74. For wild is the wind

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Viernes, siete de la tarde.

En Montevideo, el sol brilla aún en lo alto. Acá la hora ya se adelantó, de manera que el reloj marca una hora más que en Buenos Aires y el sol sigue siendo el de un día primaveral a las seis.

Quienes viven acá o conocen bien esta ciudad saben que en los días cálidos la rambla montevideana es como el subte en hora pico en Buenos Aires. Pero, para que eso ocurra a) tiene que hacer, propiamente, calor y b) no tiene que haber viento, salvo una leve brisa de esas que pasan sin pena ni gloria.  Es decir, a) debe ser posible estar cómodamente sentado sin necesidad de abrigo ninguno, salvo quizás alguno muy liviano y b) el río no tiene que hacer olas.

Si los puntos a) y b) no se cumplen, el montevideano promedio no se tomará la molestia de pisar la rambla, salvo en el caso de aquellos para los que correr es una religión. Que, no nos engañemos, siguen siendo una minoría frente a quienes sólo se calzan el traje de deportista si las condiciones climáticas son benévolas.

Y, cuando un día donde las condiciones a) y b) brillan por su ausencia sucede inmediatamente a uno donde brillaron por su esplendor, el contraste es brutal.

Ayer salí a caminar a la misma hora. Fue un día donde el sol rajaba la tierra y, en consecuencia, la rambla rebosaba de uruguayos y turistas ávidos de esa díscola primavera que tanto se está haciendo desear y que por ahora no es más que una prolongación tibia del invierno.

24 horas después, sólo faltaba que por esa misma rambla pasaran esos fardos secos de película de lejano oeste. Claro: el sol era el mismo de ayer, pero la velocidad del viento competía con la siempre rápida y furiosa de los autos que hacen rambla. Nadie (pero NADIE) en la vuelta. Sólo algún que otro deportista fanático o mujer con evidentes ganas de ponerse la bikini y que le entre.

Ni una cosa ni la otra, yo sólo quería cansarme para callar los chillidos de la angustia.

………………

Es gracioso, porque como no tengo plata para viajar en colectivo (sólo tengo 200 pesos que reservo para viajes de emergencia) estoy yendo y viniendo caminando del trabajo. Ya encontré el camino más certero. Pero siempre termino tardando una hora.

Por lo tanto, resulta que si sumo esa caminata de ida y vuelta con la ramblera, que dura una hora –por lo menos- estoy caminando tres horas por día.

Dos de esas horas son el capital que debo invertir, a falta del económico, para poder llegar al trabajo y desde ahí a mi casa. La otra hora es la única forma de terapia a la que me siento en condiciones de acceder en este momento. Además de escribir, nobleza obliga.

En los últimos días estuve pensando que tal vez debería intentar con terapias más “alternativas”. Ya hace tanto tiempo que no pego una, y en los últimos días la situación es tan, pero tan alevosa, que yo –que nunca creí demasiado en tales cosas- estoy empezando a pensar que alguien me está tirando malas ondas, me ha ojeado o me envidia un poco. Cualquiera de esas opciones me resulta difícil de creer, especialmente la última. Pero la cuestión es que la gente que es testigo de las cosas que me pasan me recomienda que me haga una limpieza, por lo menos con jabón de coco (que tal parece que barre las malas ondas) o que me tire encima una infusión con tres hojas de ruda macho.

O que vaya a la fiesta de Iemanjá y pida que me limpien ahí. Pero eso recién es en febrero y a este paso no sé si llego entera.

Alguien me dijo –y coincido con la teoría- que aunque la raíz de los problemas no pase por el accionar de otra persona, practicar el ritual de un acto de limpieza tiene el poder de decirle a nuestra mente que estamos libres de toda esa cadena de sucesos indeseables. En la misma línea, quienes hemos leído a Jodorowsky sabemos que él sostiene que los actos de psicomagia tienen la fuerza suficiente como para engañar al subconsciente y permitirnos así dejar atrás situaciones dolorosas que se producen a repetición en nuestras vidas. Por otra parte, basta haber leído a cualquier antropólogo para llegar a la misma conclusión.

Tengo que pensar algún buen ritual en el que pueda depositar mi fe. Y quizá las cosas empiecen a mejorar. Sólo cuento con mi esperanza, porque sé (mejor que cualquiera que vea la situación desde afuera) que todos los otros recursos disponibles que dependen de mí están puestos en el asador desde hace rato.

De lo que me hago cargo como responsabilidad en lo que me pasa es en el tema de no haber iniciado el trámite de la residencia. Como atenuante, para enfrentar la burocracia que ese proceso conlleva, son necesarios tres factores: tiempo, dinero (porque todo trámite lo requiere, aunque sea para desplazarse de oficina en oficina) y energía. Y nunca conté con los tres factores a la vez. Siempre tuve uno, u otro, o un par en momentos fugaces y gloriosos. Nunca tuvieron el placer de conocerse los tres.

Pero desde hace unos días resulta que estoy en la casa de Gran Hermano y, para ponerle más punch al asunto, resulta que estoy nominada. El lunes entraré al confesionario y veremos cuál es el resultado de la votación final. Igual, debo admitir que pase lo que pase con eso, estoy mirando la valija con mucho cariño. Creo que los lectores habituales cazaron al vuelo de qué estoy hablando, no hace falta darles más explicaciones. En todo caso, las daré cuando la situación lo amerite y pueda hacerlo.

En esas condiciones, el viejo chip voló y esta vez es la definitiva: en lo que queda de noviembre comenzaré oficialmente el trámite de residencia. Si todo sale bien, la semana que viene tendré el carnet de salud y el certificado de domicilio, ambos necesarios para dar inicio a la gestión. Resulta irónico que siempre tuve los papeles argentinos y me faltaban los uruguayos; ahora ocurre exactamente lo contrario. En noviembre tengo que irme a Buenos Aires a buscar, otra vez (la tercera será la vencida) esos papeles. Pero las cosas nunca son tan fáciles, no tengo disponible en mi tarjeta de crédito y 200 pesos uruguayos no me alcanzan para ese objeto. Veremos si luego del cierre de la tarjeta –en exactamente una semana- puedo comprar los pasajes. En cómodas cuotas, claro.

………….

Viernes, ocho de la noche. El río hace olas y hoy le puedo conceder que le hace honor a su condición de “rio-mar” que –lo sigo sosteniendo- es lo que es, técnicamente.

Camino contra el viento, volviendo desde Kibón a Punta Carretas. La arena vuela, el aire me cachetea, no puedo respirar y cada cabello de mi colita rubia se mueve en un radio de trescientos sesenta grados. Una experiencia que no vivía desde mi visita al estrecho de Magallanes y vengo a repetir ahora, a muchos kilómetros de distancia.

El viento todo lo arrastra, menos las penas, que compiten con él para ver quién es más salvaje.

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