10 (2.0). En síntesis

No sólo mi futuro es una hoja en blanco. También lo es mi presente.

Jueves, 11 de diciembre.

Estoy sentada, una vez más, frente a mi computadora.

Buscaba un momento oportuno para escribir, pero creo que esta vez la vida –como sucedió otras veces- me lo ha impuesto a la fuerza.

En Montevideo, y supongo que en casi todo Uruguay, es un día divino. Uno de esos días en que me digo a mí misma “vamos a la playa”, armo mi bolsito, y me voy hacia la playa que sea. Como ocurrió la semana pasada, que hice escala en José Ignacio y La Barra.

Hoy, en cambio, no tengo ganas de nada.  No quiero estar levantada, tampoco quiero estar en la cama. No tengo ganas de dormir, pero tampoco quiero estar despierta.

En resumen, un día delicioso.

……………

Tampoco tengo ganas de escribir un post largo. Por una vez, voy a ser sintética.

Primero, les cuento a mis lectores que a partir de ayer soy –nuevamente- una desempleada más.

Mi contrato de trabajo se acabó porque estoy sobrecalificada para el puesto que estaba ocupando, como me dijeron con mucha amabilidad mis jefes.

Es verdad, pero necesitaba el dinero como cualquier mortal no-mantenido.

Quizá debería valorar lo bueno: me quedé sin trabajo en el momento justo para buscar un trabajo de temporada. Que no será una buena temporada, pero siempre tendrá más oportunidades que las que se presentan en Montevideo donde, como bien saben los uruguayos, todo muere desde ahora y al menos hasta febrero.

Y a partir de hoy cuento con una referencia nueva, porque mis flamantes exjefes se deshicieron en abalanzas hacia mí. Yo necesitaba más el dinero que los elogios, pero no dejo de reconocer que en este país donde todo se maneja de forma pura y dura en base a recomendaciones, nunca está de más agregar una al currículum.

No obstante, por ahora, sólo puedo ver lo triste de la situación. Por ejemplo, que le había prometido un pasaje a mi hermano para poder vernos en sus vacaciones y ese papelito se fue junto con ese sueldo completo de diciembre que ya no cobraré.

…………….

Desde mi regreso a Montevideo, tuve tres noches fatídicas. Una está esbozada en el post (Querida), la otra no tuvo registro en esta crónica. Y la de ayer sería la tercera; y la primera en el ranking, por lejos.

Anoche, en medio de las lágrimas, el silencio puertas adentro, y la euforia lejana por el triunfo de River que no estaba en condiciones anímicas de compartir, me fui a bañar.

Y pasados unos minutos sentí los arañazos de la perra en la puerta, queriéndola abrir.

La perra sólo hace eso en casos extremos, cuando percibe que quien está del otro lado de la puerta está muy mal. Así que me confirmó lo que ya sabía. Y, para completar, cuando salí se puso a llorar ella también.

Toda la empatía de la que carecen algunos seres humanos está repartida entre los animales. No me queda ninguna duda de eso.

……………..

Al mismo tiempo, al igual que esa puerta, se están cerrando otras. No tengo ganas de hablar de eso, pero quizá sea necesario o inevitable que se cierren.

No hay demasiado que pueda hacer al respecto, de manera que por el momento voy a encarar lo único que siento que está en mis manos.

Mañana me voy con rumbo este a saludar a un amigo que acaba de cumplir años y a hacer un poco de terapia de playa y conversación con él.

Y después, aprovechando que ya estaré por la zona, voy a hacer la ruta de bares y hoteles de Punta del Este, La Barra, Manantiales, etc.

De nuevo frente a un fin de año incierto, les pido a mis lectores creyentes –en lo que sea- que enciendan una luz por mí.

Todo suma. Gracias.

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