La huella es un sueño eterno

De acuerdo a la filosofía zen, el tiempo es una creación del ego. Esa entidad inasible, insaciable e indomable se nutre del pasado; se proyecta hacia el futuro.

Por otra parte, podríamos pensar que una de las actividades que más involucran al ego es el arte. En primer lugar porque, en general, el artista es un ser que busca el reconocimiento y la aprobación de los otros. Aunque lo niegue… y a menudo, cuánto más lo niega, más evidente se hace. En segundo lugar, porque (hago uso de mi teoría, claro) el artista siempre termina hablando de sí mismo y de su vida en sus obras. En tercer lugar, porque una obra siempre es un intento -consciente o no- de dejar una huella en el universo. A través del arte, en resumen, se busca la trascendencia. En lo inmediato quizás se busca prestigio, reconocimiento o, en un orden más prosaico, sobrevivir. Pero la meta final, siempre, es la de alcanzar a través de las obras la eternidad que al cuerpo le está negada.

La lista de los indicadores de la relación entre el arte y el ego podría continuar, pero para este post me bastan los tres que detallé. El arte está ligado al ego, sí, aunque sea en cierta parte. Pero la paradoja que (a mi criterio) le confiere un valor sublime a la expresión artística es que al arte le termina tendiendo al ego una trampa: en el momento pleno de creación, artista y universo entran en una simbiosis donde el ego queda excluido (teoría que desarrollé en otro post). Y, al quedar excluido el ego, también queda excluido el tiempo. De manera que el ego cae en su propia trampa egotista y sólo puede alcanzar esa trascendencia que anhela pagando el precio de quedar anulado.

Cuando escribimos (o creamos, en general) no existe el tiempo, porque estamos en el reino del nacimiento y de la muerte, aquellos territorios donde o no tenemos conciencia del tiempo o bien éste pierde toda su relevancia. El encuentro con la hoja/ pantalla en blanco es un pequeño nacimiento donde damos a luz aquello que durante un cierto tiempo se gestó dentro de nosotros. Y es una pequeña muerte porque, una vez que esa experiencia sale de nosotros, su sentido original desaparece para poder investirse del sentido que le den otros.

Y ese encuentro entre el lector y el texto también es a su vez una manera de sortear los límites de la dimensión temporal.  Un texto, en tanto huella, puede hablar del tiempo, pero no lo contiene dentro de sí. La huella no tiene pasado, no tiene futuro. Es la cristalización de un presente que se actualiza cada vez que alguien adivina, intuye o construye un camino al verla.

Por eso, luego de haber lidiado durante el proceso de escritura con factores ingobernables (ese será tema de otro post), al llegar a la meta del punto final que le da cierre a una historia el escritor logra una victoria –pequeña pero eterna- sobre el tiempo. Ya puede levantar su pie del suelo y seguir adelante. Las arenas del arte pueden ser movedizas, pero las huellas que se dejan sobre su superficie son indelebles. Tanto da que el texto quede archivado en el disco duro o en un cajón. En cualquier lugar donde exista un texto, por más inédito y escondido que se encuentre, existe también un lector potencial.

No soy fan de Jaime Bayly, pero el domingo leí una columna que escribió en la revista de la diva profusamente fotografiada en su vestido azul “klein” y me sentí muy identificada con algunas de sus frases, en especial con un párrafo que tiene mucho que ver tanto con este post como con los anteriores de la serie “reflexiones literarias”. Lo reproduzco:

“Eso es lo bueno de ser escritor: todo lo malo que te va ocurriendo sirve para recogerlo y volcarlo en las novelas de una manera que te redima de esas miserias y esos pesares, todo lo que es malo en la vida acaso sea bueno para los emprendimientos artísticos, todo lo que te hace desgraciado te hará también, con suerte y si perseveras, menos tonto y dotará tu voz de una musicalidad única, singular, todos los que te han despedido y humillado son, quién lo diría, tus aliados impensados en el quijotesco afán de dejar una huella, algo que preserve una mínima belleza cuando ya no estemos.”

Si alguien quiere leer la columna completa, la encontrará en el siguiente link: http://www.revistasusana.com/1470525-cuando-cae-la-tarde.

Por último, sobre la foto: es de hace 4 años y me pareció que ilustraba bien este post. Forma parte de una serie de fotos destinada a un intento de contar en imágenes la canción “L’amoureuse” de Carla Bruni (en una versión muy libre). La locación es el pasaje Rivarola, un lugar ideal para tomar fotos. Por supuesto, la chica que aparece soy yo y la imagen está apaisada a propósito. Me pareció que de esa manera se lucía más el juego de la confluencia de las líneas rectas y el contraste con la curva del reloj.

Un beso

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El síndrome Lisa Simpson

Reflexiones literarias V

Hace unos días, pasaron por Fox el -en mi opinión- mejor capítulo de Los Simpson de los últimos meses: The book job (o, para el mercado latino, El equipo).  Hay mucha tela para cortar en el argumento, cuya estructura está inspirada en el film Ocean´s Eleven. Pero lo que definitivamente me conquistó del episodio es la empatía que sentí por Lisa. Creo que todos los que de una manera u otra nos dedicamos (o nos hemos dedicado en algún momento) a escribir nos sentimos reflejados en ella.

Claro, el argumento nace de un guionista que sabe que, para producir un texto, hay que dejar atrás a esa Lisa que todos llevamos dentro. Nunca le creeré a quien escriba y niegue haber pasado por esta etapa. Se puede superar, sí, con mucha disciplina. Pero creo que siempre se parte desde ese lugar. De hecho, buscando las imágenes que ilustran este post encontré varios blogs que se ocuparon del tema. El eterno tema de la tendencia a la procastinación por parte del artista.

En el caso de los que se dedican a contar historias, creo que ese tema se manifiesta en su máxima expresión. Traje a colación este capítulo de Los Simpson porque se vincula con un concepto que esbocé en el post anterior, El arte es un viaje eterno: los artistas deben poder tener una mirada crítica acerca de una historia antes de poder contarla. Es mi creencia, por supuesto, pero me rijo de acuerdo a ella no por mera simpatía hacia esa idea sino por una convicción nacida a fuerza de prueba y fracaso.

Es por eso que creo que muchas veces las mil y dos vueltas que un escritor da antes de lograr escribir -el síndrome Lisa Simpson- se deben a que todavía lleva la historia que desea contar estancada dentro de su ser. En esos casos, cada palabra que se escribe conlleva un gran esfuerzo y un enorme dolor: es como si la tinta (real o virtual) fuera la sangre del escritor que se escurre entre sus dedos. Simplemente, la historia no puede fluir, y la escritura es fluidez; hilando fino, toda obra de arte nace de un instante de fluidez entre mente, cuerpo y alma. El trabajo del artista es lograr que esos instantes formen un continuo con cierta periodicidad, y eso sólo se logra a través del hábito. Esa es la parte prosaica que la concepción romántica del artista jamás aceptará… pero todo aquel que se dedica a crear algo sabe que existe.

Cuando se trata de escribir textos que no tienen que ver con la ficción, es obvio que el hecho de posponer la tarea también existe. Lo saben bien los periodistas y los que hemos trabajado en diferentes áreas de comunicación interna y/o externa. Creo que la razón principal de la demora en ese caso está profundamente relacionada con un rasgo que Lisa ilustra como ningún otro personaje de los Simpson: la tendencia al perfeccionismo. El complemento ideal de esa tendencia es la neurosis de la adopción de rituales. Todo escritor o artista que se precie de tal tiene alguna. El episodio de los Simpson ilustra algunas que no por ser clichés dejan de tener su cuota de veracidad.

Hay quienes no pueden escribir si no es en determinado tipo de papel. Están los que sólo pueden escribir fuera de sus casas. Los que al lado de la computadora deben tener una botella de whisky (o varias). Por supuesto, el ambiente deberá estar ordenado y, si vemos algo fuera de su lugar, nos levantaremos a limpiarlo u ordenarlo. Como corresponde.

Hasta que llega el día de la epifanía y nos damos cuenta de que, para escribir, hay una única fórmula que ha demostrado su eficacia desde que el mundo es tal: sentarse y escribir. Las manías seguirán existiendo (las personas que escribimos somos criaturas de temer), pero poco a poco el hábito conquistará el territorio de la página en blanco. Existe un libro -a esta altura clásico- de Julia Cameron, El camino del artista, que promueve el hábito de sentarse a escribir tres páginas de texto por día. Texto que no deberá ser leído por nadie (por razones varias bien detalladas en el libro), pero cuya producción deberá ser respetada con rigor.

Ese libro me fue recomendado en mis clases de guión, y a mi vez yo también se lo recomiendo a quienes no lo hayan leído y quieran producir una obra relacionada con cualquier rama del arte. Dispongo de una versión digital que con gusto le puedo enviar a quien la desee. Igualmente, aconsejo comprar el libro que ahora viene en una edición muy primorosa. Yo misma (en mis épocas pudientes, claro) se la regalé a una amiga cuyas creaciones espero ver algún día.

Un beso

El arte es un viaje eterno

(reflexiones literarias IV)

Quizás porque ahora tengo mucho tiempo para escribir sin ninguna clase de directiva u objetivo impuesto por otra persona al que apegarme, el tema de las condiciones de producción de un texto personal resurgió de entre las cenizas de alguna hoguera mental que nunca se apaga del todo.

En Flaubert meets Eckhart Tolle hablé de una carta de Flaubert en la que el artista es presentado como un ser que, para crear, debe nutrirse de sus experiencias pero sólo a condición de lograr un cierto desapego con respecto a ellas. En esa línea de pensamiento, no se puede contar de ninguna manera una situación mientras estemos sumergidos en ella, en especial si se trata de una experiencia traumática.

En caso de que la situación involucre un final o una ruptura, debemos pasar un tiempo en el territorio del dolor y quemarnos con los fuegos de los incendios que atravesemos. Pero, eso sí, llevando con nosotros un cuaderno de apuntes para registrar la intensidad de esa travesía y –lo más importante de todo- teniendo comprado el pasaje de regreso que nos permita abandonar ese paisaje desolador. El artista debe tener esa capacidad de estar de vuelta de todo aquel camino al que el impasible caballero destino lo pueda llegar a arrastrar.

Esto lleva a la conclusión natural de que para crear son necesarios ambos momentos: la ida y la vuelta. No se puede regresar de donde nunca se estuvo, así como tampoco se puede volver antes de haber partido. Durante el trance del viaje (ya ha quedado claro que no me refiero a viajes “agradables”), el artista irá componiendo un borrador, posiblemente atravesado por los trazos turbios de los sentimientos incómodos y las sensaciones violentas. Pero sólo cuando regrese de ese viaje podrá traducir ese borrador en una obra.

Reconozco que también existe la teoría de que el viaje no es necesario y que el verdadero artista se define por la capacidad de pintar un paisaje donde nunca estuvo presente. Pero, no sólo como intento de artista sino como amante del arte, descreo de esa teoría. Creo que el arte es cuestión de sólo un 1% de imaginación. El 99% restante se divide entre la experiencia de vida y la disciplina. Quizás mi visión esté deformada por mi misma adhesión a esa teoría, pero en toda obra de arte –sin importar el soporte en el que esté plasmada- veo las huellas de la vida de quien la creó. Sea como protagonista o como testigo de algo que impactó de alguna manera en su existencia.

Y, por añadidura, creo en la necesidad de lograr una cierta distancia para dar voz a aquello que, como señalé en un post anterior, llevamos escrito en el cuerpo. Debe haber una instancia de salto en la que podamos situarnos ya no como protagonistas, sino como espectadores que pueden tener una mirada crítica sobre la escena de la que alguna vez formaron parte. Por eso la foto que ilustra este post, tomada hace tres años por mí (con una cámara visiblemente no profesional), donde estoy contemplando un retrato de mi infancia. Aquello que queremos contar debe ser para nosotros algo distante como una fotografía a la que podamos mirar a los ojos. Porque cuando nos resulta doloroso mirar una foto, lo que en verdad ocurre es que todavía estamos dentro de ella.

Hasta tanto no logremos esa distancia, mi experiencia es que encontraremos mil excusas para no dejar libre aquello en lo que nosotros mismos aún nos encontramos encerrados.

Por supuesto, este tema continuará (la moda también, en algún momento).

Un beso

Escrito en el cuerpo

En esta tercera entrada destinada a las reflexiones literarias, regreso a una cuestión planteada en la introducción al tema que hice en el primer post de esta serie. En él, en cierta forma, hay una teoría que queda flotando a través de los segmentos escogidos de las cartas de Flaubert y Feydeau. O, para hacerle honor a la lengua en que se desarrolló ese intercambio epistolar, de los “morceaux choisis”, una expresión francesa que me resulta simpática porque la asocio a la muy nativa “morci y chori”.

Dicha teoría se podría resumir en que, finalmente, el escritor –y el artista en general- crea obras artísticas a través de las experiencias traumáticas que le toca en suerte o voluntad vivir. De alguna manera, el artista se alimenta de ellas aunque se envenene en cómodas cuotas y termine literalmente entregando la vida en sus obras literarias (o pictóricas, histriónicas, musicales, etc.).

En línea con esa teoría, (y con mi opinión personal de que toda obra de ficción es una autobiografía más o menos distorsionada) muchas veces pienso que ciertas experiencias llegan a nuestras vidas porque estamos destinados a hacer algo artístico con ellas. Creo que es un intento de encontrar un sentido puntual en algo que posiblemente posea un sentido que de tan inconmensurable nos excede. Pero en nuestras humanas limitaciones no nos es dado ver el tablero completo del juego, sólo los casilleros y las piezas.  Y basamos nuestras interpretaciones en esos fragmentos.

Más aún, los que hemos atravesado varias experiencias intensas en nuestras vidas sabemos que todas ellas han quedado escritas. No sólo en algún lugar del alma sino también del cuerpo, y esas historias tienen voz propia y hablan de muchas maneras, con frecuencia más allá de nuestra voluntad. Desde esa perspectiva, todo lo que podamos contar ya está escrito; no en otras obras, sino en nuestra propia vida. La tarea del que intenta escribir una obra literaria es traducir todos esos escritos fragmentados –y quizás incoherentes para la mirada ajena- en un todo con una cierta armonía.

Pero no se trata sólo de traducir voces, por sobre todo se trata de llevar a cabo una traducción mucho más exquisita: la de los silencios, propios y ajenos. Y ya se sabe que el silencio tiene un lenguaje propio que muchas veces escapa a la comprensión. Cualquiera puede escribir acerca de cosas que han sido dichas, pero lo que distingue a un escritor es la voluntad de indagar y echar luz sobre aquello que nunca fue verbalizado.

En cierto modo, lo que siento al escribir es que, más allá de hablar de la propia historia, en el acto de creación nos convertimos en un canal a través del cual hablamos de muchas otras historias. Por eso no creo que escribir sea un acto racional, más bien creo que se trata de entrar en una suerte de estado trance y dejar el razonamiento de lado. Creo en la escritura automática (después de todo, lo que queremos contar forma parte de nuestro inconsciente) y en que cuanto más pensamos lo que queremos decir, más nos alejamos de la historia que sabemos que debemos contar.

Y obviamente hay muchas más cosas para decir. Pero las dejo para un próximo post.

Para ponerle un toque de moda al asunto, el título del post hace referencia a su contenido, como es evidente, pero también a un video que vi hace poco y enseña como crear el efecto “papel de diario” en las uñas. De ahì que las mías se vean así en la foto.

El video está en francés, pero las imágenes lo dicen todo. Link:

http://www.madmoizelle.com/tuto-nail-art-papier-journal-96322

(amo madmoizelle, siempre pienso que debería haber una versión agentina, creo que falta una revista de esas características en nuestro mercado)

besos

El gen Sherlock Holmes

En la entrada anterior, Flaubert meets Eckhart Tolle (título que reconozco suena bastante profano, pero es una licencia literaria que sé que me concederían los involucrados) comencé diciendo que todos los escritores tienen un tema central, que por supuesto surge de las experiencias que los marcaron en sus vidas. O, como la otra cara de la moneda, de la ausencia de ellas.

A veces un texto es demasiado comprometido y reconocer que en él hay experiencias propias pone a su autor en un lugar de vulnerabilidad. Por eso, frente a la pregunta de si una obra desnuda parte de la propia vida, creo que muchos escritores responderían que no.

Mentira. Nunca creeré en una respuesta de esa calaña. Conocí a algunos escritores en mi vida y considero que puedo hacer el identikit de esa raza. Mi teoría es que todo lo que escribe alguien en calidad de ficción tiene que ver con su propia vida. Y si no es con aquello que vivió directamente, lo es con cosas de las que fue testigo y por una razón u otra –a veces inconscientes, no digo que no- le parecieron lo suficientemente remarcables como para elaborar a partir de ellas una fantasía con esqueleto de realidad.

En mi caso personal, muchos personajes de las historias que estoy escribiendo son una especie de frankenstein con rasgos de muchas personas que conocí y me parecieron lo suficientemente meritorios –por virtud o defecto- como para ser contados. Es por eso que creo que en el fondo un escritor debe tener la habilidad de la observación y detectar cosas que para el ojo sin esa capacidad pasan desapercibidas. De ahí la anécdota (que muchos escritores sí confiesan) de que muchos pasajes, personajes y situaciones de obras nacen de encuentros o experiencias casuales que ha tenido quien finalmente los crea.

En general, todos los escritores que conocí son buenos observadores y si me someto al ejercicio de la odiosa comparación me doy cuenta de que a mí me falta bastante todavía en ese campo, a pesar de que considere que tengo una inclinación innata por observar a los demás y descubrir cosas profundas de otros a partir de la mera observación. Todos los que pretendemos escribir llevamos el gen Sherlock Holmes adentro. O, para hacerle honor a mi carrera, el gen de los hijos del rey de Serendipo. Vemos una mujer embarazada montada en un camello tuerto y sin un diente donde otros sólo ven un par de huellas en un camino con pasto desparejo.

Se podría reformular el concepto, entonces, diciendo que los que pretendemos escribir ya manejábamos de manera intuitiva aquello que en los claustros académicos se denomina paradigma indiciario o razonamiento abductivo (que, más que razonamiento puro, es una combinación de razón e instinto, o una manifestación del musement del que hablaba Charles Peirce). En realidad, la mayoría de las personas se guía por esos métodos en la vida cotidiana, sólo que algunas van más lejos que otras en su utilización, generalmente para lograr un aprovechamiento eficaz de recursos escasos. Si de casualidad alguno de mis lectores a su vez leyó, por ejemplo, La marca de la bestia de Aníbal Ford (un clásico de los estudiantes de comunicación, al menos UBA y al menos de mis épocas) lo sabrá.

Puedo, y voy a, seguir con este tema en mis próximos posts. Pero antes debo aclarar a todos los lectores que se acercan a este espacio interesados por la moda y la fotografía que, por supuesto, voy a retomar esos temas que son la esencia de este blog. Sólo estoy esperando a tener una mínima disposición para encararlos, cosa que espero ocurra en breve.

Besos

Flaubert meets Eckhart Tolle

Cuando hice mi curso de guión (y simultáneamente un seminario de guión de cine), reforcé mi creencia en dos cosas de las que ya estaba intuitivamente convencida: a) todo escritor tiene UN tema básico alrededor del cual desarrolla la mayor parte de sus obras y b) todo relato que se precie de tal cuenta –de manera explícita o solapada- una historia de amor.

Hace unos años tenía un blog –ahora caído en el abandono- llamado Crónicas Planetarianas, en una especie de homenaje a las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury y a la vez como una forma de indicar que el contenido era 100% subjetivo y pleno de vivencias muy íntimas: las crónicas de mi universo. Releído a la distancia, ese blog me parece una especie de protonovela. Y en cierta forma en él desarrollé de manera sesgada esos dos tópicos, la historia de amor y mi tema central que estimo siempre va a estar presente en cualquier intento literario al que me dedique.

Muchos de los últimos posts que escribí en este blog son para mí como un déjà vu de Crónicas Planetarianas: las protagonistas son las palabras, no tanto las imágenes. Verlan Mode es otra vida, tiene otra identidad, otro objetivo y otra impronta. Pero, en este momento, mi estado de ánimo es más literario e intimista que fotográfico. Por lo tanto, aunque sea sólo por unos pocos posts, pido a mis lectores que me hagan el aguante y sepan comprender que me aleje un poco del tema moda y de las crónicas de salidas.

En los últimos días estuve releyendo un libro de Bourdieu que recomiendo mucho a quien se dedique a escribir y no lo haya leído: Las reglas del arte – Génesis y estructura del campo literario. El texto se estructura básicamente alrededor de Flaubert y del análisis de una de sus obras principales: La educación sentimental.

Podría compartir muchas reflexiones que me inspiró hace muchos años cuando lo leí por primera vez, y me sigue inspirando, el libro de Bourdieu. Pero la que viene a cuento en este momento (donde quiero reflexionar acerca de lo que para mí implica y significa escribir) es una nacida en un pasaje donde Bourdieu hace referencia a una carta escrita por Flaubert a un gran amigo, Ernest Feydeau. La esposa del último agoniza y Flaubert expresa que los artistas son como los gladiadores: entretetienen a los burgueses con sus agonías, aunque estos en su insensibilidad no se den cuenta de esa ironía.

Poco después, la esposa de Feydeau muere y Flaubert le escribe una nueva carta donde sostiene que él sabe que el dolor es un placer y que uno disfruta de llorar pero que, a la vez, el alma se va disolviendo en el proceso y el espíritu se corroe en ese mar de lágrimas. Que el sufrimiento deviene un hábito y una manera de ver la vida que la vuelve intolerable.

Aquí, antes de continuar con la carta, debo hacer un paréntesis y decir que en ese párrafo tuve la fuerte sensación de estar leyendo al padre putativo de Eckhart Tolle anticipando sus teorías del cuerpo-dolor (resumiendo mucho la idea para quienes nunca hayan leído a Tolle, el cuerpo-dolor es -según él- una entidad asociada al ego que siempre busca sobrevivir y se nutre del dolor que sentimos, por eso nos incita de manera inconsciente a regodearnos en el sufrimiento). Y, hundiéndome en el océano de mis conjeturas e hilando más fino, no sé si no hay algo de ese concepto en el libro Le Horla de Guy de Maupassant, una especie de protegido de Flaubert (al menos durante un tiempo).

Retomo el asunto de la carta, donde unas líneas más adelante Flaubert le suelta al pobre de Feydeau una sentencia rimbombante: la gente como ellos debe adoptar la religión de la renuncia a la esperanza; ponerse a la altura del destino, lo que significa ser impasible como él y aceptar las cosas tal cual son. Y, para el artista genuino, hay un imperativo categórico que se desprende de lo anterior: hay que seguir adelante porque hay obras que deben ser creadas.

En definitiva, siempre de acuerdo a esas palabras, el artista crea a través de sus experiencias -en el caso testigo, la del dolor- pero sólo a condición de poder abstraerse de ellas y mirarlas desde otra perspectiva, casi como si no le hubieran ocurrido a uno mismo. Quizás por esa razón Flaubert pudo retratar con tanta fidelidad, sutileza y variedad de matices el mundo burgués.

Planteada esta introducción, en el próximo post me voy a ocupar de mis propias sensaciones respecto a la experiencia de escribir.

Besos

PD. Si a alguien le interesa leer las cartas mencionadas, pueden encontrarlas (en francés) en el siguiente link: http://flaubert.univ-rouen.fr/correspondance/conard/lettres/59b.html

Forever glamour II, parte 1

Luego de haberlo dejado abandonado por unos cuantos días, retomo la reseña de los capítulos de Forever Glamour.
En el capítulo 2, su autora Caroline Cox aborda la cuestión de los diferentes tipos de cuerpo que tienen las estrellas y –por consiguiente- todas las mujeres.
A mitad de camino de Trinny y Susannah que distinguieron 12 formas de siluetas femeninas, Caroline clasifica las tipologías físicas en seis grupos, a saber:
-La bailarina
-El reloj de arena
-La push-up
-La “pequeña pero matona”
-La atleta
-Y la “grande y sensual”
Veamos cuáles son las características que ella atribuye a cada grupo, comenzando en este post por las dos primeras:
La bailarina: tienen cintura pequeña y poco pecho… lo que hace que, si bien no me siento representada al 100% por ninguno de los seis grupos, encuentre que este es el más afín a mi silueta de la cintura para arriba. Es un tipo físico cuyo reinado en la moda es cíclico y que tuvo su momento de gloria a mediados de los ’60.
Las celebridades elegidas por Caroline como íconos representativos de este grupo son Audrey Hepburn y Nicole Kidman. Audrey medía 1.70, pesaba 50 kilos… y calzaba 42, algo que no parece ir con sus delicadas medidas 80-56-80 (me parece casi increíble que alguien pueda tener 80 centímetros de cadera). Según la autora, Audrey conservaba esas medidas evitando la junk food y visualizando una trampa que se cerraba en su estómago luego de haber ingerido la cantidad de comida que ella consideraba estrictamente necesaria.
Nicole, por su parte, mide 1.80 y se mantiene delgada gracias a un complejo mix de yoga y ejercicios cardiovasculares.
Los SI y NO de la autora para este tipo de figura:
SI
-los vestidos tubo sin mangas, con collar de perlas como accesorio si es que deseamos un look clásico
-faldas fruncidas con grandes cinturones para destacar la cintura
-escotes bote, aunque de vez en cuando un escote más revelador no viene mal y en este tipo de cuerpo puede quedar delicado (ejemplo: escotes V profundo, bien en el frente, bien en la espalda)
-el negro y los colores sólidos, para hacer más notoria la ligereza de las líneas de este tipo físico
NO
-prendas con cintura baja, que desdibujan las proporciones
-faldas demasiado largas
-minifaldas elastizadas o vestidos que requieran de mucha curva para ser llenados
El reloj de arena: figura dominante en la década del ’50, obviamente muy pechugona y curvilínea pero con cintura estrecha. Celebrities representativas: clásicas, Jayne Mansfield, Marilyn Monroe (1.65, curvas volubles que variaban periódicamente) y Sophia Loren (1.75 y 95-60-95 en sus épocas de oro cinematográficas), quien dijo de ella misma que “Cuando Sophia Loren está desnuda, es mucha desnudez”. De la nueva camada: Salma Hayk, Nigella Lawson y Scarlet Johansson.

Los SI y NO de la autora para este tipo de figura:

SI
-el estilo glamoroso de los años 50: vestidos ajustados a la cadera, tacos aguja, etc.
-prendas escotadas, pero no tanto. La idea siempre es insinuar, nunca mostrar demasiado, porque es el tipo de figura en el que más desastroso puede llegar a resultar (al menos en términos de elegancia)
-cinturones que marquen la cintura, al igual que en el caso de las bailarinas
NO
-el Total White, a riesgo de lucir como una enfermera salida de la revista Playboy
-las prendas demasiado amplias y, encima, estampadas
-las minifaldas, a las que aconseja reemplazar por faldas tipo lápiz
En un post no muy lejano seguiré con los otros cuatro tipos de silueta detallados en el libro.
Me despido con un aviso parroquial: el look del blog ha cambiado desde hace unos días porque quiero que este espacio refleje mi propia variedad de estilos, de manera que su aspecto seguirá cambiando cada una cierta cantidad de semanas.
Ahora sí, hasta pronto.