7 (2.0). Para no perder la costumbre

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Lunes, una nueva semana hábil comienza, el sol brilla en Montevideo y –como vengo diciendo desde el año pasado- comienza la temporada en la que de verdad vale la pena haber elegido vivir acá.

A casi un mes de haber regresado a esta ciudad ya se me están acabando las reservas de dinero que traje para pagar pequeños gastos. Para ser más exacta, en realidad casi todo se me fue en un gran gasto: un perchero (de esos comerciales) para que mi ropa pudiera salir del encierro de bolsas y cajas.

Por cierto, todavía no recuperé todas mis prendas. Ah, cómo deseo ahora haber podido dejar todo en un solo lugar. Pero no, y al presente –todavía- estoy como viviendo a medias. Aunque, por lo menos, ya tengo más opciones para elegir a la hora de vestirme y no tengo que andar siempre con los mismos dos trapitos con los que me vestí durante casi tres semanas, y pasando bastante frío.

Pero regreso a ese hecho puntual de ver cómo, poco a poco, va quedando el último billete en mi billetera.

Históricamente, en esos casos y desde que estoy en Uruguay, usaba la tarjeta de crédito. Pero, por si algún lector no lo sabe, Santa Visa pasó a mejor vida, ese paraíso que me imagino tan verde como los dólares y tan lleno de destellos de luz como los de las tarjetas más coquetas. Ya lo he dicho alguna vez: estoy fuera del sistema bancario.

Soy una outsider de la sociedad, en muchos sentidos.

Y ahora, sin la ladera plástica/ virtual, sólo me quedan mis dos laderos de carne y hueso, entendiéndose por esto las dos únicas personas con las que contás en situaciones límite, verbigracia cuando no tenés un peso, en el sentido más literal que pueda tener esa expresión (creo que todos lo saben, pero en esta crónica esa expresión SIEMPRE se utiliza en sentido puro y duro).

El primero, sin duda, mi hermano que –por razones que no viene al caso detallar- sé que no está en condiciones de ayudarme.

El segundo no me escribe desde hace unas cuantas semanas y eso es una señal de que, en este momento, no puedo contar con él.

Se trata de esos momentos que te hacen recordar hasta qué punto estás sola en el mundo: sin padre, sin madre, sin abuelos, sin familia, obviamente sin pareja.

Sí, soy una outsider.

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Parte de ese dinero que tenía lo invertí en pagar un pasaje de ida y otro de vuelta para ir a la “semana” de la moda uruguaya, en el LATU (que sería como un equivalente de la Rural en el sentido de que muchas exposiciones/ congresos/seminarios en Montevideo se hacen ahí).

Quería distraerme. Y sacar fotos de otra cosa que no sea la casa donde vivo y los animales. Creo que hasta yo misma ya me aburrí de sacarles fotos, aunque los adore y ver una foto de la gatita Frida durmiendo me produzca una sensación de síndrome de Stendhal.

Llego al mostrador y le digo a la chica que fulanita me envió la invitación de prensa (es verdad) y entonces entro con la pulserita luminosa que me habilita a meter la cuchara por –en teoría- todos los rincones. A nivel económico no hace diferencia porque la entrada general es gratuita, pero lo hago para poder sacar fotos sin problemas.

Igual, para la hora en la que entro al predio no hay nada que me divierta mucho. Como 18 estaba cortada, llego tarde y me pierdo el brindis de presentación de evento, que hubiera sido lo más interesante. De las charlas que hay a continuación ninguna me llama demasiado la atención.

Me tomo una Zillertal, un café con un Kit Kat, un cóctel de Chandon, todo de cortesía y todo sea para amortizar los boletos de colectivo.

Saco algunas fotos, pero para una porteña no hay nada que sea demasiado llamativo. Todo es cada vez más Rapsodia look-alike y todas las asistentes tienen más o menos el mismo perfil. Chicas muy jóvenes de pelo largo y planchado, rubias pero no tanto, con sus madres más rubias e invariablemente bronceadas. Todas deben compartir el mismo placard, porque todas se visten con el mismo estilo. En el otro extremo, hay alguna teen alternativa style de esas que te cruzás en el BAF; pero son la excepción, no la regla.

Me enamoro de un par de vestidos incomprables en los que veo un atisbo de originalidad y emprendo la retirada.

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En fin, no hay mucho más para contar por el momento. Un par de entrevistas que pasaron sin pena ni gloria con la ecuación trabajo que no me gusta hacer/exigencias esclavas/ sueldo que no lo compensa. Si tan sólo una de esas variables fuera más indulgente con mis expectativas (no pido más, es claro), pero eso todavía no ha ocurrido.

Para ocupar la mente en algo más interesante, estoy diseñando un taller literario virtual. Ahora tengo el espacio físico para hacer algo presencial, es cierto, pero no es mi primera opción. Después de todo, estuve ocho años metida en el mundo de la capacitación a distancia y algo sé del tema.

No es porque lo piense como una fuente de ingresos; de hecho, no sé si eso va a ocurrir. Pero el sólo acto de pensar ejercicios que a mí me hubiera gustado hacer me genera una cierta gratificación.

Justamente porque no lo veo como algo comercial, me estoy tomando mi tiempo para organizarlo, sin urgencias. Pero, en cuanto lo haya diseñado, publicaré el aviso pertinente por si alguno de mis lectores conoce a alguien a quien pueda interesarle.

Por otra parte, y como sé que mi frecuencia de publicación es bastante díscola, creé una fan page del blog en Facebook. No para que mis lectores se hagan fans, sino para que los heavy users de esa red tengan otra opción para saber cuándo hay nuevos posts. Si tipean verlan mode en el campo de búsqueda les va a saltar la página y allí podrán ver los posts publicados. Por lo menos, por supuesto, el que sea el más reciente (la idea es ir publicando los anteriores también).

Dicho esto, me voy a tomar sol. El placer más democrático, aquel que puedo seguir disfrutando hasta que se me acabe la última gota de ese protector solar que ya comienza a escasear, desafiando a este sistema que me dice que, sin mis dos laderos, las circunstancias están a punto de resultar más abrasadoras que esos rayos.

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4 (2.0). Historia de dos ciudades

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“It was the best of times, it was the worst of times”.

Así comienza el célebre libro de Charles Dickens cuyo nombre encabeza este post, una obra clásica cuya lectura recomiendo si no han tenido el placer de entregarse a ese acto.

Las dos ciudades de mentas pertenecían a países diferentes; una de ellas era Londres y la otra París.

Y, en aquellos escenarios muy disímiles entre sí (en especial en el plano simbólico), una serie de personajes construía –y destruía, al mismo tiempo- la Historia. La suya y la de una época. Que, en el fondo, son imposibles de desligar una de otra.

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Abril de este año, mi celular suena en Montevideo.

La llamada era de Buenos Aires; así que la persona que me llamó, se la jugó (intenten llamar desde un celular argentino a uno uruguayo –o viceversa- y comprueben las consecuencias económicas por ustedes mismos).

Yo le cuento lo que conté en este blog en esa época, quizá con más detalles y entretelones íntimos de la situación.

Ella me cuenta que se va a vivir a Jujuy.

Pero me llama, además, para proponerme algo que va a revolucionar mi vida en una escala pequeña para otros. Inmensa para mí.

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Hace 51 textos, en la primera etapa de este blog -en el post ROI– conté algo acerca de un proyecto que siempre estuvo entre mis sueños más deseados.

Nunca fui masiva, en nada. Ni en mis gustos, ni en mis elecciones de vida. Siempre me gustó lo diferente, diría que en casi todos los órdenes de la existencia. Siempre soy LA diferente en casi cualquier grupo en el que me mueva, siendo niña y siendo la mujer de 37 años que soy ahora.

Con esos antecedentes, es natural que mi concepto de diseño se aparte de los caminos normales.

Al igual que los personajes de aquella historia de dos ciudades, necesito de-construir lo conocido para re-crear en el sentido material aquello que nació mucho antes en un sentido mucho más abstracto.

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Era el peor de los tiempos, para mí, aquel en el que recibí esa llamada.

Mi proyecto de quedarme en Uruguay se estaba derrumbando, desempleo mediante.

No tenía la cédula en ese momento pero intuía que, a esas alturas, tenerla ya no me iba a servir de nada.

En efecto, la cédula llegó cuando ya tenía un pie en el barco para volver a Buenos Aires.

Y fue duro, muy duro, el primer mes a partir de mi regreso. No quería ver a nadie y de todas maneras no tenía dinero para hacer nada.

Y me quejé mucho de haber tenido que volver a Buenos Aires.

Me resistí con mucha fuerza a esa situación, me costó horrores asumirla. Me sentía muy sola y muy desamparada. Y muy incomprendida, pero eso es un tema a desarrollar en algún otro post.

Sin embargo la vida me demostró que la historia –siempre- tiene dos caras y lo que aparenta ser unidimensional posee otros matices que descubrimos cuando aprendemos a mirar más allá de nuestros patrones habituales de juicio.

Era el peor de los tiempos; era el mejor de los tiempos.

Porque, de no haber estado en Buenos Aires (aunque fuera obligada), nunca hubiera podido desarrollar ese proyecto que quiero presentarles en este post y varios lectores ya conocen.

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Montevideo y Jujuy se unen en un proyecto que, en honor a la denominación popular de sus aeropuertos, hemos decidido llamar Carrasco Cadillal. Por cierto, un título que rinde tributo a la polisemia del lenguaje, como no podía ser de otra manera tratándose de dos personas que vienen de la comunicación y trabajan de una manera u otra en ella hace por lo menos veinte años.

Un proyecto llevado adelante por dos mujeres que, por diversos motivos, decidieron irse de Buenos Aires y comenzar una nueva vida. Solas, sin el apoyo ni el respaldo de nadie, y sin pedir permiso.

Dos modelos, treinta pares de zapatos diferentes y el sueño de vivir de lo que nos gusta hacer, en algún momento que esperamos no sea tan lejano, aunque sabemos que llevará su tiempo.

Invito a todos mis lectores a visitar la fan page de nuestro proyecto (facebook.com/carrascocadillal) y, si les gusta su propuesta, a hacerse fans o bien a difundirla.

Como bien sabrán los emprendedores, el inicio es el momento crítico y donde más se necesita del apoyo de quienes puedan sentir algo de empatía, simpatía o adhesión hacia la labor emprendida.

Y, por supuesto, agradezco a las personas que sé que leen este blog y ya me han ayudado con su apoyo y difusión. Es una ayuda invaluable y amorosa, con toda certeza.

Regresando

Sólo para decir a los que llegan a este post que no me olvidé del blog, decidí escribir esta entrada.

Desde el regreso de mi viaje de cumpleaños estoy preparando un nuevo proyecto. No puedo producir zapatos por el momento así que, mientras sigo buscando trabajo, decidí aprovechar el cuero que tengo en casa para hacer una pequeña línea de accesorios (en principio sólo aros y collares).

Ya tengo listos algunos modelos pero estoy esperando a tener algunos más para presentarlos aquí. Cuando eso ocurra, en algún momento de agosto, les mostraré fotos y -si les gusta lo que ven- les pediré que apoyen el proyecto en la correspondiente página que armaré en Facebook.

Los que vienen leyendo desde hace tiempo sabrán que el estilo de los accesorios será, por definirlo de alguna manera, diferente. No están pensados para el uso diario (aunque estoy segura de que personas como yo los usarían) sino más bien para esos días en que queremos dar la nota. El nombre (que ya conocerán) también fue pensado en función de ese concepto.

Mientras tanto me despido con un par de mis fotos cumpleañeras. Fue un viaje de retiro espiritual así que no hay mucho look para mostrar. La primera es simplemente para compartir con mis lectores un momento zen y en la segunda (sé que son dos, pero vendría a ser la misma en dos versiones) se ve un look que, considerando cómo suelo vestir, es muy simple: calzas reptilosas de zara -estampado que por lo visto se sigue y seguirá usando- compradas hace un par de años, remera de microfibra negra NN y botas texanas Clona también reptilosas y también compradas hace años.

Los cabellos, para estar a tono con tanto reino animal: salvajes.

El toque (que nunca apareció en este blog) es un collar con plumas en colores fríos comprado el año pasado en Herencia, un pequeño local que está en la manzana del Recoleta Mall, sobre Las Heras. En lo personal, creo que a esta altura de la soirée las plumas ya fueron/ saturaron, pero como me encanta la combinación de colores sigo usando ese accesorio en particular.

¡Besos!

Avisos parroquiales

En primer lugar, les aviso a mis lectores que seguramente las próximas entradas estarán dedicadas a una ciudad que pertenece a aquel país que es mi lugar en el mundo.

Me voy a Montevideo por unos días, por dos razones. La primera es asistir a TEDx, que se realizará justamente en el teatro Solís, cuya foto (que tomé en el 2008 desde el café Bacacay) ilustra el post. De manera que le dedicaré una entrada a comentar las charlas.

La segunda es aprovechar para dejar mi CV en algún lado, si se presenta la oportunidad (dado que en Buenos Aires la situación es cruel).

Si de casualidad llega a este post algún uruguayo que me pueda sugerir algún lugar lindo para visitar en Montevideo, su recomendación será bienvenida. Siempre hay algo nuevo por conocer.

Hasta allí, el primer aviso.

En segundo lugar, quiero presentarles dos nuevos emprendimientos relacionados con la moda. Ambos son proyectos de amigas y, como las conozco, sé que no venderían jamás algo que no usarían ellas mismas. Por eso, los recomiendo. Tienen cosas muy lindas y (importante) a muy buenos precios.

El primero de esos emprendimientos es la tiendita Kalaka, que vende diversas prendas; principalmente remeras, cardigans, parkas y pañuelos muy bonitos. Les dejo unas pocas fotos a manera de muestra, pero pueden saber más escribiendo a tiendita.kalaka@gmail.com, o solicitándoles amistad en facebook (tiendita kalaka).

El segundo emprendimiento –Milyundeseos– se dedica exclusivamente al tema de los accesorios: aros, prendedores, pulseras y collares. A continuación, algunas de sus creaciones:

Para contactarse con las chicas de Milyundeseos (que tienen muchos otros accesorios primorosos) pueden escribir al mail milyundeseoscomplementos@yahoo.com.ar o solicitarles amistad en FB (Milyundeseos Complementos).

Un beso y, entonces, en el próximo post: novedades “orientales”.

Variaciones en rojo

Hace unos 5 años, siendo rubia de pelo larguísimo, me compré una blusa rojo pasión en Chocolate. Estaba enamorada de esa prenda porque me parecía que le sentaba a la perfección a mi color de cabecera de aquel entonces. Hoy en día sigo pensando lo mismo: que el rojo es un color ideal para las rubias doradas y platinadas y, asimismo, para las morochas azabache. En tonos intermedios como el mío me parece que pierde un poco de encanto. Lo sé, es una opinión MUY personal. Pero reconozco que no siento esa sensación de correspondencia ideal que sentía cuando me ponía esta prenda en mis épocas de rubia cuasi-platinada.

Mis lectores habituales saben que no estoy “saliendo” en el sentido social del término, salvo muy contadas excepciones. En especial estos últimos días los dediqué casi totalmente -de muchas maneras- al tema de la búsqueda laboral que, para los que únicamente contamos con nuestros propios medios para subsistir, no sólo es una tarea de tiempo completo sino que posee una importante carga de horas extra. Por eso es que cuesta encontrar un espacio donde la mente (y el cuerpo, en los posts que incluyen fotos) se pueda despegar de ese cansancio y escribir algo más o menos coherente. Y por eso también es que, por supuesto, esta producción de fotos no corresponde a una salida real sino al rescate emotivo de una prenda que -aunque ahora no use- es de mis preferidas. Los detalles que más me gustan son sus mangas bien acampanadas y los pliegues en el escote. Algún día me mandaré a hacer la hermanita con otro género.

En la única oportunidad donde la mostré en este blog, hace más de un año y siendo casualmente más rubia y mucho más pelilarga que ahora, la había combinado con un pantalón “efecto raso” color champagne. Esta vez, la bajé un poco con un jean celeste muy clarito. Me encanta la combinación rojo-azul en todas sus posibilidades, incluyendo opciones polémicas como rojo-turquesa que sé que son una patada para las mentes clásicas. En fin, en la moda como en la vida es todo cuestión de gustos y personalidad.

Y, como accesorios,

-sandalias negras con pequeña plataforma y tiras de una marca bastante vieja llamada Gamova. Sé que este estilo de zapatos se quedó un poco en el tiempo, pero no puedo evitar volver a este par: es muy pero muy cómodo. Y en mi curso de zapatos me enteré de que la calidad de su confección supera los estándares promedio de nuestro país, así que es un buen motivo para usarlos.

-pulsera color bronce de Nina Piu

-un aro de Indian Style con cascada de perlitas rojas

-y, para dramatizar un poco el tema del make up, pestañas postizas que se notan claramente en alguna de las fotos. Estas en particular son esas de cinco pesos que se consiguen -por ejemplo- en el barrio chino, pegadas (eso sí) con un pegamento de confianza. Es obvio que el efecto de estas pestañas es 100% artificial, pero las compré para incluirlas en alguna producción y me pareció que a esta le venían justo. Para lograr un efecto natural, como me enseñaron en un curso de maquillaje hace algunos años, lo mejor son las pestañas que vienen en grupitos de 4 a 5 “pelos”, que se deben intercalar con las nuestras con mucho pulso y paciencia. En Las Margaritas u otras perfumerías pro hay varias opciones de ese tipo de pestañas.

Un último detalle: que se vea piel en la zona donde sale el lazo se debe a mi forma de atarlo; me gusta que quede hacia adelante. Pero, por supuesto, se podría atar de otra manera.

En el próximo post, posiblemente, continuaré con las reflexiones literarias (me quedaron varias pendientes). Por hoy, la presencia literaria se reduce al título del post, que hace referencia a una obra que posiblemente muchos visitantes conozcan y cuya lectura recomiendo.

Un beso, y buen fin de semana largo a quienes estén disfrutando de él.