80. El caleidoscopio roto

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Jueves, 12 de diciembre.

Estoy en la casa de mi amigo J., en Pocitos, a una cuadra de la rambla y de la hermosa plaza Gomensoro.

Llego a eso de las dos de la tarde con la idea de quedarme no más de cinco horas –alrededor de las ocho de la noche tengo otro compromiso- pero la casa de J. tiene una especie de regla tácita que uno aprende cuando comienza a hacerse habitué: uno sabe cuándo llega, pero no sabe cuándo se va a ir.

Y eso, precisamente, es lo que más me gusta de ese hogar.

J. me cuenta que acaba de renunciar a aquel mismo trabajo donde nos conocimos y al que yo renuncié unos días antes que él. Ya conocía la noticia porque me la había comunicado por whatsapp, pero me alegra mucho escucharla en persona.

Comemos colita de cuadril y cerdo al horno (a eso de las cinco de la tarde) y tomamos cerveza, vodka con naranja y durazno y vino repartidos a lo largo de esas más de ocho horas que estamos juntos.

Pasadas las once de la noche, J. me acompaña a casa (vivimos a unas ocho cuadras de distancia, el camino no es tan largo).

Y subo y me voy directo a la cama, con vestido y todo. Pero feliz. Duermo como un angelito hasta el día siguiente.

……………..

Sábado 14 de diciembre. Voy en el COT hacia mi amada Solanas.

Tengo una entrevista de trabajo a las seis de la tarde, pero llego antes de las tres. De manera que decido hacer lo que hice tantas veces a lo largo de años. Bajo por el caminito agreste que lleva hacia la rinconada. El día es espléndido, pero en esa playa no hay nadie, todo el mundo se amucha en otras. Ya lo sé de antemano, claro. Por eso fui ahí.

He ido incontables veces a Solanas, creo que conozco bien la esencia de casi todas sus playas y me he bañado muchas veces en ese mar. Pero pocas veces el agua estuvo tan linda como en ese sábado. Era una pileta tibia, transparente y azul. Y, para mayor placer, casi sin gente a la vista.

Hacia las cinco empezaron a caer más personas pero yo me tenía que ir de todas maneras, así que no me importó demasiado.

A las seis, tengo una entrevista, en un parador pasando Medio y Medio.

Cuando salgo de la entrevista, paso por ese querido lugar y veo que el 11 de enero va a tocar Kevin con su grupo, los The Nada. Y el 3 de marzo, es el concierto de Paulinho Moska. Ya lo sabía, porque ya había consultado la programación del festival de música (tan característico de Medio y Medio) en Facebook.

Muchos de mis lectores posiblemente no lo sepan, pero soy  fan de esos artistas. Es decir que tengo otro motivo para hacer todo lo posible por quedarme en Uruguay este verano.

………

Ya en el colectivo volviendo a la Punta, me pasan dos cosas.

Una es un ejemplo de solidaridad femenina que se conecta con dos cosas que contaré unas líneas más adelante.

De repente, a la altura del avistadero de ballenas, una chica rubiecita y bella con un fuerte acento europeo que está sentada del otro lado del pasillo me saluda y me pregunta cómo me está yendo con los trámites de residencia. Me dice que me vio en la Dirección Nacional de Migración y que se acuerda de mi cara. Que espera que me vaya bien con el trámite. Le deseo lo mismo y me despido de ella y del chico que la acompaña –que parece uruguayo- y ellos hacen lo propio con una gran sonrisa. Y pienso, una vez más, que Uruguay es un pañuelo en el que, a cada instante, te podés cruzar a la persona menos pensada en el lugar menos pensado.

La segunda es un poco menos más amable, o por lo menos más intensa, depende del punto de vista desde el que se mire. Recibo un mail de mi hermano –que leo en el celular mientras llego a la terminal de PDE- que me cuenta cosas que para ambos representan un serio problema económico, en un contexto donde ambos ya tenemos dificultades económicas. Se mezclan cuestiones afectivas, además, lo cual sólo contribuye a tornar el tema más delicado. Confluyen un par de hechos independientes y a la vez interrelacionados que conforman un escenario precario para los inicios del 2014. Pero –al menos aún- no es el momento de hablarlo en este espacio.

Y me cuenta que ya tiene pasaje para llegar el 31 de diciembre a Montevideo, y para volver una semana después a Buenos Aires (y que los pasajes, previsiblemente, le costaron mucho más de lo que él hubiera deseado pagar).

Eso, que por un lado es una noticia feliz, por otro me genera una inmensa tristeza y una gran presión.  Porque no quiero que mi hermano pierda esas vacaciones con las que ya está ilusionado, y, al momento, no sé de qué manera voy a lograr poder quedarme en esos días (y después de esos días).

Me siento como si esa cantidad de historias mínimas que atraviesan mi día a día fueran partículas girando dentro de un caleidoscopio en el que uno de los espejos internos estuviera roto. No estoy quieta; el caleidoscopio sigue girando al compás de mis movimientos, al igual que esa ruleta metafórica de la que hablé en posts anteriores.

Vuelvo en el COT desde Punta del Este a Montevideo y no puedo leer ni escuchar música, sólo puedo ver ese caleidoscopio que gira dentro de mí y cuyas imágenes se proyectan sobre mis ojos como si fueran lentes de contacto que no me puedo arrancar.

Y esas imágenes desarmónicas y extrañas son la representación perfecta de la entropía que reina dentro de mi infinito particular, como decía un disco de Marisa Monte.

……….

Domingo, 15 de diciembre.

Estoy tomando sol en la playa de Pocitos. La arena arde, pero no me gusta entrar al río. Alguna vez tendré que ceder, pero aún no ha llegado el momento.

Siempre que voy, elijo algún lugar donde no haya personas en varios metros a la redonda, en especial hombres. Me acuesto y hago la mía: mi mente vuela hacia otros universos y me desconecto de lo que pasa a mi alrededor. Para mí, es una especia de meditación.

Pero, esta vez, la paz se rompe porque se acercan un par de mujeres con niños y me dicen:

-Cuidado, que ahí adelante hay un tipo que se está haciendo la cabeza contigo.

Las chicas se quedan hablando unos segundos más conmigo de cualquier otro tema, supongo que para no avivar al susodicho, y se van.

Solidaridad femenina, segunda vuelta.

Espero unos segundos, me siento y en efecto veo delante de mí –en un lugar donde, cuando llegué, no había nadie- un tipo con una mirada tan libidinosa que me da un profundo asco.

Levanto campamento y me voy más para el lado de Pocitos Nuevo rogando que el tipo no me siga.

Pero no. Me vuelvo a acostar en un lugar rodeado de mujeres y me relajo.

A los quince minutos, se acerca una chica y me saluda.

Salto de un golpe porque, evidentemente, en un segundo plano no estoy muy relajada. La chica me pide disculpas por haberme asustado. Es joven, rubiecita como la chica del colectivo de ayer, y tiene una voz muy dulce.

-Disculpame, no te quise asustar –me dice con una sonrisa que brilla-, te estaba mirando y tu cara está colorada pila. Te quería dar mi sombrero para que te la tapes y sigas tomando sol.

Solidaridad femenina, tercera vuelta.

Una hora después, decido volver a casa. Me levanto y busco a la chica para devolverle el sombrero. Está sentada unos metros más adelante, y un chico la abraza. Son la versión playa de Pocitos del 2013 de la parejita radiante y feliz que me ayudó hace 21 años en la parada del 67, en Buenos Aires.

Ambos me sonríen y la playa se ilumina por unos segundos.

…………….

Creo que, en ese caleidoscopio que gira incesantemente, los diminutos cuerpos que dibujan imágenes son, en esencia, siempre los mismos. Sólo nos parecen otros porque la vida es movimiento continuo y, en cada giro, las imágenes que se crean son diferentes, únicas e irrepetibles. El todo es más que la suma de sus partes, porque es una construcción del espectador y el espectador nunca es el mismo, las experiencias que atraviesa lo van cambiando a cada instante.

Y yo, una de tantas espectadoras que hacen girar su caleidoscopio particular, sé que sólo me quedan unos días para arreglarlo. En el fondo, no sé si depende tanto de mí (que estoy haciendo todo lo que puedo) o si, de súbito, lograré encontrar armonía y equilibrio en esas imágenes en apariencia tan caóticas, más allá de que el caleidoscopio tenga arreglo o no.

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