18 (2.0). Invitación

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A todos mis lectores históricos, sin demasiados preámbulos (que a esta altura entre nos no son necesarios) los invito a visitar mi nuevo proyecto, Salada en pila.

La razón del título y la línea editorial del blog están detallados allí, de manera que no voy a replicar la explicación aquí para no aburrirlos. Espero que, cuando lo consideren oportuno, se den una vuelta por saladaenpila.wordpress.com.

Esto no quiere decir que verlan mode haya concluido, simplemente que -por ahora- le doy un descanso para enfocar mi energía en ese nuevo proyecto.

Los espero; y hasta pronto, aquí o allá.

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17 (2.0). El paciente oficio de escribir

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Escribir es, como la aventura, un acto de fe. Sabemos dónde comenzamos, pero no dónde terminaremos (aunque a veces, con cierta humana ingenuidad, creemos saberlo) ni cuál será el camino que unirá esos dos puntos, quizá cercanos, quizá remotos.

Tampoco, como ocurre con la aventura, sabemos en todos los casos cuál es el motor que nos impulsa a la acción. Sólo tenemos una certeza: la de que hay algo dentro de nosotros que busca ser expresado o encontrar el tiempo y el lugar necesarios para manifestarse.

Y así como no existe una fotografía sin la apertura hacia la luz que permite dejar una huella donde de otra manera sólo existiría un potencial no revelado, para escribir necesitamos abrirnos. No necesariamente al afuera, sino a nosotros mismos.

Y eso no es algo que suceda de un día para otro, así como -por lo general- tampoco existen las aventuras instantáneas.

No: como bien sabemos los aventureros, la aventura es un proceso arduo y su glamour es inversamente proporcional al esfuerzo, compromiso y dedicación que nos requiere.

Por eso es que escribir, como buen acto de aventura, es un ejercicio de la paciencia. Pero es un ejercicio liberador y transformador.

…………..

Como mis lectores históricos habrán deducido, el blog está en un período de reposo. No porque no sucedan cosas en mi vida, sino porque he debido dedicar mi tiempo y energía a otras cuestiones. Y, por otra parte, tengo otros proyectos de redacción. En cuanto consiga encaminarlos, los lectores que quieran darse una vuelta por ahí serán bienvenidos, como siempre.

En paralelo -e impulsada por la convicción de que trabajar en cosas que no tengan que ver con lo artístico no me hace feliz o, peor aún, me hace infeliz- he decidido sacar del voraz baúl de los proyectos pendientes el de guiar un taller literario. Si a algún lector le interesa participar, me puede contactar por aquí o bien a arianariccio@hotmail.com.

En principio, la modalidad será a distancia. En parte porque estoy complicada para llevar adelante encuentros presenciales pero, además, porque creo que de esa manera puede participar quien así lo desee, sin importar sus horarios o su ubicación geográfica.

No hay una fecha definida de inicio ya que mi idea es hacer un taller personalizado (y, por supuesto, accesible en lo económico). Me encantaría que, si hubiera algún lector interesado, se comunique conmigo y me contara cuáles son sus expectativas y anhelos en relación al hecho de escribir.

Y si algún lector sabe de alguien a quien pudiera interesarle la propuesta, agradeceré la difusión, ya sea compartiendo este post o bien mi email de contacto.

Por último, si mientras este blog se encuentra inactivo algún lector desea comunicarse conmigo, también puede escribirme al mail indicado arriba.

Mientras tanto, será hasta el próximo texto. Aquí, allá, o en el lugar hacia donde la aventura nos lleve.

 

16 (2.0). Existe un alfabeto del silencio

Volver era esto; irse es vivir con la ausencia de esto

Volver era esto; irse es vivir con la ausencia de esto

Pero no nos han enseñado a deletrearlo,

decía uno de mis poetas preferidos, Roberto Juarroz (y tal vez haya citado esas líneas antes, pero no tengo en este momento la capacidad para recordarlo).

Hace un año, días más días menos, estaba sentada frente a mi computadora, en la cocina del apartamento de Villa Biarritz.

Había muchos silencios en mi vida, en aquel momento. Silencios de aquellas voces que había escuchado a lo largo de mi travesía uruguaya y que ya no formaban parte de mi círculo laboral o afectivo, bien por circunstancias externas, bien por decisión propia.

Silencios de voces que no sabía que conocería en aquel momento. Y esa es la magia del destino: hoy, mientras escribo esto, ya no podría imaginar mi existencia sin esas voces.

El silencio de aquel apartamento que se perdió para siempre en la casa donde estoy pasando mis últimas horas.

Y el silencio que había detrás de las puertas donde golpeaba en vano intentando conseguir un trabajo que me permitiera quedarme.

Esos silencios han pasado y han mutado en otras formas; quizás ahora sean palabras, pero que en todo caso forman parte de una poesía escrita a destiempo y cuyos versos ya no puedo -ni me interesa- descifrar.

Sentada frente a una computadora ajena porque, queridos lectores, a) la mía terminó de morir mientras yo estuve en Punta del Este y b) no, no sé cómo voy a hacer para reponerla,

pienso en que cualquier palabra que pueda escribir en esta noche no hace más que dejar en evidencia la presencia absoluta del silencio que nos recuerda que la ausencia es la forma más sutil de la presencia.

Pienso en el silencio de las palabras de amor que no escucharé, porque aunque hubiera una voz que hubiera tomado la decisión de pronunciarlas, yo ya no estaré presente para escucharlas.

Pienso en el silencio que será la única respuesta frente a un lenguaje ante el cual me siento una extranjera y cuyos códigos simbólicos y giros urbanos ya no domino.

Pienso en el silencio como el único puente tendido entre mis -de nuevo- queridos lectores y yo, el único que permanece a través del tiempo cuando el de las palabras se cae por falta de tiempo, de recursos técnicos o por el insolente poder de la tristeza. A través del silencio avanzan, entre las siempre lábiles y movedizas orillas de la comunicación, mensajes que demuestran que lo textual no siempre necesita ser legible por medio de signos, sino revelarse mediante la sensibilidad del lector, como una película fotográfica donde sólo pueden ver imágenes quienes pueden tratar con delicadeza y paciencia aquello que para otros es sólo un material oscuro y sin matices.

Pero, por sobre todo, pienso en los silencios de aquellos maullidos que ya nunca voy a escuchar -al menos, cotidianamente- y que van a dejar mis días vacíos de la mejor música que me regaló Uruguay.

Y mientras pienso en esos silencios, sobre todo en los del párrafo anterior, me doy cuenta de que el llanto silencioso es el más triste de todos, porque es aquel donde ya no nos queda ni siquiera el poder catártico del llanto enérgico y desesperado.

………………

Me voy de Montevideo, este jueves. Sin fecha de regreso.

Es una decisión, en parte, madurada a lo largo de la estadía de un verano entero en Punta del Este, en la que la distancia me sirvió para comprobar que no estaba conforme con varios factores de mi vida montevideana.

Y a la vez, por otra parte, es una decisión forzosa y forzada, tomada sin anestesia y -por lo tanto- dolorosa, traumática y aún no procesada.

No tengo mucho más para agregar, sólo que quiero volver a vivir en Uruguay y, como siempre, cuento con el invaluable aporte de mis lectores si saben de alguna posibilidad laboral o tienen algún aporte constructivo en pos de lograr ese objetivo.

Por ahora, y dado que me quedo sin vivienda (al menos en Montevideo), debo irme a Buenos Aires y evaluar desde allí cómo seguir.

En unas horas, como cerrando un círculo, visitaré esa cocina de Villa Biarritz, y me despediré de todos los silencios. Los vividos y aquellos que quedan atrás definitivamente.

Mi computadora murió, mi celular está a punto de hacerlo, mi vida montevideana tal como la conocía está llegando a su fin. Se cortan mis lazos con el que fue mi mundo y deberé crear nuevos. Quizá en Montevideo, quizá en Maldonado, quizá en otro país, no lo sé.

Sólo sé que en este momento empieza la etapa de un duelo de duración indefinida, en el que -no obstante- los lectores y yo seguiremos unidos a través de ese melancólico, infinito y complejo alfabeto del silencio.

15 (2.0). The not quite, the not yet, and the not at all

Lunes nueve, dos A.M.

Camino por la desierta rambla puntaesteña y recuerdo qué diferente era este camino hace sólo un mes.

Iba por la 20, después me pasé a Gorlero (que es por donde debería estar caminando para llegar antes a mi destino) pero la ausencia absoluta de gente me deprimió. En Gorlero no hay NADIE. Todo está cerrado y no hay ni hormigas caminando por la calle.

No diría que me da miedo, miedo es lo que sentiría caminando sola en este mismo momento por Buenos Aires. Pero sí siento un profundo desasosiego. Porque he viajado mucho a Punta del Este fuera de temporada, pero lo habitual es que estuviera acompañada por las noches. Y, además, que hiciera una vida puertas adentro, en un bello lugar del que no sentía deseos de salir.

Por lo tanto estoy viviendo, por primera vez, esa experiencia de la que tanto me ha hablado tanta gente: la soledad del este entre temporada y temporada.

Que, al fin y al cabo, no es muy diferente a la que viví en Montevideo durante casi todo el primer año de mi estadía.

Y sobreviví para contarlo.

……………..

Casi diecisiete horas después, mi celular no suena cuando me hacen una llamada. Conclusión: me dejan plantada cuando yo ya estaba pronta para salir.

Me puede dejar plantada cualquiera, pero la cuestión es que me deja plantada esa persona que yo espero que nunca pero nunca haga esas cosas. El único hombre incondicional después de mi hermano: mi ex. Pero empiezo a pensar que ningún hombre tiene la cualidad de ser incondicional, eso nos está reservado a nosotras (feliz día atrasado, mujeres).

No sé si ir a tirar mi celular al mar para que tenga la misma muerte romántica que el que ahogué involuntariamente en Valizas o quedarme en mi cama llorando.

Pero no quiero tirame en esta cama, ni siquiera en la de Montevideo. Quiero estar en mi cama de Buenos Aires manchando mis almohadas con esa mezcla indeleble de lágrimas, delineador negro y máscara de pestañas sin que nadie me moleste. Aunque ay, si eso fuera posible, con mis gatos de Montevideo al lado mío.

Y por un momento deseo nunca haber venido a Uruguay. Aunque lo cierto es que ya no puedo imaginar mi vida sin esta experiencia.

……….

Hace 81 días que estoy en Punta del Este, casi un verano (y si me apuran hasta podría recibir el otoño acá).

Y pasaron muchas cosas en esos días, muy diferentes a las de hace dos años, en aquel ahora muy lejano primer mes de mi experiencia uruguaya.

La principal diferencia es que yo ya no soy la misma, y probablemente por eso me pasan cosas distintas.

Una de las cosas remarcables que me pasó fue el amable préstamo de un apartamento durante dos semanas, hecho que -como tantos otros- debo agradecerle a este blog. Es muy posible que la persona que me lo prestó lea estas líneas, de manera que nuevamente se lo agradezco. Fue una isla de paz y estabilidad en el océano de la turbulencia constante.

Ahora me duele mucho la cabeza y recuerdo las palabras de mi amiga B., en cuya casa dormí el viernes: “no tengas novio, no tengas hijos, seguí con tu vida de soltera”.

Mi amiga -otro de los regalos que me hizo la punta en esta temporada- tiene una bella hija y un novio a quienes ama. Pero creo que, aplicado a mi caso y mis experiencias, su consejo tiene algo de sabiduría.

Y también me retó por haberme sacado el rubio (ahora estoy más oscura). Y tiene razón. No me encuentro sin esa cuota de agua oxigenada en mi cabeza.

Todo indica que debo seguir siendo rubia y soltera.

………………

No he tenido acceso a una computadora durante varios días, y hoy resultó ser el día con todos los números de la rifa para sentarme a escribir. Era eso o salir a la calle a ver si me pisa un auto. Claro, hay que pararse en el medio de la calle en algún punto de paso obligado -digamos cerca de una estación de servicio- pero munida de un banquito para sentarse a esperar hasta ese dichoso momento en que llegue el auto.

He tenido varias noches como estas -casi todas narradas en este blog de una manera u otra- y recuerdo en particular y con nitidez a la señora madre de esas noches, la del 31 de julio de 2013 (esbozada en “Tierna es la noche“).

Muy, pero muy relacionada con esa porque la sangre del dolor brotaba de una misma herida, recuerdo también la noche posterior a los feriados de carnaval: la del miércoles de ceniza del 2014, a la que a su vez le dediqué el post “La peine“.

La diferencia entre una y otra noche es que en la de “La peine” había una decisión consciente y voluntaria de dejar atrás algo y apostar por ese refugio que tan bien conozco, el de la soledad.

A un año de haber tomado esa decisión, no estoy segura de que haya sido la correcta y -de hecho- no me interesa demasiado mantenerla, aunque las circunstancias ayudaron a que pudiera hacerlo. No sé si esa pequeña muerte que sucedió a “soltar el ladrillo” generó una pequeña resurrección. Y no sé qué ocurrirá a mi regreso a Montevideo con esa historia.

En este momento sólo sé que recuerdo aquella noche fría del 31 de julio de 2013, sentada en la querida cocina de Villa Biarritz, tomando grappamiel, escuchando Tom Waits, llorando, escribiendo y muriéndome de frío.

“Cuando nos movemos en el límite, como lo hacemos nosotros, cualquier cosa puede provocar un derrumbe. Me duele mucho lo ocurrido y espero que podamos aprender de esto” me escribe, en el mismo momento en que estoy escribiendo estas palabras, la persona que me dejó plantada y me concedió con cierta gracia la ocasión para estar escribiendo este texto, que hubiera sido muy otro si lo hubiera escrito -tal lo previsto- mañana.

Si, tal vez peco de soberbia, pero no veo qué es lo que yo tengo de aprender de esta situación. Salvo que, como señalé al principio de este post, quizá no exista el hombre que tenga la capacidad de ser incondicional del todo. Y que tengo que cambiar mi celular, pero eso ya lo sabía.

En lo que sí coincido es en que siento todos los cascotazos juntos en mi cabeza. Por eso me duele tanto, al límite de la náusea. Y no tengo aspirinas salvo mi Plidex de cabecera, la panacea para todo. Veremos si funciona contra esto.

…………….

En unos días (al momento de escribir estas líneas no sé cuántos, pero serán pocos) me vuelvo a Montevideo y, en algún momento de marzo, viajaré a Buenos Aires (de visita).

Los mismos caminos de hace dos años, pero otra caminante. Y una ruta excluida de las mapas y que nunca, pero nunca, se deja anticipar del todo.

14 (2.0). No tan bárbaro

Reina y su muñeca
Hace hoy exactamente un año yo estaba también en Punta del Este desde hacía unas cuantas semanas, a unos kilómetros de donde estoy ahora, contando los días para poder salir de aquello que con cierta ironía -y, por qué no, piedad- bauticé “la jaula de oro”.

Un bello lugar, rodeado de un bello entorno, que no tenía la libertad de poder disfrutar.

Me la pasaba encerrada porque estaba aislada de todo y mi sueldo se iba en pagar el alquiler de Montevideo.

Atrás quedaron todas las historias de esa temporada: un enero radiante y todos los personajes que conocí en Chihuahua, los compañeros de trabajo con los que hacíamos catarsis todos los días, el plato de comida diario (que era cualquier cosa menos bueno, pero al menos era la garantía de que ALGO iba a comer durante el día), el contar monedas para ir al único almacen en kilómetros a la redonda y comprar un paquete de galletitas brasileras que en aquel verano costaban diez pesos y solían ser mi único alimento diario después del plato de comida, las mucamas que me regalaban manzanas, el último bon o bon que encontré registrando todo mi equipaje un día que estaba muerta de hambre, los emails intercambiados con la que era mi locadora en Villa Biarritz para que por favor me permitiera pagar el alquiler en cuotas, las escapadas clandestinas para agarrar wi fi en un pasillo del hotel sin que me viera mi jefe, el febrero lluvioso donde me tuve que quedar recluida durante mis pocas horas libres en mi habitación (que, nobleza obliga, no era fea, pero era una cárcel al fin), los consejos de vida de Ricky Maravilla, la noche donde tuve que ser recepcionista de una (fallida) fiesta swinger, el día en que Carlos Di Doménico me dijo “divina, hacés bien, nunca te vayas de Uruguay y no vuelvas a Buenos Aires”, las celebrities uruguayas interesadas en comer de arriba todo lo que les fuera posible, y el deseo feroz de que todo eso se terminara y llegara el momento de regresar a Montevideo y a mi querido barrio.

Si le hubieran preguntado a aquella mujer qué sería de su vida en un año, seguramente no hubiera imaginado un escenario parecido a aquel. Hay cosas que una cree que sólo vivirá una vez en la vida.

Y yo (resignada) miro a esa rubia muy parecida a esta, que todavía vive en los posts de aquel entonces, y puedo escuchar todo lo que me dice. Y retrucarle sus argumentos. Nadie mejor que yo para discutir conmigo misma. Los demás, ni siquiera lo intenten. Siempre encontraré argumentos para defender mis convicciones justamente porque, como se desprende del término, estoy convencida de ellas.

-Estás en la punta, eso es bárbaro (dice ella, recluida en una zona que a las nueve de la noche ya es una boca de lobo).

Sí querida, estoy en la punta, puedo ir adonde se me cante caminando. Pero, al igual que vos, no tengo dinero para esos menesteres. Además, mi vida, vos NO tenías que pagar por tu alojamiento. Eso es una gran, gran ventaja.

-No tenés un jefe como aquel que sólo nosotras sabemos qué tan terrible podía ser, eso es bárbaro.

Es un buen punto, casi ganado (a medias, porque esta temporada he tenido una jefa difícil de aguantar), pero no. Porque, este año, tampoco trabajo en cosas que me gusten, el ambiente laboral es tan complicado como el de aquel entonces, y sigo trabajando unos días más sólo con el fin de ganar tiempo para seguir buscando. Sólo por eso. Por lo demás, lo que hago no me aporta nada ni en lo económico ni en lo personal. Casi diría que el año pasado fue más rico a ese nivel.

-Podés ir al supermercado que quieras, no a ese almacén que parecía sacado de película de terror clase B, eso es bárbaro.

Estimada rubia tan teñida como ahora, sí, tengo pila de lugares donde comprar comida cerca, pero mi presupuesto actual sólo me da para adquirir las mismas galletitas de entonces -o sucedáneos de aquellas- que esta temporada, encima, son más caras. Te reconozco sin embargo que he comido mejor hasta hace unos días, cuando tenía algunos pesos disponibles para eso.

-Podés ir a nuestro templo (el puerto) de noche a cualquier hora, eso es bárbaro.

Puedo, sí, pero (aunque no lo creas) vos el año pasado tenías más recursos que yo para salir más presentable. Más ropa, más maquillaje, más de todas esas chucherías que las mujeres conocemos. A mí se me acabo hasta el rímmel y (adiviná) no, no me puedo comprar otro. Me siento desnuda sin él, más que tomando sol en Chihuahua. Vos me entendés.

OK, vos tenías todo eso, pero no la posibilidad de salir. Yo tengo esa posibilidad, pero me falta todo eso.

Conclusión: siempre nos faltan cinco para el peso.

Y te digo: vos estabas entusiasmada por regresar a Montevideo, aunque sólo fuera por escapar de esa cárcel.

A mí no me está pasando eso. Porque Montevideo para mí, este año, representa -incluso más que el año pasado- la necesidad de tomar decisiones que deberé tomar más temprano que tarde, más allá de mis deseos de permanencia y (cierta) estabilidad.

Esa sensación que tenías el año pasado, eso

era bárbaro. Te lo asegura la voz de la experiencia.

……………

7 de febrero, dos días antes de cobrar mi sueldo, ya no tengo dinero, y no precisamente porque haga una vida dispendiosa.

Pido un vale, pero es sólo para pagar el alojamiento.

De manera que vuelvo a mi dieta de galletitas. No se la recomiendo a nadie.

9 de febrero, cobro, pero he trabajado muy pocos días de enero así que mi dieta no ve muchas posibilidades de prosperar (aunque me compro los víveres necesarios para prepararme un sandwich).

Sentada en la computadora pienso que estoy en el lugar que quiero estar, luchando por un objetivo que exige salir (una vez más) de la zona de comodidad y que durante esta estadía tuve el privilegio de ir muchos días a esas playas que tanto amo.

Pero no puedo sacarme de la cabeza esa canción que cantaba Reina Reech, porque sé dónde estaba hace un año, y dónde estoy ahora. Incluso creo que el tema original -perteneciente al musical “The woman of the year”- del que sólo se conservó intacta la célebre frase “el pasto es más verde siempre en otro jardín” y que tiene una letra bastante más ácida que la de la versión ATP de Reina, aplica bastante más a mi vida. Que no es, precisamente, “apta para todo público”.

Y siento que esa caminata, en cuyo registro fotográfico hay imágenes donde el pasto parece brillar como esmeraldas más luminosas que las de cualquier otro jardín, llega lentamente al mismo lugar donde comenzó.

13 (2.0). Lamentaría que esto tuviera un final triste

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Una foto.

Una foto de una camioneta en un lugar perdido.

Dos personas, afuera de esa camioneta que se quedó en la ruta. Un hombre y una mujer, completos desconocidos hasta el momento en que ella se vio en la necesidad de hacer dedo y él la levantó.

Y una historia que ella le cuenta a él y frente a la que el hombre sólo atina a decir:

-Lamentaría que esto tuviera un final triste.

…………………

Lo que ha llegado al final es la comida que compartimos en Rex, en La Barra. Dos personas. Una que escribe y la otra también.

El le cuenta a ella la historia que está escribiendo: la de un hombre y una mujer perdidos en alguna ruta, en una camioneta descompuesta.

Y repite la frase del personaje, y ella tiene la sensación de que esas palabras trascienden los límites de la literatura y que la destinataria del mensaje es ella. Ella, su soledad, sus circunstancias, sus aventuras y desventuras que poco han cambiado -a nivel global- desde el post escrito hace un año, donde cual la mujer del cuento ella se quedó varada en un lugar (en mi caso, la estación Ancap de Solanas, que también se encuentra en una ruta).

No sabemos si la literatura copia a la vida o viceversa, pero tenemos una certeza: alguna plagia a la otra y es difícil saber cuál es el original.

El mozo trae la cuenta, él paga y nos vamos hacia Maldonado, donde intentamos ver un desfile de carnaval pero nos ahuyenta la cantidad de gente.

Atrás en este día quedaron un paso fugaz por José Ignacio y Manantiales, y un par de fotos donde el modelo es el viento en intenso esplendor y yo -la modelo aparente- sólo cumplo la función de permitir que él se luzca.

…………

Miércoles 4 de febrero, el sol copa la parada en el escenario del este y las calles solitarias permiten inferir que todos los presentes en la ciudad están copando las playas.

Y yo, desclasada de ese grupo, que elijo sentarme frente a una computadora y leer y escribir.

Releo el post mencionado más arriba y pienso si, a pesar de todas las cosas que han cambiado en los doce meses transcurridos, no sigo siendo aquella chica sentada en el cemento húmedo de la estación de Ancap, sola y sin demasiados recursos para hacer frente a situaciones de las que todavía no tiene muy en claro cómo termina saliendo.

Una manera de vivir bastante extenuante que -cada vez me doy más cuenta- no se puede sostener indefinidamente. Todo tiene un final, y sólo tras algunos de esos finales podemos escribir un epílogo redentor. En otros casos, el libro simplemente se cierra y ya desprovistos de la tinta y el papel sólo nos queda sentarnos a esperar las críticas.

…………………………

Miércoles 28 de enero, La Huella explota de gente.

Varios personajes públicos, como de costumbre. Por ejemplo, Pablo Massey -quien conversa muy entusiasmado con uno de los dueños del boliche. También el zorrito (von) Quintiero, que comparte mesa con varias personas. Uno de ellos le habla sobre las bondades del trasero de alguna de las mujeres presentes en el lugar y él le responde que no la vio.

Llueve desde temprano y a los habitués del lugar se les suma el publico-en-vacaciones que está boyando y no sabe qué cuernos hacer en un día de lluvia.

Y yo, desclasada de esos grupos, que lo llevo a mi hermano -que está de visita por unos días- a tomar unas caipis (la mía mediterránea, por favor).

Después nos vamos a tomar un licuado (él) y un submarino de chocolate belga con naranja (la que escribe) a uno de esos cafecitos coquetos que rodean a la plaza.

………………

Unas horas después, ese mismo día, visito La Huella nuevamente; esta vez en su formato de libro. Un precioso libro, por cierto, que da ganas de repetir cada una de las recetas incluidas en él.

Frente a mí, dos personas. Una mujer que intuyo no comprende mi presencia en ese lugar y mi amable anfitrión, que quiere saber si podría hacer fotografías como las del libro.

Podría, claro, si tuviera el equipamiento necesario. De todas maneras, no es ahora el momento, y no sé si llegará alguna vez.

Mientras hojeo el libro, mi hermano está viajando a Montevideo. Una ciudad que en este momento representa para mí la incertidumbre: la de cuándo voy a regresar, la de qué voy a hacer cuando vuelva, la de con qué me voy a encontrar, la de qué voy a hacer con mi vida, la de la expresión de mi hermano cuando se despide de mí y con sus ojos sé que me dice,

lamentaría que esto tuviera un final triste.

12 (2.0). Samba de janeiro, 2015

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El atardecer desde Boca Chica

Jueves 8,

el sol desaparece lentamente en al agua y yo estoy sentada (aunque no sola) en una de las mesas de la terraza de Boca Chica.

Tomamos una caipi, tomamos dos (bueno, yo tomo dos) y comemos un sandwich caliente. Me gusta mucho más “tostado”, pero respeto la máxima “Mi país, su forma de hablar”. Entre paréntesis -y en mi opinión, claro- es interesante cómo la primera penetración cultural dentro de un nuevo territorio, o la primera imposición a la que se somete un expatriado, es la del lenguaje. Un tema muy rico acerca del que, por supuesto, tengo teorías que me sentaré a escribir en algún momento.

Y hablo de esos temas de los que por lo general nadie habla en ese lugar. De los trabajos que pasaron, de los que no deberían volver, de los que tendrían que llegar, y de la conveniencia o no de seguir buscando acá o de regresar a Montevideo. De fondo, una pareja de porteños veteranos increpa al mozo porque pidieron un café con leche y parece que la máquina de café se acaba de romper. Los gritos de la mujer se escuchan hasta La Barra mientras ratifico que el que no tiene problemas se los inventa.

El sol desaparece y yo lo miro como si junto a él desapareciera mi vida.

Viernes 9,

me pongo mis mejores galas -o sea un vestido del Forever 21 de Montevideo- y espero a mi amiga M. en la antesala de Ovo. Ruego a los dioses de la fortuna, que seguro están poniendo fichas arriba en el casino, que no permitan que nos desencontremos con M. Mi día (no digamos ya el día, sino toda la semana) fue un largo historial de desencuentros, algunos sin remedio. La metáfora de la semana sería el encuentro de dos personas que se conocen circunstancialmente y se despiden. Una cree que podrá volver a encontrar a la otra; la otra sabe que no podrá volver a ser encontrada. Sí, tiene todas las fichas del casino para ser tema de un próximo post.

Y yo parada en un pasillo del Conrad con el celular sin batería.

Nota al margen: mi celular sólo dura tres horas cargado, no suelo estar cerca de un enchufe salvo cuando duermo, y todavía no inventaron el cargador que se alimente de la energía de tu cuerpo y la transmita a los dispositivos móviles. Creo que sería el próximo gran invento de la humanidad.

M. llega, con otra divina amiga. Y pasamos una noche de esas que describí en otro post y me recuerdan noches de hace veinte años, cuando lo divertido era ir con tus amigas de un lado a otro del boliche. De la barra a la terraza, del piso de arriba al de abajo y así.

Mucha más caminata que baile, finalmente.

Y mucha brasilera llamativa en la pista y los VIPs. A juzgar por su apariencia creo que soy la única mujer del recinto que nunca pasó por el bisturí o la jeringa con bótox/ colágeno o lo que sea que esté de moda ahora.

Bueno, posiblemente mis acompañantes tampoco.

Sábado 10,

tengo una rutina que cumplo en Punta del Este desde que tomé la decisión de venirme a vivir a Uruguay. Casi diría una ceremonia particular, que siempre llevo a cabo sola y que -a pesar de que la gente camine sin cesar a mi alrededor- es sin duda un espacio de meditación. No siempre agradable, pero siempre intenso.

Me siento en uno de mis clásicos miradores nocturnos, la pasarela que lleva a ese puentecito estilo jardín japonés que está entre dos marinas. Abro una botella de lo que sea que pueda comprar y lanzo mis preguntas muy lejos, hacia la luna. Y permanezco en estado de contemplación esperando que alguna vez caiga una respuesta como si se tratara de una estrella fugaz.

Suena mi celular -en el que grabo notas para escribir cuentos- y mi noche continúa en El joven marino, donde como un plato excesivo de chipirones. Después en el Freddo del puerto, donde nos sirven un helado derretido. Y mi amiga M. me llama para ir a Ovo, donde iré y la esperaré en vano. Celular inútil mediante.

Domingo 11,

el sol desaparece lentamente en el agua y yo estoy sentada (aunque no sola) en un Jaguar enorme, de los antiguos, pero impecable.

El plan es mirar el atardecer con café y medialunas traídas del AutoMac. Un plan que no es, digamos, muy mi estilo (“atardecer” y “Mc Donald´s” son dos ítems que ni siquiera van bien en una misma oración).

Menos aún mi estilo si de fondo suena la voz de Arjona, reproducida en un equipo de alta fidelidad que bien merecería reproducir la voz de otros intérpretes. Pero respeto la máxima universal e indiscutible de “Mi auto, mi música”.

No obstante, por si fuera poco escucharlo a Arjona solo, uno de los tripulantes del auto canta en estéreo “la rubia para el taxi, siempre a las diez, en el mismo lugar”.

No sé, quizás al improvisado cantante en cuestión le encanta la canción. Pero me siento un poco aludida y no me gusta.

El sol desaparece, yo sólo quiero desaparecer con él.

Sonrío con mi a esta altura clásica cara-de-nada (un gesto que nos queda tan bien a las rubias, aunque seamos teñidas).

Y antes de que llegue la noche ya estaré lejos, muy lejos.

……………………

Algunas horas después del atardecer, en ese domingo 11 que en realidad ya es lunes, espero a mi amiga M. en el Conrad, al lado de Ovo. Pasa una mujer con una piel apenas dorada y que desde lejos reluce con un brillo satinado, casi plástico. Tiene el pelo platinado entreverado en un peinado modernoso y los ojos muy maquillados de un negro tan profundo como el de su breve vestido. Podría ser una brasilera más de esas de características similares que circulan por el Conrad a razón de decenas por segundo, pero después de unos segundos me doy cuenta de que es Vicky Xipolitakis.

Unos minutos después llega mi amiga M. con una amiga de ella y entramos a Ovo. Pero no hay nadie y ya se sabe que una disco semivacía no es divertida. Mientras nosotros salimos, Vicky entra con dos acompañantes. Supongo que ella la habrá pasado bien igual.

Son más de las tres de la mañana y nos vamos al puerto, que también está semivacío, pero antes de seguir dando vueltas preferimos morir en Moby Dick.

Me encuentro con una conocida que trabaja ahí y me regala un trago. La amiga de mi amiga, que es una divina, me regala otra vuelta del mismo trago. Y además pruebo alguna caipirinha que anda en la vuelta.

…………..

Hace ya unos cuantos días, antes de fin de año y cuando todavía trabajaba, estuve de visita en la casa de un querido amigo que vive (como leí en Instagram y me encantó la descripción) “a la vuelta del paraíso”, en algún lugar de José Ignacio y con vista privilegiada a esas preciosas playas.

Y recuerdo aquella vez en que mi anfitrión me llevó en moto desde ese lugar hasta Chihuahua, donde yo trabajaba el año pasado. Una experiencia que forma parte de mis aventuras esteñas y que recomendaría a cualquiera que se animara a probarla.

Hoy, mientras escribo, siento que ese viaje simboliza mi vida de este momento. El viaje donde no somos nosotros los que conducimos sino que nos dejamos llevar y nos abrazamos a algo para no caernos en el camino, mientras sentimos las caídas y las subidas muy dentro de nuestro cuerpo, como si estuviéramos pasando una y otra vez sobre el puente de La Barra.

Como me sucedió aquella vez, aquel día de enero.