autora de este espacio, y el mensaje vertido era –palabras más palabras menos- que esta historia es una suerte de monumento que de tanto hacerle culto a las dificultades de la vida resulta poco creíble.

Bueno, el punto no es que se ponga en tela de juicio la veracidad de las situaciones narradas, a las que de hecho muchas veces suavizo porque suelen ser más crudas (ni hablar de las que omito contar, que aunque no se crea son varias). El punto es que, por respeto a todo lo que para mí implica abrir mi corazón y contar una historia que no por originarse en una elección voluntaria es fácil de ser vivida, espero que el lector que tenga una crítica hacia mí elija una de las siguientes dos opciones, a saber: 1) dejar de leer este blog y reservarse la opinión o 2) dirigirla a mí directamente.

Que por mi parte elija responderla o no ya es otra cuestión, porque creo que cuando se parte de dos historias de vida y percepciones del mundo claramente muy diferentes, mantener un debate es algo bastante inconducente. Ninguna de las partes involucradas va a cambiar su punto de vista ni va a convencer a la otra de adoptar el suyo. Simplemente pido, a quien sienta el deseo de expresarlas, que esas opiniones lleguen al destinatario que considero debería recibirlas. En este caso, yo.

Por lo demás, este espacio –que es público por elección porque creo que la literatura conecta a los seres afines y nos ayuda a conocer realidades muy diferentes a las que vivimos en nuestra por definición limitada experiencia singular- va a seguir siendo lo que es: una fotografía de lo que es mi vida en el momento en que me siento a escribir. Y muchas veces una fotografía está desenfocada o no muestra sonrisas falsas y sin embargo puede ser tan o más expresiva que una más armónica o agradable a la vista.

Por lo tanto, va a seguir siendo el relato de los aspectos más oscuros y menos glamorosos de la vida de una aventurera.

Si en algún momento de ese devenir literario logré que al menos un solo lector recorriera alguno de los matices de ese arco que va desde la incomodidad hasta el hastío, me siento honrada en mi rol de narradora porque lo tomo como un indicador de que conseguí transmitir con cierta precisión la sensación de soledad que tantas veces sentimos los seres sensibles al caminar por los pasillos estrechos y ásperos de esos laberintos en los que nos perdemos tan a menudo.

25. En la vuelta

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A Buenos Aires, pero por pocos días.

En estos ciento y pico días casi continuos que llevo en Uruguay, incorporé muchos términos a mi vocabulario. Frases y palabras que quizás había escuchado varias veces a lo largo de tantos años de viaje, pero que nunca había hecho mías. Eso de estar “en la vuelta” es un buen ejemplo de la situación.

Si bien -aprovechando la polisemia del lenguaje que tantas pestañas me quemó y me debe una retribución- en el título le doy también un sentido de “regreso”, no es ese el sentido que le dan los uruguayos. Estar en la vuelta es estar por ahí, cerca de los interlocutores a quienes va dirigida la expresión. Tiene además, a mi criterio, un sentido de no-compromiso, algo así como “estoy por ahí, cerca, si querés me vas a encontrar, pero no te voy a ir a buscar yo”. Aquellos que están en la vuelta están próximos, pero con una presencia no invasiva y que tampoco acepta invasiones compulsivas.

Hilando más fino, puede decirse que es un estado latente de la presencia. O un limbo donde no se está ausente, pero tampoco presente del todo.

Y es en ese sentido que tiene mucho que ver con lo que siento al regresar a Buenos Aires. Porque regresar a esa ciudad, aunque sea por muy pocos días, me hace pensar en todo lo que dejé atrás.

Cuando uno deja una ciudad (siguiendo las leyes de física, para irse a otra salvo que a) se vaya a visitar a San Pedro o b) sea un astronauta dentro de una nave de la NASA) existe un período de tiempo en que ya no se es parte del territorio que se está abandonando, pero tampoco de aquel al que se está arribando. O sea, un limbo, en muchos puntos cercano a ese de “estar en la vuelta”.

Sí, ya sé (milagrosamente tantos años de teñirme de rubia no me quemaron del todo las neuronas): existen los celulares de última generación, el wifi, las redes sociales y muchas herramientas de comunicación que nos dan la sensación de seguir formando parte virtual/ sentimental de un contexto que ya abandonamos en el plano material.

Pero, a la vez, mudarnos a una cierta distancia de un cierto punto de origen implica invertir una gran cantidad de tiempo en un inevitable proceso de adaptación. Tiempo que ya no dedicamos a estar presentes en el entorno que dejamos. Pero, incluso si tratáramos de mantener el contacto virtual permanentemente, existe el pequeño detalle de que las relaciones se nutren de la presencia física y más o menos cotidiana. La comunicación a través del lenguaje no verbal, que se manifiesta de forma presencial (no me vengan con las camaritas), es muy superior a la virtual en cuanto a valor afectivo.

Por lo tanto, a la distancia, ciertas relaciones se van debilitando y -eventualmente- perdiendo. O entrando en un cono de stand by, un limbo afectivo. Que a veces puede reactivarse y, a veces, no.

Está bien, es una opinión polémica. La puedo discutir con quien guste en forma pública o privada. Pero, así como posiblemente no cambiaré la opinión de quien difiera conmigo, sé de antemano que tampoco cambiarán la mía, nutrida no sólo por mi tránsito académico sino en mucha mayor medida por mi experiencia de vida. Por las relaciones que perdí en el camino (a algunas de las cuales extraño) y también por aquellas que gané justamente a través de estar presente en el más físico y prosaico de los sentidos.

Me tengo que ir, se me va el barco. Continuará.