79. La biblia y el calefón

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Martes 10 de diciembre, ocho de la noche.

Estoy a cuatro cuadras de mi hogar, en la iglesia de Punta Carretas (que debe tener un nombre, pero no lo recuerdo).

Mi intención original era hacer una visita por varias iglesias. Pero luego lo pienso mejor y creo que, en el fondo, cuando la intención es poderosa, no hay necesidad de hacer un via crucis. Basta con elegir un lugar en donde podamos elevar nuestra intención con la serenidad e intensidad necesarias.

Aproximadamente un mes antes de ese momento, estaba caminado –por cuestiones laborales- con una compañera de mi ex trabajo y pasamos por una iglesia muy tradicional en 18 de Julio.

Ella me dice que nunca entró a esa iglesia y que entremos juntas porque tal parece que la primera vez que entrás a una iglesia tenés que pedir un deseo, que se cumplirá.

De alguna lejana manera me hace acordar a aquella leyenda que sostiene que la primera vez que visitás un casino, ganarás. De esa manera, te engancharán para volver.

Pero, en ese momento, decido hacerle caso a la fe. Y entramos.

No tengo idea de qué habrá pedido ella, pero yo –es claro- pedí conseguir un trabajo en el que pudiera sentirme bien y cómoda.

Eso no se ha cumplido aún. Pero, al menos, ya no estoy en ninguno de los que me hicieron sentir mal e incómoda.

En el caso de la iglesia de Punta Carretas, es la tercera vez que entro, pero la primera como residente (aunque más no sea en trámite). Y pongo toda mi esperanza en que mis deseos sean escuchados como si fuera la primera vez.

………………

Casi todos los últimos trabajos de mi vida fueron una seguidilla de lugares donde me sentí francamente mal.  He sido hostigada, humillada, mal pagada, desaprovechada, he tenido que lidiar con jefes bipolares o que habían elegido –true story- al dealer incorrecto. No sólo estoy hablando de mis trabajos uruguayos, estoy hablando también de mis últimos trabajos en Argentina.

Cualquier trabajo en el que te tengas que drogar (en el sentido más amplio que pueda tener ese verbo) para poder soportarlo, no es un buen trabajo. Al menos, no es el trabajo para uno.

Es posible que eso haya ocurrido porque mis dos últimos años en Buenos Aires (el 2011 y el 2012) fueron años de crisis, de revolución y del inicio de grandes transformaciones. Desde ese punto de vista, el 2013 no es otra cosa que una continuación natural de ese proceso. Era esperable que no todo iba a ser tan maravilloso de un día para otro.

Sin perjuicio de eso creo que, a esta altura –y tomando en cuenta que la vida es ya no digamos corta, sino diminuta- me merezco un 2014 más apacible. Por empezar, creo que me merezco disfrutar de un buen verano uruguayo. Con un trabajo donde, al menos, no sufra.

No obstante, y siendo coherente con mi línea de pensamiento de que la vida nos habla de mil maneras, creo que no es casual que no la haya pasado bien en ninguno de esos trabajos del pasado reciente. Pienso que es la manera que elige la vida de decirme que ya es el momento de que lleve a cabo mis propios proyectos, que ya no es mi camino trabajar en función de los intereses de un emprendimiento ajeno. Y tiene razón: yo sé que me sentiría más plena creando esos zapatos que desde hace años quiero hacer.

Pero es evidente que, aunque conlleve padecimientos, todavía debo trabajar para otros en pos de poder capitalizarme y llevar al plano concreto lo que desde hace tiempo existe en mi mente.

………

El 90% de los uruguayos a quienes les pregunté cuál era EL lugar para ir a bailar en Montevideo, me respondieron “Lotus”.

Acabemos con esta farsa.

Fui (por primera vez después de once meses acá) el jueves pasado, alrededor de las dos de la mañana.

Creo que como porteña nacida y criada, estoy en condiciones de afirmar que cualquier jueves de diciembre, cualquier lugar nocturno de Buenos Aires explota.

En Lotus, en el momento en que cualquier barcito de mi ciudad natal está en plenitud, pude contabilizar la suma de 20 hombres y 5 mujeres.

La estética de burdel no está mal (para mí es una mezcla del cabaret del Faena con una pizca de Isabel) pero lo que me decepcionó profundamente son los baños de damas. No puedo imaginar quién habrá sido el ambientador iluminado que eligió la iluminación. No existe probador en el mundo cuya luz sea menos favorecedora que la de los baños de Lotus. Las mujeres que hayan ido podrán coincidir o no, pero creo que entenderán de lo que estoy hablando.

………..

24 de diciembre de 1995, casi medianoche.

Estoy en el tercer piso de la Clínica Bazterrica, en pleno Barrio Norte porteño.

Mi padre está en la cama, en su mundo. Está casi inconsciente y duerme. Son sus últimos días.

Esa noche, paso la Navidad junto a él. Sin alcohol, sin pan dulce, sin regalos. Sólo con la clásica jarra de agua sobre la mesa de luz. Solos los dos.

Es la época A.C. (antes de los celulares), por lo que nadie me escribe mensajes de texto, ni recibo saludos por whatsapp, ni nada. Es la navidad más silenciosa que haya pasado en mi vida.

Y la única que pasé prácticamente en soledad, hasta este año.

Pasados unos quince minutos de la medianoche, entra la enfermera de turno –a quien para esa altura ya conozco bien y sé que es bastante antipática- y cuando me ve esboza una sombra de sonrisa y me dice:

-Bueno, basta de llorar. Feliz Navidad.

………..

Hace unos días empecé a pensar en ese tema y en que, quizás, pasados 18 años de ese momento, esta sea la segunda navidad que me toca pasar en soledad. Esta vez, absoluta.

Hay algún plan en el aire, pero no sé si se va a concretar. Lo sabré a último momento (la historia de mi año).

Si no, mi plan B será bajar por Vázquez Ledesma e irme a sentar en la rambla con algo para brindar.

Y lanzar mis deseos hacia el cielo estrellado, que es el templo más democrático y sagrado de todos cuantos pueda haber sobre este planeta.

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2 pensamientos en “79. La biblia y el calefón

  1. Te sigo y te leo cada post, aunque ya no comente tanto como antes… todo va a salir bien ya vas a ver, y no porque este país o esta ciudad lo hagan posible (no me permito tal chovinismo) sino porque se nota que te lo merecés y eso creo que debería alcanzar… al menos así prefiero pensar yo.

    Un beso

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