85. La misma lluvia

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Lunes 3 de febrero, llueve sin cesar en Punta del Este como viene ocurriendo desde hace dos semanas y yo me consuelo pensando que faltan ocho días para salir de la cárcel.

Si todo sale de acuerdo a mis planes, este sería mi penúltimo día libre. El lunes 10 sería el último. Cobraría enero, el 11 trabajaría para cubrir a un compañero y el 12 renunciaría y regresaría a Montevideo.

Claro, ahora tengo que aguantar esos siete días que van del 4 al 9 de febrero. El 4 es el peor porque es aquel donde voy a estar sola y, por supuesto, cualquier cosa que salga mal será responsabilidad mía aunque yo no tenga nada que ver.

Mañana comienza ese desafío de los siete días. Sé que  una semana es un suspiro en ese breve intervalo que es nuestra vida en el universo. Pero para mí es una eternidad y ya siento el nudo en el pecho por todo lo que sé de antemano que voy a tener que soportar.

Sólo lo aguanto porque no puedo volver ya a Montevideo, simplemente porque no tendría un lugar al que volver. A tres días pasados de febrero, todavía sigo debiendo 1400 pesos de mi alquiler de enero (el mismo número maldito que tuve que pagar para tramitar la residencia). Y, por supuesto, si no cobro el sueldo no voy a tener el dinero ni para saldar esa deuda, ni para pagar el alquiler del corriente mes. Y no me daría la cara para regresar. Es la pura verdad, a pesar de que en ese lugar tengo el noventa por ciento de las pertenencias que me acompañan en este país. Incluyendo documentos importantes, como mi carnet de salud.

Hace dos días recibí un mail de la dueña del apartamento que, aún, ni siquiera me animé a abrir. Toda esta situación me resulta abrumadora y, por supuesto, el contexto no ayuda.

…………………….

Jueves 9 de enero, casi las diez de la noche. Me bajo de un COPSA que salió demorado media hora de la terminal de Punta del Este. Ya perdí los últimos segundos de la luz del atardecer. Ahora es todo oscuridad.

Cruzo la interbalnearia e intento atravesar ese camino que me separa del lugar en el que estoy viviendo, un camino que a esa hora ya es tan negro como aquel que recorrió mi hermano hace nueve días a las tres y media de la madrugada.

Hago unos metros, pero no me animo a seguir y retrocedo. Son sólo unos diez minutos de caminata, pero es como caminar por la nada misma. Y la sensación no es nada agradable.

Como no puedo quedarme en el refugio esperando a que amanezca, decido hacer base en ese mismo lugar que eligió mi hermano: la Ancap de Solanas. Cruzo otra vez la interbalnearia y camino por el borde de una ruta casi tan oscura como el camino que acabo de dejar atrás.

En algunos tramos hay luces, pero en la mayor parte del trayecto sólo me iluminan las ráfagas luminosas de los autos que pasan en sentido contrario. Varios me tocan bocina, lo cual en todo caso sólo logra hacer más lúgubre y precario ese derrotero.

Camino ese mismo camino eterno que desandó mi hermano, y hacerlo me ayudó mucho a ponerme en su lugar, imaginarme todo lo que él pudo haber sentido y describirlo. Y me quedé corta; el lenguaje escrito es muy mezquino para lograr transmitir ciertas sensaciones.

……………………..

Una media hora después, con los pies llenos de arena y tierra, llego a la Ancap.

No sé cómo voy a hacer para volver a eso que es mi sucedáneo de hogar en Punta del Este. No tengo dinero para tomar un taxi, pero por lo menos tengo a algo a favor que es un poco de crédito en mi celular. Llamo a mi taxi de cabecera (el único que conozco al que le puedo pagar el viaje después) rogando porque esté libre. Pero resulta que está con pasajeros en José Ignacio y no sabe a qué hora se va a desocupar.

No tengo demasiadas opciones. No tengo a quien llamar para pedirle el favor de que me lleve. Una vez más, me siento tan huérfana y desamparada como una nena abandonada en el medio de una calle desierta.

Necesito hablar con alguien, pero no quiero llamar a mi hermano para no preocuparlo. Le escribo entonces a la única persona incondicional en esas circunstancias, mi ex. Ya sé que me voy a tener que bancar mi cuota de reto por ser tan temeraria y falta de previsión, porque no es la primera vez que esto me pasa (*).

Pero, al menos, me siento acompañada y contenida a la distancia, a través de mails y mensajes de texto desde Buenos Aires.

Ya son las once de la noche y yo estoy sentada al lado de la oficinita de COT. La gente viene y va y llueve. Me mojo, pero no me importa. Es un problema menor al lado del otro que estoy viviendo.

No tengo más de cien pesos y dudo si invertir parte de mi capital en un café. Entro en la ANCAP, pero resulta que todas las mesitas están llenas. Salgo y me vuelvo a sentar sobre el cemento frío y húmedo.

A esa altura no sé si resignarme a pasar ahí la noche o si hacer gala del caradurismo de quienes luchan por su supervivencia y ponerme a hacer dedo o preguntar mesa por mesa si alguien va para el lado de Montevideo y me puede llevar. Lo que no quiero hacer de ninguna manera, por muchos motivos, es llamar a mi lugar de trabajo a ver si alguien me puede ir a buscar. Prefiero, con certeza, pasar la noche en la Ancap mirando los autos pasar.

Estoy tan desbordada por la situación que ni siquiera puedo llorar. Pero algunas lágrimas logran caer y la tensión se alivia un poco.

Son las once y media de la noche y pienso en entrar de nuevo para ver si alguna mesa se liberó. Pero algo me hace permanecer afuera.

Y, de repente, siento que alguien me saluda. Es una chica rubia, joven y alta a quien conocí ese mismo día, y a la que habré visto durante no más de unos quince segundos. Pero ella me reconoce y me pregunta qué me pasa. Se lo cuento y de inmediato se crea una conexión de empatía entre las dos. Ella me dice que ni loca se me ocurra volverme caminando o hacer dedo. Que alguna solución vamos a encontrar.

Unos minutos después, aparece el novio, que se ofrece a llevarme a esa cama maltrecha que me espera (en el momento en el que escribo, por lo menos, tengo una mejor).

Finalmente, a la medianoche, llego a ese lugar adonde debería haber llegado hace unas cuantas horas. Pero llego, sana y salva. Sólo porque tuve la suerte de que el novio de la chica de la estación tuviera ganas de ir al baño, y de que ella –que según me conto nunca sale del auto en esas circunstancias- se bajara también.

……………….

Este post es una suerte de homenaje a todas las personas que hicieron más soportable esa experiencia que comenzó el 27 de diciembre, ayudándome de una manera u otra.

La chica de la estación era una promotora a quien conocí el mismo día de nuestro encuentro nocturno. Y formaba parte de un grupo de promotoras que vivió durante unos días conmigo y le pusieron vida y alegría a situaciones bastante sombrías. Unos días después, fueron despedidas y su ausencia se hizo sentir. Desde ese momento me siento bastante más sola.

Por poner otro ejemplo, de aquellos empleados que compartimos la mesa de fin de año sólo quedamos dos. El resto ya no forma parte de este equipo del que yo también cuento los días para salir.

Debo agradecer también a compañeros actuales que me dieron la posibilidad de tener comidas que de otro modo no hubiera podido hacer, como la mucama que me regaló manzanas una noche para que pudiera comer algo, o la que me dio pizza amasada por ella hoy.

A veces (muchas veces) necesitamos la ayuda de otros para sobrevivir en cárceles con celdas de oro. Y la recibimos quizá de aquellas personas de la que menos la esperábamos.

Así las cosas, la lluvia sigue cayendo y la veo a través del resquicio que dejan las cortinas de la puerta de vidrio de mi habitación.

Y yo, mientras tanto, sigo contando los días.

………

(*) Tengo una inolvidable experiencia similar en Punta del Diablo, que quizá algunos lectores históricos conozcan (la tengo publicada en mi blog anterior) pero creo que la mayoría no. La incluiré en este espacio en breve.

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