12 (2.0). Samba de janeiro, 2015

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El atardecer desde Boca Chica

Jueves 8,

el sol desaparece lentamente en al agua y yo estoy sentada (aunque no sola) en una de las mesas de la terraza de Boca Chica.

Tomamos una caipi, tomamos dos (bueno, yo tomo dos) y comemos un sandwich caliente. Me gusta mucho más “tostado”, pero respeto la máxima “Mi país, su forma de hablar”. Entre paréntesis -y en mi opinión, claro- es interesante cómo la primera penetración cultural dentro de un nuevo territorio, o la primera imposición a la que se somete un expatriado, es la del lenguaje. Un tema muy rico acerca del que, por supuesto, tengo teorías que me sentaré a escribir en algún momento.

Y hablo de esos temas de los que por lo general nadie habla en ese lugar. De los trabajos que pasaron, de los que no deberían volver, de los que tendrían que llegar, y de la conveniencia o no de seguir buscando acá o de regresar a Montevideo. De fondo, una pareja de porteños veteranos increpa al mozo porque pidieron un café con leche y parece que la máquina de café se acaba de romper. Los gritos de la mujer se escuchan hasta La Barra mientras ratifico que el que no tiene problemas se los inventa.

El sol desaparece y yo lo miro como si junto a él desapareciera mi vida.

Viernes 9,

me pongo mis mejores galas -o sea un vestido del Forever 21 de Montevideo- y espero a mi amiga M. en la antesala de Ovo. Ruego a los dioses de la fortuna, que seguro están poniendo fichas arriba en el casino, que no permitan que nos desencontremos con M. Mi día (no digamos ya el día, sino toda la semana) fue un largo historial de desencuentros, algunos sin remedio. La metáfora de la semana sería el encuentro de dos personas que se conocen circunstancialmente y se despiden. Una cree que podrá volver a encontrar a la otra; la otra sabe que no podrá volver a ser encontrada. Sí, tiene todas las fichas del casino para ser tema de un próximo post.

Y yo parada en un pasillo del Conrad con el celular sin batería.

Nota al margen: mi celular sólo dura tres horas cargado, no suelo estar cerca de un enchufe salvo cuando duermo, y todavía no inventaron el cargador que se alimente de la energía de tu cuerpo y la transmita a los dispositivos móviles. Creo que sería el próximo gran invento de la humanidad.

M. llega, con otra divina amiga. Y pasamos una noche de esas que describí en otro post y me recuerdan noches de hace veinte años, cuando lo divertido era ir con tus amigas de un lado a otro del boliche. De la barra a la terraza, del piso de arriba al de abajo y así.

Mucha más caminata que baile, finalmente.

Y mucha brasilera llamativa en la pista y los VIPs. A juzgar por su apariencia creo que soy la única mujer del recinto que nunca pasó por el bisturí o la jeringa con bótox/ colágeno o lo que sea que esté de moda ahora.

Bueno, posiblemente mis acompañantes tampoco.

Sábado 10,

tengo una rutina que cumplo en Punta del Este desde que tomé la decisión de venirme a vivir a Uruguay. Casi diría una ceremonia particular, que siempre llevo a cabo sola y que -a pesar de que la gente camine sin cesar a mi alrededor- es sin duda un espacio de meditación. No siempre agradable, pero siempre intenso.

Me siento en uno de mis clásicos miradores nocturnos, la pasarela que lleva a ese puentecito estilo jardín japonés que está entre dos marinas. Abro una botella de lo que sea que pueda comprar y lanzo mis preguntas muy lejos, hacia la luna. Y permanezco en estado de contemplación esperando que alguna vez caiga una respuesta como si se tratara de una estrella fugaz.

Suena mi celular -en el que grabo notas para escribir cuentos- y mi noche continúa en El joven marino, donde como un plato excesivo de chipirones. Después en el Freddo del puerto, donde nos sirven un helado derretido. Y mi amiga M. me llama para ir a Ovo, donde iré y la esperaré en vano. Celular inútil mediante.

Domingo 11,

el sol desaparece lentamente en el agua y yo estoy sentada (aunque no sola) en un Jaguar enorme, de los antiguos, pero impecable.

El plan es mirar el atardecer con café y medialunas traídas del AutoMac. Un plan que no es, digamos, muy mi estilo (“atardecer” y “Mc Donald´s” son dos ítems que ni siquiera van bien en una misma oración).

Menos aún mi estilo si de fondo suena la voz de Arjona, reproducida en un equipo de alta fidelidad que bien merecería reproducir la voz de otros intérpretes. Pero respeto la máxima universal e indiscutible de “Mi auto, mi música”.

No obstante, por si fuera poco escucharlo a Arjona solo, uno de los tripulantes del auto canta en estéreo “la rubia para el taxi, siempre a las diez, en el mismo lugar”.

No sé, quizás al improvisado cantante en cuestión le encanta la canción. Pero me siento un poco aludida y no me gusta.

El sol desaparece, yo sólo quiero desaparecer con él.

Sonrío con mi a esta altura clásica cara-de-nada (un gesto que nos queda tan bien a las rubias, aunque seamos teñidas).

Y antes de que llegue la noche ya estaré lejos, muy lejos.

……………………

Algunas horas después del atardecer, en ese domingo 11 que en realidad ya es lunes, espero a mi amiga M. en el Conrad, al lado de Ovo. Pasa una mujer con una piel apenas dorada y que desde lejos reluce con un brillo satinado, casi plástico. Tiene el pelo platinado entreverado en un peinado modernoso y los ojos muy maquillados de un negro tan profundo como el de su breve vestido. Podría ser una brasilera más de esas de características similares que circulan por el Conrad a razón de decenas por segundo, pero después de unos segundos me doy cuenta de que es Vicky Xipolitakis.

Unos minutos después llega mi amiga M. con una amiga de ella y entramos a Ovo. Pero no hay nadie y ya se sabe que una disco semivacía no es divertida. Mientras nosotros salimos, Vicky entra con dos acompañantes. Supongo que ella la habrá pasado bien igual.

Son más de las tres de la mañana y nos vamos al puerto, que también está semivacío, pero antes de seguir dando vueltas preferimos morir en Moby Dick.

Me encuentro con una conocida que trabaja ahí y me regala un trago. La amiga de mi amiga, que es una divina, me regala otra vuelta del mismo trago. Y además pruebo alguna caipirinha que anda en la vuelta.

…………..

Hace ya unos cuantos días, antes de fin de año y cuando todavía trabajaba, estuve de visita en la casa de un querido amigo que vive (como leí en Instagram y me encantó la descripción) “a la vuelta del paraíso”, en algún lugar de José Ignacio y con vista privilegiada a esas preciosas playas.

Y recuerdo aquella vez en que mi anfitrión me llevó en moto desde ese lugar hasta Chihuahua, donde yo trabajaba el año pasado. Una experiencia que forma parte de mis aventuras esteñas y que recomendaría a cualquiera que se animara a probarla.

Hoy, mientras escribo, siento que ese viaje simboliza mi vida de este momento. El viaje donde no somos nosotros los que conducimos sino que nos dejamos llevar y nos abrazamos a algo para no caernos en el camino, mientras sentimos las caídas y las subidas muy dentro de nuestro cuerpo, como si estuviéramos pasando una y otra vez sobre el puente de La Barra.

Como me sucedió aquella vez, aquel día de enero.

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