78. Limbo

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Martes 19 de noviembre, tres de la tarde.

El jueves debo viajar a Buenos Aires y, a pesar de que en el organismo público donde me encuentro está prohibido el uso del celular, estoy desesperada enviando mensajes (de contrabando) para poder concretar la famosa compra del pasaje.

Hace seis horas que estoy metida ahí adentro, en Misiones 1513, en plena Ciudad Vieja. Es decir, en la Dirección Nacional de Migración de Uruguay.

Llegué a las nueve de la mañana y pensaba irme, a lo sumo, a las diez, porque sólo iba para consultar en persona qué papeles tenía que llevar para iniciar el trámite de residencia. Decenas de personas me lo dijeron decenas de veces, pero dado que no puedo repetir en el futuro cercano un viaje a Buenos Aires quiero estar segura de que voy a traerme todo, TODO lo que necesite de ahí.

Pero resulta que, una vez más, he pecado de ingenua en este querido territorio uruguayo.

No es que hay un sector para consultas, otro para inicio de trámites, otro para actualización de documentos, etc. No: todo lo que tenga que ver con residencias se mete en la misma bolsa, una bolsa donde hay cien números que a las nueve de la mañana ya están agotados.

De manera que a los lectores interesados en iniciar este trámite, les hago dos recomendaciones:

-no se les ocurra llegar después de las 9 de la mañana y

-no hagan como yo; inicien el trámite cuando lleguen al país, no once meses después. Les va a facilitar mucho las cosas.

Como buena serpiente, tengo una pulsión por recorrer el camino más difícil, quizá porque a nivel inconsciente imagino que va a ser el más atractivo en muchos niveles.

Pero la vida se esfuerza en enseñarme que –a veces- es mejor elegir el camino más fácil.

………………

Aquel martes, cuando me di cuenta de que iba a pasar mucho más que una hora ahí adentro, le pedí a mi jefa que directamente me descontara todas las horas necesarias porque, después de todo, yo ya sabía que iba a renunciar. Era sólo cuestión de días y en el orden de prioridades para mí era mucho más importante el trámite de residencia que ese nefasto trabajo (al que sin embargo debo reconocerle que me permitió viajar por gran parte del litoral uruguayo y conocer a un par de personas que me ayudaron mucho y hacia las que siento un gran cariño).

Finalmente, ese día trabajé sólo dos horas y me descontaron el día completo. Si mi querida ex jefa hubiera tenido la delicadeza de avisarme, ni siquiera me hubiera tomado la molestia de ir a regalar mi energía por monedas.

Pero eso, ahora, no importa. Estoy en otro plano y mis preocupaciones –y ocupaciones- ya son muy otras.

………………

Lunes, 9 de diciembre.

Voy a ser sintética sólo en honor de los interesados en hacer el trámite y debo decirles que básicamente tienen dos opciones, a saber: 1) llegar a las siete de la mañana (o antes, de ser posible), munidos de provisiones para desayunar, si lo consideran necesario. De esa manera se asegurarán un número del 1 al, digamos, 20, y sabrán que para el mediodía lo más probable es que ya estén afuera.

Esto, que para quienes viven en la Ciudad Vieja o muy cerca, o poseen vehículo propio, puede ser muy fácil, no lo es tanto para quienes –como yo- vivimos más lejos.

Para la gente como uno, está la opción 2) llegar entre las siete y media y las nueve menos veinte (NO recomiendo llegar más tarde ya que existe el riesgo de quedarse sin turno en un día con alta concurrencia).

Por supuesto, mi elección fue la opción 2. Es menester decir que se espera más, pero adentro (importante si el día es gris y húmedo en exceso como el de hoy) en vez de comerse la fila afuera. O te vas a un bar de esos clásicos de la Ciudad Vieja, o al Mc Donald’s con vista a la plaza matriz. Porque digamos que si te toca el número 50, es seguro que vas a tener una demora de unas tres horas.

Yo llegué a las 8.30, a las 9 –cuando abrieron las puertas- me dieron el número 73, y me atendieron casi a las 14 horas.

Me pidieron que presentara mi DNI y mi carnet de salud, que dejara  una fotocopia de ambos, que entregara mi partida de nacimiento y mi certificado de (ausencia de) antecedentes apostillados por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Argentina. A la partida le sacaron una fotocopia y me la devolvieron.

El certificado de domicilio lo llevé, pero me dijeron que ya no lo piden.

No me pidieron comprobante de entrada al país de mi último viaje, sólo me preguntaron la fecha. Pero sí imprimieron el listado histórico de mis entradas al país, con la fecha de cada una y la empresa de transporte interviniente. Reconozco que ver la impresión de esa cantidad de viajes acumulada a lo largo de años me emocionó un poco y se agolparon en mi corazón mil recuerdos en tres segundos. Y cuando me preguntaron por qué quería residir en el país, sólo pude decir: porque lo quiero (lo cual en la ficha del expediente quedó fríamente expresado como “por motivos particulares”).

Después, me escanearon las huellas dactilares del índice derecho y del izquierdo, y me hicieron firmar una declaración jurada de que, en resumidas cuentas, no era buscada por la Interpol por tráfico de drogas de ningún tipo.

Por último, tuve que pagar $1.423 uruguayos. Puesta en relación con otras cosas, esa suma es nada, es lo que pueden gastar dos personas en ir a comer una noche sin demasiados lujos. Pero, para mí, es mucho dinero hoy por hoy. Y diría que siempre, desde mi llegada.

Y, en dos meses, debería tener la residencia Mercosur otorgada y poder tramitar la cédula a partir de ese momento.

………………..

Llegué a mi casa contenta porque nadie sabe lo que me costó llegar hasta este momento en apariencia tan simple. Ni mis lectores, aunque conozcan mucho de la historia.

Y, a la vez, tengo una sensación rara. La sensación de la ironía de que si, en cuestión de días no consigo un trabajo, voy a tener que volver a Buenos Aires de todos modos.

Y no sería justo. Pero sé muy bien que la vida no es justa.

Me encuentro en una especie de limbo. Ya no soy ilegal en el sentido estricto de la palabra, desde el momento en que para este país ya renuncié a mi calidad de turista. Soy una residente, pero “en veremos”. Veremos lo que pasa en dos meses, alrededor del 9 de febrero.

Por su parte, a los efectos de la búsqueda laboral, que es lo que determinará mi permanencia en el país al comenzar el 2014, tampoco soy del todo legal.

Y no falta nada para que esa ruleta que todavía sigue girando, como decía uno de mis primeros posts de este diario de viaje, se detenga. Y me muestre el veredicto del destino.

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