100. La desnudez del círculo

perchero

Es una fría noche de junio, voy caminando por Callao, la medianoche espera a la vuelta de cualquier esquina y me cruzo con muchas chicas solas.

No es que sean chicas “de la noche”, o por lo menos no lo parecen. Imagino que son mujeres que vuelven hacia sus casas desde su trabajo o alguna salida social.

No sé si es porque siempre fui bastante paranoica, o si se trata de un índice de que en mi vida montevideana me movía por lugares que no me generaban esta sensación de miedo a que algo –indefinido pero violento- suceda. Lo definiría como esa adaptación a la vida porteña desarrollada por una mujer NYC que está acostumbrada a evitar ciertas conductas.

Pero, definitivamente, pienso que ni loca caminaría sola por esta Callao, a esta hora, en esta ciudad.

No estoy sola –qué alivio, y qué gratificante al menos en esta noche en particular- pero no veo la hora de llegar al que será mi refugio durante esa noche. Un nuevo escenario en esta opereta de delirios del Río de la Plata, que acabo de conocer y de alguna manera inaugurar en este viaje.

Casi como si me estuviera esperando.

…………….

Lunes 16 de junio, nueve de la noche. Estoy sentada tomando un café con leche en el bar de la terminal de Buquebus. El mismo que me vio compartir el último desayuno con mi hermano, antes de partir hacia el que sería mi primer trabajo en Uruguay, unas horas antes de la sucesión de eventos en ese momento desesperantes tan propios de una homeless, que narré en el primer post de esta crónica. Una peregrina idea que no sólo no murió sino que se alimentó de sus propias carencias, miserias y dolores y sigue latiendo con fuerza en mí, al fin y al cabo un alma peregrina.

Como un círculo, el mismo escenario en el que estaba con mi hermano antes de partir es aquel donde hago tiempo para encontrarme con él.

El barco, con odiosa puntualidad, llegó a las cinco y media de la tarde, de manera que llevo más de tres horas esperando. Se trata de una situación que nunca viví en mi vida (otra más). Siempre hubo alguien esperándome.

Bueno, esta vez no.

Y no puedo viajar sola, ni hacer la patriada que hice aquella noche del paro –casi- absoluto de transporte en Montevideo. No puedo caminar más de diez metros sola con este exceso de equipaje a cuestas.

…………….

El perchero de mi habitación en Villa Biarritz es casi lo único que queda en pie en la mañana del lunes 16 en la que –al fin- termino de vaciarla. Corriendo, como siempre.

Es también el primer elemento de la habitación que llamó mi atención el día que la conocí. De alguna manera, nos pertenecimos, nos reconocimos y supimos que íbamos a pasar muchos días juntos, con sus correspondientes noches.

Ese perchero me vio mirar programas de Fox Life –en ese entonces Utílisima- deseando que aunque sea llegara a mí el aroma de esos platos que cocinaban en los programas gourmet mientras yo comía arroz o polenta (o nada). Maquillarme y peinarme con esmero para ir a trabajos varios, que –cada cual a su manera- marcaron mi vida para siempre, bien por la gente que conocí en ellos, bien por las facetas de mi personalidad que sacaron a la luz y que por siempre se resistirán a volver a las prudentes sombras, bien por lo que me hicieron sufrir.

Fue el testigo mudo de esos sonidos de celular que llegaban en los momentos menos esperados con mensajes muy disímiles entre sí. Palabras de consuelo y apoyo, de compañía, de manipulación, de seducción, de encanto, de ecos de la nostalgia, de empatía, de incomprensión. Pero todas ellas partes de la misma poesía, de esa cuyos versos irrumpirán en nuestras vidas de las maneras más absolutas e inoportunas a partir del momento en que fueron escritos.

Fue mi compañía mientras escribía muchos de los 99 textos que precedieron a este.

Fue quien resistió con estoica prestancia el peso de kilos y kilos de ropa y accesorios que no entraban ni en el placard del pasillo ni en la cómoda.

Por eso, mientras deconstruía en cajas y bolsas de consorcio mi (primera etapa de) vida uruguaya, me sentí envuelta en un vértigo que terminó abruptamente en el momento en que vi ese perchero desnudo.

Horas revisando y agrupando papeles, prendas, víveres y enseres que guardaban en sí huellas de una historia que sólo nosotros conocemos del todo y de la que ellos jamás hablarán. Dinerales gastados en taxis para transportar los bultos de un lado a otro. Relatos de la mudanza contados a mi círculo más íntimo y a los amigos uruguayos que con gran gentileza aceptaron recibir mis cosas hasta que pueda regresar.

Pero sólo en ese instante en que vi el perchero desnudo sentí mi propia desnudez reflejada en él. Me sentía despojada de todo. Sólo contaba con mis lágrimas y mis recuerdos.

Esa fue una de las vivencias más nítidas de la despedida que sentí en mi vida.

……………….

El post número cien iba a ser aquel donde relatara mi regreso (quizá) definitivo a Uruguay, pero dado que eso aún no ha ocurrido, me pareció justo dedicárselo a mi adiós a Villa Biarritz, esta vez sí consumado.

Hoy, 23 de junio, faltan seis días para mi cumpleaños y veo cómo mis posibilidades de pasarlo en mi amado Uruguay se me van de las manos.

Sí, preferiría pasarlo sola ahí que acompañada en Buenos Aires, donde de todas maneras no tendría demasiada compañía, porque no tengo posibilidades económicas de festejarlo.

Soy una persona digamos diferente (eso lo aclaro porque siempre llega algún lector ocasional) y de un tiempo a esta parte mi cumpleaños es para mí una fecha de retiro en mi lugar en el mundo.

Este año, unos cuantos kilómetros de río –o algunos cuantos cientos de pesos si queremos mirarlo con la crudeza de los números tan líquidos como un río pero más poderosos- me separan de mi lugar en el mundo.

No siempre le huí a los festejos multitudinarios, de hecho festejé mis 26 años con un fiesta de decenas de invitados en Milión. Incluso hoy me acuerdo a la perfección hasta de cómo estaba vestida el día que fui a contratar el menú en ese lugar y tuve que negociar costos con Ernestina Pais, que me elogió mi blazer (que aún conservo).

Eran épocas más pudientes, claro.

En el 2011 tuve una tentativa de festejo donde también iba a reservar un salón privado en un bar muy coqueto. Pero ese año me iba a la Isla de Pascua y decidí guardar mis dineros para eso después de que me pasaron un presupuesto salado (podrían aplicar ambos sentidos del término, el argentino y el uruguayo). Lástima, porque ese año sí tenía ganas de festejar.

Y he tenido un par de festejos mundialistas inolvidables. El de 1986, cuando Argentina ganó el mundial de México un 29 de junio y mi fiesta terminó siendo rodeada de extraños en pleno Cabildo y Juramento.

Y el de 2010, en Punta del Este, en el mundial de la plena efervescencia uruguaya. Lo recuerdo como un cumpleaños muy feliz, quizás el último donde me sentí plenamente así.

2014, ya no estoy en Uruguay, no tengo dinero, mi cumpleaños cae en un triste y melancólico domingo.

La mudanza externa –visible- coincide con la mudanza interna –invisible- y por eso, por la fuerza e intensidad de este momento, decidí escribir el post número 100.

A seis días de mi cumpleaños, miro el perchero (no en la foto, sino en mi alma) y la metáfora casi perfecta de su forma me da la esperanza de que el círculo, en algún momento, vuelva a girar con ese ritmo uruguayo que extraño. Como la ruleta que contiene dentro de sí los treinta y seis números que ya viví y aquel treinta y siete que está por llegar, quién sabe dónde y de qué manera.

Casi, casi, como mi regreso a Uruguay.

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6 pensamientos en “100. La desnudez del círculo

  1. Hola Ari!
    Cada tanto leo algunos de tu post… pero sobretodo veo las fotos que subís de la rambla.
    Admiro que te hayas ido para allá, en algún momento sé que yo también lo haré!!
    No sos la unica canceriana que ama Uruguay!!! (Cumplo el 30)

    Te mando un beso y mucha buena vibra!!
    Pritu

  2. wow!! me leí todas las 100 entradas en menos de 2 días! muy interesante y de verdad tus vivencias me tocaron de un forma que no se explicar (Primera vez que me pasa esto leyendo algo de una persona que es totalmente desconocida para mí). El primer post que leí al caer en tu blog fue el 100 y decidí leer desde el principio para poder entender y luego al llegar al 100 y leerlo otra vez me puso muy triste y casi casi con ganas de llorar el que te hayas tenido que regresar a Buenos Aires, pero seguí viendo el blog y vi tu publicación en instagram de hace unas pocas horas y me alegro mucho el ver que regresas!!! la mejor de las buenas vibras para ti =)
    En Enero 2015 también empezare mi aventura Uruguaya y estoy muerta de miedo pero lo quiero intentar, a lo mejor nos cruzamos por allá y compartimos un café o un vino. Saludos desde Venezuela y sigue escribiendo que desde por acá tienes otra lectora!!!

    • Que lindo lo que me decís! Me hiciste dar ganas de llorar a mí… como te habrás dado cuenta soy una persona sensible :).
      Sí, en efecto, se cumple mi sueño de volver a Uruguay, así que en breve se viene el post 101.
      Espero estar acá cuando vengas y con gusto “nos tomamos una” como se dice en Uruguay :).
      un beso

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