2 (2.0). La nostalgie revisitada

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22 de agosto, casi la una de la mañana, estoy frente a la computadora y releo el post que escribí hace justo un año, mientras la adorable gatita Frida -Friday para los íntimos- me muerde el sweater.

It’s Friday, I’m in love (con ella, por supuesto).

El post del año pasado al que hice referencia se llamó La nostalgie y, al releerlo, recordé con fidelidad todo lo que detallaba ahí. Como un juego de cajas chinas –o muñecas rusas-, aquel post contenía en sí la historia de muchas noches de la nostalgia. Y este post, a su vez, encierra dentro de sus palabras todos los ecos de aquellas palabras lejanas, incluso aquellos que sólo yo puedo escuchar.

Y cuando un sonido se actualiza, parece cercano. Pero sé que, en realidad, está lejano. O, para decirlo de una manera más dulce y poética, en una de esas dimensiones paralelas del tiempo a las que el ejercicio de leer y escribir nos da la ilusión de poder acceder.

…………

La noche de la nostalgia a la que hacía referencia el post del año pasado es una celebración muy clásica en Uruguay, que se basa en una premisa similar a la arriba descrita: la de trascender –quizás, en este caso, sería mejor decir olvidar- la dimensión temporal tal como la conocemos. No a través del ejercicio de leer y escribir, sino a través de rituales más sociales como juntarse a bailar oldies y beber hasta morir (nobleza obliga a señalar que hay mucha campaña de concientización para que esto último no ocurra).

Analizando la médula del asunto, de eso se trata toda celebración: de trascender límites, en los sentidos más altos y bajos de la expresión, en los más espirituales y los más profanos, en los más sublimes y los más grotescos, en los más evidentes y los más sutiles. Tal vez la nostalgia devenga de que sabemos que, acabada la celebración, más tarde o más temprano, nos chocaremos de nuevo con esos límites que, en los chispazos de eternidad que desprende la fogata del rito, creímos haber dejado atrás para siempre.

Pero no. Los límites, esos viejos conocidos, nos acechan en las luces del alba, cuando abandonamos la fiesta y sólo queremos llegar a casa a dormir.

O no, no sé. Algo que me llama la atención es todo el arsenal publicitario destinado a la ropa interior que rodea a la noche de la nostalgia. Creo que debe haber varias fiestas por fuera del circuito oficial a las que nunca he tenido el honor de haber sido invitada.

………

Releo, entonces, el post acerca de la nostalgie del año pasado y encuentro que hay ciertas similitudes con el presente, siendo la principal que estoy desempleada (pero, mis queridos, esta vez recién acabo de llegar, lo que me da un poco de changüí). Ya no vivo en una habitación, sino en una casa que supera con creces la superficie de aquel cuarto pero –justamente por eso- sigo muerta de frío.

Pero ahora vivo con una gata y dos perros que a veces duermen conmigo y me dan calor.

No tengo plan para la noche de la nostalgia, en eso sigo igual. De todos modos anuncian un clima tan horrible para el fin de semana que no me dan muchas ganas de asomar la cabeza al mundo.

………..

En una de esas dimensiones paralelas del tiempo, un hombre se para frente al mar en Puerto Madryn. Contempla esa inmensidad y cierra los ojos para no llorar.

Tiene casi la misma edad que yo tengo en este momento y la soledad que siente es casi tan vasta como ese mar que la marca un límite a sus pasos.

Muchos años después, pero al mismo tiempo en ese mismo momento, como si su persona hubiera dado un salto cuántico y se hubiera desdoblado en dos dimensiones, ese hombre está sentado frente a su computadora leyendo una carta, y se detiene en el siguiente fragmento:

“Hoy estuve releyendo mi blog donde contaba mis penurias uruguayas de al año pasado y no sé si fue una buena idea. Es cierto, pasé por muchos momentos límite y por muchos momentos angustiantes potenciados por la soledad. Pero había una sensación de aventura permanente, de adrenalina, de ingenuidad, de una expectativa constante, algo muy difícil de describir que en cierta manera extraño.

 Cierto, voy a empezar una nueva etapa en principio más estable, pero extraño situaciones que sé que jamás se repetirán. Y no sé si llegarán historias nuevas que sean para mí tan valiosas como lo fueron aquellas, con sus lados luminosos y sus lados oscuros.

El año pasado mi vida era una historia que valía la pena contar, aunque la heroína sufriera hasta los huesos por momentos. Este año siento que todo eso se perdió, junto con tantas otras cosas que se perdieron en el camino”.

El hombre que está frente al mar en Puerto Madryn no sabe en ese instante que ese lugar formará parte de su vida por 16 años. Pero la parte de su ser que responde la carta, ya con esa historia a cuestas, escribe lo siguiente:

“Ahora es una etapa nueva. No pienses en el pasado como un modelo a recuperar, es más bien una experiencia que llevás puesta, es tu historia. Una oportunidad que aprovechaste al máximo. Si estás decidida viaja a mvd y empezá de nuevo. Ahora sos más fuerte; estas más y mejor preparada para enfrentar la realidad de una ciudad ajena donde, sin embargo, te sentís bien. 

PS: Dijo Galeano: ‘los cientificos dicen que estamos hechos de átomos, un pajarito me dijo que estamos hechos de historias’”.

…………

22 de agosto, es casi mediodía, Friday salta sin cesar desde mi regazo a la mesa donde tengo la computadora y no me deja escribir.

Poco podía imaginar, hace un año, cuando escribí el post de la noche de la nostalgia sola en una cocina de Villa Biarritz, que un año después escribiría en otro barrio –aunque en la misma ciudad-  acompañada por esa gata saltarina.

La nostalgia es un sentimiento difuso, como la bruma que va avanzando desde el río e invade poco a poco la ciudad hasta cubrirla con un manto inasible pero espeso (como sucede tantas veces en Montevideo).

Y yo me pregunto si la manera de conjurarla es buscar entre esa niebla el camino hacia nuevas historias que merezcan ser contadas, sabiendo de antemano que serán irrepetibles. Y que -algún día- pasarán a formar parte de esa misma niebla dentro de la que nos seguiremos moviendo hasta aquel momento en que nuestros ojos se cierren, tal como los de aquel hombre frente al mar.

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