91. Babel

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Lunes 10 de marzo, voy caminando por 21 de se(P)tiembre.

Hace más o menos una hora fui al mismo banco en el que tuve que cobrar la liquidación de mi primer trabajo. El cheque de aquella vez era más suculento; pero claro, había resistido más tiempo en aquel trabajo.

Miércoles 12 de marzo, el alquiler fue pagado y de los pocos pesos que quedaban, ya no queda casi nada porque me hice el famoso “surtido” uruguayo. Que no va a durar hasta fin de mes, eso lo sé. Pero bueno, ya estoy recibida de sobreviviente.

De hecho, durante la semana anterior a cobrar no comí casi nada, situación que ha tenido alguna consecuencia un poco indeseable pero tal vez necesaria. Como en tantas otras ocasiones, prefiero callar y dejar las potenciales historias en manos de la rica imaginación de mis lectores. Sólo puedo decir que en un proceso de purificación emocional, el ayuno no deja de ser un buen complemento, aunque no sea exactamente voluntario.  Sin perjuicio de que a veces no sólo los ayunos son buenos, también lo son los excesos, que son la otra cara de la misma moneda.

Bien lo dijo William Blake –meeting Osho-: la ruta del exceso conduce al palacio de la sabiduría (siempre que no te mate antes, claro).

Ya no tenía dinero y no tenía muchas ganas de pedirle un préstamo a nadie. Me las rebusqué comiendo todas las sobras de polenta/arroz/fideos/sopitas instantáneas que tenía por ahí.

Como dice la letra de un tango (bastante representativo de mi situación actual, aunque mi mirada sobre el mundo sigue siendo bastante más piadosa todavía) no tenía ni yerba de ayer secándose al sol.

Pero me las arreglé con unos saquitos de té que encontré en mi búsqueda del tesoro comestible.

Hay cosas peores, es claro. A varias de ellas las conozco bien.

……………….

Estoy sentada frente a la computadora, no sé bien qué escribir. No han sucedido muchas cosas (publicables) en los últimos días.

C., la niña del apartamento, escucha una canción en francés luego de tirar varias frases en su adorable cocoliche trilingüe inglés/ francés/ español, mientras su madre está en Ecuador evaluando nuevos horizontes porque Uruguay le resulta –es comprensible- caro.

En los últimos días, además, han sido visitas recurrentes de este apartamento los mejores amigos de C. del edificio: un niño mexicano y una niña de madre venezolana (sí, evidentemente Dios nos ha criado a los expatriados y el viento de la rambla nos ha amontonado).

Y yo vengo de escuchar durante el verano a decenas de brasileros, pero también a holandeses, ingleses, italianos, chilenos y las firmas siguen.

De pronto mi mente es un gran torbellino de acentos, modismos y vocabularios donde a veces ni yo misma sé en qué idioma estoy hablando. De hecho, en los últimos meses me viene pasando eso de pensar determinados conceptos en otro idioma.

Como profesional de la comunicación podría escribir párrafos y párrafos sobre esto. Pero se los voy a ahorrar a mis lectores.

Además, hay una realidad: tampoco tengo demasiadas ganas de escribir.

……………………..

Cuando no escribo por varios días, puede deberse a varias razones (que a esta altura estimo mis lectores conocen a la perfección). A saber:

a) no disponer de conexión a internet,

b) estar podrida de que mi computadora se apague a cada rato,

c) trabajar demasiadas horas por día, o

d) estar procesando determinadas situaciones que, de una manera u otra, requieren que me encierre en mi caparazón canceriano y me aparte del mundo.

Al presente, el punto a) ha sido momentáneamente salvado por mi amable lector G.

El punto b) ha sido solucionado por mi decisión de instalar la computadora en la mesada de la cocina, superficie estable donde la delicada ingeniería de conexiones energéticas resiste un poco más que sobre mi colchón tan maltratado por pesadillas (y años previos de uso.  Ah, cómo extraño mi cama porteña).

Es obvio que el punto c) no aplica a esta etapa de mi vida.

No: la bonita circunstancia que me mantiene en un ámbito recoleto es la expresada en el punto d).

…………………………..

Vuelvo ahora al lunes 10 de marzo en el que, como conté, estaba caminando por 21 de se(P)tiembre. Para más datos, yendo al Micro Macro a comprar yerba barata, polenta barata, pulpa de tomate barata y sucedáneos baratos de lo que entiendo por verdadera comida (acá no existen los “precios cuidados”).

Y en eso siento que me chiflan y lo veo a mi amigo J., y en cierto modo no me sorprende porque desde hace un par de días vengo pensando mucho en que finalmente es verdad que en Montevideo todo el mundo se conoce entre sí y que más tarde o más temprano te cruzás con todo el mundo, incluso con aquellos con quienes –por motivos diversos- no desearías cruzarte.

Hablando de J. estuve pensando (tengo demasiado tiempo libre) que sería divertido hacer con él algo que quiero hacer desde que llegué, y es una serie de videos recorriendo lugares típicos de Uruguay (no sólo materiales, sino también simbólicos) pero desde la mirada del expatriado. Ya tengo el nombre y todo pero es bastante básico, así que ni vale la pena que lo cuente. Si bien J. es uruguayo de nacimiento, en el fondo es tan argentino como yo y además es mi opuesto complementario así que estoy segura de que haríamos un buen contrapunto.

Algún día será. Sólo necesito una camarita y me largo.

………………….

Martes 11 de marzo, voy caminando por la rambla a la altura del Parque Rodó. Es un bellísimo día y estoy hundida en mis pensamientos cual bañista en la playa Ramírez que acabo de dejar atrás hace unos pocos minutos.

Y yo, que nunca le presto atención a los autos que pasan por la rambla, veo pasar ese vehículo que simboliza aquello que acabo de dejar atrás en mi vida.

Y en ese momento me embarga una sensación ambivalente, pero me queda claro que se trata de un nuevo mensaje de la existencia.

Sólo que estoy tan mareada en mi babélico océano de lenguas que, por el momento, no lo he podido descifrar.

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