90. La peine

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Sábado 1 de marzo, estoy sentada en el banco de mármol de la puerta de mi edificio, mirando hacia Pedro Berro, esperando que mi amiga R. me pase a buscar para llevarme a su casa.

De repente veo algo que se mueve por la enredadera del edificio contiguo (una construcción de estilo antiguo que me encanta, no me molestaría vivir ahí). No es un pájaro, no es un avión, no es Superman que vino a rescatarme de mis problemas.

No, me doy cuenta al instante de que es uno de los simpáticos habitantes de este barrio mejor conocido como Punta CarRATAS, es decir un roedor. Me termino de dar cuenta cuando veo su larga cola agitarse entre las hojas.

Sucede que, a casi de un año de vivir en el barrio, aún no me acostumbro a su presencia. Dudo entre levantarme del banco y huir, pero la verdad es que no sé hacia donde escapar porque sospecho que el roedor me podría seguir a cualquier lado.

Me quedo sentada entonces, como hipnotizada, siguiendo con la mirada los movimientos de ese miserable ser semi oculto en la clandestinidad cómplice del follaje y la noche.

Y en eso llega mi amiga en su muy pistero Ford K y nos vamos a comer asadito a su casa. Obviamente invitada por ella, porque yo sigo sin un peso al momento de escribir este texto.

Y mi liquidación, bien gracias. Supuestamente la cobro el lunes.

………………….

Unos días después de renunciar a mi trabajo, en febrero, estaba sentada en medio del campo frente a una chimenea tomando un Johnnie etiqueta negra de una botella perdida añejada por unos diez años. Especial.

En la mesa ratona que había entre mí y la chimenea estaba apoyado algo que yo había dejado hace muchos años en esa casa, primero como préstamo y luego como regalo: una caja de tarot Osho Zen.

Hace algunos años, en el 2010, emprendí unas vacaciones solitarias que me llevaron a esa misma casa frente a cuya chimenea estaba sentada en ese momento, pero también a otros lugares como a José Ignacio donde –no casualmente- también estaba en el medio del campo, en un precioso lugar.

En la soledad de mi habitación, en aquella noche de enero de 2010, fue donde usé por primera vez el tarot de Osho, por recomendación de la dueña de la chacra donde me hospedaba. Hice una tirada de cuatro cartas y la lectura expresó con tanto nivel de detalle y perfección lo que había pasado y pasaba en mi vida, que desde aquel momento me hice fan de ese tarot. Tanto que ni bien volví a Buenos Aires me lo compré y –por esas vueltas de la vida- terminó en la casa donde me encontraba en esta noche de febrero de 2014.

Esta vez no saqué cuatro cartas, sino que hice la tirada rápida (amantes del doble sentido, por favor abstenerse), que está orientada a definir el estado actual de tu vida. Y saqué una sola carta, la misma que encabeza este post.

La pena.

………………….

En (muy) resumidas cuentas, el mensaje que expresa la carta es que estamos atravesando una situación muy dolorosa en nuestras vidas. Pero es menester vivir ese dolor a conciencia para poder avanzar hacia situaciones mejores y más luminosas.

Me pareció tremendamente significativo haber recibido ese mensaje en ese momento, más aún porque usé el tarot varias veces durante años y nunca, nunca me había salido esa carta. Pero soy una devota creyente de que la vida nos habla de maneras misteriosas. Sólo hay que estar un poco atentos y descubriríamos muchas más cosas que aquellas que percibimos a través de nuestro costado racional.

En el momento puntual de sacar la carta, asocié el mensaje a ese trabajo infausto que acababa de dejar atrás y a toda la incertidumbre de lo “bueno por conocer” a la que uno se arroja cuando abandona lo “malo conocido”, siempre en el sentido laboral.

Pero ahora, que he atravesado mi miércoles de ceniza del que hablé en el post anterior, sé que haber sacado esa carta apuntaba a esa situación que acabo de atravesar y –de algún modo- me preparaba, me alentaba y me daba la mano para recorrerrla.

………………….

Al final, resultó que la vida me deparaba muchos más planes que los que imaginaba iba a tener durante los eternos días de feriados de carnaval.

El viernes salí con mi amiga R. y reincidí –a pesar de haber jurado no volver- con Gata Bacana, sólo porque ahí trabajan dos ex compañeras de mi reciente ex trabajo. Como esta vez conocí a uno de los dueños y me pareció muy agradable, voy a abstenerme de hacer comentarios. Sólo voy a reconfirmar que no es mi perfil, para nada.

De ahí nos fuimos a Circus, donde a) mi amiga R., como buena chica del palo, conocía a todo el mundo y b) creo que estaba la resaca masculina de Montevideo (en esto coincidimos ambas). Y nosotras dos, casi las únicas mujeres, salvo algunas veteranas de las que mejor también me abstengo de hacer comentarios. No quiero que los lectores que no me conocen piensen que de ahí me vine a casa volando en mi escoba.

No, volví en el Ford K, y llegué a las seis de la mañana a una Vázquez Ledesma desierta, sólo para descubrir que el encargado/ seguridad de turno no había llegado, y yo sin llave.

Me tuve que comer dos horas afuera, pero como siempre (a veces) hay algún ángel rondando por ahí, resulta que en un día feriado a las seis de la mañana un hombre muy amable estaba limpiando la peluquería que hay al lado de mi edificio y me pude quedar a esperar ahí.

Por cierto, el encargado nunca llegó (bueno, habrá llegado después). Me tuvo que abrir una vecina, a eso de las ocho de la mañana.

……………………..

Ayer al caer la tarde estaba en el lamentable estado en el que te sumerge recibir la cuchillada de la pena, esa de la que hablaba la carta de Osho. No importan las precisiones acerca del estado, condiciones y circunstancias en que me encontraba. Sólo voy a decir que estaba sola en mi habitación y venía de tomar una decisión fundamental para mi vida. Estaba quemando de manera simbólica algo en el mismo fuego que me estaba envolviendo.

No sabía en qué momento iba a suceder eso, pero me imaginaba que iba a ser este miércoles. Y mi intuición, una vez más, no se equivocó. En cuanto la vida me dio la señal y me tendió el cuchillo, me lo hundí en el corazón.

Dudé algunos instantes, no lo voy a negar. Pero lo hice porque ya estaba convencida de mi decisión y sabía que consumirme hasta quedar reducida a cenizas y bañarme en la sangre de mis heridas iba a ser la única manera de renacer.

………………………….

Casi simultáneamente recibí mensajes de dos amigas, una argentina, la otra uruguaya. Mi querida L. con la que hace mucho tiempo no hablaba y que me preguntaba en qué andaba (y va a sonreír al leer esto, más allá de que la anécdota no sea divertida) y la citada R., que me invitó a comer pizzas a la casa.

No estaba en estado muy para salir (más bien todo lo contrario) pero decidí hacerlo.

Y la pasé muy bien. Me hizo bien la compañía.

Sólo que, como no tenía plata para un taxi, me tuve que volver caminando por Camino Carrasco hasta no sé qué calle con nombre de fecha de febrero, de ahí agarrar 8 de Octubre y esperar (casi una hora) el colectivo en la esquina de esa avenida y Comercio. Como imaginarán no hice el recorrido sola, pero igual detesté hacerlo. Los montevideanos que conocen el trayecto me comprenderán. Me sentía caminando por tierra de nadie.

Me bajé en Bulevar Artigas y 21 de Septiembre y si bien amo 21 no está buena para caminar sola a las cinco de la mañana.

Nunca más hago otra de esas salidas de pobre. Si no tengo plata para un taxi de vuelta ni nadie que me traiga, me quedo en casa.

Sí, soy una chica limitadita. Ya lo he confesado.

Y más en etapas fuertes y duras de mi vida, como esta donde aún debo vivir la oscuridad de la pena que –esperemos- precede a la iluminación, aunque sólo sea en algún aspecto de la vida.

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