77. Pista negra (III)

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Sábado 23 de noviembre, siete de la tarde.

Camino hacia la fuente de la plaza Armenia, en Palermo, buscando a mis amigas V. y M.

A V. (que no es la editora y correctora de textos sino otra V., a quien casualmente conocí en el mismo trabajo y comparte nombre con aquella) la vi en mi penúltimo viaje y tuvimos una conversación preciosa, a la que aludí en un post.

A M. no la veo desde hace mucho tiempo, más de un año. Cada tanto veo fotos en Facebook y sé que tiene el cabello larguísimo. Y que, desde que decidió renunciar a aquel siniestro (en el sentido popular del término) trabajo en el que todas nos conocimos, está radiante y cada vez más bella.

Ambas son unos cuantos años más chicas que yo, pero en nuestro encuentro lo visible -como escribió Roberto Juarroz- es sólo un adorno de lo invisible.

Doy la vuelta al círculo de la fuente y, casi al final de mi recorrido, encuentro a V.

Que me llama y me abraza como si no nos hubiéramos visto desde hace mucho tiempo (o como si nos hubiéramos visto anoche). Y, para retomar la conversación emotiva que tuvimos hace casi cinco meses, me cuenta que está embarazada. Sé que no le molestará que lo comparta con mis lectores, es una noticia que celebro y sin duda merece formar parte de este texto y aportar un toque de luz.

………….

Preparamos guacamole, tomamos cerveza (menos V., claro, que toma jugo) y mantenemos una charla mística. Hablamos de las esculturas que M. hace en el IUNA, de su trabajo como cocinera, de la ayahuasca, de historias familiares, de nuestras metas y de muchas otras cosas que jamás podrían ser puestas en palabras.

Y, tal como me había ocurrido hace un día con G., un encuentro que iba a durar tres horas termina durando el doble.

Cuando nos vamos de la casa de V., M. me abraza y yo me emociono. No es la cerveza, es la sensación de haber hablado con personas que entienden cosas que nadie más podría comprender.

De ahí me voy al cumpleaños de P., a unas cuatro cuadras. Es la una y más de la mañana y, tal lo previsible en una amable noche primaveral, Palermo explota.

Ya en el bar, encuentro y saludo a queridas mujeres que de manera fortuita conocí hace unos tres años  y –salvo un par de excepciones- hace más de un año que no veo y han tenido el gesto de hacerme un inolvidable regalo de cumpleaños, tal como conté en el mismo post donde mencioné la conversación con V.

A esta altura, ya estoy cansada. Me quedo media hora y regreso a casa porque este domingo, temprano, me espera un desayuno con P. (otra P., que es tocaya de la chica del cumpleaños).

Me subo a un taxi que me cobra 55 pesos argentinos. Creo que en lo que respecta a ese medio de transporte, los costos argentinos y uruguayos están bastante parejos.

……………..

Domingo 24 de noviembre, ocho de la mañana. Me levanto para ir a desayunar con mi amiga P., que fue compañera de carrera.

A P. la vi por última vez unos días antes de iniciar mi aventura uruguaya, el veintipico de diciembre del 2012. Ella conoció y escuchó todas las ilusiones con respecto a este viaje, así que de alguna manera me emociona reencontrarme con ella y hacer un balance que no podría hacer con nadie más que con ella.

Sólo tengo dos horas para esta cita, porque en dos horas y media tengo que estar en Cabildo y Juramento para encontrarme con otra persona.

Pero las aprovechamos bien. P. –que está estudiando astrología- me hace una síntesis de mi carta natal e improvisamos una sesión de tarot, tal como hicimos hace casi exactamente un año, justo antes de mi partida. Me cuenta anécdotas de viajes que hizo y de sus propias pistas negras (literales, en su caso).

Cuando me voy, nos abrazamos y ella me dice algunas cosas.

Y me voy caminando con lágrimas en los ojos.

………………..

Cinco horas después, estoy en la casa de mi amiga M, quien hizo posible mi viaje al prestarme el dinero para los pasajes. También tengo dos horas para estar con ella porque debo  volver a casa a armar el bolso (tarea que, como de costumbre, dejo para último momento).

Hablamos a doscientos kilómetros por hora y logramos ponernos bastante al día. Y hasta nos da el tiempo para jugar un rato con su adorable pug Pepita.

Tres horas después, estoy en casa. Armo el bolso con la ropa que necesito, los encargos que me hicieron en Uruguay y todos los víveres y productos de perfumería que compré para llevarme. Y el bolso termina quedando más pesado que yo.

Me queda una hora para comer con mi hermano empanadas de carne que él mismo cocinó. Y nos tomamos un vino.

Y después de eso me acompaña a la terminal de Buquebus, donde me espera ese odioso barco lento a la China.

………………

Lunes 2 de diciembre, seis de la tarde.

J. me dice, cuando me ve salir con mi vestido negro largo de Zara “Ay Floricienta, cómo nos vinimos”.

Sí, me baten Floricienta (lo único que me puedo llegar a ver parecido es el pelo y las faldas largas, pero bueno). Y si me consiguiera el novio que se consiguió la chica de mentas en la vida real, no estaría tan mal.

Acabo de renunciar a mi trabajo. Nadie sabe todavía en ese momento (salvo mi jefa, todos se enterarán en unas horas) y se lo cuento al guardia de seguridad, que me dice al irme:

-No te olvides de comprarte una planta de ruda macho y hacer lo que te dije.

………………….

Camino y me despido del barrio, extraña combinación de toneladas de productos chinos, señoras mayores, dealers y prostitutas que cobran 350 pesos uruguayos la media hora.

Y me voy tan feliz de saber que hay gente que ya no tendrá el placer de chupar mi prana todos los días.

También me voy preocupada, no lo voy a negar.

Tengo unas dos semanas para conseguir trabajo. Si a alguno de mis lectores se le ocurre alguna idea de qué puedo hacer o adónde puedo buscar, les pido me la envíen por privado. Será bienvenida. El objetivo es seguir quedándome en este país.

Me deslizo sobre una pista cuyo final aún no puedo ver, a una velocidad vertiginosa. La misma que guió mis encuentros en mi viaje a Buenos Aires.

Y, poco a poco, voy adquiriendo una cierta maestría en esto de intentar conservar el equilibrio en un contexto donde mantenerse en pie depende de eso. Y en donde, a cada instante, uno siente que va a terminar estrellado en cualquier momento.

Una extraña combinación de adrenalina, pérdida del control y –a la vez- necesidad de autocontrol.

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