87. Patience (is just another word for getting old)

1899241_10202910436462706_1370565032_o

Hace ya un poco más de medio año (lo escribo y casi ni yo misma doy crédito a la fugacidad del tiempo) escribí en este diario de viaje un post llamado “Tierna es la noche”.

Lo escribí sentada en el mismo lugar en el que estoy sentada ahora. La cocina de un apartamento despojado y con fuertes marcas de la presencia de una niña –para más datos hija única- a la que se le permiten todas las formas de expresión artística posibles, incluso en las paredes del lugar. Pero, a la vez, se trata de un lugar con un cierto toque de distinción y encanto. No podría haberme quedado tantos meses acá si no fuera así. Se sabe que entre mis limitaciones se cuenta la de no poder permanecer indefinidamente en entornos que no me resulten agradables. Ya no lo puedo aguantar.

Si bien el lugar es el mismo, el horario era diferente. Venía de un lugar en el que, en poco menos de una hora, mi vida había sido sacudida como dados en un cubilete, pero el proceso fue tan violento que los dados salieron destrozados.

Y yo me senté en la cocina intentando ser observadora del espectáculo, tratando de tener la frialdad de un neurocirujano (tristemente conocí a varios así que sé que eso no es cliché). Ni siquiera para intentar reparar ese destrozo, sino para intentar contarlo. Y apagué la computadora bien entrada la noche, dejándome envolver por ella de la manera exacta en que describí en aquel post.

…………………

Hoy, seis meses y días después, son las dos de la tarde y honrando a la devoción que tiene este país por el whisky, estoy tomando un drinkie hecho con un escocés que tenía amarrocado para momentos con picos de intensidad emotiva como este, hielo y té helado Fuze sabor limón.

No está mal, eh. Los valientes/ experimentadores como yo pueden probarlo sin miedo.

Creo que me voy a preparar otro. Si la coca cola afloja tuercas, el whisky –que es bastante más noble- tal vez sirva para aflojar la urdimbre de la trama de nudos que mi corazón, muy hábil para mover agujas, va tejiendo por dentro. Cuando se le acaban los hilos, enlaza mis venas y sé cuándo eso ocurre porque, como en este caso, puedo sentir el proceso por dentro.

………………..

Son las dos y media de la tarde. En uno de los canales de la televisión uruguaya está hablando un chimentero o, para decirlo con más propiedad, un periodista de espectáculos. El mismo que visitaba el lugar en el que yo trabajaba, con la señorita de turno.

No tengo encendido el televisor, pero conozco de memoria la (no muy abundante) programación local. No necesito verlo para saberlo y hasta puedo imaginarme cada una de las intervenciones de aquel señor.

Cuando escribí “Tierna es la noche” tenía como compañía una botella de grappamiel. Ahora, por lo menos, hemos subido un poco de nivel.

Pero, al mismo tiempo, el nivel de la intensidad de lo que siento no se anestesia –como a veces suele lograr el paso del tiempo- sino que también aumenta de nivel.

El martes 18 regresé a Punta del Este, pero esta vez de paseo. Mi pasado cercano fueron cincuenta noches de soledad (salvo alguna encantadora excepción) pero, para mí, valieron por mil y una. Con sus correspondientes días, claro.

Yo sé, ella sabe, nosotros sabemos, que aprendí a convivir muy bien con la soledad, porque la vida me puso cara a cara con ella hasta que no nos quedó otra que hacernos amigas. Pero a veces, como nos pasa a todas las amigas, no la soporto más. Necesito que me escuche alguien diferente a ella.

Y, en Punta del Este, tuve esas anheladas horas de compañía donde pude ser escuchada y agasajada (la soledad es fiel como nadie pero no es muy proclive a las demostraciones de afecto).

Ayer regresé a Montevideo y tuve una vivencia muy similar a la que fue el punto de partida de la historia de “Tierna es la noche”. Y sentí casi con exactitud lo mismo que sentí aquella vez. Sólo que esta vez además de un insolente dolor sentí una (im)pertinente rabia. Y una inquietante desaparición de mi paciencia que, seis meses atrás y hasta hace muy poco, estaba en un nivel saludable.

Ya en mi cama, dudé en levantarme a escribir, pero mi estado era tan lamentable que decidí no intentarlo. De todas maneras, el sentimiento hoy sigue siendo el mismo.

…………………..

Quizás ocurre que antes era más vieja y más sabia. O sólo más paciente. Quizás, a veces, la sabiduría implica renunciar a la paciencia.

Es una discusión muy “Osho Zen” y, con dos whiskys encima, sería el momento ideal para entablarla. Pero la soledad tampoco es proclive a discusiones y mi computadora no es tan sofisticada como para responderme.

El hecho es que, desde hace unas doce horas, la soledad copó otra vez la parada y me mira impasible desde el otro lado de la mesada, observando como tecleo y en la aparente inexpresividad de su mirada puedo descifrar que ella sabe que, así como la noche me envolvió en su manto aquella noche seis meses atrás, ella hará lo propio en unos días. Todavía no sé en cuántos. Sólo sé que su abrazo será bastante menos sutil y bastante más asfixiante.

Y que, cuando se acaba la paciencia, es tiempo de tomar decisiones porque -hasta el último segundo de nuestras vidas- tenemos ese poder.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s