18 (2.0). Invitación

keep-calm-and-be-salada

A todos mis lectores históricos, sin demasiados preámbulos (que a esta altura entre nos no son necesarios) los invito a visitar mi nuevo proyecto, Salada en pila.

La razón del título y la línea editorial del blog están detallados allí, de manera que no voy a replicar la explicación aquí para no aburrirlos. Espero que, cuando lo consideren oportuno, se den una vuelta por saladaenpila.wordpress.com.

Esto no quiere decir que verlan mode haya concluido, simplemente que -por ahora- le doy un descanso para enfocar mi energía en ese nuevo proyecto.

Los espero; y hasta pronto, aquí o allá.

Anuncios

17 (2.0). El paciente oficio de escribir

1660963_10202863323604914_508515527_n

Escribir es, como la aventura, un acto de fe. Sabemos dónde comenzamos, pero no dónde terminaremos (aunque a veces, con cierta humana ingenuidad, creemos saberlo) ni cuál será el camino que unirá esos dos puntos, quizá cercanos, quizá remotos.

Tampoco, como ocurre con la aventura, sabemos en todos los casos cuál es el motor que nos impulsa a la acción. Sólo tenemos una certeza: la de que hay algo dentro de nosotros que busca ser expresado o encontrar el tiempo y el lugar necesarios para manifestarse.

Y así como no existe una fotografía sin la apertura hacia la luz que permite dejar una huella donde de otra manera sólo existiría un potencial no revelado, para escribir necesitamos abrirnos. No necesariamente al afuera, sino a nosotros mismos.

Y eso no es algo que suceda de un día para otro, así como -por lo general- tampoco existen las aventuras instantáneas.

No: como bien sabemos los aventureros, la aventura es un proceso arduo y su glamour es inversamente proporcional al esfuerzo, compromiso y dedicación que nos requiere.

Por eso es que escribir, como buen acto de aventura, es un ejercicio de la paciencia. Pero es un ejercicio liberador y transformador.

…………..

Como mis lectores históricos habrán deducido, el blog está en un período de reposo. No porque no sucedan cosas en mi vida, sino porque he debido dedicar mi tiempo y energía a otras cuestiones. Y, por otra parte, tengo otros proyectos de redacción. En cuanto consiga encaminarlos, los lectores que quieran darse una vuelta por ahí serán bienvenidos, como siempre.

En paralelo -e impulsada por la convicción de que trabajar en cosas que no tengan que ver con lo artístico no me hace feliz o, peor aún, me hace infeliz- he decidido sacar del voraz baúl de los proyectos pendientes el de guiar un taller literario. Si a algún lector le interesa participar, me puede contactar por aquí o bien a arianariccio@hotmail.com.

En principio, la modalidad será a distancia. En parte porque estoy complicada para llevar adelante encuentros presenciales pero, además, porque creo que de esa manera puede participar quien así lo desee, sin importar sus horarios o su ubicación geográfica.

No hay una fecha definida de inicio ya que mi idea es hacer un taller personalizado (y, por supuesto, accesible en lo económico). Me encantaría que, si hubiera algún lector interesado, se comunique conmigo y me contara cuáles son sus expectativas y anhelos en relación al hecho de escribir.

Y si algún lector sabe de alguien a quien pudiera interesarle la propuesta, agradeceré la difusión, ya sea compartiendo este post o bien mi email de contacto.

Por último, si mientras este blog se encuentra inactivo algún lector desea comunicarse conmigo, también puede escribirme al mail indicado arriba.

Mientras tanto, será hasta el próximo texto. Aquí, allá, o en el lugar hacia donde la aventura nos lleve.

 

5 (2.0). B-Side

10789_nacionales

Estoy sentada con mi amiga V. (la editora) en el Starbucks de Cabildo y Olleros. Recuerdo con una sonrisa ingenua una reflexión hecha en un post de un viejo blog (ese que sale acá como “Historias de mi prehistoria”) acerca de lo raro que era que en Buenos Aires no hubiera Starbucks y que, de haber tenido la tarasca, yo misma hubiera traído la franquicia.

Se podría hacer la misma reflexión acerca de Uruguay. Pero preferible que todo siga como está.

Las historias –propias y ajenas- que contamos conducen a V. a traer a colación una teoría de su cosecha: personas como nosotras nos la pasamos haciendo cosas y cultivando intereses porque sentimos que estamos en falta con ese mundo de talentosos que nos dan una palmadita en la espalda y nos dicen “Querida (querida), seguí participando, que algún día te va a tocar la tapita ganadora”.

Ellos levantan su copa de Coca Cola y brindan constantemente en el lado A de la vida mientras nosotras estamos en el lado B buscando la fórmula de la Coca Cola. Ya lo dije desde el primer post de esta versión literaria 2.0 de mi vida en Uruguay.

¿Seríamos más felices en el lado A?

Pero el secreto de la vida –dice un libro de Andy Freire que me leí de parada en el Yenny del Solar de la Abadía, en Buenos Aires- no reside en tener la respuesta certera, sino en hacer la pregunta justa.

Ya lo había leído antes, en algún otro lugar. O es una teoría perpetuada por gente que nunca tiene la respuesta, o efectivamente es la posta de la existencia.

……………….

Ninguna de esas preguntas, ni de sus posibles –y acaso interesantes- respuestas importan en ese instante en que el llanto es inminente y ya no hay manera de detenerlo.

Muchos taxistas me han visto llorar en sus travesías y menos mal que ninguno de ellos resultó ser un Arjona, porque tiemblo sólo de pensar en el tema que podría haber escrito. De haber sido ese el caso, hubiera preferido arrojarme del taxi cual Solita Silveyra en Rolando Rivas taxista antes que escuchar esa canción por la radio.

El día antes de regresar a Montevideo iba sola en un taxi por avenida Libertador, a la madrugada, en una Buenos Aires calma, fría e impasible.

Quince minutos antes de ese momento estaba en un ascensor abrazada a una persona como si a partir del momento en que nos separáramos todo a mi alrededor fuera a derrumbarse.

Eso no sucedió, pero apartarme de ese abrazo fue como destruir la compuerta represora de miles de emociones que, como las canciones del lado B, están ahí, pero nadie las escucha.

A veces soy tan coherente con mis propias teorías que, de hecho, mi llanto fue silencioso.

……………

No hay nada que te haga recordar más lo sola que estás en el mundo que apostar a un proyecto que implique jugarse todo lo que tenés, y un poco más también. Lo viví muchas veces el año pasado, y lo vivo hoy, por supuesto en un contexto diferente.

El mundo que te rodea te puede apoyar, te puede sonreír, te puede dar la palmadita en la espalda y convidarte un sorbo de su copa de Coca Cola, te puede felicitar. Pero ellos son los oyentes y uno, el disco.

Y la vida del disco sólo se activa cuando gira (y por azares del destino mientras escribo esta frase suena en la radio Bob Dylan con Like a Rolling Stone). Y por lo general un disco no gira sólo una vez; gira mil veces y –puede decirse- su vida acaba cuando deja de girar.

No es sólo que en el lado B estén esas canciones que no son comerciales, o que se vean opacas frente al brillo del lado A. Es que sabemos que, aunque multitud de personas las escuchen más tarde o más temprano, sólo unos pocos podrán comprender y percibir toda la carga expresiva que se esconde detrás de letras y melodías que a veces parecen engañosamente armónicas.

En mi caso, esos pocos –casi en su totalidad- o no están a mi alrededor o ya ni siquiera están en este mundo.

Es la infinita soledad de un lado B sin auditorio.

……………..

Hoy en día hay una suerte de moda del lado B, un reconocimiento de que hay mucho más en un proceso que aquello que se muestra en un primer plano. Pero, salvo contadas excepciones, mucho de lo que escucho en ese sentido me sigue dando la impresión de estar impostado porque (claro) las zonas oscuras que se revelan cuando se va corriendo el telón no hacen otra cosa que darle más realce a lo que está en el centro del escenario.

Pero todo sigue ocurriendo sobre las tablas, peinado, maquillado y ataviado para el público que –en el fondo- sólo proyecta sus propias historias y busca la identificación o el más completo antagonismo según las fibras que le toque la puesta en escena.

Mientras que los que algo conocemos de destripar historias sabemos que el verdadero lado B es aquel de las tramoyas, aquel que discurre entre cajas, aquel de lo que nunca se contaría por fuera de ese ámbito.

Suena el lado A en el guión de mi obra personal pero, mientras los espectadores lo escuchan, el pulso del lado B late, inaudible pero inseparable de lo audible, en cada una de sus notas.

…………

POSTDATAS DEL LADO A:

1) Hoy cumple 4 meses la adorable gatita de la casa, Frida.

2) A los que aún no lo hayan hecho, los invito a visitar la página del emprendimiento que comparto con mi amiga Pato: Carrasco Cadillal. Son zapatos hechos con amor, como Feliz Domingo (guiño a los argentinos de mi generación).

3) A los que me piden consejos para la radicación en Uruguay, todo se resume en una máxima: tramiten el documento ni bien lleguen. Eso les va a simplificar mucho TODO. Investiguen en sus países de origen y en la página del Ministerio de Interior y vengan provistos de todos los papeles necesarios (y alguno más también, por las dudas).

4) Junto a, además de, no relevante para una determinada cuestión, en estado de extrema agitación; algunas de las acepciones de la palabra “beside” (la hermana fonética, claro, de B-side).

LA POLISEMIA del lenguaje, que a veces –como yo- guarda, para sorpresa de muchos, tanta coherencia interna.

4 (2.0). Historia de dos ciudades

Collage

“It was the best of times, it was the worst of times”.

Así comienza el célebre libro de Charles Dickens cuyo nombre encabeza este post, una obra clásica cuya lectura recomiendo si no han tenido el placer de entregarse a ese acto.

Las dos ciudades de mentas pertenecían a países diferentes; una de ellas era Londres y la otra París.

Y, en aquellos escenarios muy disímiles entre sí (en especial en el plano simbólico), una serie de personajes construía –y destruía, al mismo tiempo- la Historia. La suya y la de una época. Que, en el fondo, son imposibles de desligar una de otra.

……………..

Abril de este año, mi celular suena en Montevideo.

La llamada era de Buenos Aires; así que la persona que me llamó, se la jugó (intenten llamar desde un celular argentino a uno uruguayo –o viceversa- y comprueben las consecuencias económicas por ustedes mismos).

Yo le cuento lo que conté en este blog en esa época, quizá con más detalles y entretelones íntimos de la situación.

Ella me cuenta que se va a vivir a Jujuy.

Pero me llama, además, para proponerme algo que va a revolucionar mi vida en una escala pequeña para otros. Inmensa para mí.

…………..

Hace 51 textos, en la primera etapa de este blog -en el post ROI– conté algo acerca de un proyecto que siempre estuvo entre mis sueños más deseados.

Nunca fui masiva, en nada. Ni en mis gustos, ni en mis elecciones de vida. Siempre me gustó lo diferente, diría que en casi todos los órdenes de la existencia. Siempre soy LA diferente en casi cualquier grupo en el que me mueva, siendo niña y siendo la mujer de 37 años que soy ahora.

Con esos antecedentes, es natural que mi concepto de diseño se aparte de los caminos normales.

Al igual que los personajes de aquella historia de dos ciudades, necesito de-construir lo conocido para re-crear en el sentido material aquello que nació mucho antes en un sentido mucho más abstracto.

……………

Era el peor de los tiempos, para mí, aquel en el que recibí esa llamada.

Mi proyecto de quedarme en Uruguay se estaba derrumbando, desempleo mediante.

No tenía la cédula en ese momento pero intuía que, a esas alturas, tenerla ya no me iba a servir de nada.

En efecto, la cédula llegó cuando ya tenía un pie en el barco para volver a Buenos Aires.

Y fue duro, muy duro, el primer mes a partir de mi regreso. No quería ver a nadie y de todas maneras no tenía dinero para hacer nada.

Y me quejé mucho de haber tenido que volver a Buenos Aires.

Me resistí con mucha fuerza a esa situación, me costó horrores asumirla. Me sentía muy sola y muy desamparada. Y muy incomprendida, pero eso es un tema a desarrollar en algún otro post.

Sin embargo la vida me demostró que la historia –siempre- tiene dos caras y lo que aparenta ser unidimensional posee otros matices que descubrimos cuando aprendemos a mirar más allá de nuestros patrones habituales de juicio.

Era el peor de los tiempos; era el mejor de los tiempos.

Porque, de no haber estado en Buenos Aires (aunque fuera obligada), nunca hubiera podido desarrollar ese proyecto que quiero presentarles en este post y varios lectores ya conocen.

…………

Montevideo y Jujuy se unen en un proyecto que, en honor a la denominación popular de sus aeropuertos, hemos decidido llamar Carrasco Cadillal. Por cierto, un título que rinde tributo a la polisemia del lenguaje, como no podía ser de otra manera tratándose de dos personas que vienen de la comunicación y trabajan de una manera u otra en ella hace por lo menos veinte años.

Un proyecto llevado adelante por dos mujeres que, por diversos motivos, decidieron irse de Buenos Aires y comenzar una nueva vida. Solas, sin el apoyo ni el respaldo de nadie, y sin pedir permiso.

Dos modelos, treinta pares de zapatos diferentes y el sueño de vivir de lo que nos gusta hacer, en algún momento que esperamos no sea tan lejano, aunque sabemos que llevará su tiempo.

Invito a todos mis lectores a visitar la fan page de nuestro proyecto (facebook.com/carrascocadillal) y, si les gusta su propuesta, a hacerse fans o bien a difundirla.

Como bien sabrán los emprendedores, el inicio es el momento crítico y donde más se necesita del apoyo de quienes puedan sentir algo de empatía, simpatía o adhesión hacia la labor emprendida.

Y, por supuesto, agradezco a las personas que sé que leen este blog y ya me han ayudado con su apoyo y difusión. Es una ayuda invaluable y amorosa, con toda certeza.

79. La biblia y el calefón

IMG_2101

Martes 10 de diciembre, ocho de la noche.

Estoy a cuatro cuadras de mi hogar, en la iglesia de Punta Carretas (que debe tener un nombre, pero no lo recuerdo).

Mi intención original era hacer una visita por varias iglesias. Pero luego lo pienso mejor y creo que, en el fondo, cuando la intención es poderosa, no hay necesidad de hacer un via crucis. Basta con elegir un lugar en donde podamos elevar nuestra intención con la serenidad e intensidad necesarias.

Aproximadamente un mes antes de ese momento, estaba caminado –por cuestiones laborales- con una compañera de mi ex trabajo y pasamos por una iglesia muy tradicional en 18 de Julio.

Ella me dice que nunca entró a esa iglesia y que entremos juntas porque tal parece que la primera vez que entrás a una iglesia tenés que pedir un deseo, que se cumplirá.

De alguna lejana manera me hace acordar a aquella leyenda que sostiene que la primera vez que visitás un casino, ganarás. De esa manera, te engancharán para volver.

Pero, en ese momento, decido hacerle caso a la fe. Y entramos.

No tengo idea de qué habrá pedido ella, pero yo –es claro- pedí conseguir un trabajo en el que pudiera sentirme bien y cómoda.

Eso no se ha cumplido aún. Pero, al menos, ya no estoy en ninguno de los que me hicieron sentir mal e incómoda.

En el caso de la iglesia de Punta Carretas, es la tercera vez que entro, pero la primera como residente (aunque más no sea en trámite). Y pongo toda mi esperanza en que mis deseos sean escuchados como si fuera la primera vez.

………………

Casi todos los últimos trabajos de mi vida fueron una seguidilla de lugares donde me sentí francamente mal.  He sido hostigada, humillada, mal pagada, desaprovechada, he tenido que lidiar con jefes bipolares o que habían elegido –true story- al dealer incorrecto. No sólo estoy hablando de mis trabajos uruguayos, estoy hablando también de mis últimos trabajos en Argentina.

Cualquier trabajo en el que te tengas que drogar (en el sentido más amplio que pueda tener ese verbo) para poder soportarlo, no es un buen trabajo. Al menos, no es el trabajo para uno.

Es posible que eso haya ocurrido porque mis dos últimos años en Buenos Aires (el 2011 y el 2012) fueron años de crisis, de revolución y del inicio de grandes transformaciones. Desde ese punto de vista, el 2013 no es otra cosa que una continuación natural de ese proceso. Era esperable que no todo iba a ser tan maravilloso de un día para otro.

Sin perjuicio de eso creo que, a esta altura –y tomando en cuenta que la vida es ya no digamos corta, sino diminuta- me merezco un 2014 más apacible. Por empezar, creo que me merezco disfrutar de un buen verano uruguayo. Con un trabajo donde, al menos, no sufra.

No obstante, y siendo coherente con mi línea de pensamiento de que la vida nos habla de mil maneras, creo que no es casual que no la haya pasado bien en ninguno de esos trabajos del pasado reciente. Pienso que es la manera que elige la vida de decirme que ya es el momento de que lleve a cabo mis propios proyectos, que ya no es mi camino trabajar en función de los intereses de un emprendimiento ajeno. Y tiene razón: yo sé que me sentiría más plena creando esos zapatos que desde hace años quiero hacer.

Pero es evidente que, aunque conlleve padecimientos, todavía debo trabajar para otros en pos de poder capitalizarme y llevar al plano concreto lo que desde hace tiempo existe en mi mente.

………

El 90% de los uruguayos a quienes les pregunté cuál era EL lugar para ir a bailar en Montevideo, me respondieron “Lotus”.

Acabemos con esta farsa.

Fui (por primera vez después de once meses acá) el jueves pasado, alrededor de las dos de la mañana.

Creo que como porteña nacida y criada, estoy en condiciones de afirmar que cualquier jueves de diciembre, cualquier lugar nocturno de Buenos Aires explota.

En Lotus, en el momento en que cualquier barcito de mi ciudad natal está en plenitud, pude contabilizar la suma de 20 hombres y 5 mujeres.

La estética de burdel no está mal (para mí es una mezcla del cabaret del Faena con una pizca de Isabel) pero lo que me decepcionó profundamente son los baños de damas. No puedo imaginar quién habrá sido el ambientador iluminado que eligió la iluminación. No existe probador en el mundo cuya luz sea menos favorecedora que la de los baños de Lotus. Las mujeres que hayan ido podrán coincidir o no, pero creo que entenderán de lo que estoy hablando.

………..

24 de diciembre de 1995, casi medianoche.

Estoy en el tercer piso de la Clínica Bazterrica, en pleno Barrio Norte porteño.

Mi padre está en la cama, en su mundo. Está casi inconsciente y duerme. Son sus últimos días.

Esa noche, paso la Navidad junto a él. Sin alcohol, sin pan dulce, sin regalos. Sólo con la clásica jarra de agua sobre la mesa de luz. Solos los dos.

Es la época A.C. (antes de los celulares), por lo que nadie me escribe mensajes de texto, ni recibo saludos por whatsapp, ni nada. Es la navidad más silenciosa que haya pasado en mi vida.

Y la única que pasé prácticamente en soledad, hasta este año.

Pasados unos quince minutos de la medianoche, entra la enfermera de turno –a quien para esa altura ya conozco bien y sé que es bastante antipática- y cuando me ve esboza una sombra de sonrisa y me dice:

-Bueno, basta de llorar. Feliz Navidad.

………..

Hace unos días empecé a pensar en ese tema y en que, quizás, pasados 18 años de ese momento, esta sea la segunda navidad que me toca pasar en soledad. Esta vez, absoluta.

Hay algún plan en el aire, pero no sé si se va a concretar. Lo sabré a último momento (la historia de mi año).

Si no, mi plan B será bajar por Vázquez Ledesma e irme a sentar en la rambla con algo para brindar.

Y lanzar mis deseos hacia el cielo estrellado, que es el templo más democrático y sagrado de todos cuantos pueda haber sobre este planeta.

69. Vértigo

IMG_7765b

Martes a la noche, me siento frente a mi computadora y pienso cómo va a ser posible ponerme al día.

Y, honestamente, no lo sé. O, más honestamente, sí lo sé: es imposible.

A lo largo de estos muchos días que pasé sin escribir (tantos, que ya perdí la cuenta) tuve en carpeta una cantidad de temas acerca de los cuales quería explayarme.

Y después de escribir esa frase –o mejor dicho casi antes de terminarla- se me apagó la computadora. Por vez número ciento ochenta en lo que va del mes.

Es una buena explicación acerca de por qué no estuve escribiendo. Mi computadora me está diciendo de ciento ochenta maneras posibles (y contando) que ya no quiere más.

Del mismo modo que tantas personas, circunstancias y lugares nos lo dicen a lo largo de nuestras vidas, hasta que no nos queda otra que obrar en consecuencia y dejarlos ir. O partir nosotros, lo que aplique en cada situación.

Y del mismo modo que nosotros mismos lo decimos en más o menos ocasiones a lo largo de la corta vida, a veces sin ser conscientes de ello.

………………..

Harta de no poder escribir porque llego agotada del trabajo y lograr que la computadora arranque es un proceso que puede durar hasta una hora, tengo la temeraria idea de comprar una nueva en mi próximo viaje a Buenos Aires, que será en algún momento de noviembre, espero lo antes posible.

Cabe aclarar que la idea no era temeraria, era simplemente idea. Hasta que se me ocurrió abrir las páginas de Compumundo y Garbarino y enfrentarme con la dura realidad de cuánto cuesta una notebook hoy en día. Y no hablo de una sofisticada que digamos. Una como la mía, normalita.

Me he dado cuenta de que mi estimación de precios estaba muy, muy desactualizada. Ya perdí noción de los precios en Argentina. Es más, estoy dudando acerca de si no me conviene comprarla acá.

El tema es que, para comprarla acá, necesito de manera forzosa una tarjeta de crédito uruguaya que me permita financiarla. Por ese mismo motivo es que no puedo comprar una usada en Buenos aires. Necesito pagarla en todas las cuotas que sean posibles.

Está por verse si puedo acceder a la famosa tarjeta a través de mi trabajo o si me ponen trabas por ser una argentina-aún-sin-cédula-ni-residencia-en-trámite (sí, ese tema sigue en stand by, justamente porque mi vida en este momento se ajusta al título de este post).

……………….

En este período en el que no escribí, pasaron varias cosas. Algunas de ellas se podrían contar; otras forman parte de ese libro mercenario que por el momento no tengo ganas de escribir.

Entre lo que se puede detallar acá, es menester declarar que gracias a mi trabajo estuve viajando mucho. Es una etapa que, al menos por el momento, se terminó, pero disfruté mucho. Aunque sólo fuera por esos viajes, este trabajo ya valió la pena.

Estuve en Colonia, en Carmelo, en Nueva Helvecia, en Fray Bentos, en Mercedes, en Rosario, en Dolores, en Tarariras, en Juan Lacaze, en Libertad, en Cardona, en mi querido San Carlos, en Maldonado, en Punta del Este (con visita a Punta Ballena y a las cumbres incluida), en Piriápolis y en Pan de Azúcar.

Estoy segura de que he recorrido Uruguay más que muchos uruguayos.

Después, por otro motivo –asistir el evento de mi amado Francis Mallmann- estuve, por extrañas y mágicas conexiones del destino, en Garzón. Pero eso será tema de un próximo post.

El tema del alquiler en octubre fue más o menos lo mismo que en septiembre. Lo parí, lo cual no deja de ser una graciosa coincidencia a los nueve meses cumplidos de mi estadía en esta patria elegida. Y, por supuesto, ahora sufro los coletazos. No tengo un peso para nada y no tengo idea de cómo voy a llegar a fin de mes. Nada que pueda extrañar a mis lectores, por supuesto.

Y desde hace algo más de un mes, cada vez que me miro al espejo, veo una expresión de cansancio en mi cara como no la había visto nunca, ni cuando tenía dos trabajos y trabajaba entre 15 y 16 horas diarias, 6 de 7 días a la semana. Quizá porque, en ese momento, sabía que iba a poder pagar mis cuentas sin más sufrimiento que ese. En septiembre y octubre padecí un tipo de sufrimiento mucho más profundo: el de la incertidumbre de no saber de qué manera vas a poder reunir los fondos para seguir viviendo bajo el techo que te ampara. Sólo quienes hayan pasado por esa situación pueden entenderme.

Podría escribir acerca de tantas cosas. Pero el Plidex que me tomé (demasiada presión) está haciendo efecto y quiero dormir.

Y quiero soñar que estoy así, sentada al lado de la bella costanera de Mercedes, como en la foto que ilustra este post.

67. La vida es pelota

foto0061[1]

, hay que patear mucho.

En una semana conocí más de Montevideo que en los últimos ocho meses y en todas mis visitas anteriores.

Conocí Unión, La Comercial, Pasomolino con su ecléctica avenida Agraciada –designio urbanístico que no deja de tener una cierta ironía-, el Prado, la Teja. Y, ya que estoy lanzada a la aventura, resulta que también voy a conocer el famoso Cerro.

También conocí más en profundidad el aquí llamado barrio de los judíos (en el que ya había estado de paso). Y hace un par de días escuché nuevamente el jingle de “La ensalada” (una versión vernácula y abreviada de La Salada, acerca de la que hablé en un post anterior). Sigo sosteniendo que dice “Soy feliz, soy feliz, ahora que me como una ensalada”. Y sigo descreyendo de ese postulado tanto como en aquel infausto día en que esa pieza llegó a mi oído.

………………

Lunes, la lluvia cae con furia y el viento amenaza con arrastrarme poco a poco hasta el río (para mí técnicamente aún estoy en la zona de influencia del río, nunca le diré mar a la costa montevideana).

Camino desde Juan Marîa Pérez y Francisco Vidal hasta mi casa. En menos de diez cuadras se me da vuelta el paraguas más de diez veces. Y no es un paraguas plegable de puesto oportunista; es un señor paraguas. Y para mayor deleite, verde.

Y camino feliz porque acabo de conocer al bulldog francés más lindo de Pocitos, Punta Carretas, y aledaños. Un perrito que se quedó casi dormido en mi regazo.

Me muero de ganas de tener un perro. Pocas cosas me gustarían más que llegar del trabajo y tener un ser que acariciar. Un ser vivo leal, noble, empático, comprensivo y que no demanda nada a cambio.

Es fácil –tan fácil- comprender por qué los perros son tan superiores a los humanos en ciertos aspectos emocionales.

Cada vez lamento más no haberme dedicado de manera profesional a los animales. Debería ser veterinaria de caballos y vivir perdida en medio de un lindo campo.

Ya es un poco tarde para eso. No en cambio para tener un perro, pero ciertamente no es el momento.

………………..

No sólo camino por 21 (de setiembre, pero omitir esa parte te da un status de uruguayo) con un paraguas prestado que se dobla. Tiemblo no sólo del frío sino de la idea que se rompa.

Camino además con un sandwich de milanesa (en vocabulario uruguayo, milanesa en dos panes) en la cartera, que me preparó un compañero de trabajo -el dueño del precioso can- preocupado porque nunca me ve almorzar. Un ejemplo más de que la red se abre en el momento oportuno, en este caso justo cuando se te acaban los víveres para comer.

Todavía tengo reservas corporales que me permiten afrontar el momento sin que se note demasiado, pero el hambre nace de todas maneras y ese sandwich es el mejor regalo que alguien me podría haber hecho en este momento.

…………….

El jueves nace, el frío crece. Al menos en mi percepción. Será que estoy destemplada, pero estoy congelada. Hoy se cumplen 49 días sin calefacción en mi habitación y los he sufrido bastante.

Necesito, con desesperación, que empiece a hacer calor. Ya no resisto el frío.

Se inician, por otra parte, las 48 horas donde la señora dueña del apartamento espera que le pague mi alquiler. Cosa que, mis lectores imaginarán, no será posible. Tendré que hablar con ella para extender el plazo y la situación me genera mucha tensión.

Estoy exhausta después de un largo día, pero no puedo dormir. Tengo que probar las pastillas que me recomendó una compañera de trabajo, pero de todas maneras no puedo comprarlas ahora.

Lloro como una manera de diluir todo ese cansancio y esa tensión y el sueño comienza a aparecer, poco a poco.

Antes de que mi cabeza caiga sobre el teclado, dedico este texto a mi amiga V., quien escribió un exquisito texto sobre el porteño colectivo que comparte el número del post: el 67.

La vida es un 67, hay que dar muchas vueltas para llegar a destino.

Los porteños comprenderán. Y a los extranjeros que visiten Buenos Aires, les recomiendo la experiencia de subirse en él.