84. No lo intenten en sus casas

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Lunes 30 de diciembre de 2013, 9 y algo de la mañana. Un barco está por zarpar desde el puerto de Buenos Aires al de Colonia.

Exactamente una hora antes de ese momento, una persona se despierta sobresaltada a una distancia de casi exactamente una hora al lugar desde donde aquel barco va a partir.

Tiene un pasaje para subir a bordo de ese barco, pero está por verse si tiene el tiempo para llegar. No durmió en toda la noche, viene de días de mucha tensión. Laboral, económica, argentina en resumidas cuentas. Y se queda dormida sólo un momento antes del arranque de la melodía de su despertador que, por supuesto, no escucha.

No se baña, no se desayuna, ni siquiera se despierta del todo. Sólo agarra el bolso y sale corriendo rumbo a la parada del 152.

Y –juro por las manos que escriben el texto que esta historia es literal- llega justo cuando todavía no ha entrado al barco el último tripulante, que está demorado. Como excepción, la dejan hacer el check in y subir a bordo junto con ese (bendito) último tripulante.

……………………

Martes 31 de diciembre de 2013, ocho de la noche. Esa misma persona que tomó el barco camina por la ruta interbalnearia, a la altura de la Ancap de Solanas. Está sola, nadie la espera, no tiene planes para esa noche, no tiene mucho dinero. Pregunta si allí van a estar abiertos toda la noche y le responden que sí. Bueno, se dice a sí misma, al menos tengo un lugar donde pasar la noche.

Pero pasan casi tres horas y vuelve a pensar que debería estar en otro lado.

Emprende entonces una caminata por el costado de la ruta, en la oscuridad, al borde de una carretera desolada y a escasos metros de multitud de brindis y banquetes que no la cuentan entre sus comensales.

……………………..

Lunes 1 de enero de 2014, tres de la mañana. Hay un ambiente de tormenta eléctrica en la vuelta, el aire se siente espeso y cada tanto un relámpago ilumina fugazmente una oscuridad más hermética que la bóveda de un banco suizo. La persona cuyo peregrinaje relato emprende una etapa más de su recorrido; no por ganas, sino porque no le queda otra.

Camina, casi sin ver, nuevamente hacia la ruta interbalnearia que recorrió sólo hace unas horas. Desanda el camino y llega al refugio donde paran los colectivos. Ya empezó a llover y el viento arrastra gotas que le llegan hasta el alma.

La persona tiene miedo –no le gustan las tormentas eléctricas-, está muy cansada, no sabe cómo va a hacer para regresar a Montevideo, y en Punta del Este no tiene lugar alguno donde alojarse. Mientras la mayoría del universo circundante festeja, ella está sentada sola en un refugio sumida en la incierta espera, aguardando un ómnibus que nadie sabe cuándo llegará. Menos aún ella misma.

Espera casi una hora y se da cuenta de que si sigue esperando va a ser muy difícil llegar a la terminal de Punta del Este, desde donde debería partir a Montevideo dentro de unas horas. No tiene dinero para llamar a un taxi (tampoco tiene celular para llamarlo, de todas maneras) y decide empezar a hacer dedo.

Pero, por una media hora, nadie para. Cuando ya no sabe qué va a hacer, un auto –que había seguido de largo- retrocede y el conductor le dice “Dale, subí”.

Le pregunta adónde va y nuestra persona responde que va a la terminal de Punta del Este. El conductor le dice que la puede llevar a Maldonado. La persona acepta, cualquier cosa le resulta mejor que quedarse esperando casi a la intemperie, con una tormenta eléctrica en ciernes como única e indeseable compañía.

El conductor del auto resulta ser muy simpático, pero deja a la persona lejos de su destino. La lleva a un punto que queda a unas veinte cuadras de la terminal de Maldonado. Le da las explicaciones del caso, pero la persona no tiene idea de cómo va a llegar.

No obstante, alrededor de una hora después, lo consigue, a puro instinto porque –como es esperable- no se cruza en su camino a nadie que le pueda dar indicaciones.

Para ese momento ya son alrededor de las cinco de la mañana. En la terminal de Maldonado no hay nadie, sólo un par de personas casi de guardia que le dicen a esta persona que para comprar el boleto que le permitirá viajar a Montevideo debe ir, efectivamente, a la terminal de Punta del Este, donde tal parece que las boleterías abrirán antes. Y le indican cómo ir.

Y nuestro personaje emprende, una vez más, una larga caminata, con ese cansancio insolente de las travesías solitarias sin mapa y casi sin recursos.

…………………..

Martes 31 de diciembre de 2013, casi a la medianoche. Siete personas que en su mayoría hace sólo horas que se conocen entre sí comparten una mesa, en un lugar que en mayor o menor medida les es ajeno a todos.

Dos cocineros, una chica promotora/ bartender/ recepcionista preciosa pero quizá con más noche de la que puede aguantar en su mirada, un hombre que se gana la vida organizando fiestas swingers y su esposa.

Y, en el medio, yo y esa persona cuyo accidentado itinerario relaté. Que, como los seguidores de esta historia real habrán advertido, no es otra que mi hermano.

Que caminó kilómetros, kilómetros y más kilómetros entre el atardecer del 31 de diciembre del 2013 y el amanecer del inicio del 2014, sólo para darme un beso y un abrazo y brindar conmigo.

A las siete de la noche la chica multifunción a la que mencioné recién (una morocha muy joven y muy linda que afortunadamente tomó la sabia decisión de irse del hotel días después) me tapó los ojos y me hizo salir de la cocina. Cuando abrí los ojos, lo vi a mi hermano. Que me explicó que le llevó como una hora encontrar el hotel, se bajó mal, fue a parar a Tío Tom –donde por cierto no lo trataron bien, pero sobre ese hotel tengo otras historias para contar en otro momento- y a pesar de todo, con las pobres indicaciones que le dieron ahí, logró encontrarme.

Yo estaba trabajando, mi simpático jefe andaba cerca, en conclusión no tenía mucho tiempo para hablar. Le dije a mi hermano que se fuera a Medio y Medio (el único lugar, lejano pero no tanto, que se me ocurrió para que me esperara) y le dije que después de la medianoche me las arreglaría para llegar. Aunque fuera caminando en medio de la oscuridad.

Pero mi hermano jamás encontró Medio y Medio y fue cuando decidió ir a la Ancap.

Y cerca de las once de la noche decidió ir a buscarme y caminar esos kilómetros que en auto no son nada y en una caminata nocturna son interminables.

Cuando llegó, el guardia sólo lo autorizó a entrar cinco minutos. Yo, que no lo esperaba, me puse a llorar en una mezcla de emociones que sería muy largo detallar. Y el final de la historia es que mi hermano se quedó a comer y a brindar con todos hasta que el guardia lo echó no sin antes recordarnos que nos había hecho el favor de dejarnos comer juntos sólo porque esa noche era “especial”.

……………………….

En el fondo, para mí, esta historia que cuento es muy triste y me costó mucho escribirla. Pero creo que se merece un lugar en esta crónica.

Se entrelazan muchos temas, como los sacrificios que uno está dispuesto a hacer por la gente que ama. Mi hermano hizo un sacrificio por mí y de algún modo, al aceptar un trabajo que no me gusta para no ser una carga para él, yo hago un sacrificio por él.

Pero me pregunto si esto, que es tan sólo una metáfora de una cuestión mucho más profunda, vale la pena.

Lloré mucho esa noche y lloro mucho ahora nuevamente al escribirla, porque no fue hace tanto y recuerdo con fidelidad y precisión todo lo que sentí. De todas maneras, mi memoria emotiva nunca envejece ni se olvida de nada. Sólo entra en estado latente cada cierto tiempo, para permitirme seguir viviendo.

Hoy es mi día libre, que veo cómo se va deshaciendo en ese pantano ácido de la soledad, la nada para hacer (acá no hay muchas opciones), la pobreza y la incertidumbre.

Ya no tengo módem (la compañera que me lo prestó renunció). De manera que veré cómo me las arreglo para publicar este texto. Supongo que me iré a un cyber de Maldonado.

Releo estas palabras y pienso que, probablemente, ninguno de mis lectores vivió un fin de año así.

Y les sugiero con todo mi ser que, como reza el texto, no lo intenten en sus casas.

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