92. Un adorno de lo invisible

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Miércoles 19 de marzo, casi la una de la mañana,

me duermo (algo que no me viene pasando muy seguido, más bien todo lo contrario),

*teclea cosas inconexas e incoherentes*.

Tengo que despertarme muy temprano para ir a buscar las cosas que –aún- están en mi ex trabajo en Punta del Este. Es posible que me quede allá un día y vuelva el jueves a la noche.

No puedo seguir postergando el viaje porque necesito las cosas que dejé ahí, entre ellas mi plancha (vivo en un apartamento tan hippie que no hay otra plancha además de la mía), comida y cosas de perfumería que ahora se me hacen imprescindibles.

Creo que no la voy a pegar con el clima, pero debo ir.

Y escaparme por unas horas de este Montevideo donde me la pasé buscando pequeños escapes en los últimos días.

………………….

El miércoles pasado (no llegué a contarlo en mi entrada anterior, y tampoco venía mucho al caso) asistí a la inauguración oficial de un restaurante, invitada por la persona responsable de organizar el evento, alguien a quien conocí en mi ex trabajo.

El restaurante en cuestión se llama Dakota y, ahora que lo visité, puedo recomendarlo. Los porteños amantes de Kansas que vengan a Montevideo (o los nativos que suelen ir a Kansas cuando visitan Buenos Aires) se van a sentir cómodos ahí porque es muy ese estilo, e imagino que con la ventaja de la ausencia de la engorrosa e ineludible espera que caracteriza a Kansas. Se encuentra en mi querido barrio de Punta Carretas, en el Dazzler de Montevideo, ahí nomás de 21 y Ellauri.

12 de marzo, entonces. El lugar rebalsa de gente. Saco algunas fotos, me cruzo a mi ex jefe –a quien, por supuesto, saludo- e intento comer algo, sin éxito. Tengo un flashback de los eventos de mi primer trabajo, donde las señoras bien desde Punta Carretas hasta Carrasco llegaban a Pocitos con el tupper debajo del brazo.

Intento tomar un trago, pero el barman que encabeza la barra no da abasto y me dice que me lo debe. Unos minutos más tarde otro chico que está en la vuelta se apiada de mí (quizá porque debo haber sido la única asistente que fue sola y ostensiblemente sin conocer casi a nadie) y me tira un Bellini.

Sigo sacando fotos hasta pasada la medianoche, vuelvo a la barra y el barman director de orquesta me entrega un vaso con un trago adornado con primor y me dice “Te lo debía”. Lo tomo, me siento a revisar fotos, salgo y me siento ahora en la escalinata del hotel a sacar unas últimas fotos desde ahí. Pasan un par de asistentes y me preguntan si me siento mal.

No, estoy bien sobria, a pesar del Johnnie Walker double black y del trago con el que saldó su deuda el barman (el Bellini ni lo cuento porque era suave como el sol de marzo en Montevideo). Y como conozco toda la escala gradual del arco etílico, sé muy bien que por lo general quienes te preguntan si estás bien son aquellos que ya están decididamente hechos percha.

No obstante, cuando voy caminando por 21 rumbo a casa, me tropiezo porque uno de mis zapatos se engancha en la vereda y caigo estrepitosamente. Tanto, que al día siguiente tendré moretones y dolores varios, en especial en la muñeca derecha.

Hay algo que no estoy haciendo bien en mi caminar; me estoy tropezando mucho. Tengo que manejar mejor mis movimientos porque esa caída, para mí, no es más que un recordatorio simbólico de algo que está en otro plano.

Y eso que he tomado muchas decisiones clave en lo que va del mes. Muchas, quizá demasiadas para mi desbordada y siempre emocional capacidad de comprensión. Y muchas más de las que mis lectores, incluso los más cercanos a mí, podrían imaginar.

………………….

El sábado volví a salir, con un gentil anfitrión argentino que tal vez lea estas líneas y a quien le agradezco su amabilidad. Fuimos a tomar algo al célebre Pony Pisador (el de 26 de marzo) y después fuimos a 21 Bar.

Wrong way. En el 21 hay casi tanta gente como el miércoles en Dakota y a mí –que no estoy en mi mejor momento- me fastidia eso de tener que caminar entre la marea humana. Me siento como si tuviera quince años y estuviera caminando por Caix con mis amigas mientras los chicos aprovechan la volada de la ausencia de burbuja personal para tocarte todo lo que puedan en la caminata.

Hasta la música es (casi) la misma que pasaban en aquella época. Mientras tomamos una Patricia suena “Cómo no te voy a amar/ Cómo no te he de querer” y la muchachada sigue gritando “Comanche” al final de cada verso.

Igualito que en aquella época.

………………..

El lunes hice festejo de St Patrick’s, esta vez con compañía local. Fui a un clásico bar cervecero de Pocitos, el Gallagher’s (algo así como una versión local de Downtown Matías, y si no me han mentido el dueño o uno de ellos es argentino). De ahí me fui a la Ciudad Vieja, donde ahora descubrí que se hace la versión a escala pero potente del clásico festejo –amado y odiado con igual intensidad según el lugar en el que te encuentre- del microcentro porteño.

No esperaba tanto fervor pero quien no lo sepa, lo aprenderá de prisa *escucha a Jorge Drexler* cuando tenga la oportunidad de pasar unos cuantos días acá y hundirse en la cotidianeidad: en Uruguay cualquier excusa es buena para tomar.

Me tomo unas cervezas en otro clásico bar irish (el Shannon) y, si hubiera tenido alguna saudade de Buenos Aires en esa noche (que no), quedó ahogada y desvanecida entre olas de espuma, propia y ajena.

……………………

Miércoles 19 de marzo, faltan doce días para que termine el mes, aproximadamente veinte para que deba pagar mi alquiler –en el supuesto de que me quedara acá-.

Y yo sigo sin trabajo.

Y todas las pequeñas historias que ocuparon este post, más otras que quedaron en el tintero –por ejemplo recorrer varias veces la rambla desde mi casa hasta Punta  Gorda- son un intento por perfeccionar mi caminata y no tropezar a cada rato a causa de la desesperación a la que me conduce estar las veinticuatro horas del día pensando qué va a ser de mi vida en abril, si me podré quedar o si tendré que partir. Hora tras hora de una mente que tiende a devanarse en ese dilema. Despierta, en sueños, y en pesadillas.

Ya sabía de antemano que la vida uruguaya parece congelarse entre el fin del carnaval y el de la semana de turismo. Pero el año pasado, si bien ya estaba viviendo acá, entre el trabajo y el (inolvidable) esfuerzo de encontrar un lugar decente al que llamar hogar, no lo advertí con tanta fuerza.

En pos de lograr mi sueño de poder quedarme, y en vista de las circunstancias antedichas, he decidido resignar –por el momento- mis pretensiones y volver a buscar trabajo de lo que venga. Al menos hasta tener mi cédula uruguaya (no, no tengo noticias de la partida todavía).

De manera que, si algún lector en una de esas tiene algún dato de lugares donde estén buscando gente, le pido por favor me envíe esa información por privado.

Me siento como en esas relaciones donde uno quiere más que el otro o, desde otro abordaje, una de las partes necesita poner a prueba sin cesar el amor declarado por la otra parte involucrada en la relación. Amo tanto a este país, pero él se esfuerza en hacerme las cosas tan difíciles.

Pero no quiero volver con mi ex, es decir con Buenos Aires.

Y sé bien que desde afuera mi amor parece irracional pero, para mí, no existe el amor sin pasión y no existe la pasión sin locura. Le dejo la vida fácil a los cuerdos. Camino entre ellos, pero no soy una de ellos.

No necesito que nadie me tatúe en el cuerpo esa frase. La llevo tatuada en mi mirada, y todo aquel que me ha mirado a los ojos lo sabe.

Y eso es sólo un atisbo de la intensidad de la cuestión.

Porque lo visible, como cité en otro post y decía Roberto Juarroz –por siempre uno de mis poetas preferidos- es sólo un adorno de lo invisible.

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