86. The cost of living

yo, una copa de vino, villa biarritz, un pasado tormentoso, un instante presente de paz y un futuro incierto

yo, una copa de vino, villa biarritz, un pasado tormentoso, un instante presente de paz y un futuro incierto

Lunes 17 de febrero, de regreso en Montevideo, en la adorable Villa Biarritz.

Aunque me encanta el barrio -mis lectores lo saben- pensé que el regreso iba a ser más traumático (porque no debe haber lugar en Uruguay que ame más que Punta del Este, aunque en promedio esta vez no la pasé bien durante mi permanencia allí).

Pero no.

Después de cincuenta días en los que mis tres alimentos primarios fueron paquetes de galletitas brasileras de diez pesos, y arroz y fideos de los más baratos que se puedan encontrar en el Macro Mercado, ayer llegué, fui a mi querido Disco de Punta Carretas, y me compré una botella de vino y todos los elementos necesarios para hacerme un sandwich (algo así como) gourmet.

Fue un exceso, por supuesto.

Pero lo necesitaba tanto.

……………….

Atrás, en esos cincuenta días de silencio debajo del mar –tomo esas palabras de la canción “La libertad” que describe a le perfección ese período- quedaron sumergidas historias varias. En ese demasiado tiempo muerto que tuve para pensar, aislada en el medio del campo tormentoso donde había más liebres, serpientes, ratones y murciélagos que personas, llegué a la conclusión de que lo más valioso de todos los trabajos que tuve en Uruguay fue la cantidad de personas interesantes que conocí gracias a ellos.

Y las situaciones más o menos pintorescas que jamás hubiera vivido de no haberme arriesgado a dar ese salto que me permitió cruzar el charco físicamente; porque el salto mental y espiritual ya lo había dado tiempo antes.

Por lo demás, ni en el nivel profesional ni en el económico esos trabajos fueron brillantes. Pero me sirvieron para escribir una historia, esta historia que –en todo caso- contiene dentro de sí la integridad de mis fuerzas, mis pasiones, mis recursos, mis aspiraciones y mis deseos, y será el suelo sobre el que se levantará  todo aquello que pueda construir en este país.

O, en el peor de los casos, el que sostendrá mis pasos si es que debo partir hacia otro destino.

De este último trabajo en particular, recuerdo mañanas y tardes de enero en Chihuahua (cuando todavía el sol brillaba) donde cada día llegaba a mi solitario espacio en la arena algún hombre que intentaba charlas cuya trascendencia y nivel de profundidad era inversamente proporcional a la cantidad de ropa que llevaban puesta. Recordemos que estamos hablando de una playa nudista o, como la han denominado, naturista.

Recuerdo una noche de salida con las promotoras a un boliche gay, la única disco en kilómetros a la redonda. Por cierto un lugar muy buen puesto aunque sólo lo conocí de afuera, porque cuando después de una hora logramos llegar luego de haber cruzado a perros hambrientos aullando como lobos y camionetas que nunca nos levantaron porque presumiblemente les dimos miedo, y dado vueltas en redondo cual turista perdido en Parque Chas (o San Rafael para poner un ejemplo nativo) el famoso boliche estaba cerrado. Lo gracioso fue que estábamos a sólo diez minutos de caminata y tardamos una hora en llegar, quizá porque las jarras de caipirinha que nos tomamos antes habían hecho efecto.

Pero igual nos divertimos tanto.

Recuerdo noches solitarias intentando terminar un libro prestado por una recepcionista llamado “Noches de Pasión”, al lado del cual títulos como “Las 50 sombras de Grey” deben ser una obra maestra. Pero, así y todo, lo terminé. Una vez que empiezo a leer un libro, tengo la pulsión de terminarlo. Aunque sea tan poco atrapante que me insuma eternidades poder hacerlo.

Recuerdo el hambre que pasé muchas veces y lo que sufría mi paladar por tener que comer ciertas cosas.

Pero aquí estoy, más reconstituida y –como buena serpiente- logré resurgir de las cenizas de aquella piel que se desprendió de mi cuerpo y la vida fue quemando. A veces en una llamarada, a veces a fuego lento.

…………………..

-Te pido por favor que no se lo digas a nadie. Pero, claro, no creo que quieras que nadie se entere de las necesidades que estás pasando.

Eso es lo que me dijo mi ex jefa en mi trabajo anterior, cuando me dio un adelanto porque le había llegado el rumor de que yo no tenía dinero para comer. Me lo dijo con un tono entre condescendiente y “trato de ser amable pero no tengo idea de lo que estar en tu situación”.

Es posible deducir que mi ex jefa:

a) no era lectora de mi blog, y

b) era una chica nacida y criada en Carrasco que, en efecto, no creo que tuviera idea de lo que es no tener plata para comprar comida. Su frase desbordaba de “Carrasco style”. Mis lectores saben lo que opino de la fauna femenina de ese barrio, a grandes rasgos. Saben también que no soy tan malvada. Sé que hay mujeres de la zona que no tienen el cerebro tan adocenado por esa marca de clan de barrer debajo de la alfombra lo que asumen que no va a ser bien visto por su entorno.

Y es así como, en mi opinión, muchas de ellas terminan siendo como Nicole Kidman en la película “Las mujeres perfectas”. Me refiero a la Nicole del final.

…….

Hay muchas historias glamorosas de expatriados, algunas protagonizadas por personas famosas, otras por personas que sólo nosotros conocemos. Pero todos conocemos alguna.

La mía es una historia que no lo es, aunque ha tenido momentos que pueden calificarse como tales. En todo caso, es una historia aventurera. Y sincera, ajena a los artificios de los que el glamour se vale para engalanarse. Y a pesar de sus piezas ocultas en sombras sólo accesibles a mi mirada, pero que siempre se traslucen de alguna manera.

Una historia que devela cada costo oculto de las condiciones de producción de su discurso, aun frente a personas que están acostumbradas a comprar una mercancía sin interesarse en que nadie les haga un desglose de los componentes que conforman su valor real más allá de su precio visible.

En un mundo que –aún y acaso cada vez más- vive de apariencias, es para mí casi una cuestión de honor proceder de esa manera y compartir con mis lectores el costo de la vida que elegí vivir. Y el deseo de que, en algún momento de este año, comience a ser más fácil para mí poder pagarlo.

PS. Gracias a ti lector que me prestaste el modem para poder conectarme a Internet. Gracias, de corazón.

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2 pensamientos en “86. The cost of living

  1. Yo lo que haría sería abrir una cuenta en paypal y poner un botón de donaciones. Vos escribís lindo, me hacés acordar a Bradbury porque me llevás al lugar, me ponés en situación, el viento, la lluvia, el aburrimiento, la angustia, el hambre…los paisajes. Y eso para mí es arte, es mágico, no se aprende en los talleres de escritura. Es arte, si pedís una donación no estás mendigando, te lo merecés: un poco como los que suben a cantar a los ómnibus o colectivos. Pero no, porque yo por ejemplo estoy suscrito a tu blog, lo leo porque quiero y nadie me lo impone. Dos enlaces que te pueden servir:http://martin.com.uy/paypal-en-uruguay/
    http://en.support.wordpress.com/paypal/
    Saludos
    Ufn

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