99. El chico del Disco de Chucarro

El Disco de Chucarro (foto de la página de Disco)

El Disco de Chucarro (foto de la página de Disco)

-Ponele una coma

Me dice mi amiga L. –ella desde su computadora, yo en los restos de la mía- como si estuviéramos corrigiendo un texto.

De alguna manera, es lo que estoy haciendo.

Pero, al igual que cuando le damos algo que escribimos a un amigo/ lector de confianza para conocer su opinión, podemos escuchar sugerencias pero la edición final siempre será la nuestra. Al menos en mi caso, donde soy una autora independiente; una outsider que no debe pasar por ningún otro filtro que no sea el propio.

Y ese ha trabajado mucho. Tanto, que no le vendría mal una limpieza de toda esa maraña de sustancias que tiene atascadas dentro.

Caso contrario, creo que explotará en cualquier momento y, posiblemente, yo con él. Todos llevamos una bomba de tiempo adentro, sólo que algunos mecanismos son más sensibles que otros.

……………..

Me gasto casi mis últimos pesos en una caja de Plidex. Prefiero estar tranquila antes que comer. Igual mi amigo J. (santo) me tiró víveres para que pudiera aguantar unos días.

Al esperable caos interno se agrega que desde hace 10 días, y después de no haberme enfermado nunca durante mi estadía en Uruguay, tengo una gripe galopante que me perturba y me genera un estado de incomodidad permanente.

Es viernes, son las tres de la tarde, me tomo unas cuantas pastillas (más de las que me haya tomado juntas alguna vez) confiando en que eso me va a dar una calma instantánea frente a ese momento que no puedo enfrentar. No quiero decirle a la dueña del apartamento que me voy, tampoco sé cómo decírselo; yo, que este año me recibí de experta en encontrar argumentos para todo.

Pero, en vez de eso, lo que logro es un sueño instantáneo que durará unas cuantas horas. Para cuando logro despertarme ya está la niñera, pronto se hará muy tarde y este tipo de bombas no se largan de noche cuando lo único que necesita la gente normal es un sueño reparador.

El sábado repito la misma historieta y me sale más o menos igual. Con el agregado de que me siento peor y más afiebrada. Cuando logro despertarme en un estado de semiinconsciencia pienso en que mañana debería repartir mis cosas como hormiguita viajera yendo de bondi en bondi por todo Montevideo. Me duele mucho el cuerpo, transpiro de la fiebre y siento como si me corriera veneno por  la cabeza, supongo que en parte por los nervios y en parte porque en mi golpeado estado nunca se me ocurrió que hubiera sido buena idea abrir un poco la ventana para renovar el aire.

……………….

El domingo me tomo la misma cantidad de pastillas pero actúo inmediatamente. Para hacerla corta, le digo a la dueña del apartamento que me voy, que no conseguí trabajo y no puedo pagar el alquiler (aunque por supuesto pagaré los días que me quede ahí). En resumen ella se lo toma con bastante calma –al menos aparente- y me dice que, si voy a volver pronto a buscar mis cosas, puedo dejarlas ahí.

De manera que en unos días –en cuanto tenga el pasaje que, obviamente, me regalarán porque yo no tengo un peso- parto a Buenos Aires.

En teoría, en un par de semanas, mi amigo J. tendrá la llave de la casa que va a alquilar. Y, en cuanto tenga las mínimas condiciones para ser habitable, me podré mudar ahí. Proceso que puede tardar dos semanas, tres, un mes o quién sabe. Me voy en la incertidumbre total, deseando que la espera sea corta y dejando el 95% de mis cosas acá en un gran acto de fe, otro de los tantos que siguen jalonando este camino desordenado y desesperado. Otro trapeze act sin red esperando que el otro trapecista llegue a tiempo.

Sé que debería tomar esto como unas vacaciones, pero no son vacaciones por elección voluntaria sino atravesada por la espada de las circunstancias, por lo tanto me cuesta verlas como tales. No me importa lo que los demás puedan opinar desde afuera. La única verdad que puedo sentir es la que me acompaña y no puede exceder los límites de mi ser, así como la de otros tampoco puede ingresar en el mío.

Es irónico, porque ahora que me voy –y quizá gracias a la magia de la cédula- me empiezan a llegar posibles alternativas de empleos y sugerencias de personas a quienes enviarles mi cv. Pero ya sin un techo sobre mi cabeza no puedo hacer nada de eso.

La vida es un eterno desencuentro.

Al menos, la mía.

………………..

En algún momento de febrero del 2013, cuando vivía por Berro y Barreiro, era habitué del Disco de Chucarro. Un día estaba en la fila con una botella de vino (barato, el único que podía comprar) y el chico que estaba detrás de mí me preguntó si el vino era bueno.

Era obvio que el muchacho sólo me quería dar charla y siguió insistiendo ante mi seguidilla de monosílabos hasta que fue evidente que yo no le daba cabida.

Es una historia que conté brevemente hace mucho tiempo -91 posts- en La bella luna, los arcos y las flechas. El chico me encantaba, era alto, de mi tipo, ojos celeste cielo, educado dado el vocabulario que utilizaba y su manera de comportarse e irradiaba dulzura. Pero yo acababa de llegar a Montevideo, no me acostumbraba a mi trabajo, vivía en un hostel que no me gustaba y me sentía tan mal en medio de todo ese contexto que me consideraba el ser menos interesante de todo el universo.

Y ahora, sentada en la cocina, recuerdo ese momento y me quiero matar.

El tiempo pasó, conocí a varios hombres uruguayos (incluso hablé con muchos de ellos), pero nunca me pude olvidar de ese que, a la distancia, sigue siendo el más atractivo. Quizá porque es el de la duda eterna: qué hubiera pasado si respondía a su diálogo aquella noche.

Si esa escena se hubiera repetido no tanto después, digamos en mayo –cuando ya tenía mucho training en relacionarme con hombres de todo tipo gracias a mi trabajo nocturno-, otra hubiera sido la historia. Pero en mayo ya vivía en Punta Carretas y, aunque volví al Disco de Chucarro, nunca volví a cruzarme con ese chico.

Tanto da que sólo hubiéramos tomado un café. Hoy, a casi quince meses de ese momento, siento que esa sigue siendo una pieza faltante en esta historia.

………………

El 29 de diciembre de 1995 era un día de mucho, mucho calor. Yo vivía en Villa Devoto, estaba esperando mi turno en una farmacia de la calle Sanabria (la de una cuadra con un bar muy clásico en la esquina) y de repente entraron un par de chicos evidentemente drogados.

Ya era un día complicado para mí. Tuve miedo de que pasara algo y salí. Aunque sabía que iba a pasar algo, de todas maneras. Algo mucho más trascendental.

Mi padre agonizaba en su cama (ya no había hospital donde pudieran hacer algo por su enfermedad) y yo había ido a comprar un remedio para él. Pero sabía que se estaba despidiendo. Y me quedé con él sola, sentada al borde de su cama, por horas, contemplando cómo invade a un cuerpo sufriente y agostado por el cáncer ese ritmo desacompasado de su alma cuando se está preparando para partir. Un ritmo que nos es incomprensible a los que no formamos parte de ese ritual y que sólo podemos ver sus ecos agitando un cuerpo que ya es sólo piel, huesos y unos ojos cuya luz se va apagando de a poco hasta que, de golpe, se produce la oscuridad total.

Es una escena imborrable en mi vida. Sólo mi padre (que esté donde esté espero se haya despojado de la violencia del dolor de esas horas) y yo sabemos lo que fue vivirla. Pero cualquiera que haya visto morir a una persona, en especial cercana a sus afectos, sabe a lo que me refiero. Y más aún si le tocó vivir ese momento en soledad.

Tal vez sea por cosas como esa que estoy acostumbrada, y soy una vieja amiga, de esa señora.

………………….

Así como es doloroso ver morir a una persona, es doloroso ver morir a un sueño.

Pero las personas no pueden renacer; los sueños, sí.

Es muy difícil de entender para cualquiera que no esté en mi piel pero, si no supiera que existe una posibilidad de regreso a la brevedad, estaría sintiendo esa misma sensación de desamparo que sentí ese 29 de diciembre (que se convirtió en 30) de 1995. Después de ver morir a una persona, creo que ver morir un sueño frente a tus ojos, un sueño en el que te jugaste todo y para el que quemaste muchas naves –quizá todas-, debe calificar como una de las experiencias más tristes de la existencia.

Al menos para mí.

Me voy de Montevideo, pero sólo espero que mi sueño resucite a la brevedad.

Ya no será lo mismo, claro. Viviré en otro barrio, dejaré atrás a esa Villa Biarritz a la que desde que llegué sentí como MI lugar en Montevideo (y siempre lo será), tendré que pasar muchas noches sola en una casa enorme y todavía no sé cómo me voy a enfrentar a esa experiencia. Pero se trata de un regalo generoso que valoro y tendré que adaptarme a él.

El chico del Disco de Chucarro, quizá ya ennoviado, quizá disfrutando con otra de ese vino que tal vez hubiéramos podido tomar juntos, sonríe y escucho su agradable e inolvidable voz a la distancia:

-No vuelvas a arrepentirte de algo que no hiciste. Ese es un lujo que las personas que todavía no encontraron aquello por lo que luchan no se pueden dar.

Por él, por mi padre, por los 98 posts que preceden a este, por la única copa o la centena de ellas que me hubiera podido tomar con el eterno e inalcanzable chico del Disco de Chucarro, brindaré por ello en Buenos Aires, aunque además del vino la copa se llenará de mis lágrimas.

………………….

La idea de esta crónica siempre fue escribir cien posts.

Pero, dado que no sé cuándo voy a regresar, me parece inevitable que el último post de la historia sea este, el 99.

El día que regrese –espero que eso ocurra- escribiré el número 100.

-Ponele una coma- repite mi amiga L., más para suavizar este trago (que sabe con creces que es de un amargor insoportable para mí) que porque tenga certeza de lo que pasará.

Sigo su consejo y no cierro este texto con un punto final. Simplemente,

Por el momento, queridos lectores, esto es todo

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