88. Tu nueva ocupación

es Miranda mi amor

es Miranda mi amor

Madrugada del lunes 24 de febrero. Por fin está terminando este (piojoso) mes, que al menos tiene la delicadeza de ser un poco más corto que el resto.

Por muchos, muchos motivos –confesables y no- quiero que llegue marzo. No es que en marzo llegará mágicamente un trabajo mejor. Sería necesario, o mejor dicho imprescindible, pero no lo sé. Lo que ocurre nada más y nada menos es que en marzo ya estaré más plantada, con procesos abiertos y ciclos cerrados.

O, al menos, ese es el plan. Ya se sabe que frente a los endebles planes humanos la vida no sólo no sonríe sino que más bien se te ríe en la cara. Eso, si tenés la suerte de que no la agarres revirada y te rompa tus planes frente a tu impávida mirada como si fueran un cheque sin fondos.

La historia de mi vida.

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A principios de enero, estaba sentada –por motivos fortuitos- en un Mini Cooper viajando desde la punta hasta mi trabajo. Me sentía como Vicky Xipolitakis, sólo que con  un cuerpo ligeramente diferente. No todos mis lectores lo saben, pero lo único artificial que hay en mí es mi color de pelo.

(pequeña digresión: cuando era muy joven, mucho más que ahora, fui secretaria de un cirujano plástico. Vi tanto desmadre con botox en chicas de menos de treinta años que me juré a mí misma nunca incursionar en el tema.)

Por cierto, nunca fui fan de los Mini Cooper, pero desde que me subí a uno ya no me caen tan mal y en el improbable caso de que fuera el último modelo de auto sobre el planeta Tierra y me lo regalaran, me sacrificaría y lo aceptaría.

A la altura de, digamos, I’ Marangatú, empieza a sonar una canción llamada “Tu misterioso alguien” que según entiendo ya tiene unos cuantos años pero yo escuché por primera vez aquella noche. Será que no curto mucho Miranda.

Pero, por alguna misteriosa razón, es la única canción que recuerdo de la banda de sonido de aquella noche y esas palabras suenan en mi cabeza mientras escribo. En especial, la frase que da título a este post.

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A veces es mejor dejar todo correr.

Eso también decía la canción, y yo traté de aplicar esa perla de sabiduría zen en el –para mí inamovible- enero que me tocó vivir. Quizás era yo la que en su desesperación por que transcurriera no lo dejaba fluir.

Quedaron muchas cosas por contar acerca de ese trabajo de verano diluidas en mi tintero virtual. Pero, la verdad, ya no tengo muchas ganas de escribirlas y han pasado a formar a parte del corpus anecdótico que corre de manera paralela a aquello que resulta publicado.

Pero, por desempolvar algo de todo lo que pasó (y que sólo los que trabajamos ahí podemos entender) resulta que durante muchos días la gente de Tío Tom estuvo sin luz y sin agua y como consecuencia de ello coparon, de manera literal, ese lugar en el que yo trabajaba.

Ya he contado en “No lo intenten en sus casas” que mi hermano no fue muy bien tratado por alguien de ese hotel/ complejo de cabañas, pero desconozco por quién. Mientras tuve que convivir con ellos, fueron todos muy amables conmigo. De hecho, muchas veces pude comer gracias al jefe de camareros que me regalaba comida porque o le caí simpática o me veía desnutrida.

También me ha tocado caminar la Interbalnearia inundada a lo largo de cinco kilómetros en medio de una tormenta eléctrica. Si aceptan mi consejo, eso tampoco lo intenten en sus casas.

A quienes no me tienen como contacto en Facebook puedo contarles además que conviví durante varios días bajo el mismo techo con Pocho la Pantera quien, además de cantar a cappella cada vez que tenía oportunidad, hizo un diagnóstico de mi vida y me tiró algunos consejos. Fue muy agradable y tuvo un trato exquisito hacía mí y hacia todos mis compañeros.

Como contaba en Facebook, tengo una foto en el Malba con Marc Augé y a partir de este año también una con Pocho la Pantera en la noche de Punta del Este.

Ahora me puedo morir tranquila.

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 Viernes 21 de febrero, pasada la medianoche, estoy en un auto –no el Mini Cooper, que supongo andará por alguna calle porteña- con mis amigos J. y L.

Venimos de comer y tomar cervezas en casa de uno de ellos y ahora damos vueltas por Parque Rodó, Palermo y aledaños. Pasamos por bares que desbordan de gente y otros donde tal parece que todavía no llegó “el último ciclista” (acá en Uruguay ahora hicieron un aviso con esa metáfora y cada vez que lo veo me acuerdo de aquel post y de lo lejano que parece todo lo que contaba en él).

Nos tomamos algunas cervezas más (unas cuantas) mientras hacemos el recorrido turístico. Del pico, claro. Y me acuerdo de una noche con mis amigas E. y L. en el 68, yendo desde Once hasta Palermo, tomando Campari con naranja directo de la querida y subvalorada botella de plástico cortada. Después nos bajamos del 68 y, como unas ladies, entramos a uno de los bares más top y con las mejores barras de Buenos Aires, donde celebraba el cumpleaños una querida amiga muchas veces mencionada en estas páginas. Así de lábiles y –a veces- tan cercanos son los extremos de la vida.

Vemos mucho/a teenager con lo que en buen criollo sería el tetra y al que aquí se denomina con más delicadeza “vino en caja”.

Y después de un tour mágico y misterioso donde me acerco a varios secretos de la noche montevideana, me acuesto a eso de las cuatro de la mañana y me despido oficialmente de mis días de vacaciones.

Porque, ahora, debo dedicarme a mi nueva ocupación: el trabajo de conseguir trabajo.

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Es una ocupación vieja, pero a la vez nueva porque: a) al menos ahora cuento con la residencia y b) la estoy encarando de otra manera. Ya no quiero trabajar de ninguna de esas cosas que detesto, como ser vendedora. Será otra cosa o no será nada.

En el peor de los casos, volvería a trabajar como camarera. Eso me lo podría bancar (porque en definitiva la paga es mejor), pero tampoco es lo que quiero hacer. Siento que ya pagué derecho de piso con creces y después de haber tenido una vida profesional muy diferente sufro mucho al sentirme desaprovechada en trabajos que encima no me gustan y apenas me permiten pagar el alquiler. Y para bien o para mal no nací con el gen de la resignación, y si nací con él la vida lo rompió de la misma manera en que lo hace con nuestros planes cada tanto.

Hoy el plan era ir a sacar turno para la cédula. Pero la niña del apartamento quedó sola porque su madre tuvo que salir y me quedé como niñera de onda. Quedará para mañana y ya contaré cómo fue en el próximo post.

Mientras tanto, me dedico a mi ocupación de siempre, aquella a la que siempre le seré fiel en las buenas y en las malas, en la salud y la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, hasta que la muerte nos separe.

Escribir.

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