15 (2.0). The not quite, the not yet, and the not at all

Lunes nueve, dos A.M.

Camino por la desierta rambla puntaesteña y recuerdo qué diferente era este camino hace sólo un mes.

Iba por la 20, después me pasé a Gorlero (que es por donde debería estar caminando para llegar antes a mi destino) pero la ausencia absoluta de gente me deprimió. En Gorlero no hay NADIE. Todo está cerrado y no hay ni hormigas caminando por la calle.

No diría que me da miedo, miedo es lo que sentiría caminando sola en este mismo momento por Buenos Aires. Pero sí siento un profundo desasosiego. Porque he viajado mucho a Punta del Este fuera de temporada, pero lo habitual es que estuviera acompañada por las noches. Y, además, que hiciera una vida puertas adentro, en un bello lugar del que no sentía deseos de salir.

Por lo tanto estoy viviendo, por primera vez, esa experiencia de la que tanto me ha hablado tanta gente: la soledad del este entre temporada y temporada.

Que, al fin y al cabo, no es muy diferente a la que viví en Montevideo durante casi todo el primer año de mi estadía.

Y sobreviví para contarlo.

……………..

Casi diecisiete horas después, mi celular no suena cuando me hacen una llamada. Conclusión: me dejan plantada cuando yo ya estaba pronta para salir.

Me puede dejar plantada cualquiera, pero la cuestión es que me deja plantada esa persona que yo espero que nunca pero nunca haga esas cosas. El único hombre incondicional después de mi hermano: mi ex. Pero empiezo a pensar que ningún hombre tiene la cualidad de ser incondicional, eso nos está reservado a nosotras (feliz día atrasado, mujeres).

No sé si ir a tirar mi celular al mar para que tenga la misma muerte romántica que el que ahogué involuntariamente en Valizas o quedarme en mi cama llorando.

Pero no quiero tirame en esta cama, ni siquiera en la de Montevideo. Quiero estar en mi cama de Buenos Aires manchando mis almohadas con esa mezcla indeleble de lágrimas, delineador negro y máscara de pestañas sin que nadie me moleste. Aunque ay, si eso fuera posible, con mis gatos de Montevideo al lado mío.

Y por un momento deseo nunca haber venido a Uruguay. Aunque lo cierto es que ya no puedo imaginar mi vida sin esta experiencia.

……….

Hace 81 días que estoy en Punta del Este, casi un verano (y si me apuran hasta podría recibir el otoño acá).

Y pasaron muchas cosas en esos días, muy diferentes a las de hace dos años, en aquel ahora muy lejano primer mes de mi experiencia uruguaya.

La principal diferencia es que yo ya no soy la misma, y probablemente por eso me pasan cosas distintas.

Una de las cosas remarcables que me pasó fue el amable préstamo de un apartamento durante dos semanas, hecho que -como tantos otros- debo agradecerle a este blog. Es muy posible que la persona que me lo prestó lea estas líneas, de manera que nuevamente se lo agradezco. Fue una isla de paz y estabilidad en el océano de la turbulencia constante.

Ahora me duele mucho la cabeza y recuerdo las palabras de mi amiga B., en cuya casa dormí el viernes: “no tengas novio, no tengas hijos, seguí con tu vida de soltera”.

Mi amiga -otro de los regalos que me hizo la punta en esta temporada- tiene una bella hija y un novio a quienes ama. Pero creo que, aplicado a mi caso y mis experiencias, su consejo tiene algo de sabiduría.

Y también me retó por haberme sacado el rubio (ahora estoy más oscura). Y tiene razón. No me encuentro sin esa cuota de agua oxigenada en mi cabeza.

Todo indica que debo seguir siendo rubia y soltera.

………………

No he tenido acceso a una computadora durante varios días, y hoy resultó ser el día con todos los números de la rifa para sentarme a escribir. Era eso o salir a la calle a ver si me pisa un auto. Claro, hay que pararse en el medio de la calle en algún punto de paso obligado -digamos cerca de una estación de servicio- pero munida de un banquito para sentarse a esperar hasta ese dichoso momento en que llegue el auto.

He tenido varias noches como estas -casi todas narradas en este blog de una manera u otra- y recuerdo en particular y con nitidez a la señora madre de esas noches, la del 31 de julio de 2013 (esbozada en “Tierna es la noche“).

Muy, pero muy relacionada con esa porque la sangre del dolor brotaba de una misma herida, recuerdo también la noche posterior a los feriados de carnaval: la del miércoles de ceniza del 2014, a la que a su vez le dediqué el post “La peine“.

La diferencia entre una y otra noche es que en la de “La peine” había una decisión consciente y voluntaria de dejar atrás algo y apostar por ese refugio que tan bien conozco, el de la soledad.

A un año de haber tomado esa decisión, no estoy segura de que haya sido la correcta y -de hecho- no me interesa demasiado mantenerla, aunque las circunstancias ayudaron a que pudiera hacerlo. No sé si esa pequeña muerte que sucedió a “soltar el ladrillo” generó una pequeña resurrección. Y no sé qué ocurrirá a mi regreso a Montevideo con esa historia.

En este momento sólo sé que recuerdo aquella noche fría del 31 de julio de 2013, sentada en la querida cocina de Villa Biarritz, tomando grappamiel, escuchando Tom Waits, llorando, escribiendo y muriéndome de frío.

“Cuando nos movemos en el límite, como lo hacemos nosotros, cualquier cosa puede provocar un derrumbe. Me duele mucho lo ocurrido y espero que podamos aprender de esto” me escribe, en el mismo momento en que estoy escribiendo estas palabras, la persona que me dejó plantada y me concedió con cierta gracia la ocasión para estar escribiendo este texto, que hubiera sido muy otro si lo hubiera escrito -tal lo previsto- mañana.

Si, tal vez peco de soberbia, pero no veo qué es lo que yo tengo de aprender de esta situación. Salvo que, como señalé al principio de este post, quizá no exista el hombre que tenga la capacidad de ser incondicional del todo. Y que tengo que cambiar mi celular, pero eso ya lo sabía.

En lo que sí coincido es en que siento todos los cascotazos juntos en mi cabeza. Por eso me duele tanto, al límite de la náusea. Y no tengo aspirinas salvo mi Plidex de cabecera, la panacea para todo. Veremos si funciona contra esto.

…………….

En unos días (al momento de escribir estas líneas no sé cuántos, pero serán pocos) me vuelvo a Montevideo y, en algún momento de marzo, viajaré a Buenos Aires (de visita).

Los mismos caminos de hace dos años, pero otra caminante. Y una ruta excluida de las mapas y que nunca, pero nunca, se deja anticipar del todo.

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