71. Desencanto

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Jueves, me duelen mucho las piernas.

Me duele el cuerpo. Me duele el alma, me duele el corazón.

Me duele tanto todo, lo visible y lo invisible, que recurro a mis remedios históricos y a los de los últimos tiempos.

Me tomo un plidex y un perifar 400.

Lloro un poco. Ya lloré un llanto furtivo durante todo el día, pero no me alcanzó. Necesitaba llorar en un espacio de soledad y calma.

Aunque en un momento, para ser sincera, pensé en aprovechar el gran privilegio de vivir en Montevideo: ir a la rambla y llorar frente al río, lo cual –valga la paradoja- no deja de proporcionar un alivio casi placentero.

Pero no. Estoy muy cansada.

…………..

Como buena serpiente, estoy cambiando la piel. El domingo tomé dos horas de sol fuerte y mi grácil piel está pagando las consecuencias.

Es una especie de señal de que Ludovica sigue teniendo razón.

No es un año para concretar nada, porque las circunstancias no están dadas para ello. Lo cité textualmente hace 22 posts y esa frase sigue siendo tan vigente como en aquel momento.

El único cambio es que, a medida que va pasando el tiempo, me pesa más el desencanto de aún no haber podido lograr una cierta estabilidad en cuanto a mis medios de vida.

Cada vez me estoy preguntando más seguido si no debería dar otro gran golpe de timón y probar otras alternativas. Nada más cansador y desgastante que hacer continuamente cosas que no te gustan.

Cabe aclarar que no me refiero a un golpe de timón geográfico. No está en mis planes volver a Buenos Aires, ni a ninguna ciudad argentina. Antes que eso, me iría a cualquier otro país o plano cósmico del universo.

Pero, al menos por unos meses más, me quiero seguir quedando en Uruguay.

………………

Es mi creencia que, cuando una persona o circunstancia genera un efecto de encanto sobre nosotros es porque –de manera voluntaria o inconsciente-alcanza ciertas zonas que están fuera de la jurisdicción de lo racional. Hay algo que nos interpela de manera afectiva e instintiva.

Pero ese efecto no es eterno, necesita una renovación constante. Es una especie de pariente cercano o evento conexo al contrato de lectura del que hablé en “Te aviso, te anuncio”. Lo definiría como un contrato de relación. Que suena parecido a -pero es algo mucho más complejo que- una relación contractual.

Como ocurre con casi cualquier contrato, muchas veces se rescinde abruptamente.

Es otra de mis creencias: una de las características definitorias del desencanto es que sucede de repente. En un instante, comenzamos ver a algo que no queríamos, o simplemente no podíamos, ver.

……………

La anterior es una descripción bastante fiel de los últimos días de mi vida. Siento ese cansancio agudo del desencanto.

Desencanto de relaciones.

Desencanto de situaciones.

Desencanto de ver cómo se van tornando intransitables caminos que en un momento dejaban vislumbrar horizontes hacia los cuales valía la pena elegir cada día seguir avanzando.

Desencanto de escuchar palabras de personas que intentan darme recetas de vida u obtener cosas de mí sin tener la más remota idea de lo que es invertir la mayor parte de las horas de tu vida útil en hacer cosas que no te gustan, mientras estás solo en otro país, lejos de las pocas personas con las que uno sabe que puede contar incondicionalmente. Lo que me generaría encanto es que los autores de recetarios y las partes demandantes hicieran el trabajo de campo de vivir la vida en las mismas condiciones en las que la estoy viviendo yo.

Cosa por demás imposible, pero que se puede vislumbrar a través de la empatía, esa característica escasa y tanto más valorable justamente por eso.

Y el desencanto me genera fatiga, tristeza y decepción en cantidades equivalentes. Pero no sirvo para increpar a las personas que me lo generan. Esa conducta no está ni en mi educación ni en mi personalidad. Elijo el silencio, al menos hasta alcanzar la serenidad suficiente como para actuar con prudencia y la mayor seguridad posible. Cada vez me cuesta más, pero la paciencia le sigue ganando al impulso.

Pero tampoco puedo ignorar esa sensación. Por eso la escribo. Y así salen estos textos crudos, sin poesía ni elaboración, carentes de metáforas pero surcados por zonas veladas. Porque esto también es la experiencia de vivir sola en condiciones muchas veces adversas. No todo es un domingo en Garzón ni una tarde en la costanera de Mercedes, aunque sé que eso no es algo que tenga que explicarles a mis lectores históricos ni a las personas sensibles que saben leer más allá de los caracteres visibles.

Tal vez como un mecanismo de defensa frente al desencanto, la foto que ilustra este post es la que elegí como perfil en un par de redes sociales. Para recordarme a mí misma que sigo apostando a vivir en Uruguay y que no voy a dejar de luchar hasta que la sonrisa deje de ser fugaz y logre instalarse con una cierta permanencia.

Todo lo que me genera desencanto, lo sé, no va a cambiar.

La que debe cambiar soy yo. Y veremos qué resulta de todo eso.

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2 pensamientos en “71. Desencanto

  1. ¡¡¡VAMO’ ARRIBA!!!!!!! Por favor, seguí adelante con lo que emprendiste. La vida es UNA sola y si hay algo invisible (un ángel, quizás) que te hizo girar en éstos rumbos, no te eches atrás por nada, de nada. Vos misma sabés que vas bien. Te merecés una victoria. Abrazo

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