96. Yo nunca

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No hay una ronda en esta noche, no tengo compañía para jugar al juego.

Releo mi texto acerca de la semana de turismo del año pasado, que cayó a fines de marzo. Es decir, hace exactamente setenta y nueve posts, para usar ese parámetro que en algún instante indefinido se constituyó como mi medida singular del paso del tiempo. Fue una semana de turismo muy diferente a esta ya que, por empezar, la pasé en compañía de mi hermano.

Bueno, mi hermano llegó a mediados de turismo, pero pasé casi una semana con él.

Pasamos el viernes santo en Punta del Este y fue un día de sol radiante y feliz, con baño de mar incluido. Este año, sólo me tocó ver la playa en fotos ajenas.

Pequeña digresión: en el último post me quejaba de no haber recibido visitas en todo el año –salvo mi hermano- pero leyendo recordé que sí tuve una; debo ser justa y hacer esa salvedad. Además de esa, tuve otra, pero no la cuento como tal porque se trata de una persona que va y viene de Argentina a Uruguay de manera habitual, por lo cual cada tanto nos encontramos aunque el objeto de su viaje no sea visitarme.

Retomando,

trabajaba, sí, pero el trabajo no me gustaba. Ni el trabajo, ni la paga, ni el trato que recibía, cosa que era clara en el momento en que escribí acerca de esa experiencia y es aún más nítida ahora a la distancia.

En ese momento aquel todavía era mi único trabajo, aunque –aún no lo sabía- en unos días comenzaría en el segundo, aquel que convivió con el primero casi hasta su fin y significó para mí la apertura de aquella etapa donde trabajaba 16 horas al día. Una etapa corta, pero intensa.

La foto que ilustraba aquel post (y que, no casualmente, repito para ilustrar este) tiene varias similitudes con el escenario que me enmarca en este momento. Y a la vez es muy diferente, entre otras cosas porque la que lo observa no es la misma. Pero también por otros detalles que me recuerdan que el paso del tiempo sólo es sutil y silencioso cuando lo percibimos como un continuo. Basta con aislar dos momentos de ese continuo para advertir la alevosía brutal del estruendo que contiene dentro de sí cada segundo. La sofisticación de los relojes cuyo mecanismo garantiza no producir el más mínimo sonido no es más que la mascarada soberbia pero inútil que arrojamos sobre algo que escapa a nuestro control. Y que, por lo tanto, nos conformamos con ignorar o disimular con un grado de perfección tal que nos creemos esa mentira montada sobre engranajes ensamblados con exquisita precisión.

En mi termo, que parecía recién sacado de una góndola de merchandising de Barbie, ya no brillan los destellos del glitter rosa. La plancha de goma eva está casi desnuda. El Samsung Star que aún estaba en su caja me sería hurtado poco más de un mes después de haber tomado esa foto, de una cartera que aún no había comprado en ese entonces y que hoy en día se encuentra estropeada y fuera de uso.

La notebook que se ve de refilón sigue siendo la misma, pero con la mitad de la pantalla rota y una agonía que se eterniza en el tiempo y nunca termina del todo (hasta que termine).

El chocolate no existe en mi vida en este momento. De hecho, este fue mi primer domingo de Pascua (desde que tengo registro de esa fecha) donde no tuve un huevo de chocolate propio ni nadie que compartiera conmigo una parte de alguno ajeno.

Yo nunca pensé que eso me iba a suceder en algún domingo de Pascua en mi vida.

………………..

-¡Tengo lo que te manda tu hermano!- me dice mi amiga S. cuando nos encontramos en la mañana del domingo.

Yo nunca pensé que iba a conocer la angustia de ver una foto en Facebook diciendo que alguien a quien conocés desapareció y que se piden datos sobre su paradero. Hasta que al final eso me sucedió, hace un año, en el momento en el que escribí el post del que hablé al comienzo. El de la semana de (no) turismo del 2013.

Por las vueltas (en este caso alegres) de la vida, esa persona que estaba entonces desaparecida es la amiga que me está entregando la bolsa con comida que me envía mi hermano. Víveres gracias a los que comeré durante los próximos cuatro o cinco días y que llegaron justo a tiempo, porque el sábado a la noche terminé de comer el último de los restos que me iban quedando.

Mi hermano también me envía dos paquetes de curitas (que están relacionados con una historia, pero la contaré en el próximo post) y cien pesos argentinos (que no puedo usar para comer ya que los necesito para otros menesteres, como cargar crédito en mi celular).

A la noche voy con esos cien pesos y mis talones todavía casi en carne viva al puesto de cambio que está dentro del Devoto de Coronel Mora. El empleado me mira condescendiente y me dice que no me puede cambiar un monto que sea menor al equivalente a diez dólares. Pero, como tantas otras veces a lo largo de este recorrido, ese es el único capital líquido del que dispongo en este momento.

Y, para marcar una diferencia más con mi situación del 2013, me acuerdo de haber ido varias veces a cambiar cien pesos durante muchos momentos del año.  Claro, el valor del dólar era otro.

Yo nunca pensé que iba a llegar tan rápido el momento en que cien pesos argentinos fueran para mí tan inútiles como una moneda uruguaya de cincuenta centavos. Tengo una de recuerdo en algún lugar pero –por supuesto- no se encuentran en circulación.

…………………

Quizás alguno de mis lectores no haya jugado nunca al “Yo nunca”. Ni nunca haya oído hablar de él.

Hay muchas variantes del juego, pero la versión clásica es que, dados A y B (el abecedario puede seguir y repetirse indefinidamente, pero lo acoto a los efectos de la explicación):

-A diga “Yo nunca (hice tal cosa)”,

-y B haga fondo blanco de algún alcohol determinado de antemano en caso de que sí haya hecho aquella cosa que (el santo, embustero y/o afortunado de) A nunca hizo.

En caso de que B sea tan santo, embustero y/o afortunado como A, no beberá nada y enunciará a su vez un “Yo nunca”.

Quienes, como yo, hayan visto Lost, recordarán tal vez una escena donde Kate y Sawyer jugaban este juego, con sus implicancias correspondientes.

Se trata de un juego digno de un análisis sociológico, que puede consolidar relaciones así como también puede destruirlas. No se trata tanto del juego en sí, sino de los participantes que lo construyen y aceptan o transgreden –con mayor o menor aptitud- sus reglas. Es posible deducir que, cuantas más experiencias hayamos vivido (y más honestos seamos), mayor será nuestra propensión a perder la sobriedad, más tarde o más temprano.

……………….

Ya lo conté al comienzo de este post: no tengo compañía en mi propio yo nunca. No hay B, no hay A prima, no hay Z ni alfa ni omega. Tampoco hay alcohol, de todas maneras.

Lo que hay es una serie de ítems tachados en esa lista personal de “Yo nunca” que tenía en el momento de escribir aquel post de la semana de turismo del 2013. Tal vez el hecho de que todo a mi alrededor sea tan engañosamente parecido a la instantánea de contexto de aquel post fue la invitación a reflexionar acerca de las variaciones que ha sufrido en el camino esa lista jamás escrita pero que conozco a la perfección en mi interior.

Dos momentos en un (aparente) continuo. La lista de “Yo nunca” del post 17 y la del post 96 que escribo en esta noche. El frío de la mesada de mármol es el mismo antes y ahora, el termo (aunque más opaco) sigue siendo el mismo y todos los elementos de la cocina que me rodean siguen siendo, sin duda, los mismos.

Pero en algún punto esa lista no escrita comenzó a perder los ítems que, hoy, recuerdo porque esa pérdida de enunciados (y de todas las cosas que se fueron tras ellos abandonándome) es una ganancia de experiencias que hacen que perciba que ya no soy esa persona del post 17. Entre una semana de turismo y otra hay un viaje cuyo recorrido de tachaduras y borrones erráticos sólo yo conozco, pero que cambió desde mi percepción de varias situaciones hasta –no deja de ser una consecuencia lógica- mi manera de escribir.

Es irónico que en la obligada inmovilidad de una semana de turismo para mí interminable se hagan presentes con una nitidez inquietante los hechos más movilizantes de mi vida de los últimos meses. Es irónico que en una etapa donde muchas cosas que me rodean están al borde de caerse de mi cotidianeidad haya ítems en esa lista que se resistan a desaparecer, como si estuvieran escritos en una tinta más indeleble que cualquier circunstancia. Es irónico que, a falta de alcohol, el vaso se llene sin cesar de una droga más intensa e inmanejable, esa droga que sólo conocemos los que apostamos todo el equipaje con el que emprendimos nuestra aventura y sólo esperamos que la ruleta se detenga para conocer el resultado.

Es irónico que, aunque hayamos pateado el tablero hasta destrozarlo, nunca podamos escapar del todo de las reglas del juego.

Y, más aún, de sus consecuencias.

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Un pensamiento en “96. Yo nunca

  1. 96. Yo nunca | Noticias de mi Tierra

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