76. Pista negra (II)

bella postal del sábado: los jacarandás en el frente de la facultad de ingeniería

bella postal del sábado: los jacarandás en el frente de la facultad de ingeniería

Viernes 22 de noviembre, diez y media de la noche.

Brindo con un merlot argentino, a muy pocos metros de uno de los lugares que representan la quintaesencia porteña: la plaza San Martín.

No es un brindis triste, tampoco un brindis alegre. Es, podría decirse, un brindis esperanzado. Y ya se sabe que la esperanza es un estado melancólico y ambivalente: es una apuesta de que la fe nos llevará hacia la luz, hecha desde un lugar donde lo único que parece hacernos compañía son las tinieblas. Las propias, las ajenas y las de la vida, que se reflejan y se multiplican como en un laberinto de espejos donde las imágenes se proyectan hacia el infinito.

La noche es amable, la compañía lo es mucho más. Por fin, después de mucho tiempo, puedo hablar de algunas de esas anécdotas que nadie conoce. Y tener esa charla mercenaria y contar esas cosas que sólo le puede decir una persona que escribe a otra que también lo hace.  Nos unen otros lazos de complicidad, además, pero creo que ese es uno de los más poderosos.

……………..

Cinco horas más temprano, revuelvo un vaso de café con “sabor navideño” (en mi caso, el de avellana) en el Starbucks de Cabildo y Echeverrría. En el mismo lugar y con la misma persona que hace seis meses, en mi segunda visita a Buenos Aires de este año.

Somos las mismas, pero somos otras diferentes a las de aquel momento, decimos con mi amiga G. Han pasado tantas, tantas cosas en la vida de ambas en estos seis meses.

Cosas que nos han hecho más escépticas y, como contracara, han alimentado más nuestros sueños.

Hablamos de la defensa de tesis de G., de la medicina ayurveda, le hago un resumen de ese mix Gran Hermano/ Patito Feo/ Hablemos sin saber que ocupa unas 50 horas oficiales de mi semana más otras (casi) tantas de desvelos.

Siguiendo en la línea televisiva, hablamos de cómo se rompió el contrato de lectura en los guiones de Farsantes (en este tema G. lleva la voz cantante porque en Uruguay los programas argentinos siempre llegan con delay y yo todavía no pude ver las escenas de las que me habla). Hablamos del curso de guión que hicimos hace unos años, exactamente el mismo, sólo que G. lo hizo en un cuatrimestre y yo en otro.

Hablamos de los proyectos de ambas, todos lejos de Buenos Aires al menos por el momento.

Hablamos de la novela que G. está escribiendo y de la que yo intento escribir. La de G. es policial, por lo que el título de este post –si bien tiene en principio otro sentido que los amantes del deporte conocerán- alude también a ella, indirectamente. Todo tiene que ver con todo y bien lo sabemos los que hemos pasado por una (buena) carrera de Comunicación. Somos como los hijos del rey de Serendipo y vemos relaciones y conexiones donde nadie más podría verlas. Casi diría que es la marca de clan que hace que nos reconozcamos unos a otros, una especie de tatuaje sólo visible a nuestros ojos.

Y el encuentro de agenda apretada que iba a durar hora y media termina durando tres. Y me voy a mi siguiente compromiso sin pasar por casa. No puedo demorarme, me esperan una botella de merlot argentino y un disco de música country que yo misma elegí. Y esa charla de historias mercenarias que hace meses anhelo poder tener.

Y ese abrazo que tanta, tanta falta me hace.

………………………

Sábado, dos de la tarde. Mi amigo montevideano J. me había pedido que fuera a La Boca por él pero –y lo lamento- los tiempos no me dan. Nos vamos con A. a comer un choripán en ese puesto que tanto amamos y está al lado del Mercado de San Telmo. Muy rasca pero la inflación se hace sentir como en todos lados y el chori vale cuatro pesos más que la última vez que lo comí (no hace tanto). Hasta el vaso de vino de botella de plástico aumentó. Pero todo, en conjunto, acompañada y bajo el sol, con cantidad de esas salsas de componentes inciertos que me encantan, es un manjar como hace mucho que no disfruto.

Una hora y media después, estoy en el 152 volviendo hacia Belgrano e intentando coordinar un encuentro con mi amiga V., la correctora y editora de textos. Sí: mi visita es un gran taller literario que, en el fondo, no es más que una gran sesión de terapia extendida.

Pero –con alguien me tenía que pasar- con V. nos desencontramos porque la vida, una vez más, me pone límites y no llego hacer todo lo que quiero.  E incluso ahora, en el momento en que escribo, me duele el desencuentro, porque la extraño mucho y necesitaba hablar con ella.

Pero V., del otro lado, sonríe y responde: siempre es necesario dejar un encuentro pendiente para tener una excusa para volver de visita.

………….

Frustrado el encuentro con V., tengo libres dos horas hasta mi próxima cita. Miro computadoras en Garbarino y Compumundo y me doy cuenta de que, en este viaje, va a ser imposible volverme con una. De manera que sigo tecleando en la agónica, rogando que no se apague con frases sin grabar que luego –como siempre ocurre- serán irrecuperables.

Decido entonces apostar a las compras de perfumería y voy a Farmacity, después a Pigmento. Comparo precios, elijo qué me conviene comprar en cada lugar, y me voy con dos bolsas gigantes pero que en Buenos Aires puedo financiar en cuotas y me salen tres veces más baratas que en Uruguay. El lector atento sabe que tengo las valijas prontas para abandonar la casa de Gran Hermano, así que tengo que contar con ciertas reservas.

Improviso un paso fugaz por mi casa de allá para dejar todo y saludar a mi hermano, con el que hasta ese momento apenas crucé palabras desde mi llegada y con el que –aún-no pude compartir ni una comida.

Y tanto me sigue conmoviendo todo lo que sentí y todo acerca de lo que pude hacer catarsis durante esos tres días, y tan duro fue el día que acaba de acabar, que extraño esa visita a Buenos Aires que comenzaba hace exactamente una semana y en la que, en este momento exacto, estaba tomando un Jack Daniel’s.

No extraño la visita por la ciudad en sí, claro, sino por la gente querida.

Hoy, mientras escribo, sólo me acompañan el vaso de agua de la canilla y el clásico Plidex de cortesía.

De todas maneras, si esa visita ocurrió, es porque –y sólo porque- sigo apostando a ese sueño de vivir en este país desde el que escribo, en condiciones que me permitan narrar historias diferentes a estas, tantas veces oscuras y que cuento, como hoy, con un nudo en la garganta. Un nudo que, como la esperanza, es ambivalente. Porque un lazo de los que forman la cuerda anudada es el de la angustia, pero el otro es el de haber vivido esos momentos que en este momento extraño.

Y esta historia porteña continuará –y se cerrará- en un próximo post.

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