13 (2.0). Lamentaría que esto tuviera un final triste

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Una foto.

Una foto de una camioneta en un lugar perdido.

Dos personas, afuera de esa camioneta que se quedó en la ruta. Un hombre y una mujer, completos desconocidos hasta el momento en que ella se vio en la necesidad de hacer dedo y él la levantó.

Y una historia que ella le cuenta a él y frente a la que el hombre sólo atina a decir:

-Lamentaría que esto tuviera un final triste.

…………………

Lo que ha llegado al final es la comida que compartimos en Rex, en La Barra. Dos personas. Una que escribe y la otra también.

El le cuenta a ella la historia que está escribiendo: la de un hombre y una mujer perdidos en alguna ruta, en una camioneta descompuesta.

Y repite la frase del personaje, y ella tiene la sensación de que esas palabras trascienden los límites de la literatura y que la destinataria del mensaje es ella. Ella, su soledad, sus circunstancias, sus aventuras y desventuras que poco han cambiado -a nivel global- desde el post escrito hace un año, donde cual la mujer del cuento ella se quedó varada en un lugar (en mi caso, la estación Ancap de Solanas, que también se encuentra en una ruta).

No sabemos si la literatura copia a la vida o viceversa, pero tenemos una certeza: alguna plagia a la otra y es difícil saber cuál es el original.

El mozo trae la cuenta, él paga y nos vamos hacia Maldonado, donde intentamos ver un desfile de carnaval pero nos ahuyenta la cantidad de gente.

Atrás en este día quedaron un paso fugaz por José Ignacio y Manantiales, y un par de fotos donde el modelo es el viento en intenso esplendor y yo -la modelo aparente- sólo cumplo la función de permitir que él se luzca.

…………

Miércoles 4 de febrero, el sol copa la parada en el escenario del este y las calles solitarias permiten inferir que todos los presentes en la ciudad están copando las playas.

Y yo, desclasada de ese grupo, que elijo sentarme frente a una computadora y leer y escribir.

Releo el post mencionado más arriba y pienso si, a pesar de todas las cosas que han cambiado en los doce meses transcurridos, no sigo siendo aquella chica sentada en el cemento húmedo de la estación de Ancap, sola y sin demasiados recursos para hacer frente a situaciones de las que todavía no tiene muy en claro cómo termina saliendo.

Una manera de vivir bastante extenuante que -cada vez me doy más cuenta- no se puede sostener indefinidamente. Todo tiene un final, y sólo tras algunos de esos finales podemos escribir un epílogo redentor. En otros casos, el libro simplemente se cierra y ya desprovistos de la tinta y el papel sólo nos queda sentarnos a esperar las críticas.

…………………………

Miércoles 28 de enero, La Huella explota de gente.

Varios personajes públicos, como de costumbre. Por ejemplo, Pablo Massey -quien conversa muy entusiasmado con uno de los dueños del boliche. También el zorrito (von) Quintiero, que comparte mesa con varias personas. Uno de ellos le habla sobre las bondades del trasero de alguna de las mujeres presentes en el lugar y él le responde que no la vio.

Llueve desde temprano y a los habitués del lugar se les suma el publico-en-vacaciones que está boyando y no sabe qué cuernos hacer en un día de lluvia.

Y yo, desclasada de esos grupos, que lo llevo a mi hermano -que está de visita por unos días- a tomar unas caipis (la mía mediterránea, por favor).

Después nos vamos a tomar un licuado (él) y un submarino de chocolate belga con naranja (la que escribe) a uno de esos cafecitos coquetos que rodean a la plaza.

………………

Unas horas después, ese mismo día, visito La Huella nuevamente; esta vez en su formato de libro. Un precioso libro, por cierto, que da ganas de repetir cada una de las recetas incluidas en él.

Frente a mí, dos personas. Una mujer que intuyo no comprende mi presencia en ese lugar y mi amable anfitrión, que quiere saber si podría hacer fotografías como las del libro.

Podría, claro, si tuviera el equipamiento necesario. De todas maneras, no es ahora el momento, y no sé si llegará alguna vez.

Mientras hojeo el libro, mi hermano está viajando a Montevideo. Una ciudad que en este momento representa para mí la incertidumbre: la de cuándo voy a regresar, la de qué voy a hacer cuando vuelva, la de con qué me voy a encontrar, la de qué voy a hacer con mi vida, la de la expresión de mi hermano cuando se despide de mí y con sus ojos sé que me dice,

lamentaría que esto tuviera un final triste.

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12 (2.0). Samba de janeiro, 2015

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El atardecer desde Boca Chica

Jueves 8,

el sol desaparece lentamente en al agua y yo estoy sentada (aunque no sola) en una de las mesas de la terraza de Boca Chica.

Tomamos una caipi, tomamos dos (bueno, yo tomo dos) y comemos un sandwich caliente. Me gusta mucho más “tostado”, pero respeto la máxima “Mi país, su forma de hablar”. Entre paréntesis -y en mi opinión, claro- es interesante cómo la primera penetración cultural dentro de un nuevo territorio, o la primera imposición a la que se somete un expatriado, es la del lenguaje. Un tema muy rico acerca del que, por supuesto, tengo teorías que me sentaré a escribir en algún momento.

Y hablo de esos temas de los que por lo general nadie habla en ese lugar. De los trabajos que pasaron, de los que no deberían volver, de los que tendrían que llegar, y de la conveniencia o no de seguir buscando acá o de regresar a Montevideo. De fondo, una pareja de porteños veteranos increpa al mozo porque pidieron un café con leche y parece que la máquina de café se acaba de romper. Los gritos de la mujer se escuchan hasta La Barra mientras ratifico que el que no tiene problemas se los inventa.

El sol desaparece y yo lo miro como si junto a él desapareciera mi vida.

Viernes 9,

me pongo mis mejores galas -o sea un vestido del Forever 21 de Montevideo- y espero a mi amiga M. en la antesala de Ovo. Ruego a los dioses de la fortuna, que seguro están poniendo fichas arriba en el casino, que no permitan que nos desencontremos con M. Mi día (no digamos ya el día, sino toda la semana) fue un largo historial de desencuentros, algunos sin remedio. La metáfora de la semana sería el encuentro de dos personas que se conocen circunstancialmente y se despiden. Una cree que podrá volver a encontrar a la otra; la otra sabe que no podrá volver a ser encontrada. Sí, tiene todas las fichas del casino para ser tema de un próximo post.

Y yo parada en un pasillo del Conrad con el celular sin batería.

Nota al margen: mi celular sólo dura tres horas cargado, no suelo estar cerca de un enchufe salvo cuando duermo, y todavía no inventaron el cargador que se alimente de la energía de tu cuerpo y la transmita a los dispositivos móviles. Creo que sería el próximo gran invento de la humanidad.

M. llega, con otra divina amiga. Y pasamos una noche de esas que describí en otro post y me recuerdan noches de hace veinte años, cuando lo divertido era ir con tus amigas de un lado a otro del boliche. De la barra a la terraza, del piso de arriba al de abajo y así.

Mucha más caminata que baile, finalmente.

Y mucha brasilera llamativa en la pista y los VIPs. A juzgar por su apariencia creo que soy la única mujer del recinto que nunca pasó por el bisturí o la jeringa con bótox/ colágeno o lo que sea que esté de moda ahora.

Bueno, posiblemente mis acompañantes tampoco.

Sábado 10,

tengo una rutina que cumplo en Punta del Este desde que tomé la decisión de venirme a vivir a Uruguay. Casi diría una ceremonia particular, que siempre llevo a cabo sola y que -a pesar de que la gente camine sin cesar a mi alrededor- es sin duda un espacio de meditación. No siempre agradable, pero siempre intenso.

Me siento en uno de mis clásicos miradores nocturnos, la pasarela que lleva a ese puentecito estilo jardín japonés que está entre dos marinas. Abro una botella de lo que sea que pueda comprar y lanzo mis preguntas muy lejos, hacia la luna. Y permanezco en estado de contemplación esperando que alguna vez caiga una respuesta como si se tratara de una estrella fugaz.

Suena mi celular -en el que grabo notas para escribir cuentos- y mi noche continúa en El joven marino, donde como un plato excesivo de chipirones. Después en el Freddo del puerto, donde nos sirven un helado derretido. Y mi amiga M. me llama para ir a Ovo, donde iré y la esperaré en vano. Celular inútil mediante.

Domingo 11,

el sol desaparece lentamente en el agua y yo estoy sentada (aunque no sola) en un Jaguar enorme, de los antiguos, pero impecable.

El plan es mirar el atardecer con café y medialunas traídas del AutoMac. Un plan que no es, digamos, muy mi estilo (“atardecer” y “Mc Donald´s” son dos ítems que ni siquiera van bien en una misma oración).

Menos aún mi estilo si de fondo suena la voz de Arjona, reproducida en un equipo de alta fidelidad que bien merecería reproducir la voz de otros intérpretes. Pero respeto la máxima universal e indiscutible de “Mi auto, mi música”.

No obstante, por si fuera poco escucharlo a Arjona solo, uno de los tripulantes del auto canta en estéreo “la rubia para el taxi, siempre a las diez, en el mismo lugar”.

No sé, quizás al improvisado cantante en cuestión le encanta la canción. Pero me siento un poco aludida y no me gusta.

El sol desaparece, yo sólo quiero desaparecer con él.

Sonrío con mi a esta altura clásica cara-de-nada (un gesto que nos queda tan bien a las rubias, aunque seamos teñidas).

Y antes de que llegue la noche ya estaré lejos, muy lejos.

……………………

Algunas horas después del atardecer, en ese domingo 11 que en realidad ya es lunes, espero a mi amiga M. en el Conrad, al lado de Ovo. Pasa una mujer con una piel apenas dorada y que desde lejos reluce con un brillo satinado, casi plástico. Tiene el pelo platinado entreverado en un peinado modernoso y los ojos muy maquillados de un negro tan profundo como el de su breve vestido. Podría ser una brasilera más de esas de características similares que circulan por el Conrad a razón de decenas por segundo, pero después de unos segundos me doy cuenta de que es Vicky Xipolitakis.

Unos minutos después llega mi amiga M. con una amiga de ella y entramos a Ovo. Pero no hay nadie y ya se sabe que una disco semivacía no es divertida. Mientras nosotros salimos, Vicky entra con dos acompañantes. Supongo que ella la habrá pasado bien igual.

Son más de las tres de la mañana y nos vamos al puerto, que también está semivacío, pero antes de seguir dando vueltas preferimos morir en Moby Dick.

Me encuentro con una conocida que trabaja ahí y me regala un trago. La amiga de mi amiga, que es una divina, me regala otra vuelta del mismo trago. Y además pruebo alguna caipirinha que anda en la vuelta.

…………..

Hace ya unos cuantos días, antes de fin de año y cuando todavía trabajaba, estuve de visita en la casa de un querido amigo que vive (como leí en Instagram y me encantó la descripción) “a la vuelta del paraíso”, en algún lugar de José Ignacio y con vista privilegiada a esas preciosas playas.

Y recuerdo aquella vez en que mi anfitrión me llevó en moto desde ese lugar hasta Chihuahua, donde yo trabajaba el año pasado. Una experiencia que forma parte de mis aventuras esteñas y que recomendaría a cualquiera que se animara a probarla.

Hoy, mientras escribo, siento que ese viaje simboliza mi vida de este momento. El viaje donde no somos nosotros los que conducimos sino que nos dejamos llevar y nos abrazamos a algo para no caernos en el camino, mientras sentimos las caídas y las subidas muy dentro de nuestro cuerpo, como si estuviéramos pasando una y otra vez sobre el puente de La Barra.

Como me sucedió aquella vez, aquel día de enero.

11 (2.0). Pas encore

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-Vamos a bailar a lo del vecino

dice otra rubia, europea -muy bella- el 1 de enero del 2015, unas cuatro horas después de la medianoche que separó un año (lleno de tachaduras y anotaciones al margen) de otro que aún ni siquiera califica como hoja en blanco.

El vecino tiene una bruta casa y una banda en vivo, pero no.

Es el segundo año consecutivo que me toca recibir en mi amada Punta del Este. Y, coincidencias o no, este concluye a muy pocos kilómetros del lugar en el que lo recibí cuando nació, con el mar casi mojándome los pies como el año pasado, y con un grupo de personas que en su casi totalidad me eran desconocidas hasta hace unas horas.

Igual que el año pasado.

Es llamativo cómo se repiten ciertas experiencias en las que la vida -tal vez para no resultarnos aburrida y predecible- cambia el escenario, pero mantiene la escaleta del guión. Como esperando que descifremos ese mensaje oculto que se repetirá una y otra vez hasta que logremos interpretarlo.

Sólo que esta vez no estoy trabajando y mi hermano se encuentra en una quinta, a muchos kilómetros de distancia. Pasándola mucho mejor que el año pasado, espero. Por lo menos sin tener que caminar kilómetros en la oscuridad solo y esperar horas en una terminal vacía. Cada vez que revivo ese momento y me pongo en su lugar, se me siguen llenando los ojos de lágrimas por la impotencia de no haberlo podido ayudar y hacer un poco más agradable esa experiencia oscura y triste.

……………………….

Sentada en el muelle de Mailhos, miro hacia ese mar donde espero que se disuelvan mis cenizas el día en que todas mis hojas, las escritas y las que queden en blanco con finales abiertos, se desintegren.

Pienso en que debo calificar, no en el top ten (dejemos esos puestos para personas que me superen ampliamente en edad y vida en estas costas) pero sí entre las cien personas que, estando en este momento en Punta del Este, más aman esta ciudad.

He tenido lo mejor de este lugar servido en bandeja y he tenido que escarbar debajo de la alfombra para rescatar las sobras de esa bandeja. Y en todas las situaciones posibles sigo amando esta ciudad donde lo más bello es aquello que no se puede comprar, graciosa paradoja para un sitio donde todo parece estar en (costosa) oferta. Incluso las personas.

Quizá porque fue aquí donde viví muchos de los momentos más intensos de mi vida. Los más felices y los más infelices también. He abierto ciclos y los he cerrado. Y fue aquí donde transcurrió el prólogo de este blog. Un prólogo jamás escrito, pero que en poco más de treinta días acumuló historias con las que podría publicar un libro, pero no.

Todavía no me convertí en esa mercenaria de la literatura que vende hasta el último retazo de su privacidad al mejor postor. Me sigo quedando con mis secretos y con esas historias que tal vez se disuelvan en el mar conmigo, algún día.

……………

No traje (lo que queda de) mi computadora, por eso no estoy escribiendo. Estaba trabajando en el este, ya no. Estoy en la búsqueda laboral y definiendo mi fecha de regreso a Montevideo de acuerdo a cómo se presente el panorama en los próximos días.

Tal lo esperable para un alma nómade, he andado de playa en playa, desde Bikini hasta mi querida Chihuahua, que tantas horas de sol y bellos atardeceres me ha dado el año pasado.

Además de representar dos extremos imaginarios en un largo recorrido de kilómetros, ambas playas tienen dos perfiles sociológicos bien diferentes. Bikini es un viaje de egresados donde todavía hay mucho por conocer; Chihuahua es un viaje de vuelta donde ya nada nos sorprende demasiado. Y diría que, si te sorprende, es que no estás en el lugar correcto.

Como -después de todo- las almas nómades tenemos algo de esos dos perfiles disímiles, yo me siento cómoda en ambas playas, pero a nivel literario Chihuahua es mucho más rica. Casi no existe vez en la que haya ido y no haya encontrado alguna historia digna de ser contada. Es un lugar donde las mujeres solas llaman la atención, y ese es el punto de partida de muchas experiencias y reflexiones.

Algún día le tengo que dedicar un post completo a Chihuahua.

Otra de las teorías que van tomando forma en mi existencia peregrina es que la vida nos va llevando a los lugares acerca de los cuales quiere que escribamos, porque las historias latentes en esos lugares están -de alguna manera cuántica- en sintonía con nuestra propia historia, en un momento dado. No somos nosotros quienes elegimos un lugar. El lugar nos elige a nosotros, porque quiere que expresemos su alma, de la forma en que tengamos capacidad para hacerlo.

………………

Uruguay es una prueba de crecimiento personal, un lugar para curar heridas de la niñez, no para echar raíces hacia la prosperidad.

Y NO hay hombres,

me dice la encantadora rubia del comienzo del post.

Y casi podría dar fe de todo lo que dice.

Y hacer las valijas e irme hacia otro lugar (jamás Buenos Aires).

Pero no.

(todavía)

10 (2.0). En síntesis

No sólo mi futuro es una hoja en blanco. También lo es mi presente.

Jueves, 11 de diciembre.

Estoy sentada, una vez más, frente a mi computadora.

Buscaba un momento oportuno para escribir, pero creo que esta vez la vida –como sucedió otras veces- me lo ha impuesto a la fuerza.

En Montevideo, y supongo que en casi todo Uruguay, es un día divino. Uno de esos días en que me digo a mí misma “vamos a la playa”, armo mi bolsito, y me voy hacia la playa que sea. Como ocurrió la semana pasada, que hice escala en José Ignacio y La Barra.

Hoy, en cambio, no tengo ganas de nada.  No quiero estar levantada, tampoco quiero estar en la cama. No tengo ganas de dormir, pero tampoco quiero estar despierta.

En resumen, un día delicioso.

……………

Tampoco tengo ganas de escribir un post largo. Por una vez, voy a ser sintética.

Primero, les cuento a mis lectores que a partir de ayer soy –nuevamente- una desempleada más.

Mi contrato de trabajo se acabó porque estoy sobrecalificada para el puesto que estaba ocupando, como me dijeron con mucha amabilidad mis jefes.

Es verdad, pero necesitaba el dinero como cualquier mortal no-mantenido.

Quizá debería valorar lo bueno: me quedé sin trabajo en el momento justo para buscar un trabajo de temporada. Que no será una buena temporada, pero siempre tendrá más oportunidades que las que se presentan en Montevideo donde, como bien saben los uruguayos, todo muere desde ahora y al menos hasta febrero.

Y a partir de hoy cuento con una referencia nueva, porque mis flamantes exjefes se deshicieron en abalanzas hacia mí. Yo necesitaba más el dinero que los elogios, pero no dejo de reconocer que en este país donde todo se maneja de forma pura y dura en base a recomendaciones, nunca está de más agregar una al currículum.

No obstante, por ahora, sólo puedo ver lo triste de la situación. Por ejemplo, que le había prometido un pasaje a mi hermano para poder vernos en sus vacaciones y ese papelito se fue junto con ese sueldo completo de diciembre que ya no cobraré.

…………….

Desde mi regreso a Montevideo, tuve tres noches fatídicas. Una está esbozada en el post (Querida), la otra no tuvo registro en esta crónica. Y la de ayer sería la tercera; y la primera en el ranking, por lejos.

Anoche, en medio de las lágrimas, el silencio puertas adentro, y la euforia lejana por el triunfo de River que no estaba en condiciones anímicas de compartir, me fui a bañar.

Y pasados unos minutos sentí los arañazos de la perra en la puerta, queriéndola abrir.

La perra sólo hace eso en casos extremos, cuando percibe que quien está del otro lado de la puerta está muy mal. Así que me confirmó lo que ya sabía. Y, para completar, cuando salí se puso a llorar ella también.

Toda la empatía de la que carecen algunos seres humanos está repartida entre los animales. No me queda ninguna duda de eso.

……………..

Al mismo tiempo, al igual que esa puerta, se están cerrando otras. No tengo ganas de hablar de eso, pero quizá sea necesario o inevitable que se cierren.

No hay demasiado que pueda hacer al respecto, de manera que por el momento voy a encarar lo único que siento que está en mis manos.

Mañana me voy con rumbo este a saludar a un amigo que acaba de cumplir años y a hacer un poco de terapia de playa y conversación con él.

Y después, aprovechando que ya estaré por la zona, voy a hacer la ruta de bares y hoteles de Punta del Este, La Barra, Manantiales, etc.

De nuevo frente a un fin de año incierto, les pido a mis lectores creyentes –en lo que sea- que enciendan una luz por mí.

Todo suma. Gracias.

9 (2.0). La sonrisa de los gatos

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Noviembre se va, mi amiga L. se fue hace ya varios días después de más de tres semanas de estadía donde pude recordar qué divertido era salir de bares y copas por ahí.

Hemos reído, hemos llorado, hemos bailado, hemos tomado sol y algunas otras cosas también, hemos compartido tantos silencios juntas.

En esta vida montevideana que empezó el año pasado no desde cero, sino desde menos diez, algunas veces no sólo me falta con quien compartir palabras. Más que eso, me falta con quien compartir silencios.

Y ahora se siente fuerte el bache de la ausencia de mi visitante. Hay cosas que ya no me apetece tanto hacer sola aunque, conforme pase el tiempo, sé qué volveré a adaptarme y las haré.

……………….

Entre las actividades solitarias que estoy tratando de retomar, se encuentra la de ser perseverante con la escritura. El año pasado pude escribir más de 500 páginas (sólo de este blog), lo que demuestra que –de haber tenido la constancia requerida- este año hubiera podido terminar perfectamente la novela con la que desde hace años vengo dando vueltas.

Pero no. Este año fue el del mareo rioplatense, el de estar de ambos lados de la orilla sin estar del todo en ninguno, el de un cronograma revuelto sobre el que no tuve control alguno. Y creo que esa deriva sin rumbo cierto se extendió a muchas de mis otras actividades.

Hoy, ya con un techo estable sobre mi cabeza (nunca sobre mis sueños) y caminos ya incorporados bajo mis pies, estoy tratando de retomar un relativo control sobre mi tiempo y de establecer prioridades. A esta altura de la vida una ya aprendió que el tiempo no sólo es un bien escaso sino que, además, es el más preciado de todos. Sin él, de nada sirve disponer de cualquier otro.

Por eso, estoy haciendo limpieza de actividades “inductoras del trance” -como decía un profesor en mis épocas universitarias- y poniendo en valor y grilla horaria otras que, a diferencia de aquellas, apuntan a fortalecer mis objetivos de llevar una vida cada vez más consciente. De hecho, hilando fino, toda esta aventura de venirme a Uruguay comenzó por eso, y si dejo esa búsqueda abandonada a su suerte de nada serviría todo el esfuerzo hecho hasta el momento. Del que este blog, como mis lectores ya saben, es sólo un pálido registro que elige callar muchas batallas agónicas de una esforzada (nunca definitiva) conquista.

……………

Quizás el hecho de que mi vida cambió (por exagerado que parezca) a partir de la llegada abrupta e impensada de una gata tuvo mucha influencia en lo que quiero escribir ahora.

Una novela, en principio más breve que la que escribo desde hace años y que espera paciente su final sin saber cuándo llegará ese punto, cual Penélope a Ulises.

Como conté alguna vez en La vida es novela, para sentarme a escribir un texto de ficción debo partir de una premisa básica: tener el principio y el final. Lo que está en el medio será la consecuencia de esos dos momentos.

Tengo una cábala, además. Nunca contar el título de lo que estoy escribiendo (que en mi caso surge naturalmente una vez que poseo el inicio y el desenlace de la historia).

Pero, como esa cábala está demostrando más bien ser la maldición de aquello que no avanza, esta vez la voy a quebrar.

Quiero empezar a escribir una novela que se va a llamar “La sonrisa de los gatos” (estuve investigando y al parecer sólo hay un corto con ese nombre, pero ningún texto literario). Una chica en sus veintes, un novio infiel que le regala un gato que no era originalmente para ella sino para la amante, que rechaza el regalo. La oficial y la amante forman parte del mismo grupo de amigas, que sorpresivamente (o no, pero habrá que leerlo) apoyarán a “la otra” cuando la situación, como suele ocurrir, estalle en algún momento.

Y así nuestra protagonista se quedará sin novio, sin amigas y sin salud casi al mismo tiempo, porque se enterará de que padece cáncer. Pero junto con esas pérdidas se quedará con un gato que será clave en el desarrollo de la historia.

Por supuesto, yo ya sé si ella sobrevivirá o no a su cáncer, y por supuesto ya sé también qué tipo de cáncer tiene, pero eso no es lo relevante de la historia. Lo que me interesa narrar es cómo se desarrolla la relación entre la protagonista y ese gato que llega a su vida a través de un camino misterioso, y el rol que cumple el animal a lo largo de la enfermedad.

Conozco muy bien lo que es el cáncer y creo que puedo ponerme en la piel de alguien que lo padece, porque lo viví de muy cerca por mucho tiempo. Conozco también lo que es el hecho de que un gato irrumpa en tu vida –porque ellos siempre hacen una entrada triunfal- sin haberlo buscado.

Sé que voy a llorar escribiendo esa novela porque, sin ser una historia autobiográfica, toca heridas pasadas y casi presentes que en el fondo remiten a los mismos sentimientos: la soledad, la incomprensión ajena y el desamparo frente a la adversidad.

Y espero que, una vez escrita, mis lectores se emocionen leyéndola. El plan es que esté lista en el 2015. Veremos.

La clave está, como casi todos los escritores dijeron con más o menos las mismas palabras, en sentarse y escribir todos los días.

Pero todos, sin excepción. Escribir es un ejercicio de la fuerza de voluntad, mucho más que casi cualquier otra actividad.

En realidad, la vida del escritor debería limitarse a: a) escribir, b) leer a otros escritores y c) hacer sociales (siempre glamorosos) a fin de recordar que existe un mundo fuera del interno y obtener material para sus propias creaciones. Ya se sabe, la realidad supera a la ficción.

Se sabe también que lograr que esos puntos coexistan sin ser contaminados por las demandas del tedioso mundo es algo tan esquivo y fugaz como la sonrisa de los gatos.

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P.D. Para los lectores interesados en mis vaivenes laborales, les cuento que desde hace unas semanas estoy trabajando, no en lo mío, pero me sirve para hacer un poco de caja, colaborar en la casa y cubrir algunos gastos. De todos modos, el tema trabajo quedará para un próximo post.

8 (2.0). Las chicas en el bar de Chucarro

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Jueves 22 de octubre, un taxi me lleva a la terminal montevideana de Buquebus.

Durante mi estadía en Montevideo, tal como conté en un post de hace unos meses, sólo dos personas me visitaron (tres, en rigor de verdad, pero una de ellas va y viene y dada esa condición no entra para mí en el rubro “visita”).

Todas esas personas eran hombres. Hoy, por fin, viene a visitarme una mujer.

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Hombres. Los hay en cantidad en el reducido espacio de Después te explico al que llevo a bailar a mi amiga. Los seductores de turno y los desubicados de siempre.

Hombres que invitan cervezas a discreción ya se sabe con qué fines (pero nosotras, chicas con cultura alcohólica, no somos fáciles de emborrachar).

Hombres que te siguen en auto hasta tu casa cuando decidís irte en taxi. No se sabe si por caballeros o por pesados.

Hombres.

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Hombres y mujeres, también en cantidad, en la fiesta anti-halloween y pro-tradición que se celebra en el boliche insignia del Uruguay profundo en Montevideo: Cimarrón.

Uno se cree que los caballos y/o las chatas están esperando en la vereda, pero no. Ni siquiera hay mucho vehículo en la vuelta, supongo que porque –para hacer honor a la condición de gente de campo- los parroquianos toman, y mucho. Los hombres y también las mujeres.

Hombres de boina y camisa a cuadros (estas últimas tres palabras definen, en Uruguay, al joven campero o al que se disfraza de tal) y mujeres de jean y camisa y largo pelo lacio que bailan polcas y dos y uno en un frenesí que los transporta a otro mundo, muy lejano al de aquellos que simplemente los observamos.

Nosotras no tomamos demasiado, apenas tenemos plata para una cerveza y tenemos que guardar unos pesos para el taxi.

Bailamos la clásica cumbiancha uruguaya (y la argentina también) y alrededor de las cuatro de la mañana nos subimos a un taxi y volvemos a nuestros respectivos hogares.

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Hombres y mujeres que –casi- brillan por su ausencia en el calmo y elegante bar del Sofitel de Carrasco, donde nos tomamos unos tragos en el ocaso de un día de tormenta. Bueno, hay algunos hombres hablando de negocios a los que nunca nos invitarían a participar, y alguna pareja aislada de turistas, posiblemente brasileros.

Y un servicio simpático y amable, pero lento, tanto que somos nosotras quienes nos levantamos a pedir y a devolver las cartas.

Vemos los relámpagos a través de los imponentes ventanales junto a los cuales estamos sentadas y yo lamento no haber llevado mi cámara de fotos. Pero, por regla general, no salgo con ella de noche, de manera que no hay un gran registro fotográfico de nuestras andanzas.

El registro son estas pobres notas y la riqueza de nuestros recuerdos.

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Hombres y mujeres que pululan por el tradicional Mercado del Puerto donde llevo a pasear a mi amiga L. el día de su llegada. Un día de sol y calor aplastante.

Por motivos relacionados con ella que no vienen al caso en este espacio, tenemos que hacer tiempo en la zona del puerto hasta las siete de la tarde, y llegamos al Mercado a las tres. Nos vamos a Roldós y nos tomamos la primera cerveza de las varias que nos tomaremos en los siguientes días, a un cansino ritmo uruguayo. Pero finalmente nos aburrimos de estar sentadas tanto tiempo en el mismo lugar y regresamos a la terminal, arrastrando la valija de mi amiga cuyo contenido parece pesar tanto como nosotras dos juntas.

Después de casi dos horas en la terminal esperando que ocurra algo que finalmente no sucede, nos vamos con una cierta tristeza que se mezcla con la alegría del reencuentro y que trataremos de diluir. Con más cerveza, claro.

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Cerveza, mujeres y hombres, en ese orden, nos rodean unas noches después en Burlesque, un clásico bar montevideano de los de Luis Alberto de Herrera, en el que hablamos de hombres, nuestras vidas como mujeres y el sabor de la cerveza tirada, en ese orden.

Cinco días antes de ese momento, otra cerveza nos acompañaba sobre la mesa de otro –muy- clásico bar montevideano, el Facal. A metros de nosotras, un desfile incesante de hombres y mujeres celebrando la victoria del Frente Amplio sobre el resto de los partidos, en las elecciones presidenciales que se llevaron a cabo en Uruguay.

Casi exactamente unas 24 horas antes, y violando una veda alcohólica que de todas maneras no debió alcanzarnos porque ninguna de las dos podía votar, estábamos sentadas en Paullier y Guaná tomando un vino.

Y hablando, claro, de hombres y mujeres. De alguna historia puntual y de conductas generales.

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Hombres y mujeres que fueron llenando el (también clásico, al menos para ciertos universitarios) bar El farolito, que estaba vacío cuando llegamos, lleno en el pico de nuestra charla, y más tranquilo cuando nuestra velada se cerró.

Y recuerdo una noche hace quince meses, una noche donde la Ariana que escribe era otra y su vida también. Con el mismo impermeable que llevo esta noche, gracias a que aquella noche un chico me alcanzó cuando me iba, porque me lo  había dejado sobre la silla.

Aquella noche estaba sentada en la mesa que está junto a la de esta noche, con mi amiga R. el día en que renuncié a uno de mis trabajos y todo a mi alrededor era una mezcla de estímulos continuos e incertidumbre.

Tanto esos estímulos como esa incertidumbre, como los hombres y las mujeres que los provocaban, como la botella de Branca que la moza puso esa noche sobre nuestra mesa, se encuentran ya en otra dimensión que a veces puedo ver pero a la que ya no puedo cruzar.

Esta noche, la conversación nos lleva al llanto. Lágrimas incesantes, un discurso de consuelo de mi amiga L. que se desvanece en el ruido ambiente, y una nostalgia de esa época donde nada era mejor que ahora pero la aventura era poética y escribía versos intensos e impredecibles.

Hoy, a través de mis lágrimas y del abrazo de L., la aventura sigue sentada en la mesa de aquella noche, pero ahora escribe versos prosaicos y correctos. Y si bien no puedo adivinar el final de su texto, me juego la Zillertal que tengo sobre la mesa a que puedo adivinar su próxima frase.

Detesto esa sensación. Y lloro aún más por la rabia e impotencia que me da sentirla.

………………..

Lunes 3 de noviembre, llueve sobre Montevideo y estamos sentadas con mi amiga L. en Doña Inés, una coqueta y diminuta casa de té en Pocitos, que parece sacada de una casita de muñecas.

Nosotras, que de Barbie sólo tenemos el color de pelo, nos lanzamos sobre los scones, las primorosas cupcakes y las tostadas para conjurar los efectos depresores de la lluvia incesante que juega con nosotras desde hace días.

Pero en ese monono reducto, a metros de la calle Chucarro, la historia de mi vida en Uruguay gira delante de mis ojos como si la torre de platos cargada de calorías fuera un carrousel, y esa visión se multiplica en los espejos que nos rodean.

Veo el hostel que fue mi primera vivienda estable en Montevideo y se encuentra sólo a un par de cuadras; veo a mi primer trabajo y al segundo, que también están a pocos metros de donde estamos sentadas. Veo las charlas con mi amiga y ex compañera de trabajo R. que ocurrían literalmente a la vuelta de la esquina, me veo sentada en ese escritorio que escuchó -y desde el que escribí- tantas confesiones y palabras que construyeron castillos con naipes que hoy están en otras manos que barajan el mazo.

Veo la tarde de Colet y dulces decadentes de Carrera que compartí con mi hermano en la rambla durante su primera visita. Veo a todos los hombres con los que salí en mi hasta ahora infructuosa búsqueda del caballero uruguayo perdido, veo a las mujeres que me miraban como a la porteña excéntrica, veo noches de alcohol compartidas y solitarias, felices y desesperadas.

Y sigo viendo también, con esa sonrisa que reaparece cada vez que la torre da una vuelta, al chico del Disco de Chucarro, que quizá esté haciendo sus compras en este mismo momento, en ese mismo lugar.

7 (2.0). Para no perder la costumbre

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Lunes, una nueva semana hábil comienza, el sol brilla en Montevideo y –como vengo diciendo desde el año pasado- comienza la temporada en la que de verdad vale la pena haber elegido vivir acá.

A casi un mes de haber regresado a esta ciudad ya se me están acabando las reservas de dinero que traje para pagar pequeños gastos. Para ser más exacta, en realidad casi todo se me fue en un gran gasto: un perchero (de esos comerciales) para que mi ropa pudiera salir del encierro de bolsas y cajas.

Por cierto, todavía no recuperé todas mis prendas. Ah, cómo deseo ahora haber podido dejar todo en un solo lugar. Pero no, y al presente –todavía- estoy como viviendo a medias. Aunque, por lo menos, ya tengo más opciones para elegir a la hora de vestirme y no tengo que andar siempre con los mismos dos trapitos con los que me vestí durante casi tres semanas, y pasando bastante frío.

Pero regreso a ese hecho puntual de ver cómo, poco a poco, va quedando el último billete en mi billetera.

Históricamente, en esos casos y desde que estoy en Uruguay, usaba la tarjeta de crédito. Pero, por si algún lector no lo sabe, Santa Visa pasó a mejor vida, ese paraíso que me imagino tan verde como los dólares y tan lleno de destellos de luz como los de las tarjetas más coquetas. Ya lo he dicho alguna vez: estoy fuera del sistema bancario.

Soy una outsider de la sociedad, en muchos sentidos.

Y ahora, sin la ladera plástica/ virtual, sólo me quedan mis dos laderos de carne y hueso, entendiéndose por esto las dos únicas personas con las que contás en situaciones límite, verbigracia cuando no tenés un peso, en el sentido más literal que pueda tener esa expresión (creo que todos lo saben, pero en esta crónica esa expresión SIEMPRE se utiliza en sentido puro y duro).

El primero, sin duda, mi hermano que –por razones que no viene al caso detallar- sé que no está en condiciones de ayudarme.

El segundo no me escribe desde hace unas cuantas semanas y eso es una señal de que, en este momento, no puedo contar con él.

Se trata de esos momentos que te hacen recordar hasta qué punto estás sola en el mundo: sin padre, sin madre, sin abuelos, sin familia, obviamente sin pareja.

Sí, soy una outsider.

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Parte de ese dinero que tenía lo invertí en pagar un pasaje de ida y otro de vuelta para ir a la “semana” de la moda uruguaya, en el LATU (que sería como un equivalente de la Rural en el sentido de que muchas exposiciones/ congresos/seminarios en Montevideo se hacen ahí).

Quería distraerme. Y sacar fotos de otra cosa que no sea la casa donde vivo y los animales. Creo que hasta yo misma ya me aburrí de sacarles fotos, aunque los adore y ver una foto de la gatita Frida durmiendo me produzca una sensación de síndrome de Stendhal.

Llego al mostrador y le digo a la chica que fulanita me envió la invitación de prensa (es verdad) y entonces entro con la pulserita luminosa que me habilita a meter la cuchara por –en teoría- todos los rincones. A nivel económico no hace diferencia porque la entrada general es gratuita, pero lo hago para poder sacar fotos sin problemas.

Igual, para la hora en la que entro al predio no hay nada que me divierta mucho. Como 18 estaba cortada, llego tarde y me pierdo el brindis de presentación de evento, que hubiera sido lo más interesante. De las charlas que hay a continuación ninguna me llama demasiado la atención.

Me tomo una Zillertal, un café con un Kit Kat, un cóctel de Chandon, todo de cortesía y todo sea para amortizar los boletos de colectivo.

Saco algunas fotos, pero para una porteña no hay nada que sea demasiado llamativo. Todo es cada vez más Rapsodia look-alike y todas las asistentes tienen más o menos el mismo perfil. Chicas muy jóvenes de pelo largo y planchado, rubias pero no tanto, con sus madres más rubias e invariablemente bronceadas. Todas deben compartir el mismo placard, porque todas se visten con el mismo estilo. En el otro extremo, hay alguna teen alternativa style de esas que te cruzás en el BAF; pero son la excepción, no la regla.

Me enamoro de un par de vestidos incomprables en los que veo un atisbo de originalidad y emprendo la retirada.

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En fin, no hay mucho más para contar por el momento. Un par de entrevistas que pasaron sin pena ni gloria con la ecuación trabajo que no me gusta hacer/exigencias esclavas/ sueldo que no lo compensa. Si tan sólo una de esas variables fuera más indulgente con mis expectativas (no pido más, es claro), pero eso todavía no ha ocurrido.

Para ocupar la mente en algo más interesante, estoy diseñando un taller literario virtual. Ahora tengo el espacio físico para hacer algo presencial, es cierto, pero no es mi primera opción. Después de todo, estuve ocho años metida en el mundo de la capacitación a distancia y algo sé del tema.

No es porque lo piense como una fuente de ingresos; de hecho, no sé si eso va a ocurrir. Pero el sólo acto de pensar ejercicios que a mí me hubiera gustado hacer me genera una cierta gratificación.

Justamente porque no lo veo como algo comercial, me estoy tomando mi tiempo para organizarlo, sin urgencias. Pero, en cuanto lo haya diseñado, publicaré el aviso pertinente por si alguno de mis lectores conoce a alguien a quien pueda interesarle.

Por otra parte, y como sé que mi frecuencia de publicación es bastante díscola, creé una fan page del blog en Facebook. No para que mis lectores se hagan fans, sino para que los heavy users de esa red tengan otra opción para saber cuándo hay nuevos posts. Si tipean verlan mode en el campo de búsqueda les va a saltar la página y allí podrán ver los posts publicados. Por lo menos, por supuesto, el que sea el más reciente (la idea es ir publicando los anteriores también).

Dicho esto, me voy a tomar sol. El placer más democrático, aquel que puedo seguir disfrutando hasta que se me acabe la última gota de ese protector solar que ya comienza a escasear, desafiando a este sistema que me dice que, sin mis dos laderos, las circunstancias están a punto de resultar más abrasadoras que esos rayos.