93. No es la luz

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Jueves 20 de marzo, nueve y cuarto de la noche.

Llego a Tres Cruces con un bolso bastante pesado a cuestas.

El 19 recuperé todas las cosas que había dejado en mi ex trabajo. Pero, para hacer un poco más contundente el contenido del bolso, como agregado viene una manta tejida a mano. Una manta que en realidad es para caballos, pero que yo voy a usar para poner a los pies de mi cama, porque se vino la fresca. Además es una manta que estaba destinada a mí hace muchos meses, sólo que recién ahora tuve la oportunidad de recuperarla.

Me bajo del Cot y voy hacia la parada de taxis.

Después de cinco minutos me llama la atención no ver pasar ningún taxi. Como el bolso está pesado, irme en colectivo no me resulta una opción así que decido quedarme esperando, como si la fuerza y la intención de mi espera pudieran provocar la aparición de taxis por generación espontánea.

Pero no.

A los veinte minutos –y después de haber pescado que había paro de taxis- me doy por vencida y me voy a la parada donde pasa el colectivo a Punta Carretas que me deja a unas ocho cuadras de casa. Es un numerito para caminar con el bolso, pero sé que no tengo muchas opciones y (como buena guapa porteña) me la banco.

Llego a la parada y los colectivos no pasan, pero hay (bastante) gente esperando. Quizá redujeron la frecuencia, me digo, pero en algún momento van a pasar. Tienen que.

Por la cucaracha (es decir, por whatsapp) me llega un mensaje tan inesperado como oportuno que me dice que hay paro. “¿No sabías que había paro? Desde ayer que se sabe!” me pregunta mi contacto y le respondo que no, no sabía. Vengo de dos días en el paraíso, de dos días de creer que la vida es bella y que no existen disrupciones de ningún tipo.

De a poco voy reincorporándome a la cruda realidad (la propia y la ajena), pero interpreto que el paro es de taxis y sigo esperando a Godot = los bondis.

En fin, pasa la hora y los colectivos sin pasar y cuando aparece un 163 – Pocitos me lo tomo sin pensar. Me bajo en Guayaquí y Chucarro y me voy hasta la rambla, a la parada donde pasan el 522 y el 116 que me dejan en 21 y Ellauri. El bolso me pesa bastante, pero bueno.

Llego y hay unas cuatro personas en la parada. Pasan quince minutos, pasa media hora, pasan dos colectivos que no me dejan precisamente cerca de mi lugar de destino. Los que a mí me sirven –por supuesto- no pasan.

Apoyo el bolso en el banco de la parada y me siento. La batería de mi celular (que nunca dura mucho) está casi agotada. Tengo hambre, tengo frío, tengo sueño. A la hora de estar esperando me termino de dar cuenta de que el paro de transporte es general. Dudo en llamar a alguien a ver si me puede pasar a buscar, pero descarto la idea. No puedo ser tan blandita y tampoco sé con certeza a quién podría llamar.

A las once y diez de la noche decido emprender la caminata, porque hace bastante que tendría que estar en mi casa y no puedo darme el lujo de seguir esperando.

Después de todo, cada vez que llegué a Tres Cruces en los últimos quince meses lo hice con un bolso que pesaba casi tanto como yo, nunca nadie me estaba esperando, y siempre me las arreglé para llegar a algún destino aunque todas las circunstancias me fueran adversas. Yo pude, me digo a mí misma, y tengo que seguir pudiendo.

A la altura de Brasil y la rambla pasa un chico en bicicleta y me dice “¿Te ayudo?”. Me da mucha ternura (y tengo muchas ganas de aceptar) pero mi bolso debe pesar tres veces más que su bicicleta. No me queda otra que decirle que no. Y sigo caminando.

Dos cuadras más adelante pasa un auto lleno de hombres y me gritan cosas no tan caballerosas. En un escenario donde no hay –literalmente- nadie caminando por la rambla, supongo que una cabellera blonda y larga es un elemento llamativo donde, en lo que a mí respecta, cualquier palabra impropia se resbala. Todavía conservo un pelo lo suficientemente suave como para que eso ocurra, a pesar de mi desordenada alimentación.

Ya cerca de las doce llego a casa, para esa altura sin ganas de cocinar ni de comer. Pero llego.

Me ducho y me acuesto.

……………..

Sábado 22 de marzo, el otoño ha llegado a  Montevideo pero el sol sigue brillando.

Camino por la plaza Gomensoro y me encuentro a la madre de mi ex jefe de mi más reciente ex trabajo.

Es divertido porque, si bien con el señor en cuestión nunca hubo feeling, con su madre sí y nos pasamos los teléfonos para hablar de arte, literatura y esas cosas de las que conversábamos durante nuestro cruce en la temporada esteña porque –después de todo-acá en Montevideo somos casi vecinas.

Y confirmo, una vez más, que en Montevideo tarde o temprano te encontrarás con todas aquellas personas que hayas conocido… o con sus vehículos.

………………

-Katia didn’t play conmigo today because she was very enojada. But she brought chocolat de Paris *nombra la ciudad con un acento francés encantador* y estaba de más! Mami, pourquoi tu aimes pas le chocolat?

Dice C., la niña del apartamento, y pongo esa frase como ejemplo porque ella siempre habla así. Parece una canción de Kevin Johansen viviente (si conocen su música). Y yo adoro su manera de hablar. Además es la única persona a la que escucho hablar en francés con continuidad desde que vine acá y de alguna manera me ayuda a recordarlo y no perderlo del todo.

Eso fue lo que escuché cuando me senté a escribir este post. Pero sólo de pensar en lo que quería escribir se me hacía un nudo en la garganta y se me llenaban los ojos de lágrimas. A mi alrededor estaban dando vueltas C., su amiguita venezolana, su amiguito mexicano y la niñera que estaba cocinando milanesas. Es muy incómodo ponerse a llorar entre niños.

Y ahora ya no tengo privacidad para escribir porque el precio de que la computadora no se apague -o casi- es tenerla en la cocina, donde cualquiera puede pasar en cualquier momento.

En ese contexto me llega un mensaje de mi amiga L., quien tiene el don de la oportunidad de enviarme palabras de aliento cuando no me estoy sintiendo bien. De un tiempo a esta parte no nos hemos comunicado tanto, pero sus mensajes siempre, pero siempre, llegan en un momento justo.

Lo leo, intento nuevamente escribir este post, pero no puedo, porque al primer renglón que intento escribir comienzan a asomar las lágrimas.

Pero igual me quedo en la cocina, revisando ofertas laborales y haciendo otras cosas en la computadora.

A eso de las diez recibo por whatsapp un mensaje de una persona a la que he conocido en este aventurado camino uruguayo y me dice “Me imagino que no tenés ganas de cocinarte”. Y, la verdad, no. Tengo unas salchichas en la heladera pero iba a seguir de largo.

Y a la media hora llega con un tupper con una milanesa de pollo, casi igualita a las que cocinaba la niñera hace unas horas.

Es muy interesante cómo funciona el sentido de la percepción a la distancia cuando existe un lazo de afecto y empatía.

………………….

A las once de la noche intento, de nuevo, escribir. Tampoco puedo.

Reincido a las dos de la mañana cuando imagino que voy a estar tranquila y si tengo ganas voy a poder llorar sin que nadie me vea.

Y escribo casi todas las líneas anteriores, hasta que se me agota la energía para seguir escribiendo.

…………………….

Ahora son las dos de la tarde y ya perdí la privacidad y la tranquilidad, pero intento mantener la compostura y el equilibrio y la calma necesarios para cerrar este texto.

El 31 de marzo tengo que tomar una decisión acerca de qué hago con mi estadía en Uruguay. Porque, a la fecha, no he conseguido trabajo de ningún tipo y definitivamente ya no tendré la plata para pagar el alquiler.

Como no tengo muchas alternativas posibles (en realidad creo que la palabra muchas está sobrando), quise poner en práctica lo que me sugirió amablemente un lector acerca de recibir donaciones a través de pay pal. Entré a mi vieja cuenta y por lo que estuve viendo es menester estar bancarizada para poder recibir dinero por ese medio. Yo ya no tengo cuenta en Uruguay, y por motivos que no vienen al caso mis tarjetas argentinas tampoco están en uso en este momento. Ni la de débito, ni la de crédito. Estar por fuera del sistema bancario equivale a ser una paria en esta sociedad. Me doy cuenta.

Pero así están las cosas. Si a algún lector se le ocurre alguna idea alternativa, estoy abierta a escucharla. Me estoy jugando mis últimas fichas en este juego, no tiene sentido guardarlas porque dentro de unos días las habré perdido de todas maneras, las haya usado o no.

No puedo asumir que de acá a una semana quizá me vea obligada a poner un punto final a este camino uruguayo. Es una situación que mi mente se resiste a procesar y no puedo siquiera imaginar lo que sería escribir el post dando cuenta de esa despedida. Pero el tiempo pasa y sé que es una circunstancia que tal vez deba atravesar.

Decía Jorge Drexler (no puedo recurrir sino a una voz uruguaya) en esa poética canción inspirada por el faro de Cabo Polonio:

No es la luz lo que importa en verdad, son los doce segundos de oscuridad.

Yo estoy en esos doce segundos, que se me hacen más eternos que una tanda de prime time en –justamente- Teledoce. Y siento la angustia de no saber si el haz de luz va a llegar a tiempo para iluminarme en este suelo uruguayo que, todavía, piso.

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