6 (2.0). Los anillos de Saturno

enecl

Buscame algo que dice “los anillos de Saturno”,

me pide él, y yo –siempre diligente como secretaria ad honorem- me aplico a la búsqueda.

El escuchó esa canción en otra compañía femenina, pero yo lo ignoro en ese momento y lo descubro recién cuando le participo mi descubrimiento, a causa de cierto comentario que él me hace y ya no viene al caso.

La frase, le escribo por mail, es de una canción que se llama “Al sur de tu corazón” y la canta Laura Canoura.

Por supuesto, escucho la canción. Me gusta y coincido bastante con lo que dice la letra.

El busca la canción, que escuchó por única vez en aquel momento donde me envió la frase que pescó al vuelo, averigua en qué disco se encuentra, y lo compra.

Es un disco doble que sí escucha conmigo (no sabemos si con alguien más en algún otro momento, claro, pero eso a esta altura es un detalle) y ambos coincidimos en que no era nuestro estilo. Pido disculpas si hay algún fan de Laura Canoura entre mis lectores. La he visto en alguna entrevista ya viviendo en Uruguay y de hecho me cayó bastante simpática. Pero como cantante no me enamora, con la única excepción de esa canción.

Quizá debería darle otra oportunidad pero, en el interín, lo solucionamos fácil: si alguien es fan, que vaya al recital y después nos juntamos para tomarnos un whisky. Que sea importado, por favor, no uruguayo. Amo tantas pero tantas cosas de Uruguay, salvo su whisky y ese disco de Laura Canoura.

…………………..

Domingo 12 de octubre, voy caminando por algún pasillo de la casa montevideana donde vivo y desde un celular empieza a sonar “Al sur de tu corazón”, versión en vivo y a todo volumen.

Y en un instante hago un viaje de muchos, muchos años, hasta la historia que acabo de contar. Y todos sus protagonistas se hacen presentes en el escenario donde –en el fondo- siempre están, es decir la memoria de mi alma.

Hay una frase de Rudyard Kipling que sostiene que los olores son más poderosos que las imágenes o los sonidos para despertar emociones en nuestro corazón. Pero, de alguna manera, un sonido es el perfume sutil de un recuerdo y en tanto tal a veces puede llegar a nuestro sistema límbico con la misma celeridad de un aroma. No necesito que ningún estudio científico me avale; estoy segura de que es así.

Y, para añadir una nueva dimensión a la cuestión, hace poco, justo antes de regresar a Uruguay, vi una imagen. Una impresión mediocre en blanco y negro de una casa que tiene que ver con mi historia personal, en un contexto donde se suponía –o al menos yo esperaba- que esa imagen no debía estar, nunca, de ninguna manera. La impresión de una foto de una casa en Cabo Polonio, una casa que para mí simbolizó durante mucho tiempo un pasaporte a la libertad y luego resultó ser una tumba, el sepulcro de mucha de mi ingenuidad.

Cuando vi esa imagen, al igual que cuando escuché la canción de Laura Canoura, el efecto fue instantáneo. En el caso de la foto, me tomé uno atrás del otro unos cuantos vasos de whisky (escocés, claro, no uruguayo ni argentino) del bar de la casa porteña en la que mi mirada descubrió la foto. Si el alcohol me pateó el hígado, no me importa. Duele menos una patada al cuerpo que una al alma, todos lo sabemos. Bueno, a veces dudo que todos lo sepan, pero nosotros lo sabemos y es lo que importa.

Cuando escuché la canción de la Canoura, sólo pude esbozar una semisonrisa y declararme a mí misma que el pasado nunca muere. Como los anillos de Saturno, los recuerdos giran a nuestro alrededor como partículas que se desprendieron de algo que en algún momento existió bajo otra forma. Las formas mutan, pero las partículas siguen ahí, silenciosas y sin tocarnos hasta que en algún momento de manera en apariencia azarosa una de ellas se desprende y nos golpea recordándonos que alguna vez todo fue uno: nosotros, los anillos, y el cielo en el que estuvimos suspendidos antes de aterrizar en el áspero suelo de eso que –nos lo recuerda la misma caída- es el hoy.

…………….

“Trabajá”,

me dice en tono paternalista/ condescendiente un hombre que se despide de mí en un encuentro fugaz.

Y hubiera podido responder tantas cosas, pero el contexto no era apropiado para eso. Y creo que mi interlocutor tampoco hubiera podido entenderme, así que mi respuesta fue un diplomático y helado silencio.

Me molestan, y no lo puedo evitar, las personas que piensan que no trabajo porque no quiero. No sé si se imaginan que por reunir determinadas características yo debería tener al menos un par de ofertas laborales a mis pies.

Bueno, no.

Unos días antes de venirme, estaba sentada en una esquina del muy porteño barrio de Almagro con mi amiga V. (no la del post pasado, otra con la misma inicial, colega de carrera). Y llegamos a esa conclusión: que muchas personas ven desde afuera una situación que no es, la de que una es exquisita y no se resigna a trabajar en cosas que sabe bien que no son lo suyo y no le gustan.

Ok, si te matás horas quemándote las pestañas leyendo y escribiendo muchas veces sin comer o acostarte siquiera un par de horas, no me parece mal que aspires a un determinado nivel laboral.

Pero ese no es el punto, sino el de que –en mi caso- varias veces, como ahora, aceptaría ese rango de trabajos que no me gustan. Me postulo, pero no me llaman.

Los que atraviesan mi situación pueden entenderla. Desde posiciones más privilegiadas, es muy complicado poder hacerlo. Lo sé, por eso evito discusiones y opto por el silencio.

En fin, todavía no he conseguido trabajo y, tal vez por arte de la magia de la ley de Murphy, todas esas posibilidades que parecían estar en el aire cuando tuve que regresar a Buenos Aires desaparecieron y aún no han sido reemplazadas por otras.

Pero los lectores de mi blog saben que, en esta historia, todo puede cambiar de la noche a la mañana, para mi tristeza o para mi alegría.

Y me pregunto cuáles serán los anillos de Saturno que me harán evocar este momento, cuando pase el tiempo y siempre y cuando yo logré pasar con él. Pero la respuesta es tan incierta y misteriosa como esos anillos.

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