94. Yo soy la aventura

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-Es un acto de fe- le digo a la persona que está sentada delante de mí.

Más bien no delante de mí. O sí, pero no frente a frente. Está sentada de manera perpendicular y por alguna razón que sólo ella conoce no me mira a los ojos, contempla un horizonte limitado por una pared. Un horizonte tan evasivo como inexistente.

La persona que está situada de tal suerte a una distancia de mí es, evidentemente, una persona mucho más concreta que abstracta. Y yo, yo tiendo siempre al pensamiento abstracto, como creo que ocurre en general con todos los seres que eligen la escritura –o tal vez cualquier rama artística- como forma de expresión. Lo tengo confirmado desde que me hicieron un test de orientación vocacional en cuarto año. Veinte años y algunos meses después, la vida no lo ha desmentido.

No sirvo para lo concreto ni para lo terrenal aunque –mi destino lleva la palabra “paradoja” escrita en la frente- sueñe con hacer objetos que están en contacto casi permanente con el suelo.

…………….

Parece que el dinero para pagar mi alquiler de abril va a aparecer, en alguno de los días de lo que acá se define –con mucha precisión- como semana de turismo. De parte de una de las dos personas incondicionales de mi vida.

Esto, que es una solución momentánea, deja abiertos no obstante varios frentes.

-Ariana, necesito por favor que este mes me pagues el dinero del alquiler lo antes posible- me dice C., la dueña del apartamento, y yo la miro con una cara que es mezcla de jugadora experta de póker y niña mortificada por situaciones que la desbordan.

No es necesario aclarar que estoy mucho más cerca de la segunda condición que de la primera. Ni que, por abrumadora mayoría en los meses que llevo acá, he pagado mi alquiler bastante antes de la fecha tentativa que ella me tira.

No es (¿será?) este el caso.

-Es que me van a traer la plata de Buenos Aires en la semana de turismo- le respondo con una mueca que intenta ser una sonrisa pero sé que es una copia triste y barata.

La expresión de ella en respuesta no es una copia de nada, es simplemente un gesto triste.

-Por favor, necesito que trates de conseguirla antes- me dice sin adornos retóricos.

Yo repito la mueca de hace unos instantes y le digo que haré lo posible.

Es claro que estamos subidas en un tren de vida diferente. Ella no tiene un peso pero nunca le falta comida en su heladera. Yo no tengo un peso y no como. Pero, nobleza obliga, es menester decir que no me parece objetable. El que puede, puede; y el que no, plasma sus penas en una especie de arte contemporáneo o bien las adereza con la sustancia que tenga a su alcance y se las traga con cierto decoro.

No tengo papi, mami, hombre o familia que puedan hacer nada por mí al respecto. Sólo la ayuda de ese cariño incondicional que sé que perderá cualquier carrera que intente correr contra el implacable calendario para que la ayuda ofrecida pueda llegar antes de lo previsto.

……………….

La otra persona incondicional de mi vida, mi hermano, me escribe un mail que –como siempre- desborda optimismo y entusiasmo.

Parece mentira que lo haya criado yo, pero a) es posible que haber desarrollado esa personalidad sea una especie de mecanismo de defensa para procesar un pasado duro y b) por lo menos en la pequeña parte que me pueda haber tocado a mí en esa construcción, algo bien hice. Probablemente es el único gran logro de toda mi vida, pero en lo que a mí respecta me sirve para pensar que mi paso por este valle de lágrimas sirvió para algo. Uno cree que eso de valle de lágrimas es una licencia literaria bíblica, hasta que algún día se da cuenta de qué tan cierto puede llegar a ser. No es que lo haya aprendido recién ahora, sólo es un saber latente hasta que las circunstancias se encargan de reactivarlo.

Y entre otras varias cosas mi hermano me dice que aproveche, disfrute y pase bien en este tiempo libre que la vida me regala. Son palabras más cargadas de puro amor que de realismo, pero en algo tienen razón. No por ser uno de los países más caros del mundo este deja de ser un territorio democrático, en el sentido más romántico del término. Todavía no te cobran por ir a contemplar el sol cayendo sobre el río en alguno de esos incomparables miradores naturales que tiene esta ciudad a la que la visión profana y obtusa tilda de gris sin matices.

Claro que cuando el sol termina de caer la luz desaparece y uno regresa a su hogar sumido en esa misma oscuridad de la noche. Tierna, pero incierta.

…………………..

“¿Cómo me ves en Montevideo a fin de mes?” me escribe una querida amiga que tal vez lea este relato y me hace sentir un momento de felicidad.

Nadie, nadie, salvo mi hermano, ha venido a visitarme en estos quince meses uruguayos. Recibir una visita –con la que además hay mucha historia compartida- es un gran motivo para desempolvar la alfombra roja y extenderla desde el punto de destino hasta el reino de Punta Carretas donde todavía vivo.

Otra amiga – a la que no veo desde antes de venir acá, lo que es decir hace casi dos años- me escribe también diciendo que vendrá para turismo y me regala otro momento de felicidad porque, al margen de ofrecerme su ayuda para traerme cosas, supongo que habrá oportunidad de charlar un rato y hacer un plan divertido juntas. Y lo necesito mucho.

No es sólo que acá estoy más sola que el uno, sino que en momentos de crisis fuertes uno se da cuenta de las personas que están cerca de verdad en esos momentos. Y, como suele ocurrir, no son tantas.

Hilando fino, frente a las situaciones más existenciales de la vida, siempre estamos solos. Admito que por mucho tiempo esa frase –que tuve oportunidad de escuchar varias veces- me generaba una gran incomodidad, pero de un tiempo a esta parte hice las paces con ella y la acepté. Ya lo dije en otro post: la vida es un asunto solitario.

Por otra parte todos estos días de inactividad donde no puedo hacer mucho más que buscar trabajo me han hecho reflexionar mucho sobre temas cruciales condicionados por circunstancias coyunturales, como mi posibilidad de permanencia en este país.

Quizá consiga trabajo en abril- no lo sé- pero de manera inexorable cuando ese mes toque a su fin deberé enfrentarme con problemas que ya están planteados desde ahora.

Mayo es –con la fuerza abrumadora de la evidencia del desempleo- un mes donde deberé tomar decisiones fuertes. Nada más y nada menos porque estoy apostando fuerte y cuando la apuesta es fuerte la vida gira como una ruleta rusa: o se gana fuerte o se pierde fuerte. A largo o muy breve plazo.

……………….

-Yo soy una aventurera- le digo a esa persona que mira un horizonte inexistente, o que al menos mi mirada no puede ver.

Es una frase que repetí muchas veces en los últimos meses, porque es una frase que me define: ¿qué tipo de persona se va a un país caro, que no deja de ser subdesarrollado, sin conocer a nadie, sin un peso y sin trabajo, con habitantes que en promedio se quejan de todo aunque les vaya obscenamente bien?

El tipo aventurero, claro. Una raza tan sufriente como selecta.

A la vez, cuando me harté de dar explicaciones por haber abandonado Buenos Aires (explicaciones que, como dije hace mucho, muy pocas personas tienen la sutileza y empatía como para entender), esa frase se convirtió en mi argumento último. Un argumento difícil de rebatir, porque las personas que carecen de espíritu aventurero no tienen la experiencia necesaria para presentar un contrargumento sólido. Y las personas que lo poseen saben bien que frente a esa declaración no hay nada más qué decir.

-¿Y qué es la aventura para ti?- y esa pregunta que determina una distancia insalvable llega a mí como una pelota que rebota en el muro del horizonte ficticio.

-Es un acto de fe.

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