97. Peinetas, cadenas y reyes magos

C3

-¡Tengo lo que te manda tu hermano!- me dice mi amiga S. cuando nos encontramos en la mañana del domingo de Pascua.

Y, como conté en el post anterior, en esa bolsa había entre otras cosas dos paquetes de curitas. Veinte elementos mínimos pero imprescindibles para cubrir las heridas adquiridas a lo largo de un camino pero, sobre todo, para permitirme llegar al final de ese camino.

……………

Sábado 12 de abril, turismo recién comienza a despertarse, es el cumpleaños de mi hermano. Lo irónico, tristemente irónico, es que ambos tenemos el tiempo para pasar ese cumpleaños juntos, pero ninguno de los dos tiene el dinero necesario para salvar las distancias.

En mi vida, al menos, tiempo libre y dinero nunca van de la mano. No sé a quién debería llamar para que oficie de mediador entre ellos y logre que se reconcilien.

Son alrededor de las once de la mañana y camino por Ellauri en dirección al shopping. Cuando estoy llegando a la esquina de Havanna veo que en dirección contraria viene caminando la persona con la que me tengo que encontrar. Nos saludamos y volvemos caminado juntos hacia Vázquez Ledesma.

Ya en la puerta del edificio, mi acompañante me entrega dos sobres: uno con el dinero de mi alquiler y otro con ese papel que durante tiempo esperé.

Tengo tres copias de ese mismo documento, pero ninguna de ellas me servía ya. Ahora tengo la versión actualizada, the one and only que sirve para algo en el reinado de la burocracia uruguaya.

Mi visitante parte hacia Tres Cruces con rumbo a Punta del Este, no sin antes decirme que apoya mi sueño y que desearía poder ayudarme mucho más para que pueda lograrlo.

Y yo, que no escucho esas palabras muy a menudo de boca de nadie, me despido de él y lo veo partir con lágrimas en mis ojos.

……………….

No hay nada peor que la semana de turismo para una persona desempleada, sin un peso para viajar fuera (o siquiera moverse dentro) de Montevideo, y que por añadidura debe hacer trámites contra un reloj que marca límites de una manera implacable.

Sin embargo, después de una caminata de una hora desde Punta Carretas hasta la Ciudad Vieja, me encontré con que sólo había una persona delante de mí en la fila para pedir turno para sacar la cédula.

Eso fue lo único rescatable del lunes de la semana de turismo.

Le entrego mi certificado de residencia al chico del mostrador y le entrego también la partida con la apostilla fresca que llegó en el sobre que me fuera entregado el sábado.

“Espero que no falte nada esta vez porque ya vine y (bla, bla, bla)” le cuento al chico y él, muy simpático, me dice que no y me pregunta si me sirve un turno para mañana martes a las 13.30.

Pero claro, mi vida. Cualquier cosa con tal de hacer algo valioso de mi interminable turismo mientras el 90% de los que están en Uruguay, cada cual en la medida de sus posibilidades económicas, está de joda.

Pago los ciento y pico pesos del turno, que para mi modesta economía implican sacrificar muchas pequeñas cosas. Y me vuelvo caminado desde la Ciudad Vieja hasta Punta Carretas. Una caminata eterna porque a mi reproductor de música se le agotó la batería y me olvidé el celular en casa.

Pero no me alcanza para tomarme un colectivo.

……………………

El martes calculo que puedo hacer el mismo recorrido del lunes en 50 minutos (ilusa) y salgo a las 12.40 de Punta Carretas.

Pero esta vez no con zapatillas, sino con mis botitas Nike negras porque –en teoría- tengo una entrevista a las 15.30 y las botitas son más presentables que las zapatillas y –en teoría- son cómodas para caminar.

En síntesis, la entrevista al final se cancela (para siempre) y a la media hora de caminata recuerdo por qué me había prometido a mí misma jamás volver a usar esas botitas para caminatas largas.

Mis talones me duelen tanto, pero tanto, que siento que ya no puedo caminar. Siento el roce de las botas y siento cómo se va corriendo la piel. Sí, llevo medias. Pero es lo mismo que nada.

Y así es como para un tramo que había calculado hacer en veinte minutos tardo casi una hora, y llego casi arrastrándome, en el lìmite de la tolerancia de demora para la hora señalada.

Me reciben en la mesa de entradas, me mandan a fotocopiar la partida (cien metros de sufrimiento) y, a los veinte minutos, me atienden.

Me hacen las preguntas de rigor, me sacan la nefasta pero mandatoria foto.

Me embadurnan de tinta tres veces los dedos “porque las manos te transpiran” me dice con una sonrisa la chica encargada de esa labor. Imposible explicarle la emoción de estar viviendo ese momento después de quince meses de lucha incesante (aunque fuera en un segundo plano) por llegar a él. Es como si mi cuerpo llorara de emoción a través de mis manos.

Pero no sé cómo explicarle eso, y lo más posible es que a ella no le importe.

Así que le devuelvo la sonrisa, simplemente.

………………………..

Viernes 25 de abril, después de una hora y veinte minutos de caminata (que hubiera podido ser más corta, pero el problema de caminar por 18 de julio es que hay que andar esquivando gente que no sólo anda por el carril lento sino que te bloquea el rápido),

llego a la Dirección Nacional de Identificación Civil.

Y retiro mi cédula (provisoria, claro está) por el mostrador.

Y la guardo en mi cartera como el tesoro material y simbólico más precioso que pude haber conquistado durante mi travesía uruguaya.

Es notable como ese rectángulo plastificado de 9 por 6 centímetros puede contener dentro de sí la historia de tantas batallas que fui librando desde el 4 de enero de 2013.

Y, literalmente, me llevó kilómetros de caminata llegar a este momento. Si sumo todas las caminatas que hice hacia y desde la Ciudad Vieja, puedo equiparar esa distancia a la de –por lo menos- un peregrinaje ida y vuelta a Luján.

Por supuesto, hoy no fue la excepción. Fui y vine caminando.

Gracias a las curitas que me envió mi hermano.

………………………..

Existe un cuento de O. Henry llamado “El regalo de los Reyes Magos” (el título original es “The gift of the Magi”). En él, cada uno de los miembros de una joven –y empobrecida- pareja vende su bien más preciado para poder comprarle al objeto de su amor un regalo de navidad. La mujer vende su largo y precioso cabello para regalarle a su marido una cadena para su reloj. Y él, sin saberlo, vende ese reloj para comprarle a su mujer unas peinetas de lujo para engalanar su envidiable cabellera.

Ninguno de los dos, en resumidas cuentas, puede hacer uso de su regalo (aunque el cabello de la mujer volverá a crecer en algún momento). Pero eso no invalida todo el amor y el espíritu de sacrificio encarnado en esos objetos.

Así siento yo a mi cédula en estos momentos. Ya no sé si me servirá a algún fin práctico en el futuro inmediato. No tengo dinero para pagar mi alquiler del mes de mayo. No tengo trabajo, ni siquiera en vista. Si existe alguien que pudiera hospedarme en su casa, o no conozco a esa persona o no tengo la suficiente confianza con ella. Y aquellas personas con las que sí tengo confianza no tienen la posibilidad de alojarme.

Y siento la inmensa pesadumbre de tener que abandonar el que fue mi hogar por un año, sabiendo que –de quedarme en Uruguay- sólo puedo aspirar, al menos por el momento, a esa vida de gitana que tanto me esforcé por dejar atrás.

Y, sin embargo y no obstante ello, la cédula es para mí como las peinetas y la cadena del reloj del cuento de O. Henry –que se dice fue escrito en tres horas y bajo los efectos de una botella de whisky-:

la representación material de una historia de amor. Un amor infinito e investido de una pasión tan loca como eterna.

Que es, al menos en mi vida, la única forma en la que puedo concebir al amor.

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2 pensamientos en “97. Peinetas, cadenas y reyes magos

  1. Que valentía la tuya la de mostrar la cédula así a cara y nombre desnudos en esto de la interné… yo no se si me hubiera atrevido.
    Está claro que esos dos plásticos (el tuyo y el mío) tienen diferente carga emocional y como tal son cosas totalmente distintas, el tuyo sin dudas se merece sus minutos de fama en este espacio virtual, se lo ganó.

    Que pena que a pesar del enorme logro del documento no puedas concretar el hecho de poder quedarte físicamente de este lado, del lado de los que logran lo que se proponen aunque cueste ampollas en cada talón y en cada pedacito del corazón, ahí donde ni siquiera sirven las curitas.

    Yo soy uno de esos que sin conocerte ni vos a mi, le gustaría poder hacer algo pero aún así, alojarte no está dentro de mis posibilidades actuales.

    Te mando un beso.

    Javier.-

    • Gracias Javier 🙂
      Te diré, soy consciente de que es una gran exposición, pero de todas maneras mi cara ya aparece en este blog y mi nombre ya muchos lo conocen. De todas maneras es probable que en unas horas edite esos datos, pero por lo general los primeros que entran a leer el post son mis lectores históricos (frente a los cuales no tiene sentido ocultar esos datos) y como acertadamente dijiste la cédula se merecía sus minutos de fama después del esfuerzo que representó para mí llegar hasta ella.
      Gracias por tus buenos deseos.
      Un beso

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