13 (2.0). Lamentaría que esto tuviera un final triste

10453019_10205479674092041_6670769032717623823_o (1)

Una foto.

Una foto de una camioneta en un lugar perdido.

Dos personas, afuera de esa camioneta que se quedó en la ruta. Un hombre y una mujer, completos desconocidos hasta el momento en que ella se vio en la necesidad de hacer dedo y él la levantó.

Y una historia que ella le cuenta a él y frente a la que el hombre sólo atina a decir:

-Lamentaría que esto tuviera un final triste.

…………………

Lo que ha llegado al final es la comida que compartimos en Rex, en La Barra. Dos personas. Una que escribe y la otra también.

El le cuenta a ella la historia que está escribiendo: la de un hombre y una mujer perdidos en alguna ruta, en una camioneta descompuesta.

Y repite la frase del personaje, y ella tiene la sensación de que esas palabras trascienden los límites de la literatura y que la destinataria del mensaje es ella. Ella, su soledad, sus circunstancias, sus aventuras y desventuras que poco han cambiado -a nivel global- desde el post escrito hace un año, donde cual la mujer del cuento ella se quedó varada en un lugar (en mi caso, la estación Ancap de Solanas, que también se encuentra en una ruta).

No sabemos si la literatura copia a la vida o viceversa, pero tenemos una certeza: alguna plagia a la otra y es difícil saber cuál es el original.

El mozo trae la cuenta, él paga y nos vamos hacia Maldonado, donde intentamos ver un desfile de carnaval pero nos ahuyenta la cantidad de gente.

Atrás en este día quedaron un paso fugaz por José Ignacio y Manantiales, y un par de fotos donde el modelo es el viento en intenso esplendor y yo -la modelo aparente- sólo cumplo la función de permitir que él se luzca.

…………

Miércoles 4 de febrero, el sol copa la parada en el escenario del este y las calles solitarias permiten inferir que todos los presentes en la ciudad están copando las playas.

Y yo, desclasada de ese grupo, que elijo sentarme frente a una computadora y leer y escribir.

Releo el post mencionado más arriba y pienso si, a pesar de todas las cosas que han cambiado en los doce meses transcurridos, no sigo siendo aquella chica sentada en el cemento húmedo de la estación de Ancap, sola y sin demasiados recursos para hacer frente a situaciones de las que todavía no tiene muy en claro cómo termina saliendo.

Una manera de vivir bastante extenuante que -cada vez me doy más cuenta- no se puede sostener indefinidamente. Todo tiene un final, y sólo tras algunos de esos finales podemos escribir un epílogo redentor. En otros casos, el libro simplemente se cierra y ya desprovistos de la tinta y el papel sólo nos queda sentarnos a esperar las críticas.

…………………………

Miércoles 28 de enero, La Huella explota de gente.

Varios personajes públicos, como de costumbre. Por ejemplo, Pablo Massey -quien conversa muy entusiasmado con uno de los dueños del boliche. También el zorrito (von) Quintiero, que comparte mesa con varias personas. Uno de ellos le habla sobre las bondades del trasero de alguna de las mujeres presentes en el lugar y él le responde que no la vio.

Llueve desde temprano y a los habitués del lugar se les suma el publico-en-vacaciones que está boyando y no sabe qué cuernos hacer en un día de lluvia.

Y yo, desclasada de esos grupos, que lo llevo a mi hermano -que está de visita por unos días- a tomar unas caipis (la mía mediterránea, por favor).

Después nos vamos a tomar un licuado (él) y un submarino de chocolate belga con naranja (la que escribe) a uno de esos cafecitos coquetos que rodean a la plaza.

………………

Unas horas después, ese mismo día, visito La Huella nuevamente; esta vez en su formato de libro. Un precioso libro, por cierto, que da ganas de repetir cada una de las recetas incluidas en él.

Frente a mí, dos personas. Una mujer que intuyo no comprende mi presencia en ese lugar y mi amable anfitrión, que quiere saber si podría hacer fotografías como las del libro.

Podría, claro, si tuviera el equipamiento necesario. De todas maneras, no es ahora el momento, y no sé si llegará alguna vez.

Mientras hojeo el libro, mi hermano está viajando a Montevideo. Una ciudad que en este momento representa para mí la incertidumbre: la de cuándo voy a regresar, la de qué voy a hacer cuando vuelva, la de con qué me voy a encontrar, la de qué voy a hacer con mi vida, la de la expresión de mi hermano cuando se despide de mí y con sus ojos sé que me dice,

lamentaría que esto tuviera un final triste.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s