9 (2.0). La sonrisa de los gatos

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Noviembre se va, mi amiga L. se fue hace ya varios días después de más de tres semanas de estadía donde pude recordar qué divertido era salir de bares y copas por ahí.

Hemos reído, hemos llorado, hemos bailado, hemos tomado sol y algunas otras cosas también, hemos compartido tantos silencios juntas.

En esta vida montevideana que empezó el año pasado no desde cero, sino desde menos diez, algunas veces no sólo me falta con quien compartir palabras. Más que eso, me falta con quien compartir silencios.

Y ahora se siente fuerte el bache de la ausencia de mi visitante. Hay cosas que ya no me apetece tanto hacer sola aunque, conforme pase el tiempo, sé qué volveré a adaptarme y las haré.

……………….

Entre las actividades solitarias que estoy tratando de retomar, se encuentra la de ser perseverante con la escritura. El año pasado pude escribir más de 500 páginas (sólo de este blog), lo que demuestra que –de haber tenido la constancia requerida- este año hubiera podido terminar perfectamente la novela con la que desde hace años vengo dando vueltas.

Pero no. Este año fue el del mareo rioplatense, el de estar de ambos lados de la orilla sin estar del todo en ninguno, el de un cronograma revuelto sobre el que no tuve control alguno. Y creo que esa deriva sin rumbo cierto se extendió a muchas de mis otras actividades.

Hoy, ya con un techo estable sobre mi cabeza (nunca sobre mis sueños) y caminos ya incorporados bajo mis pies, estoy tratando de retomar un relativo control sobre mi tiempo y de establecer prioridades. A esta altura de la vida una ya aprendió que el tiempo no sólo es un bien escaso sino que, además, es el más preciado de todos. Sin él, de nada sirve disponer de cualquier otro.

Por eso, estoy haciendo limpieza de actividades “inductoras del trance” -como decía un profesor en mis épocas universitarias- y poniendo en valor y grilla horaria otras que, a diferencia de aquellas, apuntan a fortalecer mis objetivos de llevar una vida cada vez más consciente. De hecho, hilando fino, toda esta aventura de venirme a Uruguay comenzó por eso, y si dejo esa búsqueda abandonada a su suerte de nada serviría todo el esfuerzo hecho hasta el momento. Del que este blog, como mis lectores ya saben, es sólo un pálido registro que elige callar muchas batallas agónicas de una esforzada (nunca definitiva) conquista.

……………

Quizás el hecho de que mi vida cambió (por exagerado que parezca) a partir de la llegada abrupta e impensada de una gata tuvo mucha influencia en lo que quiero escribir ahora.

Una novela, en principio más breve que la que escribo desde hace años y que espera paciente su final sin saber cuándo llegará ese punto, cual Penélope a Ulises.

Como conté alguna vez en La vida es novela, para sentarme a escribir un texto de ficción debo partir de una premisa básica: tener el principio y el final. Lo que está en el medio será la consecuencia de esos dos momentos.

Tengo una cábala, además. Nunca contar el título de lo que estoy escribiendo (que en mi caso surge naturalmente una vez que poseo el inicio y el desenlace de la historia).

Pero, como esa cábala está demostrando más bien ser la maldición de aquello que no avanza, esta vez la voy a quebrar.

Quiero empezar a escribir una novela que se va a llamar “La sonrisa de los gatos” (estuve investigando y al parecer sólo hay un corto con ese nombre, pero ningún texto literario). Una chica en sus veintes, un novio infiel que le regala un gato que no era originalmente para ella sino para la amante, que rechaza el regalo. La oficial y la amante forman parte del mismo grupo de amigas, que sorpresivamente (o no, pero habrá que leerlo) apoyarán a “la otra” cuando la situación, como suele ocurrir, estalle en algún momento.

Y así nuestra protagonista se quedará sin novio, sin amigas y sin salud casi al mismo tiempo, porque se enterará de que padece cáncer. Pero junto con esas pérdidas se quedará con un gato que será clave en el desarrollo de la historia.

Por supuesto, yo ya sé si ella sobrevivirá o no a su cáncer, y por supuesto ya sé también qué tipo de cáncer tiene, pero eso no es lo relevante de la historia. Lo que me interesa narrar es cómo se desarrolla la relación entre la protagonista y ese gato que llega a su vida a través de un camino misterioso, y el rol que cumple el animal a lo largo de la enfermedad.

Conozco muy bien lo que es el cáncer y creo que puedo ponerme en la piel de alguien que lo padece, porque lo viví de muy cerca por mucho tiempo. Conozco también lo que es el hecho de que un gato irrumpa en tu vida –porque ellos siempre hacen una entrada triunfal- sin haberlo buscado.

Sé que voy a llorar escribiendo esa novela porque, sin ser una historia autobiográfica, toca heridas pasadas y casi presentes que en el fondo remiten a los mismos sentimientos: la soledad, la incomprensión ajena y el desamparo frente a la adversidad.

Y espero que, una vez escrita, mis lectores se emocionen leyéndola. El plan es que esté lista en el 2015. Veremos.

La clave está, como casi todos los escritores dijeron con más o menos las mismas palabras, en sentarse y escribir todos los días.

Pero todos, sin excepción. Escribir es un ejercicio de la fuerza de voluntad, mucho más que casi cualquier otra actividad.

En realidad, la vida del escritor debería limitarse a: a) escribir, b) leer a otros escritores y c) hacer sociales (siempre glamorosos) a fin de recordar que existe un mundo fuera del interno y obtener material para sus propias creaciones. Ya se sabe, la realidad supera a la ficción.

Se sabe también que lograr que esos puntos coexistan sin ser contaminados por las demandas del tedioso mundo es algo tan esquivo y fugaz como la sonrisa de los gatos.

…………….

P.D. Para los lectores interesados en mis vaivenes laborales, les cuento que desde hace unas semanas estoy trabajando, no en lo mío, pero me sirve para hacer un poco de caja, colaborar en la casa y cubrir algunos gastos. De todos modos, el tema trabajo quedará para un próximo post.

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