72. 21

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Octubre de 1992.

Estoy en la parada del ya famoso (al menos en este espacio) colectivo 67. La que está, o estaba en esos días, justo debajo de las escalinatas de la facultad de derecho de la UBA.

Tengo puesto el hermoso jumper azul escote en V de mi colegio.

Y lloro, lloro desconsoladamente.

Iba en el 67 desde el centro porteño hasta mi casa, en Belgrano (es decir, lejos del centro y relativamente lejos de la facultad de derecho, por lo menos para pensar en volver caminando).

Pero el 67 se descompuso y yo quedé varada a mitad de camino, en esa parada donde estaba llorando sin parar.

Se supone que, en esas circunstancias y en esas épocas donde la tarjeta sube no existía siquiera en la imaginación de ningún cráneo argentino (supongo), uno se podía subir a cualquier otro colectivo de la misma línea sin pagar nada, solamente presentando el boleto.

Pero resulta que yo había perdido mi boleto (siempre fui un poquito distraída) y comencé a hundirme en el vaso de mi propia angustia. Tenía 15 años, era de noche, me había escapado de mi casa (los motivos del viaje no vienen al caso ahora), no tenía un centavo –sólo había llevado el dinero para el pasaje de ida y el de vuelta-, pertenezco a esa arcaica generación que vivió su adolescencia sin celulares. Y no tenía la más mínima idea de cómo volver a casa. Sí, me hubiera podido chamuyar al colectivero. Pero esas conductas no formaban parte de mi manera de ser.

A esa altura el rojo de mis ojos y de toda mi cara ya contrastaba con el azul del jumper.

Y de repente veo una parejita de estudiantes que se acercan a ese ser frágil y miserable que era yo en ese momento. La chica me pregunta qué me pasa. Nunca me voy a olvidar de la dulzura con la que me habló. Y el chico me da la plata para volver a casa.

Subo al 67 (que tarda, como de costumbre) y en la radio que escucha el colectivero están pasando “Shiny happy people” de R.E.M.

Han pasado 21 años desde la historia que acabo de contar y la tengo tan presente como si la estuviera viendo en una pantalla, en este mismo momento.

………………..

Lunes 4 de noviembre a la noche. No estoy, precisamente, en la parada del 67, aunque sí a metros de “veintiuno” (de septiembre).

Estoy en mi habitación y, una vez más, lloro.

Mi capital líquido se reduce a 14 pesos uruguayos. Es decir, me faltan siete para poder pagar los 21 pesos que cuesta el boleto común del ómnibus que me tomo a la mañana para ir a trabajar.

Son las once de la noche y me doy cuenta de que un préstamo de emergencia que esperaba ya no va a llegar. Y no me da la cara –tomando en cuenta los eventos de los meses pasados- para pedirle esos siete pesos que me faltan a la dueña del apartamento.

Y ya no soy esa chica de quince años que milagrosamente se cruzó, aquella vez en esa parada, a esa parejita radiante brillante y feliz.

Sin embargo, lloro con el mismo desconsuelo con el que esa chica de quince años lloraba aquella noche.

Esa situación de no tener a quien pedirle esos siete pesos faltantes fue -para mí- como si esa soledad, que tantas veces se ha sentado a beber conmigo, me echara encima el contenido de esa botella compartida y se acercara a mí. Con una expresión entre compasiva y resignada y un fósforo encendido en la mano.

…………

Martes, siete y media de la mañana. Marco en el mapa el camino que pienso hacer desde mi casa al trabajo. Posiblemente no sea el más corto, pero elijo calles que más o menos ubico para no perderme (cosa que, como mis lectores sabrán, ya me ha pasado un par de veces en esta ciudad tan dada a las curvas caprichosas).

Salgo de casa y la caminata me lleva una hora exacta. Llego dolorida, pero no tanto por la caminata (que objetivamente es sólo un ejercicio físico) sino por las quemaduras de anoche. Que no se ven, pero se sienten.

Dicen que todos, todos los que escriben –sin excepción- dedican siempre su obra a uno o dos temas. Lo único que cambia son las historias, que sean reales o ficticias, sólo son una excusa para conjurar sin pausa los embates de ese par de temas existenciales y definitorios que marcan la vida del autor.

A ti, mi tema ineludible, inexorable e infinito, que sé me acompañarás hasta el último segundo de mi vida –y quizá más allá- te dedico este post.

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