3 (2.0). (Querida)

PicsArt_1409176263729

Ella corta un pedazo de jengibre, lo pela y lo ralla en un vaso de whisky (vacío).

Corta una lima en mitades, la exprime, vierte el contenido en el vaso, corta las mitades de cáscara en cuatro y las pone en el vaso.

Y le agrega azúcar. Bastante azúcar.

A falta de mortero agarra un utensilio de madera y le da duro y parejo al contenido del vaso con el mango.

Y no hace falta decir qué bebida alcohólica le agrega si sabemos que esta escena está ocurriendo en Uruguay.

………….

Oh, no sabemos si falta tanto o si falta tan poco.

Le cancelan una entrevista largamente esperada.

Se la postergan, mejor dicho. Para ella es lo mismo porque en este momento en su calendario no existe el hoy, no existe el mañana. Sólo existen los números tachados, una larga lista de números tachados.

(¿El jengibre será estimulante? se pregunta ella, que sólo lo compra porque le gusta su picor).

No sé, más bien es la hora del mate (querida), y no lo tomamos con jengibre, así que no sabemos qué responderte.

(¿Será rico el mate con jengibre? se pregunta ella).

Es el momento después de haber consumido una droga dura, una droga muy dura, la peor de todas, porque es de curso legal y es irrepetible. Una vez que sale del mercado, es imposible de conseguir.

No (querida), no hay dealer que te la consiga. Salvo que puedas negociar con Dios.

Es uno el que debe salirse del mercado antes de que la droga se acabe o acabe con uno. Por lo general, son dos cosas que ocurren en simultáneo. Una pena.

(¿Cuál es esa droga? se preguntan ellos).

Nunca lo sabrán (queridos) hasta que no la encuentren y la prueben por ustedes mismos.

Pero esperamos que eso no les ocurra.

Y, si se hicieron esa pregunta, están a salvo. Porque si hasta ahora no la conocieron, es probable que no la conozcan jamás.

Y sí, se bajarán de maneras horribles de muchos cielos ficticios, como todos nosotros. Pero bajarse de ese, es un bajón que no se cura con un día de cama, o una caja de alfajores de las sierras de Minas, o veinte litros de Colet, o acariciar una gata de ojos celestes bellísimos que te miran entre egoístas y solidarios, o dormir con un perro que pone su cara en tu cuello para que todo eso que no se puede decir se disuelva antes de que te envenene.

Ella recuerda que NO tiene documento argentino para viajar pero, una hora antes, ya estaba orquestando todo para viajar a Buenos Aires la próxima semana. Tendrá que averiguar cómo hacerlo con la cédula uruguaya.

Porque dos horas antes, le avisan que algo que esperaba ansiosamente va a estar listo en una semana.

Y eso, solamente eso, es lo que hace que este día tenga sentido, que junto con el cielo ficticio no se caiga el universo entero y con él todos los días tachados en el calendario, para llegar a ese punto ausente donde ya no hay nada que presenciar.

Porque aferrarse a un sueño, a la estela de un sueño, a ese polvo lumínico que se desprende de él,

esa, quizás –y sólo en una de esas- esa, sea la única manera de maquillar las heridas de esa caída abrupta del bajón. No por esperarla se está a salvo de ella. Todo lo contrario.

Pero, ah, en unos días ella tendrá en qué ocuparse y volverán a aparecer los días en el calendario y todas las letras y las palabras y los silencios se ordenarán en su curso normal.

Un par de horas antes de recibir el mail con la noticia que sigue sosteniendo al universo en su lugar, ella le escribe un mail a la única persona que puede ayudarla en estos casos aunque no sepa muy bien en qué la está ayudando.

Un par de horas antes de escribir el mail abre los ojos rodeada de animales que la miran como cualquier otro día sin entender que ese ni siquiera es un día para ella.

No hay peores penas que las que no se pueden contar. Sólo se puede hacer literatura con ellas, con sus sombras, sus siluetas, y las mínimas trazas que dejan fuera del universo particular.

Pero eso (queridos) no es necesario que sea explicado. Eso lo sabemos todos.

Lo que, ay, no sabemos, es si falta tanto o si falta tan poco.

 

Anuncios

52. Though the words are wrong

Nueva imagen (1)

Jueves, día feriado en Montevideo (y en todo Uruguay, claro). Nada, nada más calmo que un día no laborable en esta ciudad. Y, además, la gente que puede se manda un feriado puente de hecho y tacha la doble en su calendario laboral. Esta proletaria sin prole no puede hacerlo, pero algún día será.

Dado que por lo general no duermo bien y debo despertarme temprano 6 de cada 7 días de la semana (una combinación explosiva) hoy hubiera deseado seguir en los brazos del adorable Morfeo por horas y horas. Pero ya había programado un encuentro en el shopping a las 10 de la mañana con mi amiga T. y no quería fallarle.

De Villa Biarritz a Punta Carretas llegué volando. Y no porque sea un trayecto de cinco minutos, sino porque el viento te volaba. Así que llegué como Mary Poppins, sólo que un poco más despeinada.

Charlamos de proyectos que espero en el futuro no tan lejano vean la luz y nos trazamos un cronograma de actividades. Ella logró vivir en Buenos Aires siendo uruguaya, yo estoy logrando vivir en Uruguay siendo porteña; las dos conquistamos de alguna manera un objetivo que nos habíamos propuesto, de manera que cierta experiencia en llevar a cabo proyectos nos avala. Deberíamos poder con este también.

Caminamos por Ellauri rumbo a nuestros respectivos hogares y me cruzo con E., ex compañero de trabajo nocturno. Hace bastantes semanas que hay unas cervezas pendientes en la vuelta, pero reconozco que la de los problemas siempre soy yo: disculpame pero a) hace frío, b) no tengo ganas, c) me siento mal, d) no puedo porque esta noche me van a entregar el premio del certamen Miss Queja 2013. Tal parece que tomar esas cervezas es más difícil que poner el canal 10 y no verlo a Jorge Piñeyrúa (esto es algo que sólo entenderán los uruguayos).

Nos despedimos y nos prometemos, una vez más, tomar esas cervezas algún día. Unos metros más adelante, me despido de mi amiga T. Llego al apartamento, desayuno (tanto T. como yo estamos en plan de restricción de gastos forzoso y nunca comemos ni bebemos nada en el shopping, eso se lo dejamos a los vecinos pudientes del barrio) y decido venirme a la oficina del que -por ahora- sigue siendo mi trabajo. Precioso plan de feriado.

Y aquí me encuentro, frente a mi computadora laboral. No es sólo que cada vez sea más difícil utilizar la personal, es que ayer copié todos los posts del 1 al 50 del blog en un archivo de word y me fui convencida de que tenía ese archivo en mi pen drive y que hoy iba a poder editarlo, de manera muy paciente y artesanal, en mi agónica computadora. El archivo, en efecto, estaba en el pen drive, pero dañado. De manera que tuve que venir para recuperarlo. Y, ya que vine, aprovecho para ir haciendo un poco de edición acá.

154 páginas en Times New Roman 12 con un interlineado de 1,5.

45.627 palabras, 250.843 caracteres.

945 párrafos, 3.520 líneas.

Esa es la extensión gráfica de esta crónica montevideana, hasta el momento. Si considero que la versión editada será además una versión enriquecida con nuevos textos, el compendio de los 100 posts tranquilamente podría llegar a las 500 páginas. Como es obvio, ni yo misma leería el libraco resultante. Bueno, yo sí, pero porque soy la protagonista y me interesa hacer un balance de esta experiencia y recordar el aprendizaje que representó en mi vida.

Para esta primera mitad de esa obra final a la que espero llegar estando aún en Uruguay, decidí no hacer ningún agregado. Eso quedará para la versión definitiva. Por ahora, lo que voy a hacer es lo básico: agregar acentos, agregar espacios, agregar caracteres; quitar acentos, quitar espacios, quitar caracteres. Y corregir errores de tipeo y reparar los errores a los que me conduce mi “dislexia literaria”. Por ejemplo, releyendo un post me di cuenta de que, tal como consta en la imagen que encabeza esta entrada, en algún párrafo repetí “laboral” cuando lo que quería decir era “vivienda”. Sí, igualito.

Y, además, tengo que sacar las referencias multimedia y podar algunas otras cosas que en el contexto de la sucesión de textos ya no van a tener mucho sentido.

Una vez finalizada esa edición, subiré el archivo resultante a algún lado de manera que si algún nuevo lector llega a este espacio y quiere ponerse al corriente de lo ocurrido con anterioridad, pueda optar por descargar el archivo y leerlo como librito virtual.

Y, por supuesto, la primera lectora de ese texto final seré yo, que tengo mucha curiosidad por saber lo que me va a generar reencontrarme con tanta vivencia intensa. Tan intensa, que en la emoción de escribirla nunca advertí todos esos errores que espero hayan podido ser salvados por mis lectores.

En unos minutos, apagaré la computadora, me iré de la oficina e intentaré descubrir los encantos de otro feriado solitario en el querido pueblo fantasma.

Perdón, en la querida Montevideo de día no laborable.

38. Como es afuera

IMG_4071

Lunes a la noche, me siento frente a mi computadora. La pantalla ahora está como en la imagen que encabeza el post anterior. No me pregunten cómo se rompió, no lo sé. Sólo sé que cuando la saqué de mi cartera y la encendí la pantalla estaba así.

Y con lo que cuento ahora es con un pequeño sector útil al costado de la pantalla. Ya no veo los íconos de la barra de herramientas si los dejo abajo así que los tuve que pasar a la derecha. Y para poder ver una página o escribir en un Word como estoy haciendo en este momento, tengo que achicar la pantalla al mínimo y usar continuamente el scroll.

Si esto me hubiera ocurrido en otro contexto, hubiera respirado profundamente y aceptado la situación. Mi computadora ya estaba en las últimas y merecería pasar a mejor vida. Pero en esta coyuntura, donde acceder a otra es completamente imposible para mí, el hecho intempestivo me cayó ya no como un balde de agua fría, sino como uno de aceite caliente. Y como ya conté lo que me está sucediendo con las quemaduras, eso me resulta especialmente doloroso.

Hablando de aceite y en una asociación libre motivada por el hambre, ahora que no puedo comprarme ni una torta frita callejera de 15 pesos, las extraño. Muchas mañanas cuando iba a mi ex trabajo y pasaba por la feria de los miércoles de la calle Berro me compraba una de esas gigantes tortas fritas que, aunque suene increíble, superan el tamaño de mi carita de forma ídem. Puedo adelgazar varios kilos y más tarde o más temprano eso se nota en todas las curvas de mi cuerpo, menos en las de mi cara que siempre conservan un cierto esplendor (el lado bueno de esto es que me arrugo menos,  factor que a mi edad no es despreciable).

De todos modos, comprar esas tortas fritas era en definitiva un desperdicio. Siempre las compraba a diez minutos del inicio de mi horario laboral y nunca las podía terminar rápido. Conclusión: me terminaba comiendo un cuarto de la torta frita caliente como debe ser, y las tres cuartas partes restantes frías y gomosas (no me quiero ni acordar de ese sabor). Y dejaba la torta frita sin fin arriba de la heladera por donde seguramente la rata paseaba desde antes de que la descubriéramos.

Pero de eso tampoco me quiero acordar.

En este lunes a la noche, lo que tengo muy presente es esta situación de estar al borde de la incomunicación (porque para mí en este momento la computadora lo es TODO) y de la angustia que sentía esta noche cuando volvía a Villa Biarritz. Era ese estado de agotamiento emocional en el que los ojos se te llenan de lágrimas, pero uno está demasiado tenso como para dejarlas ir (a veces cuesta menos soltar el ladrillo que las lágrimas). Caminaba en medio de la bruma y la oscuridad, porque a cierta hora todo lo que no es avenida en esta ciudad oscurece casi hasta el límite de la visibilidad en determinados tramos. Y sentía que todo ese entorno era la manifestación fiel de lo que sentía adentro.

Es algo que no puedo describir, pero no hace falta hacerlo. A los que no lo han sentido nunca, es inútil que se los explique, y quienes lo han sentido no necesitan la explicación.

Hace pocos días se rompió la pantalla de mi celular argentino. Simplemente lo encendí un día y ya no se veía nada. Y ayer se me cayó el frasco casi entero de mi medicina universal para dolores de cabeza y cualquier otro dolor físico que pueda llegar a sentir, el óleo 31 (para los que no saben qué es, se trata de una mezcla de aceites esenciales).

Hoy entré a mi habitación y lo único que quería era moler la pantalla de la computadora en pedacitos, ponerlos en un vaso con whisky, y tomármelos. Pero no tengo whisky así lo que queda de esta pantalla sigue ante mis ojos.

Sentí el inconfundible aroma del óleo 31. Y respiré hondo esperando que además de ser medicina para el cuerpo, lo fuera también para el alma.

Unos minutos antes de ese momento, cuando iba a entrar al edificio, tuve el impulso de sacar de mi cartera el único bien material valioso que me queda: mi cámara de fotos. Y saqué la foto (movida pero expresiva) que ilustra este post. La de una noche impregnada por la oscuridad y la niebla en el Parque Biarritz, con el perfume de algo que llega hasta nuestros sentidos pero sabemos que ya no tenemos.

Quizás, como dice una simple frase que para mí encierra una gran sabiduría, como es adentro sea afuera.

Y viceversa.

El gen Sherlock Holmes

En la entrada anterior, Flaubert meets Eckhart Tolle (título que reconozco suena bastante profano, pero es una licencia literaria que sé que me concederían los involucrados) comencé diciendo que todos los escritores tienen un tema central, que por supuesto surge de las experiencias que los marcaron en sus vidas. O, como la otra cara de la moneda, de la ausencia de ellas.

A veces un texto es demasiado comprometido y reconocer que en él hay experiencias propias pone a su autor en un lugar de vulnerabilidad. Por eso, frente a la pregunta de si una obra desnuda parte de la propia vida, creo que muchos escritores responderían que no.

Mentira. Nunca creeré en una respuesta de esa calaña. Conocí a algunos escritores en mi vida y considero que puedo hacer el identikit de esa raza. Mi teoría es que todo lo que escribe alguien en calidad de ficción tiene que ver con su propia vida. Y si no es con aquello que vivió directamente, lo es con cosas de las que fue testigo y por una razón u otra –a veces inconscientes, no digo que no- le parecieron lo suficientemente remarcables como para elaborar a partir de ellas una fantasía con esqueleto de realidad.

En mi caso personal, muchos personajes de las historias que estoy escribiendo son una especie de frankenstein con rasgos de muchas personas que conocí y me parecieron lo suficientemente meritorios –por virtud o defecto- como para ser contados. Es por eso que creo que en el fondo un escritor debe tener la habilidad de la observación y detectar cosas que para el ojo sin esa capacidad pasan desapercibidas. De ahí la anécdota (que muchos escritores sí confiesan) de que muchos pasajes, personajes y situaciones de obras nacen de encuentros o experiencias casuales que ha tenido quien finalmente los crea.

En general, todos los escritores que conocí son buenos observadores y si me someto al ejercicio de la odiosa comparación me doy cuenta de que a mí me falta bastante todavía en ese campo, a pesar de que considere que tengo una inclinación innata por observar a los demás y descubrir cosas profundas de otros a partir de la mera observación. Todos los que pretendemos escribir llevamos el gen Sherlock Holmes adentro. O, para hacerle honor a mi carrera, el gen de los hijos del rey de Serendipo. Vemos una mujer embarazada montada en un camello tuerto y sin un diente donde otros sólo ven un par de huellas en un camino con pasto desparejo.

Se podría reformular el concepto, entonces, diciendo que los que pretendemos escribir ya manejábamos de manera intuitiva aquello que en los claustros académicos se denomina paradigma indiciario o razonamiento abductivo (que, más que razonamiento puro, es una combinación de razón e instinto, o una manifestación del musement del que hablaba Charles Peirce). En realidad, la mayoría de las personas se guía por esos métodos en la vida cotidiana, sólo que algunas van más lejos que otras en su utilización, generalmente para lograr un aprovechamiento eficaz de recursos escasos. Si de casualidad alguno de mis lectores a su vez leyó, por ejemplo, La marca de la bestia de Aníbal Ford (un clásico de los estudiantes de comunicación, al menos UBA y al menos de mis épocas) lo sabrá.

Puedo, y voy a, seguir con este tema en mis próximos posts. Pero antes debo aclarar a todos los lectores que se acercan a este espacio interesados por la moda y la fotografía que, por supuesto, voy a retomar esos temas que son la esencia de este blog. Sólo estoy esperando a tener una mínima disposición para encararlos, cosa que espero ocurra en breve.

Besos

Cinco minutos

la hora del té

Mientras el Titanic se hundía, la banda seguía tocando (o al menos eso sostiene la leyenda popular). Así es como, mientras todo a mi alrededor parece romperse en pedacitos, sigo tomándome cinco minutos para tomar el té. El té de la foto es especial, es uno que me traje de la Isla de Pascua de flores y frutas, muy rico. Y a veces le agrego esas rosas que se ven en el frasco, que según el chino naturista donde las compré sirven para equilibrar la energía vital.

¿En qué se ocupa el día cuando se está desempleado (y, para más inri, las cosas en tu vida emocional no marchan bien)? Parte se ocupa en buscar trabajo, obviamente. En mi caso, además, y como por lo general no salgo, me ocupo de muchas actividades puertas adentro. Cocino, pinto, escribo, saco las fotografías que se ven en este blog. La clave es mantenerme ocupada en algo, porque creo que eso es lo que nos retiene en un determinado lado de la vida que, cuando nos rendimos, es muy fácil cruzar. Lo vi y lo viví en carne propia; no necesito que nadie me lo venga a explicar. En esas circunstancias, hasta hacerse un té, y tomarse los minutos para tomarlo, forma parte de un entramado ontológico con muchas más implicancias de las que pueden apreciarse a simple vista.

Hoy no voy a postear un look (o semi-look, como en los últimos posts), simplemente quiero compartir algunas reflexiones de ese momento del té.

Dado que quise -y sigo queriendo, sólo que las circunstancias no son propicias- fabricar zapatos, tengo en casa muchos elementos relacionados con ese proyecto, que actualmente está en stand by a consecuencia de mi desempleo. De alguna manera me mortifica ver esas cosas, siento que están en una suerte de estado vegetativo del que me gustaría sacarlas.

Ciertamente la solución ideal sería poder comprarme una máquina de coser industrial para aparar calzado y ocuparme del proceso en un 100%, ya que lo complica producir zapatos es que -de no contar con los elementos adecuados- debemos tercerizar parte del proceso de producción, y lo más difícil de hacer a nivel doméstico es el paso de la costura del cuero. Este es un tema complejo e interesante y, si a alguno de mis lectores le interesa, me puede escribir un mail y lo charlamos en privado. No me parece pertinente explayarme acá, pero lo que importa para esta historia es que tengo en casa muchas piezas de cuero que sé que no voy a poder convertir en zapatos en el futuro cercano.

Como es una situación que me afecta, me senté con mi cuadernito captura-ideas y una taza de té a ver qué se me ocurría para darle nueva vida a ese cuero. Se me ocurrieron algunos proyectos que trataré de plasmar en breve y cuyos resultados serán oportunamente intercalados entre los posts habituales de este blog.

Entre esas cosas que se me ocurrieron, está la de elaborar unos apliques para unas botas de lluvia. La historia con las botas (que son las comunes de goma) es que siempre quise unas Hunter plateadas. Y, a falta de medios para comprarme unas en este momento, decidí fabricarme mis propias botas en ese tono. Sé que voy a parecer la versión femenina del hombre de hojalata del Mago de Oz, pero no me importa. Tengo una asumida tendencia a lo kitsch y sigo mi propio camino amarillo.

Así que, para comenzar, pinté con aerosol plateado unas botas de goma de-paseo-por-el-campo viejitas que tenía y, próximamente, les agregaré unos apliques en cuero. La clave para que el aplique resista es que no sea gamuzado ni de descarne (salvo que lo impermeabilicemos MUY bien), sino que tenga un transfer (estampado plástico que se aplica sobre el lado del descarne). En algún momento cercano publicaré los resultados, junto a otros proyectos que tengo en mente para rescatar de su triste estado vegetativo a ese cuero que está en mi casa .

Besos

botas de lluvia

Things change

Hasta hace unos meses, era impensable para mí quedarme toda una semana encerrada en mi casa. Porque trabajaba, claro, pero no sólo por eso (después de todo, en mi trabajo principal hacía mucho home office).

Creo que la razón más importante era que siempre fui un espíritu inquieto y reconozco -a pesar de que siento que no nos pertenecemos ni nos elegimos- que Buenos Aires nunca te deja a pie en ese sentido: todos los días hay algo para hacer. Muestras fotográficas, gallery nights, encuentros gourmet, charlas de artistas, y muchas cosas más que posiblemente ni siquiera conozco porque no forman parte de mis intereses.

Desde el comienzo del 2012, la situación ha cambiado bastante. Es bastante frecuente que pase muchos días encerrada en casa sin asomar ni las pestañas a la puerta. En buena parte es porque, economía de desempleo mediante, ya no está dentro de mis posibilidades hacer muchas de las cosas que me gustaba hacer (lamentablemente para mí, tengo gustos caros). Y, como consecuencia de esa situación de base y de otras situaciones inherentes a mi vida personal, tampoco tengo ganas de salir aunque el plan implique gasto cero.

A veces ni yo misma me reconozco en este nuevo estado. Pero las cosas cambian y a veces, cuanto más remamos en contra de la corriente, más posibilidades tenemos de ahogarnos.

Por todo lo dicho hasta ahora, este post tiene un valor especial para mí porque representa una pequeña excepción en ese continuo de vida dentro del caparazón. Conocí el lugar que les voy a presentar visitando a una ex-compañera de trabajo y hoy amiga, Vica, una persona encantadora en todos los sentidos.

Vica es una de las encargadas del bar Coco Marie, ubicado -casi casi escondido- en Armenia 1764, detrás del local del mismo nombre (donde, por cierto, venden trajes de baño muy mononos).

Es un lugar muy cálido y tranquilo, ideal para sentarse a leer un libro con un café illy y algo rico para comer (yo probé un budín que me encantó). También hay opciones para el almuerzo, por supuesto, o para algún pic nic atardecido.

Además de ser un lugar ideal para leer un libro, o estudiar, también lo recomendaría para alguna charla tranquila entre amigas donde haya noticias importantes por compartir, que ameriten un ambiente libre de interrupciones y ruidos. O para escribir, o reflexionar en soledad. Y, por supuesto, para hacer una pausa en un paseo de compras.

En resumen, si tuviera que definir este lugar en una sola palabra mi elección sería, sin duda, paz. Es una opción muy recomendable para las personas que adoran los ambientes tranquilos. Será por eso que me gustó tanto y quise escribir sobre él (y sacar algunas fotos, de paso).

Una sola recomendación: mientras siga haciendo calor, y si los mosquitos los aman (como a mí) no está de más ponerse repelente, porque el lugar es abierto y hay muchas plantas. Por lo mismo, recomiendo visitarlo en un día donde el clima resulte propicio. De todas maneras, en breve van a hacer reformas para adecuar las instalaciones a los fríos invernales. En cuanto tenga una fecha precisa del cierre temporario, editaré el post para agregar esa información.

Un beso

En piezas

Una pieza fragmentada, en sí misma, es algo completamente solitario; contiene al todo, pero ya no es parte de él. Cuando la vemos, podemos darnos una idea de lo que era cuando formaba parte indivisa de ese todo, pero sabemos que nunca volverá a tener esa identidad.

Nunca fui una gran fan de la estética patchwork, pero reconozco que en su esencia hay algo que me parece valioso: la voluntad de hacer de un fragmento algo orgánico que pueda adaptarse a otros fragmentos con el fin de re-crear una obra a partir de la ruptura de otra. Quizás sea una manera humana de alcanzar a través de los objetos algo que -en mi experiencia- es imposible de lograr con los fragmentos de nuestra propia vida.

Hace 9 años encontré este vestido paseando por las cañitas. No es un patchwork real, como puede verse, simplemente un estampado que lo simula, en el que predominan los tonos rosados.

El vestido es, justamente, de Think Pink y me gustó que fuera un modelo muy serio de frente (ultra cerrado, evasé y largo hasta las rodillas) y tuviera una vuelta de tuerca por detrás: un gran escote en la espalda. Siempre pensé que en otro género sería un modelo ideal para un cocktail y hace unos años paseando por Palermo vi que, en efecto, en el local de Think Pink vendían el mismo modelo pero confeccionado en telas más apropiadas para una salida nocturna o una fiesta.

En la ciudad, como es previsible, usarlo sin nada debajo no resulta lo más prudente (salvo que lo usemos puertas adentro y nos sintamos cómodas de ese manera). Esta vez lo usé con un bandeau, pero con una musculosa o viso queda, por supuesto, más rescatado.

Cuando lo compré, era una niña con cara de niña y gustos de niña, así que lo adquirí con la carterita haciendo juego y por muchos años lo usé así. Ya no hago el composé, pero asumo que el vestido ya de por sí es muy aniñado. Tendré que saber renunciar graciosamente a él cuando mi cara ya no pueda acompañar el estilo de la prenda, pero por ahora creo que no llegué a ese punto y por lo tanto, cada tanto, lo sigo usando.

Como accesorios: pulsera de perlas en distintos tonos de verde de Mundana y, en la última foto, gafas de Indian Emporium.

Besos