14 (2.0). No tan bárbaro

Reina y su muñeca
Hace hoy exactamente un año yo estaba también en Punta del Este desde hacía unas cuantas semanas, a unos kilómetros de donde estoy ahora, contando los días para poder salir de aquello que con cierta ironía -y, por qué no, piedad- bauticé “la jaula de oro”.

Un bello lugar, rodeado de un bello entorno, que no tenía la libertad de poder disfrutar.

Me la pasaba encerrada porque estaba aislada de todo y mi sueldo se iba en pagar el alquiler de Montevideo.

Atrás quedaron todas las historias de esa temporada: un enero radiante y todos los personajes que conocí en Chihuahua, los compañeros de trabajo con los que hacíamos catarsis todos los días, el plato de comida diario (que era cualquier cosa menos bueno, pero al menos era la garantía de que ALGO iba a comer durante el día), el contar monedas para ir al único almacen en kilómetros a la redonda y comprar un paquete de galletitas brasileras que en aquel verano costaban diez pesos y solían ser mi único alimento diario después del plato de comida, las mucamas que me regalaban manzanas, el último bon o bon que encontré registrando todo mi equipaje un día que estaba muerta de hambre, los emails intercambiados con la que era mi locadora en Villa Biarritz para que por favor me permitiera pagar el alquiler en cuotas, las escapadas clandestinas para agarrar wi fi en un pasillo del hotel sin que me viera mi jefe, el febrero lluvioso donde me tuve que quedar recluida durante mis pocas horas libres en mi habitación (que, nobleza obliga, no era fea, pero era una cárcel al fin), los consejos de vida de Ricky Maravilla, la noche donde tuve que ser recepcionista de una (fallida) fiesta swinger, el día en que Carlos Di Doménico me dijo “divina, hacés bien, nunca te vayas de Uruguay y no vuelvas a Buenos Aires”, las celebrities uruguayas interesadas en comer de arriba todo lo que les fuera posible, y el deseo feroz de que todo eso se terminara y llegara el momento de regresar a Montevideo y a mi querido barrio.

Si le hubieran preguntado a aquella mujer qué sería de su vida en un año, seguramente no hubiera imaginado un escenario parecido a aquel. Hay cosas que una cree que sólo vivirá una vez en la vida.

Y yo (resignada) miro a esa rubia muy parecida a esta, que todavía vive en los posts de aquel entonces, y puedo escuchar todo lo que me dice. Y retrucarle sus argumentos. Nadie mejor que yo para discutir conmigo misma. Los demás, ni siquiera lo intenten. Siempre encontraré argumentos para defender mis convicciones justamente porque, como se desprende del término, estoy convencida de ellas.

-Estás en la punta, eso es bárbaro (dice ella, recluida en una zona que a las nueve de la noche ya es una boca de lobo).

Sí querida, estoy en la punta, puedo ir adonde se me cante caminando. Pero, al igual que vos, no tengo dinero para esos menesteres. Además, mi vida, vos NO tenías que pagar por tu alojamiento. Eso es una gran, gran ventaja.

-No tenés un jefe como aquel que sólo nosotras sabemos qué tan terrible podía ser, eso es bárbaro.

Es un buen punto, casi ganado (a medias, porque esta temporada he tenido una jefa difícil de aguantar), pero no. Porque, este año, tampoco trabajo en cosas que me gusten, el ambiente laboral es tan complicado como el de aquel entonces, y sigo trabajando unos días más sólo con el fin de ganar tiempo para seguir buscando. Sólo por eso. Por lo demás, lo que hago no me aporta nada ni en lo económico ni en lo personal. Casi diría que el año pasado fue más rico a ese nivel.

-Podés ir al supermercado que quieras, no a ese almacén que parecía sacado de película de terror clase B, eso es bárbaro.

Estimada rubia tan teñida como ahora, sí, tengo pila de lugares donde comprar comida cerca, pero mi presupuesto actual sólo me da para adquirir las mismas galletitas de entonces -o sucedáneos de aquellas- que esta temporada, encima, son más caras. Te reconozco sin embargo que he comido mejor hasta hace unos días, cuando tenía algunos pesos disponibles para eso.

-Podés ir a nuestro templo (el puerto) de noche a cualquier hora, eso es bárbaro.

Puedo, sí, pero (aunque no lo creas) vos el año pasado tenías más recursos que yo para salir más presentable. Más ropa, más maquillaje, más de todas esas chucherías que las mujeres conocemos. A mí se me acabo hasta el rímmel y (adiviná) no, no me puedo comprar otro. Me siento desnuda sin él, más que tomando sol en Chihuahua. Vos me entendés.

OK, vos tenías todo eso, pero no la posibilidad de salir. Yo tengo esa posibilidad, pero me falta todo eso.

Conclusión: siempre nos faltan cinco para el peso.

Y te digo: vos estabas entusiasmada por regresar a Montevideo, aunque sólo fuera por escapar de esa cárcel.

A mí no me está pasando eso. Porque Montevideo para mí, este año, representa -incluso más que el año pasado- la necesidad de tomar decisiones que deberé tomar más temprano que tarde, más allá de mis deseos de permanencia y (cierta) estabilidad.

Esa sensación que tenías el año pasado, eso

era bárbaro. Te lo asegura la voz de la experiencia.

……………

7 de febrero, dos días antes de cobrar mi sueldo, ya no tengo dinero, y no precisamente porque haga una vida dispendiosa.

Pido un vale, pero es sólo para pagar el alojamiento.

De manera que vuelvo a mi dieta de galletitas. No se la recomiendo a nadie.

9 de febrero, cobro, pero he trabajado muy pocos días de enero así que mi dieta no ve muchas posibilidades de prosperar (aunque me compro los víveres necesarios para prepararme un sandwich).

Sentada en la computadora pienso que estoy en el lugar que quiero estar, luchando por un objetivo que exige salir (una vez más) de la zona de comodidad y que durante esta estadía tuve el privilegio de ir muchos días a esas playas que tanto amo.

Pero no puedo sacarme de la cabeza esa canción que cantaba Reina Reech, porque sé dónde estaba hace un año, y dónde estoy ahora. Incluso creo que el tema original -perteneciente al musical “The woman of the year”- del que sólo se conservó intacta la célebre frase “el pasto es más verde siempre en otro jardín” y que tiene una letra bastante más ácida que la de la versión ATP de Reina, aplica bastante más a mi vida. Que no es, precisamente, “apta para todo público”.

Y siento que esa caminata, en cuyo registro fotográfico hay imágenes donde el pasto parece brillar como esmeraldas más luminosas que las de cualquier otro jardín, llega lentamente al mismo lugar donde comenzó.

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