20 (2.0). Y nos conocemos mucho

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Lunes 11 de febrero de 2013, estoy sentada en el locutorio de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces. Es un momento de incertidumbre: mi viaje puede acabarse justo en este anhelado momento en que está comenzando. Miro hacia afuera y veo a toda esa gente que deambula, sin cesar, por los pasillos. Gente que abandona Montevideo por el feriado de carnaval y gente que llega justamente por eso.

Pero todos ellos, intuyo, tienen algo en común. Tienen eso a lo que el mundo, para mí, se reduce en ese instante: un lugar para dormir y alguien que los reciba, sea por cariño o por los eficaces oficios de una tarjeta de crédito.

Martes 12 de enero de 2016, estoy sentada en el patio de comidas de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces y no puedo evitar recordar esa tarde que daría inicio a los tres años que pasé en Uruguay. Al igual que en ese momento, no tengo un lugar donde dormir esa noche.

De hecho, tampoco lo tenía anoche.

…………………

Doce horas antes de ese momento, estaba sentada en la misma mesa del patio de comidas. Sin llave para entrar a la casa donde estaban mis cosas -sólo llevaba consigo mi documento argentino y unos doscientos pesos uruguayos- y sin la dueña de esa casa presente.

Pero como siempre sucedió a lo largo de estos tres años, siempre aparece la red justo en ese momento en que me estoy por estrellar contra el piso. De hecho, esta vez, sentí el olor del suelo con una vividez tal que podría reproducirlo nota por nota, si alguna gran firma internacional me quisiera contratar para crear ese perfume.

Sí: entre todos los títulos que conquisté durante estas (más de) mil y una noches, también tengo ese. Soy nariz de suelos. Y tengo muy poca competencia a nivel mundial.

Dos horas después de ese momento estoy, en muy agradable compañía, en Negroni, comiendo una pizza ya no recuerdo con qué ingredientes y bebiendo no sé qué trago, a pesar de que recuerdo que -como siempre- fue elegido con esmero. Ocurre que a veces la historia es tan fuerte que el decorado y la utilería pasan a un segundo plano.

Recuerdo estar sentada en una mesa de la vereda mirando a la gente del restaurante que se encuentra justo enfrente y retrocediendo casi tres años en el tiempo, a mis días ahí y a las historias brillantes y oscuras que suceden puertas adentro y los comensales nunca conocerán.

Recuerdo las lágrimas que lloré sin cesar cuando mi anfitriona de esos días de enero de 2016 me comunicó que no regresaría a su casa esa noche y que, por lo tanto, yo quedaba en libertad de hacer lo que quisiera.

Recuerdo lo difícil que es pensar con claridad cuando sentís que te sueltan la mano y te sentís tan sola y desamparada como cuando recién llegaste, antes de que el bar donde estoy sentada fuera siquiera construido, antes de poder imaginar que trabajarías en el lugar que está enfrente y de que allí aprenderías cosas que nunca hubieras soñado, antes de aprender que la confianza te salva en ocasiones y en otras te conduce a abismos como este.

Recuerdo a la persona que tejió los hilos de la red que me rescató esa noche y a la que siempre le estaré agradecida por su generosidad y caballerosidad.

Recuerdo que lo primero que hizo esa persona cuando crucé la puerta de su casa fue abrirme la ducha para que pudiera tomar un baño caliente que me sacara las lágrimas del cuerpo, y dejarme una copa de vino en la mesa de noche del cuarto de invitados para que las lágrimas del alma -que se siguen derramando cuando las del cuerpo ya han cesado- pudieran brindar por el elegante don de la oportunidad de las causas y azares del destino.

………………..

Pero ahora, después de la ducha caliente, la copa de vino, la gran vista de Montevideo desde un apartamento cercano al Golf y el desayuno amable, estoy sentada nuevamente en un banco frío de la terminal de Tres Cruces, esperando escuchar el ábrete sésamo que permite que las llaves de la casa donde me esperan mis cosas se abra y yo pueda rescatarlas y llevármelas lo más lejos posible de ahí.

Es una sutil ironía que mi ciclo de vida en Uruguay termine donde empezó y que el lugar sea, una vez más, aquel de donde partí. Pero, como escribí hace poco, ese espejismo circular es falaz: el punto de partida parece coincidir con el de llegada, pero existe una distancia infinita entre ambos.

Y, por otra parte, como bien saben mis lectores, en estos tres años adquirí esa odiosa costumbre de aprender a convivir con la sutileza de la ironía, que sabe ejercer el sarcasmo con una delicadeza en la que ningún ser humano fue, es, ni será jamás, tan diestro.

……………..

Me siento en un banco justo enfrente del Emporio de los Sandwiches. Se sientan y se van señoras que compran postres a los que devoran como si fuera su último día, entran al local teenagers mochileras que compran comida como si ese que inciarán en minutos fuera el último viaje que van a emprender. Y llegan a mi celular mensajes que me recuerdan que la vida es un ciclo y que todo puede renacer cuando parece estar a punto de morir.

Con cierto olvido del don de la empatía, unas horas después llama también mi (ex) anfitriona y -al fin- puedo rescatar mis cosas de un entorno que en ese momento fue hostil y hoy ni siquiera forma parte de mi vida; sólo de mis recuerdos y sólo a efectos de escribir, que es lo único que me importa en este momento y lo que me permite seguir viviendo porque la escritura es mi única compañía incondicional y eterna.

………..

Jueves 4 de febrero, estoy sentada en mi casa en Buenos Aires. Han pasado muchas cosas en el medio: Después de un viaje horrible (no existen otros adejtivos para calificarlo) que se extendió desde el 19 de diciembre al 14 de enero, donde todo lo que podía salir mal salió mal (no existe una manera más pura y dura de describirlo), tuve la oportunidad de despedirme de Uruguay de una manera más grata.

Pude tener, por casi una semana, una estadía mucho más grata donde pude equilibrar energías y estar finalmente de vacaciones en mi lugar en el mundo, Punta del Este.

Como ya se dejaba vislumbrar en mi anterior entrada, he decidido volver a Buenos Aires. Es una decisión ambivalente: por un lado, siento que Uruguay -por el momento- ha cumplido su ciclo. Por otro lado, siempre se extraña a un gran amor, y siempre es difícil dejarlo, a pesar de la convicción que sustente nuestra elección.

Pero hay una luz que hace mucho más acogedor este túnel de un final cuyo paisaje que -como a todos, al fin y al cabo- me resulta esquivo. Este año verá esa luz el libro que reunirá todas esas historias vividas en Uruguay. Todas aquellas que fueron narradas en este blog y muchas de aquellas que no conté y que permitirán ver el conjunto bajo una nueva perspectiva.

Mi objetivo es que el libro se edite (por supuesto, será una edición de autor) para octubre o noviembre, porque lo quiero presentar antes de fin de año, tanto en Buenos Aires como en Uruguay. Todos los lectores históricos estarán invitados y me encantaría contar con su presencia porque, después de todo,

somos pocos y nos conocemos en mucho. Casi igual a lo que ocurre en Uruguay.

 

 

 

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18 (2.0). Invitación

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A todos mis lectores históricos, sin demasiados preámbulos (que a esta altura entre nos no son necesarios) los invito a visitar mi nuevo proyecto, Salada en pila.

La razón del título y la línea editorial del blog están detallados allí, de manera que no voy a replicar la explicación aquí para no aburrirlos. Espero que, cuando lo consideren oportuno, se den una vuelta por saladaenpila.wordpress.com.

Esto no quiere decir que verlan mode haya concluido, simplemente que -por ahora- le doy un descanso para enfocar mi energía en ese nuevo proyecto.

Los espero; y hasta pronto, aquí o allá.

17 (2.0). El paciente oficio de escribir

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Escribir es, como la aventura, un acto de fe. Sabemos dónde comenzamos, pero no dónde terminaremos (aunque a veces, con cierta humana ingenuidad, creemos saberlo) ni cuál será el camino que unirá esos dos puntos, quizá cercanos, quizá remotos.

Tampoco, como ocurre con la aventura, sabemos en todos los casos cuál es el motor que nos impulsa a la acción. Sólo tenemos una certeza: la de que hay algo dentro de nosotros que busca ser expresado o encontrar el tiempo y el lugar necesarios para manifestarse.

Y así como no existe una fotografía sin la apertura hacia la luz que permite dejar una huella donde de otra manera sólo existiría un potencial no revelado, para escribir necesitamos abrirnos. No necesariamente al afuera, sino a nosotros mismos.

Y eso no es algo que suceda de un día para otro, así como -por lo general- tampoco existen las aventuras instantáneas.

No: como bien sabemos los aventureros, la aventura es un proceso arduo y su glamour es inversamente proporcional al esfuerzo, compromiso y dedicación que nos requiere.

Por eso es que escribir, como buen acto de aventura, es un ejercicio de la paciencia. Pero es un ejercicio liberador y transformador.

…………..

Como mis lectores históricos habrán deducido, el blog está en un período de reposo. No porque no sucedan cosas en mi vida, sino porque he debido dedicar mi tiempo y energía a otras cuestiones. Y, por otra parte, tengo otros proyectos de redacción. En cuanto consiga encaminarlos, los lectores que quieran darse una vuelta por ahí serán bienvenidos, como siempre.

En paralelo -e impulsada por la convicción de que trabajar en cosas que no tengan que ver con lo artístico no me hace feliz o, peor aún, me hace infeliz- he decidido sacar del voraz baúl de los proyectos pendientes el de guiar un taller literario. Si a algún lector le interesa participar, me puede contactar por aquí o bien a arianariccio@hotmail.com.

En principio, la modalidad será a distancia. En parte porque estoy complicada para llevar adelante encuentros presenciales pero, además, porque creo que de esa manera puede participar quien así lo desee, sin importar sus horarios o su ubicación geográfica.

No hay una fecha definida de inicio ya que mi idea es hacer un taller personalizado (y, por supuesto, accesible en lo económico). Me encantaría que, si hubiera algún lector interesado, se comunique conmigo y me contara cuáles son sus expectativas y anhelos en relación al hecho de escribir.

Y si algún lector sabe de alguien a quien pudiera interesarle la propuesta, agradeceré la difusión, ya sea compartiendo este post o bien mi email de contacto.

Por último, si mientras este blog se encuentra inactivo algún lector desea comunicarse conmigo, también puede escribirme al mail indicado arriba.

Mientras tanto, será hasta el próximo texto. Aquí, allá, o en el lugar hacia donde la aventura nos lleve.

 

13 (2.0). Lamentaría que esto tuviera un final triste

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Una foto.

Una foto de una camioneta en un lugar perdido.

Dos personas, afuera de esa camioneta que se quedó en la ruta. Un hombre y una mujer, completos desconocidos hasta el momento en que ella se vio en la necesidad de hacer dedo y él la levantó.

Y una historia que ella le cuenta a él y frente a la que el hombre sólo atina a decir:

-Lamentaría que esto tuviera un final triste.

…………………

Lo que ha llegado al final es la comida que compartimos en Rex, en La Barra. Dos personas. Una que escribe y la otra también.

El le cuenta a ella la historia que está escribiendo: la de un hombre y una mujer perdidos en alguna ruta, en una camioneta descompuesta.

Y repite la frase del personaje, y ella tiene la sensación de que esas palabras trascienden los límites de la literatura y que la destinataria del mensaje es ella. Ella, su soledad, sus circunstancias, sus aventuras y desventuras que poco han cambiado -a nivel global- desde el post escrito hace un año, donde cual la mujer del cuento ella se quedó varada en un lugar (en mi caso, la estación Ancap de Solanas, que también se encuentra en una ruta).

No sabemos si la literatura copia a la vida o viceversa, pero tenemos una certeza: alguna plagia a la otra y es difícil saber cuál es el original.

El mozo trae la cuenta, él paga y nos vamos hacia Maldonado, donde intentamos ver un desfile de carnaval pero nos ahuyenta la cantidad de gente.

Atrás en este día quedaron un paso fugaz por José Ignacio y Manantiales, y un par de fotos donde el modelo es el viento en intenso esplendor y yo -la modelo aparente- sólo cumplo la función de permitir que él se luzca.

…………

Miércoles 4 de febrero, el sol copa la parada en el escenario del este y las calles solitarias permiten inferir que todos los presentes en la ciudad están copando las playas.

Y yo, desclasada de ese grupo, que elijo sentarme frente a una computadora y leer y escribir.

Releo el post mencionado más arriba y pienso si, a pesar de todas las cosas que han cambiado en los doce meses transcurridos, no sigo siendo aquella chica sentada en el cemento húmedo de la estación de Ancap, sola y sin demasiados recursos para hacer frente a situaciones de las que todavía no tiene muy en claro cómo termina saliendo.

Una manera de vivir bastante extenuante que -cada vez me doy más cuenta- no se puede sostener indefinidamente. Todo tiene un final, y sólo tras algunos de esos finales podemos escribir un epílogo redentor. En otros casos, el libro simplemente se cierra y ya desprovistos de la tinta y el papel sólo nos queda sentarnos a esperar las críticas.

…………………………

Miércoles 28 de enero, La Huella explota de gente.

Varios personajes públicos, como de costumbre. Por ejemplo, Pablo Massey -quien conversa muy entusiasmado con uno de los dueños del boliche. También el zorrito (von) Quintiero, que comparte mesa con varias personas. Uno de ellos le habla sobre las bondades del trasero de alguna de las mujeres presentes en el lugar y él le responde que no la vio.

Llueve desde temprano y a los habitués del lugar se les suma el publico-en-vacaciones que está boyando y no sabe qué cuernos hacer en un día de lluvia.

Y yo, desclasada de esos grupos, que lo llevo a mi hermano -que está de visita por unos días- a tomar unas caipis (la mía mediterránea, por favor).

Después nos vamos a tomar un licuado (él) y un submarino de chocolate belga con naranja (la que escribe) a uno de esos cafecitos coquetos que rodean a la plaza.

………………

Unas horas después, ese mismo día, visito La Huella nuevamente; esta vez en su formato de libro. Un precioso libro, por cierto, que da ganas de repetir cada una de las recetas incluidas en él.

Frente a mí, dos personas. Una mujer que intuyo no comprende mi presencia en ese lugar y mi amable anfitrión, que quiere saber si podría hacer fotografías como las del libro.

Podría, claro, si tuviera el equipamiento necesario. De todas maneras, no es ahora el momento, y no sé si llegará alguna vez.

Mientras hojeo el libro, mi hermano está viajando a Montevideo. Una ciudad que en este momento representa para mí la incertidumbre: la de cuándo voy a regresar, la de qué voy a hacer cuando vuelva, la de con qué me voy a encontrar, la de qué voy a hacer con mi vida, la de la expresión de mi hermano cuando se despide de mí y con sus ojos sé que me dice,

lamentaría que esto tuviera un final triste.

9 (2.0). La sonrisa de los gatos

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Noviembre se va, mi amiga L. se fue hace ya varios días después de más de tres semanas de estadía donde pude recordar qué divertido era salir de bares y copas por ahí.

Hemos reído, hemos llorado, hemos bailado, hemos tomado sol y algunas otras cosas también, hemos compartido tantos silencios juntas.

En esta vida montevideana que empezó el año pasado no desde cero, sino desde menos diez, algunas veces no sólo me falta con quien compartir palabras. Más que eso, me falta con quien compartir silencios.

Y ahora se siente fuerte el bache de la ausencia de mi visitante. Hay cosas que ya no me apetece tanto hacer sola aunque, conforme pase el tiempo, sé qué volveré a adaptarme y las haré.

……………….

Entre las actividades solitarias que estoy tratando de retomar, se encuentra la de ser perseverante con la escritura. El año pasado pude escribir más de 500 páginas (sólo de este blog), lo que demuestra que –de haber tenido la constancia requerida- este año hubiera podido terminar perfectamente la novela con la que desde hace años vengo dando vueltas.

Pero no. Este año fue el del mareo rioplatense, el de estar de ambos lados de la orilla sin estar del todo en ninguno, el de un cronograma revuelto sobre el que no tuve control alguno. Y creo que esa deriva sin rumbo cierto se extendió a muchas de mis otras actividades.

Hoy, ya con un techo estable sobre mi cabeza (nunca sobre mis sueños) y caminos ya incorporados bajo mis pies, estoy tratando de retomar un relativo control sobre mi tiempo y de establecer prioridades. A esta altura de la vida una ya aprendió que el tiempo no sólo es un bien escaso sino que, además, es el más preciado de todos. Sin él, de nada sirve disponer de cualquier otro.

Por eso, estoy haciendo limpieza de actividades “inductoras del trance” -como decía un profesor en mis épocas universitarias- y poniendo en valor y grilla horaria otras que, a diferencia de aquellas, apuntan a fortalecer mis objetivos de llevar una vida cada vez más consciente. De hecho, hilando fino, toda esta aventura de venirme a Uruguay comenzó por eso, y si dejo esa búsqueda abandonada a su suerte de nada serviría todo el esfuerzo hecho hasta el momento. Del que este blog, como mis lectores ya saben, es sólo un pálido registro que elige callar muchas batallas agónicas de una esforzada (nunca definitiva) conquista.

……………

Quizás el hecho de que mi vida cambió (por exagerado que parezca) a partir de la llegada abrupta e impensada de una gata tuvo mucha influencia en lo que quiero escribir ahora.

Una novela, en principio más breve que la que escribo desde hace años y que espera paciente su final sin saber cuándo llegará ese punto, cual Penélope a Ulises.

Como conté alguna vez en La vida es novela, para sentarme a escribir un texto de ficción debo partir de una premisa básica: tener el principio y el final. Lo que está en el medio será la consecuencia de esos dos momentos.

Tengo una cábala, además. Nunca contar el título de lo que estoy escribiendo (que en mi caso surge naturalmente una vez que poseo el inicio y el desenlace de la historia).

Pero, como esa cábala está demostrando más bien ser la maldición de aquello que no avanza, esta vez la voy a quebrar.

Quiero empezar a escribir una novela que se va a llamar “La sonrisa de los gatos” (estuve investigando y al parecer sólo hay un corto con ese nombre, pero ningún texto literario). Una chica en sus veintes, un novio infiel que le regala un gato que no era originalmente para ella sino para la amante, que rechaza el regalo. La oficial y la amante forman parte del mismo grupo de amigas, que sorpresivamente (o no, pero habrá que leerlo) apoyarán a “la otra” cuando la situación, como suele ocurrir, estalle en algún momento.

Y así nuestra protagonista se quedará sin novio, sin amigas y sin salud casi al mismo tiempo, porque se enterará de que padece cáncer. Pero junto con esas pérdidas se quedará con un gato que será clave en el desarrollo de la historia.

Por supuesto, yo ya sé si ella sobrevivirá o no a su cáncer, y por supuesto ya sé también qué tipo de cáncer tiene, pero eso no es lo relevante de la historia. Lo que me interesa narrar es cómo se desarrolla la relación entre la protagonista y ese gato que llega a su vida a través de un camino misterioso, y el rol que cumple el animal a lo largo de la enfermedad.

Conozco muy bien lo que es el cáncer y creo que puedo ponerme en la piel de alguien que lo padece, porque lo viví de muy cerca por mucho tiempo. Conozco también lo que es el hecho de que un gato irrumpa en tu vida –porque ellos siempre hacen una entrada triunfal- sin haberlo buscado.

Sé que voy a llorar escribiendo esa novela porque, sin ser una historia autobiográfica, toca heridas pasadas y casi presentes que en el fondo remiten a los mismos sentimientos: la soledad, la incomprensión ajena y el desamparo frente a la adversidad.

Y espero que, una vez escrita, mis lectores se emocionen leyéndola. El plan es que esté lista en el 2015. Veremos.

La clave está, como casi todos los escritores dijeron con más o menos las mismas palabras, en sentarse y escribir todos los días.

Pero todos, sin excepción. Escribir es un ejercicio de la fuerza de voluntad, mucho más que casi cualquier otra actividad.

En realidad, la vida del escritor debería limitarse a: a) escribir, b) leer a otros escritores y c) hacer sociales (siempre glamorosos) a fin de recordar que existe un mundo fuera del interno y obtener material para sus propias creaciones. Ya se sabe, la realidad supera a la ficción.

Se sabe también que lograr que esos puntos coexistan sin ser contaminados por las demandas del tedioso mundo es algo tan esquivo y fugaz como la sonrisa de los gatos.

…………….

P.D. Para los lectores interesados en mis vaivenes laborales, les cuento que desde hace unas semanas estoy trabajando, no en lo mío, pero me sirve para hacer un poco de caja, colaborar en la casa y cubrir algunos gastos. De todos modos, el tema trabajo quedará para un próximo post.

76. Pista negra (II)

bella postal del sábado: los jacarandás en el frente de la facultad de ingeniería

bella postal del sábado: los jacarandás en el frente de la facultad de ingeniería

Viernes 22 de noviembre, diez y media de la noche.

Brindo con un merlot argentino, a muy pocos metros de uno de los lugares que representan la quintaesencia porteña: la plaza San Martín.

No es un brindis triste, tampoco un brindis alegre. Es, podría decirse, un brindis esperanzado. Y ya se sabe que la esperanza es un estado melancólico y ambivalente: es una apuesta de que la fe nos llevará hacia la luz, hecha desde un lugar donde lo único que parece hacernos compañía son las tinieblas. Las propias, las ajenas y las de la vida, que se reflejan y se multiplican como en un laberinto de espejos donde las imágenes se proyectan hacia el infinito.

La noche es amable, la compañía lo es mucho más. Por fin, después de mucho tiempo, puedo hablar de algunas de esas anécdotas que nadie conoce. Y tener esa charla mercenaria y contar esas cosas que sólo le puede decir una persona que escribe a otra que también lo hace.  Nos unen otros lazos de complicidad, además, pero creo que ese es uno de los más poderosos.

……………..

Cinco horas más temprano, revuelvo un vaso de café con “sabor navideño” (en mi caso, el de avellana) en el Starbucks de Cabildo y Echeverrría. En el mismo lugar y con la misma persona que hace seis meses, en mi segunda visita a Buenos Aires de este año.

Somos las mismas, pero somos otras diferentes a las de aquel momento, decimos con mi amiga G. Han pasado tantas, tantas cosas en la vida de ambas en estos seis meses.

Cosas que nos han hecho más escépticas y, como contracara, han alimentado más nuestros sueños.

Hablamos de la defensa de tesis de G., de la medicina ayurveda, le hago un resumen de ese mix Gran Hermano/ Patito Feo/ Hablemos sin saber que ocupa unas 50 horas oficiales de mi semana más otras (casi) tantas de desvelos.

Siguiendo en la línea televisiva, hablamos de cómo se rompió el contrato de lectura en los guiones de Farsantes (en este tema G. lleva la voz cantante porque en Uruguay los programas argentinos siempre llegan con delay y yo todavía no pude ver las escenas de las que me habla). Hablamos del curso de guión que hicimos hace unos años, exactamente el mismo, sólo que G. lo hizo en un cuatrimestre y yo en otro.

Hablamos de los proyectos de ambas, todos lejos de Buenos Aires al menos por el momento.

Hablamos de la novela que G. está escribiendo y de la que yo intento escribir. La de G. es policial, por lo que el título de este post –si bien tiene en principio otro sentido que los amantes del deporte conocerán- alude también a ella, indirectamente. Todo tiene que ver con todo y bien lo sabemos los que hemos pasado por una (buena) carrera de Comunicación. Somos como los hijos del rey de Serendipo y vemos relaciones y conexiones donde nadie más podría verlas. Casi diría que es la marca de clan que hace que nos reconozcamos unos a otros, una especie de tatuaje sólo visible a nuestros ojos.

Y el encuentro de agenda apretada que iba a durar hora y media termina durando tres. Y me voy a mi siguiente compromiso sin pasar por casa. No puedo demorarme, me esperan una botella de merlot argentino y un disco de música country que yo misma elegí. Y esa charla de historias mercenarias que hace meses anhelo poder tener.

Y ese abrazo que tanta, tanta falta me hace.

………………………

Sábado, dos de la tarde. Mi amigo montevideano J. me había pedido que fuera a La Boca por él pero –y lo lamento- los tiempos no me dan. Nos vamos con A. a comer un choripán en ese puesto que tanto amamos y está al lado del Mercado de San Telmo. Muy rasca pero la inflación se hace sentir como en todos lados y el chori vale cuatro pesos más que la última vez que lo comí (no hace tanto). Hasta el vaso de vino de botella de plástico aumentó. Pero todo, en conjunto, acompañada y bajo el sol, con cantidad de esas salsas de componentes inciertos que me encantan, es un manjar como hace mucho que no disfruto.

Una hora y media después, estoy en el 152 volviendo hacia Belgrano e intentando coordinar un encuentro con mi amiga V., la correctora y editora de textos. Sí: mi visita es un gran taller literario que, en el fondo, no es más que una gran sesión de terapia extendida.

Pero –con alguien me tenía que pasar- con V. nos desencontramos porque la vida, una vez más, me pone límites y no llego hacer todo lo que quiero.  E incluso ahora, en el momento en que escribo, me duele el desencuentro, porque la extraño mucho y necesitaba hablar con ella.

Pero V., del otro lado, sonríe y responde: siempre es necesario dejar un encuentro pendiente para tener una excusa para volver de visita.

………….

Frustrado el encuentro con V., tengo libres dos horas hasta mi próxima cita. Miro computadoras en Garbarino y Compumundo y me doy cuenta de que, en este viaje, va a ser imposible volverme con una. De manera que sigo tecleando en la agónica, rogando que no se apague con frases sin grabar que luego –como siempre ocurre- serán irrecuperables.

Decido entonces apostar a las compras de perfumería y voy a Farmacity, después a Pigmento. Comparo precios, elijo qué me conviene comprar en cada lugar, y me voy con dos bolsas gigantes pero que en Buenos Aires puedo financiar en cuotas y me salen tres veces más baratas que en Uruguay. El lector atento sabe que tengo las valijas prontas para abandonar la casa de Gran Hermano, así que tengo que contar con ciertas reservas.

Improviso un paso fugaz por mi casa de allá para dejar todo y saludar a mi hermano, con el que hasta ese momento apenas crucé palabras desde mi llegada y con el que –aún-no pude compartir ni una comida.

Y tanto me sigue conmoviendo todo lo que sentí y todo acerca de lo que pude hacer catarsis durante esos tres días, y tan duro fue el día que acaba de acabar, que extraño esa visita a Buenos Aires que comenzaba hace exactamente una semana y en la que, en este momento exacto, estaba tomando un Jack Daniel’s.

No extraño la visita por la ciudad en sí, claro, sino por la gente querida.

Hoy, mientras escribo, sólo me acompañan el vaso de agua de la canilla y el clásico Plidex de cortesía.

De todas maneras, si esa visita ocurrió, es porque –y sólo porque- sigo apostando a ese sueño de vivir en este país desde el que escribo, en condiciones que me permitan narrar historias diferentes a estas, tantas veces oscuras y que cuento, como hoy, con un nudo en la garganta. Un nudo que, como la esperanza, es ambivalente. Porque un lazo de los que forman la cuerda anudada es el de la angustia, pero el otro es el de haber vivido esos momentos que en este momento extraño.

Y esta historia porteña continuará –y se cerrará- en un próximo post.

72. 21

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Octubre de 1992.

Estoy en la parada del ya famoso (al menos en este espacio) colectivo 67. La que está, o estaba en esos días, justo debajo de las escalinatas de la facultad de derecho de la UBA.

Tengo puesto el hermoso jumper azul escote en V de mi colegio.

Y lloro, lloro desconsoladamente.

Iba en el 67 desde el centro porteño hasta mi casa, en Belgrano (es decir, lejos del centro y relativamente lejos de la facultad de derecho, por lo menos para pensar en volver caminando).

Pero el 67 se descompuso y yo quedé varada a mitad de camino, en esa parada donde estaba llorando sin parar.

Se supone que, en esas circunstancias y en esas épocas donde la tarjeta sube no existía siquiera en la imaginación de ningún cráneo argentino (supongo), uno se podía subir a cualquier otro colectivo de la misma línea sin pagar nada, solamente presentando el boleto.

Pero resulta que yo había perdido mi boleto (siempre fui un poquito distraída) y comencé a hundirme en el vaso de mi propia angustia. Tenía 15 años, era de noche, me había escapado de mi casa (los motivos del viaje no vienen al caso ahora), no tenía un centavo –sólo había llevado el dinero para el pasaje de ida y el de vuelta-, pertenezco a esa arcaica generación que vivió su adolescencia sin celulares. Y no tenía la más mínima idea de cómo volver a casa. Sí, me hubiera podido chamuyar al colectivero. Pero esas conductas no formaban parte de mi manera de ser.

A esa altura el rojo de mis ojos y de toda mi cara ya contrastaba con el azul del jumper.

Y de repente veo una parejita de estudiantes que se acercan a ese ser frágil y miserable que era yo en ese momento. La chica me pregunta qué me pasa. Nunca me voy a olvidar de la dulzura con la que me habló. Y el chico me da la plata para volver a casa.

Subo al 67 (que tarda, como de costumbre) y en la radio que escucha el colectivero están pasando “Shiny happy people” de R.E.M.

Han pasado 21 años desde la historia que acabo de contar y la tengo tan presente como si la estuviera viendo en una pantalla, en este mismo momento.

………………..

Lunes 4 de noviembre a la noche. No estoy, precisamente, en la parada del 67, aunque sí a metros de “veintiuno” (de septiembre).

Estoy en mi habitación y, una vez más, lloro.

Mi capital líquido se reduce a 14 pesos uruguayos. Es decir, me faltan siete para poder pagar los 21 pesos que cuesta el boleto común del ómnibus que me tomo a la mañana para ir a trabajar.

Son las once de la noche y me doy cuenta de que un préstamo de emergencia que esperaba ya no va a llegar. Y no me da la cara –tomando en cuenta los eventos de los meses pasados- para pedirle esos siete pesos que me faltan a la dueña del apartamento.

Y ya no soy esa chica de quince años que milagrosamente se cruzó, aquella vez en esa parada, a esa parejita radiante brillante y feliz.

Sin embargo, lloro con el mismo desconsuelo con el que esa chica de quince años lloraba aquella noche.

Esa situación de no tener a quien pedirle esos siete pesos faltantes fue -para mí- como si esa soledad, que tantas veces se ha sentado a beber conmigo, me echara encima el contenido de esa botella compartida y se acercara a mí. Con una expresión entre compasiva y resignada y un fósforo encendido en la mano.

…………

Martes, siete y media de la mañana. Marco en el mapa el camino que pienso hacer desde mi casa al trabajo. Posiblemente no sea el más corto, pero elijo calles que más o menos ubico para no perderme (cosa que, como mis lectores sabrán, ya me ha pasado un par de veces en esta ciudad tan dada a las curvas caprichosas).

Salgo de casa y la caminata me lleva una hora exacta. Llego dolorida, pero no tanto por la caminata (que objetivamente es sólo un ejercicio físico) sino por las quemaduras de anoche. Que no se ven, pero se sienten.

Dicen que todos, todos los que escriben –sin excepción- dedican siempre su obra a uno o dos temas. Lo único que cambia son las historias, que sean reales o ficticias, sólo son una excusa para conjurar sin pausa los embates de ese par de temas existenciales y definitorios que marcan la vida del autor.

A ti, mi tema ineludible, inexorable e infinito, que sé me acompañarás hasta el último segundo de mi vida –y quizá más allá- te dedico este post.