4. Piloto automático (3.0)

Cuando nos sentamos frente a un elemento con el que debemos interactuar para llegar a determinado destino, ¿cuál sería la gracia?

La de ser nosotros quienes realizamos las acciones necesarias para llegar a ese destino. Volantes, manubrios, botones, herramientas de GPS varias; todo, absolutamente todo, debe responder -e integrarse- a las decisiones de nuestro cuerpo.

Aunque nos subamos a un auto, a una moto o a una bicicleta para recorrer dos cuadras que, salvo excepciones extremas, podríamos hacer a pie.

Creo que no es solo la comodidad la fuerza que mueve al ser humano en esos casos. Es una fuerza mucho más poderosa que la mayoría de la sociedad busca como una droga: la sensación de poder. Incluso la de un poder sujeto al dominio de elementos cada vez más fáciles de controlar, incluso si esa experiencia dura solo cinco minutos.

El poder, como bien saben quienes lo hayan detentado aun en la más mínima de las escalas, es una sensación de las más adictivas que existen.

No me refiero al poder sobre nosotros mismos, sino al que se ejerce sobre un elemento o sobre otros. La situación ideal sería que la condición primera del ejercicio del poder sobre otros fuera lograr tener poder dentro de (sobre) nosotros mismos.

Pero la realidad dista mucho de la perfección y, cuando ambos hechos no coinciden, estamos frente a una alta probabilidad de ocurrencia de accidentes de diversa índole.

Cuando esos accidentes se generan, más allá de los daños a terceros y las consecuencias derivadas de ello, los afectados somos nosotros mismos, en varios niveles. El que está en la base de los demás es el de reconocer que, aunque más no sea por un período muy corto de tiempo, ese delicado equilibrio que mantiene al poder en nuestras manos falló. O, lo que es más doloroso de descubrir, que nuestras manos no contenían ningún poder sino que estaban atadas por él, con esa maestría que solo él, con sus infinitos mecanismos de manipulación, puede alcanzar.

El poder, como la vida, excede al ser humano y es una fuerza que -incluso al ser bien manejada- siempre puede volverse en su contra. Es parte de su encanto y componente inseparable de su cualidad adictiva.

A veces, en sentido literal o figurado, sufrimos un choque con un vehículo sobre el cual creíamos tener poder. Si la fuerza de ese choque nos deja fuera de circulación por un tiempo, de ese hecho pueden derivar una variedad de efectos.

Uno de ellos es el de perder interés en conservar ese poder que creíamos tener sobre algo. El precio que nos cobró por hacer usufructo de él (porque nunca fuimos sus dueños) es tan alto, que ya no nos interesa seguir pagándolo.

Tampoco podríamos hacerlo, aunque quisiéramos.

Pero la deuda nunca se salda del todo y los intereses siguen corriendo. Y muy, muy pocos leen la letra chica de ese contrato. Que todos, por el solo hecho de movernos en esta sociedad, firmamos, aunque sea de manera tácita. O, en los casos más extremos, aun contra nuestra voluntad.

En el momento en que escribo esto, siento que ya no me interesa ejercer ningún tipo de poder. El vehículo sigue andando para no afectar a otros e intento hacer maniobras para hacer ver que sigo un rumbo cuando sé que, en definitiva y en este contexto, ya nada depende de mí.

En última instancia la duda más triste es si la de eso que llamo intento no es en el fondo otra cosa que un simulacro del que ni siquiera yo soy consciente del todo.

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3. Muñeca (3.0)

 

Había una vez una niña a la que le decían muñeca o, más familiarmente, muñe.

La vestían como muñeca, la peinaban como muñeca, la trataban como muñeca.

Y eso que parecía piel era, en verdad, maquillaje. Un maquillaje que no se compra en ningún lado, antes de que pregunten.

Es que el sistema es tan omnipresente que nos reviste de diversas maneras para que pertenezcamos a él. Y es por eso que es imposible escapar de este sistema mientras estemos en este mundo. Estar “fuera del sistema” es una falacia, al igual que la de la “porcelana fría”.

No. La porcelana no es fría y, aunque suene contradictorio, se quiebra y resquebraja tanto o más que el hielo.

Por eso, cuando las muñecas como la de esta historia crecen, tienen su verdadero cuerpo rajado y pegado con esmero, algunas veces con éxito y otras no. El maquillaje, con el paso del tiempo, se atenúa o desvanece y las fracturas se hacen visibles, de una manera u otra.

Como una de esas tantas niñas que en algún momento fueron tratadas como, vestidas como, peinadas como y llamadas muñeca, también mi verdadera piel es la porcelana y lo que ve el resto de la gente es solo un recurso impuesto que, en ocasiones, deja ver sus hilos a su antojo.

Alguna vez tuve un novio fotógrafo y le dije que quería que me hiciera una foto tirada en el suelo, vestida como muñeca, con la piel muy pálida y líneas pintadas en negro que revelaran los quiebres ocultos. Al día de hoy sigo pensando que ese sería mi verdadero retrato.

Pasó el tiempo, esa fotografía no se tomó y los rasgos infantiles que hubieran hecho esa composición verosímil se desdibujaron.

Pero hoy, en Uruguay, soy esa muñeca tirada en el piso y quebrada tras su caída. El revestimiento se incorpora y camina como ser animado. El alma oculta bajo la porcelana quizá se fugó a través de los huecos hacia un lugar que desconozco y al que -sospecho- no tengo acceso.

Como buena muñeca quebrada, me siento en ese limbo que está entre la vida y la muerte y que decantará hacia un lugar u otro con el paso del tiempo. Y, a pesar de que nunca fue tomado, veo ese retrato que le había pedido a ese fotógrafo con una nitidez superior a la de aquel momento en que lo imaginé.

A los lectores que me siguen o han leído aunque sea de manera ocasional no es necesario explicarles nada. Tanto a ellos como a los nuevos lectores los invito a apoyar mi proyecto independiente visitando -y difundiendo si conocen interesados en esos servicios- mi sitio www.arianariccio.com y/o dando like a mi página de FB, www.facebook.com/artextos.

Porque, cuando algún lector llega hasta acá es porque nos conocemos mucho y no hay demasiado que explicar.

2. Under pressure 3.0 (versión personal)

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(to care for the people on the edge of the night)

Medianoche del 14 de febrero, me arranco (con cierta elegancia que intento no perder ni en los peores momentos) el extremo de la sonda que tuve -por primera vez en mi vida- conectada en el brazo hace unas horas.

Y sangra, sangra mucho, demasiado.

Aún anestesiada (no por ninguna sustancia química, sino por el dolor) me pregunto por qué odiosa razón me dieron el alta con ese injerto puesto asumiendo que yo tendría la experiencia o la asistencia como para retirarlo.

Gracias, querida doctora iniciales IQ por haber confiado tanto en mis habilidades médicas, sin siquiera saber que varios meses de mi vida los pasé transitando pasillos de hospitales y aprendiendo de manera informal muchas cosas.

Pero no esta.

La sangre cae como una intensa lluvia de verano de esas que en Maldonado no están ocurriendo y, con cada gota, sangra mi alma también.

Diez horas antes de ese suceso. estoy encerrada en un baño llorando porque me negaron la constancia de trabajo para un apartamento que, al momento, ya había señado. Es claro que no lloro solo por eso. Es por la presión de la mochila de las ilusiones propias y ajenas (me hago cargo; en especial las propias), más pesada que cualquiera de las que haya llevado en cualquier viaje en mi vida. Lloro porque mi cuerpo no está bien nutrido, porque no encuentro contención alguna en mi espacio laboral -yo, que siempre me caractericé por ofrecerla aunque luego me clavaran puñales en la espalda-, porque las distancias que tengo que recorrer a diario me agotan y porque nadie, en absoluto nadie, sabe lo que me estoy jugando en esta apuesta que, a partir de esa media hora, resulta ser una ruleta rusa.

Lloro porque nadie golpea la puerta del baño durante esa media hora a pesar de que es evidente que estoy llorando y hay una situación que me angustia. Mis lágrimas son la premonición de lo que serán las gotas de sangre diez horas después: caen y caen sin cesar. Lloro porque sin esa constancia veo perdidos la seña y el apartamento que tanto me costó encontrar.

Lloro, y tomo una pastilla para los nervios. Y una hora después me pinchan con la sonda -que luego tendré que arrancarme sola- en una guardia.

Eso podría solo ser una anécdota, porque por algo lo estoy contando, aunque no le deseo a nadie vivirlo.

Con el alta dada, lloro por lo que ocurre en el después. Hago el duelo por la muerte de ese resto de capacidad de sorpresa que ya creía perdida por todas las cosas vividas en esta intensa existencia. Lloro por la la falta de tacto, de empatía, por la incapacidad de ponerse en el lugar de otro y comprender todas las renuncias y todos los sacrificios implicados en comprar un viaje que me habían vendido como soñado.

Supongo que la ingenuidad es una característica que jamás perderé del todo, pero a la vez hay un antes y un después de esta experiencia, que nunca podrán comprender los que no la hayan vivido. Por eso, a partir del 14 de febrero soy un poco más misántropa y bastante más selectiva con la gente que me rodea. Hay momentos cruciales en la vida y este fue uno de ellos. Al fin y al cabo devota creyente del timing, quien no estuvo cuando tenía que estar, ya no tiene sentido que esté.

Es un duelo amplio, en todos los sentidos.

Como una de las tantas consecuencias de este hecho, decidí profesionalizar lo que ya venía haciendo de manera más informal en cuanto a corrección y redacción. Si necesitan esos servicios o saben de alguien que los requiera, agradeceré la difusión de www.arianariccio.com.

Y para los que viven en Uruguay, también agradeceré la difusión de otro proyecto en el que participo: Soluciones de Punta.

PD. La “versión profesional” de esta historia puede ser leída en arianariccioblog.wordpress.com.

 

 

20 (2.0). Y nos conocemos mucho

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Lunes 11 de febrero de 2013, estoy sentada en el locutorio de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces. Es un momento de incertidumbre: mi viaje puede acabarse justo en este anhelado momento en que está comenzando. Miro hacia afuera y veo a toda esa gente que deambula, sin cesar, por los pasillos. Gente que abandona Montevideo por el feriado de carnaval y gente que llega justamente por eso.

Pero todos ellos, intuyo, tienen algo en común. Tienen eso a lo que el mundo, para mí, se reduce en ese instante: un lugar para dormir y alguien que los reciba, sea por cariño o por los eficaces oficios de una tarjeta de crédito.

Martes 12 de enero de 2016, estoy sentada en el patio de comidas de la terminal (la querida terminal) de Tres Cruces y no puedo evitar recordar esa tarde que daría inicio a los tres años que pasé en Uruguay. Al igual que en ese momento, no tengo un lugar donde dormir esa noche.

De hecho, tampoco lo tenía anoche.

…………………

Doce horas antes de ese momento, estaba sentada en la misma mesa del patio de comidas. Sin llave para entrar a la casa donde estaban mis cosas -sólo llevaba consigo mi documento argentino y unos doscientos pesos uruguayos- y sin la dueña de esa casa presente.

Pero como siempre sucedió a lo largo de estos tres años, siempre aparece la red justo en ese momento en que me estoy por estrellar contra el piso. De hecho, esta vez, sentí el olor del suelo con una vividez tal que podría reproducirlo nota por nota, si alguna gran firma internacional me quisiera contratar para crear ese perfume.

Sí: entre todos los títulos que conquisté durante estas (más de) mil y una noches, también tengo ese. Soy nariz de suelos. Y tengo muy poca competencia a nivel mundial.

Dos horas después de ese momento estoy, en muy agradable compañía, en Negroni, comiendo una pizza ya no recuerdo con qué ingredientes y bebiendo no sé qué trago, a pesar de que recuerdo que -como siempre- fue elegido con esmero. Ocurre que a veces la historia es tan fuerte que el decorado y la utilería pasan a un segundo plano.

Recuerdo estar sentada en una mesa de la vereda mirando a la gente del restaurante que se encuentra justo enfrente y retrocediendo casi tres años en el tiempo, a mis días ahí y a las historias brillantes y oscuras que suceden puertas adentro y los comensales nunca conocerán.

Recuerdo las lágrimas que lloré sin cesar cuando mi anfitriona de esos días de enero de 2016 me comunicó que no regresaría a su casa esa noche y que, por lo tanto, yo quedaba en libertad de hacer lo que quisiera.

Recuerdo lo difícil que es pensar con claridad cuando sentís que te sueltan la mano y te sentís tan sola y desamparada como cuando recién llegaste, antes de que el bar donde estoy sentada fuera siquiera construido, antes de poder imaginar que trabajarías en el lugar que está enfrente y de que allí aprenderías cosas que nunca hubieras soñado, antes de aprender que la confianza te salva en ocasiones y en otras te conduce a abismos como este.

Recuerdo a la persona que tejió los hilos de la red que me rescató esa noche y a la que siempre le estaré agradecida por su generosidad y caballerosidad.

Recuerdo que lo primero que hizo esa persona cuando crucé la puerta de su casa fue abrirme la ducha para que pudiera tomar un baño caliente que me sacara las lágrimas del cuerpo, y dejarme una copa de vino en la mesa de noche del cuarto de invitados para que las lágrimas del alma -que se siguen derramando cuando las del cuerpo ya han cesado- pudieran brindar por el elegante don de la oportunidad de las causas y azares del destino.

………………..

Pero ahora, después de la ducha caliente, la copa de vino, la gran vista de Montevideo desde un apartamento cercano al Golf y el desayuno amable, estoy sentada nuevamente en un banco frío de la terminal de Tres Cruces, esperando escuchar el ábrete sésamo que permite que las llaves de la casa donde me esperan mis cosas se abra y yo pueda rescatarlas y llevármelas lo más lejos posible de ahí.

Es una sutil ironía que mi ciclo de vida en Uruguay termine donde empezó y que el lugar sea, una vez más, aquel de donde partí. Pero, como escribí hace poco, ese espejismo circular es falaz: el punto de partida parece coincidir con el de llegada, pero existe una distancia infinita entre ambos.

Y, por otra parte, como bien saben mis lectores, en estos tres años adquirí esa odiosa costumbre de aprender a convivir con la sutileza de la ironía, que sabe ejercer el sarcasmo con una delicadeza en la que ningún ser humano fue, es, ni será jamás, tan diestro.

……………..

Me siento en un banco justo enfrente del Emporio de los Sandwiches. Se sientan y se van señoras que compran postres a los que devoran como si fuera su último día, entran al local teenagers mochileras que compran comida como si ese que inciarán en minutos fuera el último viaje que van a emprender. Y llegan a mi celular mensajes que me recuerdan que la vida es un ciclo y que todo puede renacer cuando parece estar a punto de morir.

Con cierto olvido del don de la empatía, unas horas después llama también mi (ex) anfitriona y -al fin- puedo rescatar mis cosas de un entorno que en ese momento fue hostil y hoy ni siquiera forma parte de mi vida; sólo de mis recuerdos y sólo a efectos de escribir, que es lo único que me importa en este momento y lo que me permite seguir viviendo porque la escritura es mi única compañía incondicional y eterna.

………..

Jueves 4 de febrero, estoy sentada en mi casa en Buenos Aires. Han pasado muchas cosas en el medio: Después de un viaje horrible (no existen otros adejtivos para calificarlo) que se extendió desde el 19 de diciembre al 14 de enero, donde todo lo que podía salir mal salió mal (no existe una manera más pura y dura de describirlo), tuve la oportunidad de despedirme de Uruguay de una manera más grata.

Pude tener, por casi una semana, una estadía mucho más grata donde pude equilibrar energías y estar finalmente de vacaciones en mi lugar en el mundo, Punta del Este.

Como ya se dejaba vislumbrar en mi anterior entrada, he decidido volver a Buenos Aires. Es una decisión ambivalente: por un lado, siento que Uruguay -por el momento- ha cumplido su ciclo. Por otro lado, siempre se extraña a un gran amor, y siempre es difícil dejarlo, a pesar de la convicción que sustente nuestra elección.

Pero hay una luz que hace mucho más acogedor este túnel de un final cuyo paisaje que -como a todos, al fin y al cabo- me resulta esquivo. Este año verá esa luz el libro que reunirá todas esas historias vividas en Uruguay. Todas aquellas que fueron narradas en este blog y muchas de aquellas que no conté y que permitirán ver el conjunto bajo una nueva perspectiva.

Mi objetivo es que el libro se edite (por supuesto, será una edición de autor) para octubre o noviembre, porque lo quiero presentar antes de fin de año, tanto en Buenos Aires como en Uruguay. Todos los lectores históricos estarán invitados y me encantaría contar con su presencia porque, después de todo,

somos pocos y nos conocemos en mucho. Casi igual a lo que ocurre en Uruguay.

 

 

 

19 (2.0). A Christmas Carol

Miércoles 23 de diciembre, casi medianoche, en la terminal de Punta del Este.

Estoy esperando el COT que sale a la una de la mañana, para volver a Montevideo.

-No quiero festejar la navidad -le digo a mi interlocutor- No la festejo desde que murieron mis padres. Al final, me doy cuenta de que lo mejor es pasarla sola.

Y, ahora, soy nuevamente una homeless en Uruguay. Soy una peregrina, como siempre, pero sospecho que no tengo siquiera un pesebre al que llegar y le confiera a esta navidad la dimensión de renacimiento que según mi educación católica debería tener.

No. Simplemente estoy en la semivacía terminal de esa ciudad que es mi lugar en el mundo, con una cartera que me pesa y desborda de cosas –salvo quizá la más querida, una prenda que perdí esa tarde en el shopping de La Barra-, contando los segundos para que llegue la una de la mañana, en la víspera de nochebuena.

En algún momento de esa espera mi acompañante se irá y yo me daré cuenta de que esa conversación que creía privada fue escuchada por uno de los chicos del puesto de COPSA.

-Muchacha, te dejo un vaso de agua -me dice– Que pases la mejor navidad posible.

………….

Como ya conté en alguna otra entrada, cuando este blog era un espacio de escritura y catarsis cotidiano, quizá mi navidad más extraña fue aquella que pasé en una clínica, con mi padre agonizante, hace exactamente veinte años. Él y yo; casi podría decir que sólo yo, porque él ya estaba casi inconsciente y desconectado de la realidad. Siempre recordaré que unos minutos después de la medianoche entró la enfermera de turno y me dijo: bueno, basta de llorar.

Será que esas palabras me quedaron grabadas no sólo en la memoria sino también en el alma, porque este 2015 no se me cayó una sola lágrima a la medianoche, aunque fue la primera navidad de mi vida que pasé completamente sola, porque a la hora en que la amiga que me había invitado a pasarla con ella llegó a su casa ya no había ni taxis ni colectivos que me llevaran hasta allí.

Lloré después, y se me llenan los ojos de lágrimas ahora, al escribir estas líneas: es por eso que sabía que debía escribirlas. Era un buen motivo para retomar el “diario de viaje de una argentina en Montevideo”.

………

Sábado 19 de diciembre, llego a Tres Cruces (mi siempre querida terminal de Tres Cruces) con un equipaje que pesa tanto como yo, como tantas otras veces. No es que traiga ropa: mi ropa ha quedado casi toda en Montevideo, en la casa de un gentil amigo que permitió que, esta vez y ante una inminente mudanza, mis pertenencias no quedaran desperdigadas por media ciudad.

No, el peso del equipaje se debe más que nada a la comida que no debería comprar acá.

Para los lectores que no estén al tanto, abro un pequeño paréntesis. Ya no tengo hogar en Uruguay. El apartamento que compartía con otra chica fue desocupado hace unos días: mi roomie se fue a Canadá y yo a Buenos Aires, a buscar recursos para solventar mis gastos uruguayos y a llevar todo lo que pude de mi guardarropa de invierno. Porque todo parece indicar que deberé volver a Buenos Aires. Esta vez sí, aunque parezca mentira. Y si a mis lectores les parece mentira, imagínense a mí.

Ese sábado 19 me fue a buscar mi amiga R. a Tres Cruces. Y me invitó a quedarme en Montevideo hasta el 25 y pasar la nochebuena con ella. No fue una buena decisión, pero no lo sabía en ese momento.

………………..

Si no venís ahora, no vengas.

Me dice, palabras más palabras menos, un mensaje que veo en la pantalla de mi teléfono cuando me despierto el 21 de diciembre, a las 9 de la mañana; y que es la respuesta a uno mío que expresaba que llegaría el 26 a Maldonado porque me quedaría a pasar la navidad en Montevideo.

Es el mensaje que declara oficialmente que me quedé sin alojamiento en Maldonado, sin ese lugar físico que necesitaba para vivir mientras buscaba trabajo, que fue la idea del viaje desde el principio. Y tampoco tengo casa en Montevideo, por lo tanto en ese momento siento que hice todo este viaje –con el dinero, el tiempo, la ilusión y la energía que ello insume-

para nada.

Un par de días después, estoy en Portones, en la entrada del cine. Llorando, con un celular casi sin batería (es mi karma), enviando mensajes de voz en medio del griterío de la gente que hace fila eterna en el cajero automático que está al lado mío y de la casta que compra regalos de navidad para sus festejos. Aquella a la que no pertenezco desde hace mucho, mucho tiempo; más de la mitad de mi vida.

Es evidente que debo estar llorando mucho porque pasa una chica –por lo menos una década más joven que yo- con su novio, me mira con profunda compasión y me dice, con la precisión pura de las personas que poseen el don de la empatía:

-¿Te puedo ayudar en algo?

Pero no, mis problemas en este momento exceden cualquier ayuda que ella pudiera estar en condiciones de darme.

No obstante, conmovida, lloro aún más y ella me mira con aún más pena.

-Vamo arriba- me dice sonriendo.

Y esa frase tan uruguaya que a mí siempre me sonó tan mal me suena bien creo que por primera vez desde que comenzó mi travesía uruguaya.

A los dos minutos, se acerca el seguridad del cine y me dice:

-Señorita, no puede cargar su celular acá.

Gracias, señor que no posees el don de la empatía, me voy con mis lágrimas a otra parte.

……….

Casi una hora después, todavía en Portones, en mi celular al borde de la agonía aparecen las palabras de mi amiga R., en cuya casa me estoy quedando:

“Preparate que te paso a buscar”.

Salgo del shopping y la lluvia cae como si se tomara revancha de todas esas veces en que se vio privada de salir a escena en Montevideo. Cae copiosa, triunfal, casi pornográfica.

Cinco minutos después –y a pesar de estar bajo el techo del refugio de la parada de ómnibus- estoy como si hubiera cruzado a nado el Río de La Plata, con cartera incluida. Cartera llena de papeles que pasaron a mejor vida porque la lluvia los deja inutilizables en la forma más pura y dura que mis lectores puedan imaginar.

Media hora después, recibo otro mensaje de mi amiga:

“Tomate un taxi. No puedo llegar”.

Y comienza otro capítulo de la telenovela de ese día, un peregrinaje de una hora en el vano intento de conseguir un taxi bajo la lluvia furiosa e incesante.

Que al final llegará, después de que la vida considere que por el día de la fecha ya ha cumplido con su deber de caer, con su dureza más líquida, sobre mí.

…………

Ya lo he contado en este blog: en algún momento, guiada por mi amor a la naturaleza y al agua en todas sus formas, hice el curso de timonel que se dicta en el Automóvil Club Argentino.

Mi profesor, de apellido Delgadillo, decía que en algunas ocasiones hay que aprender a dejarse llevar y navegar sin rumbo. Pero eso, decía también, es un privilegio reservado a quienes tienen la experiencia necesaria para poder hacerlo.

-No le hagan caso, chicos -decía su mujer, que dictaba con él las clases- Nunca es bueno navegar sin rumbo.

Y comenzaba entre ellos una pequeña discusión que excede el punto que deseo ilustrar aquí. Una escena que –todos los alumnos lo sabíamos- era sólo un paso de comedia con el que pretendían dejar su impronta en cuestiones de otra manera muy prosaicas y matemáticas (como lo sabe cualquiera que haya debido trazar un rumbo frente a una carta náutica).

Vuelvo al presente.

Yo soy la aventura, como declaré en la línea de apertura de uno de los textos de este blog. Y la aventura, como declaré en la línea de cierre de ese mismo texto, es un acto de fe.

La fe fue ese hilo conductor que guió mi cruzada de tres años en tierras uruguayas. Tres años que ahora me encuentran sin casa, sin trabajo, y debiendo tomar la decisión de reajustar mi rumbo.

Eso pienso en los albores del 25 de diciembre, en el pesebre montevideano al que llegué después de que varias otras puertas se cerraran en mi cara con la violencia del golpe no esperado.

Y ahora soy, como reza el epitafio de Francis Scott Fitzgerald, uno de esos barcos contra la corriente que son llevados en forma inexorable hacia el pasado. Porque, más tarde o más temprano, la corriente es más fuerte que cualquier intento de ganarle, como sabe cualquier navegante más allá de las declaraciones histriónicas de los capitanes que los instruyen.

Los aventureros de alma sólo tenemos una certeza: que nunca se vuelve al mismo lugar, menos después de que el mar haya inundado hasta el último recoveco no ya de nuestros barcos, sino de nuestra alma.

16 (2.0). Existe un alfabeto del silencio

Volver era esto; irse es vivir con la ausencia de esto

Volver era esto; irse es vivir con la ausencia de esto

Pero no nos han enseñado a deletrearlo,

decía uno de mis poetas preferidos, Roberto Juarroz (y tal vez haya citado esas líneas antes, pero no tengo en este momento la capacidad para recordarlo).

Hace un año, días más días menos, estaba sentada frente a mi computadora, en la cocina del apartamento de Villa Biarritz.

Había muchos silencios en mi vida, en aquel momento. Silencios de aquellas voces que había escuchado a lo largo de mi travesía uruguaya y que ya no formaban parte de mi círculo laboral o afectivo, bien por circunstancias externas, bien por decisión propia.

Silencios de voces que no sabía que conocería en aquel momento. Y esa es la magia del destino: hoy, mientras escribo esto, ya no podría imaginar mi existencia sin esas voces.

El silencio de aquel apartamento que se perdió para siempre en la casa donde estoy pasando mis últimas horas.

Y el silencio que había detrás de las puertas donde golpeaba en vano intentando conseguir un trabajo que me permitiera quedarme.

Esos silencios han pasado y han mutado en otras formas; quizás ahora sean palabras, pero que en todo caso forman parte de una poesía escrita a destiempo y cuyos versos ya no puedo -ni me interesa- descifrar.

Sentada frente a una computadora ajena porque, queridos lectores, a) la mía terminó de morir mientras yo estuve en Punta del Este y b) no, no sé cómo voy a hacer para reponerla,

pienso en que cualquier palabra que pueda escribir en esta noche no hace más que dejar en evidencia la presencia absoluta del silencio que nos recuerda que la ausencia es la forma más sutil de la presencia.

Pienso en el silencio de las palabras de amor que no escucharé, porque aunque hubiera una voz que hubiera tomado la decisión de pronunciarlas, yo ya no estaré presente para escucharlas.

Pienso en el silencio que será la única respuesta frente a un lenguaje ante el cual me siento una extranjera y cuyos códigos simbólicos y giros urbanos ya no domino.

Pienso en el silencio como el único puente tendido entre mis -de nuevo- queridos lectores y yo, el único que permanece a través del tiempo cuando el de las palabras se cae por falta de tiempo, de recursos técnicos o por el insolente poder de la tristeza. A través del silencio avanzan, entre las siempre lábiles y movedizas orillas de la comunicación, mensajes que demuestran que lo textual no siempre necesita ser legible por medio de signos, sino revelarse mediante la sensibilidad del lector, como una película fotográfica donde sólo pueden ver imágenes quienes pueden tratar con delicadeza y paciencia aquello que para otros es sólo un material oscuro y sin matices.

Pero, por sobre todo, pienso en los silencios de aquellos maullidos que ya nunca voy a escuchar -al menos, cotidianamente- y que van a dejar mis días vacíos de la mejor música que me regaló Uruguay.

Y mientras pienso en esos silencios, sobre todo en los del párrafo anterior, me doy cuenta de que el llanto silencioso es el más triste de todos, porque es aquel donde ya no nos queda ni siquiera el poder catártico del llanto enérgico y desesperado.

………………

Me voy de Montevideo, este jueves. Sin fecha de regreso.

Es una decisión, en parte, madurada a lo largo de la estadía de un verano entero en Punta del Este, en la que la distancia me sirvió para comprobar que no estaba conforme con varios factores de mi vida montevideana.

Y a la vez, por otra parte, es una decisión forzosa y forzada, tomada sin anestesia y -por lo tanto- dolorosa, traumática y aún no procesada.

No tengo mucho más para agregar, sólo que quiero volver a vivir en Uruguay y, como siempre, cuento con el invaluable aporte de mis lectores si saben de alguna posibilidad laboral o tienen algún aporte constructivo en pos de lograr ese objetivo.

Por ahora, y dado que me quedo sin vivienda (al menos en Montevideo), debo irme a Buenos Aires y evaluar desde allí cómo seguir.

En unas horas, como cerrando un círculo, visitaré esa cocina de Villa Biarritz, y me despediré de todos los silencios. Los vividos y aquellos que quedan atrás definitivamente.

Mi computadora murió, mi celular está a punto de hacerlo, mi vida montevideana tal como la conocía está llegando a su fin. Se cortan mis lazos con el que fue mi mundo y deberé crear nuevos. Quizá en Montevideo, quizá en Maldonado, quizá en otro país, no lo sé.

Sólo sé que en este momento empieza la etapa de un duelo de duración indefinida, en el que -no obstante- los lectores y yo seguiremos unidos a través de ese melancólico, infinito y complejo alfabeto del silencio.

15 (2.0). The not quite, the not yet, and the not at all

Lunes nueve, dos A.M.

Camino por la desierta rambla puntaesteña y recuerdo qué diferente era este camino hace sólo un mes.

Iba por la 20, después me pasé a Gorlero (que es por donde debería estar caminando para llegar antes a mi destino) pero la ausencia absoluta de gente me deprimió. En Gorlero no hay NADIE. Todo está cerrado y no hay ni hormigas caminando por la calle.

No diría que me da miedo, miedo es lo que sentiría caminando sola en este mismo momento por Buenos Aires. Pero sí siento un profundo desasosiego. Porque he viajado mucho a Punta del Este fuera de temporada, pero lo habitual es que estuviera acompañada por las noches. Y, además, que hiciera una vida puertas adentro, en un bello lugar del que no sentía deseos de salir.

Por lo tanto estoy viviendo, por primera vez, esa experiencia de la que tanto me ha hablado tanta gente: la soledad del este entre temporada y temporada.

Que, al fin y al cabo, no es muy diferente a la que viví en Montevideo durante casi todo el primer año de mi estadía.

Y sobreviví para contarlo.

……………..

Casi diecisiete horas después, mi celular no suena cuando me hacen una llamada. Conclusión: me dejan plantada cuando yo ya estaba pronta para salir.

Me puede dejar plantada cualquiera, pero la cuestión es que me deja plantada esa persona que yo espero que nunca pero nunca haga esas cosas. El único hombre incondicional después de mi hermano: mi ex. Pero empiezo a pensar que ningún hombre tiene la cualidad de ser incondicional, eso nos está reservado a nosotras (feliz día atrasado, mujeres).

No sé si ir a tirar mi celular al mar para que tenga la misma muerte romántica que el que ahogué involuntariamente en Valizas o quedarme en mi cama llorando.

Pero no quiero tirame en esta cama, ni siquiera en la de Montevideo. Quiero estar en mi cama de Buenos Aires manchando mis almohadas con esa mezcla indeleble de lágrimas, delineador negro y máscara de pestañas sin que nadie me moleste. Aunque ay, si eso fuera posible, con mis gatos de Montevideo al lado mío.

Y por un momento deseo nunca haber venido a Uruguay. Aunque lo cierto es que ya no puedo imaginar mi vida sin esta experiencia.

……….

Hace 81 días que estoy en Punta del Este, casi un verano (y si me apuran hasta podría recibir el otoño acá).

Y pasaron muchas cosas en esos días, muy diferentes a las de hace dos años, en aquel ahora muy lejano primer mes de mi experiencia uruguaya.

La principal diferencia es que yo ya no soy la misma, y probablemente por eso me pasan cosas distintas.

Una de las cosas remarcables que me pasó fue el amable préstamo de un apartamento durante dos semanas, hecho que -como tantos otros- debo agradecerle a este blog. Es muy posible que la persona que me lo prestó lea estas líneas, de manera que nuevamente se lo agradezco. Fue una isla de paz y estabilidad en el océano de la turbulencia constante.

Ahora me duele mucho la cabeza y recuerdo las palabras de mi amiga B., en cuya casa dormí el viernes: “no tengas novio, no tengas hijos, seguí con tu vida de soltera”.

Mi amiga -otro de los regalos que me hizo la punta en esta temporada- tiene una bella hija y un novio a quienes ama. Pero creo que, aplicado a mi caso y mis experiencias, su consejo tiene algo de sabiduría.

Y también me retó por haberme sacado el rubio (ahora estoy más oscura). Y tiene razón. No me encuentro sin esa cuota de agua oxigenada en mi cabeza.

Todo indica que debo seguir siendo rubia y soltera.

………………

No he tenido acceso a una computadora durante varios días, y hoy resultó ser el día con todos los números de la rifa para sentarme a escribir. Era eso o salir a la calle a ver si me pisa un auto. Claro, hay que pararse en el medio de la calle en algún punto de paso obligado -digamos cerca de una estación de servicio- pero munida de un banquito para sentarse a esperar hasta ese dichoso momento en que llegue el auto.

He tenido varias noches como estas -casi todas narradas en este blog de una manera u otra- y recuerdo en particular y con nitidez a la señora madre de esas noches, la del 31 de julio de 2013 (esbozada en “Tierna es la noche“).

Muy, pero muy relacionada con esa porque la sangre del dolor brotaba de una misma herida, recuerdo también la noche posterior a los feriados de carnaval: la del miércoles de ceniza del 2014, a la que a su vez le dediqué el post “La peine“.

La diferencia entre una y otra noche es que en la de “La peine” había una decisión consciente y voluntaria de dejar atrás algo y apostar por ese refugio que tan bien conozco, el de la soledad.

A un año de haber tomado esa decisión, no estoy segura de que haya sido la correcta y -de hecho- no me interesa demasiado mantenerla, aunque las circunstancias ayudaron a que pudiera hacerlo. No sé si esa pequeña muerte que sucedió a “soltar el ladrillo” generó una pequeña resurrección. Y no sé qué ocurrirá a mi regreso a Montevideo con esa historia.

En este momento sólo sé que recuerdo aquella noche fría del 31 de julio de 2013, sentada en la querida cocina de Villa Biarritz, tomando grappamiel, escuchando Tom Waits, llorando, escribiendo y muriéndome de frío.

“Cuando nos movemos en el límite, como lo hacemos nosotros, cualquier cosa puede provocar un derrumbe. Me duele mucho lo ocurrido y espero que podamos aprender de esto” me escribe, en el mismo momento en que estoy escribiendo estas palabras, la persona que me dejó plantada y me concedió con cierta gracia la ocasión para estar escribiendo este texto, que hubiera sido muy otro si lo hubiera escrito -tal lo previsto- mañana.

Si, tal vez peco de soberbia, pero no veo qué es lo que yo tengo de aprender de esta situación. Salvo que, como señalé al principio de este post, quizá no exista el hombre que tenga la capacidad de ser incondicional del todo. Y que tengo que cambiar mi celular, pero eso ya lo sabía.

En lo que sí coincido es en que siento todos los cascotazos juntos en mi cabeza. Por eso me duele tanto, al límite de la náusea. Y no tengo aspirinas salvo mi Plidex de cabecera, la panacea para todo. Veremos si funciona contra esto.

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En unos días (al momento de escribir estas líneas no sé cuántos, pero serán pocos) me vuelvo a Montevideo y, en algún momento de marzo, viajaré a Buenos Aires (de visita).

Los mismos caminos de hace dos años, pero otra caminante. Y una ruta excluida de las mapas y que nunca, pero nunca, se deja anticipar del todo.