69. Vértigo

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Martes a la noche, me siento frente a mi computadora y pienso cómo va a ser posible ponerme al día.

Y, honestamente, no lo sé. O, más honestamente, sí lo sé: es imposible.

A lo largo de estos muchos días que pasé sin escribir (tantos, que ya perdí la cuenta) tuve en carpeta una cantidad de temas acerca de los cuales quería explayarme.

Y después de escribir esa frase –o mejor dicho casi antes de terminarla- se me apagó la computadora. Por vez número ciento ochenta en lo que va del mes.

Es una buena explicación acerca de por qué no estuve escribiendo. Mi computadora me está diciendo de ciento ochenta maneras posibles (y contando) que ya no quiere más.

Del mismo modo que tantas personas, circunstancias y lugares nos lo dicen a lo largo de nuestras vidas, hasta que no nos queda otra que obrar en consecuencia y dejarlos ir. O partir nosotros, lo que aplique en cada situación.

Y del mismo modo que nosotros mismos lo decimos en más o menos ocasiones a lo largo de la corta vida, a veces sin ser conscientes de ello.

………………..

Harta de no poder escribir porque llego agotada del trabajo y lograr que la computadora arranque es un proceso que puede durar hasta una hora, tengo la temeraria idea de comprar una nueva en mi próximo viaje a Buenos Aires, que será en algún momento de noviembre, espero lo antes posible.

Cabe aclarar que la idea no era temeraria, era simplemente idea. Hasta que se me ocurrió abrir las páginas de Compumundo y Garbarino y enfrentarme con la dura realidad de cuánto cuesta una notebook hoy en día. Y no hablo de una sofisticada que digamos. Una como la mía, normalita.

Me he dado cuenta de que mi estimación de precios estaba muy, muy desactualizada. Ya perdí noción de los precios en Argentina. Es más, estoy dudando acerca de si no me conviene comprarla acá.

El tema es que, para comprarla acá, necesito de manera forzosa una tarjeta de crédito uruguaya que me permita financiarla. Por ese mismo motivo es que no puedo comprar una usada en Buenos aires. Necesito pagarla en todas las cuotas que sean posibles.

Está por verse si puedo acceder a la famosa tarjeta a través de mi trabajo o si me ponen trabas por ser una argentina-aún-sin-cédula-ni-residencia-en-trámite (sí, ese tema sigue en stand by, justamente porque mi vida en este momento se ajusta al título de este post).

……………….

En este período en el que no escribí, pasaron varias cosas. Algunas de ellas se podrían contar; otras forman parte de ese libro mercenario que por el momento no tengo ganas de escribir.

Entre lo que se puede detallar acá, es menester declarar que gracias a mi trabajo estuve viajando mucho. Es una etapa que, al menos por el momento, se terminó, pero disfruté mucho. Aunque sólo fuera por esos viajes, este trabajo ya valió la pena.

Estuve en Colonia, en Carmelo, en Nueva Helvecia, en Fray Bentos, en Mercedes, en Rosario, en Dolores, en Tarariras, en Juan Lacaze, en Libertad, en Cardona, en mi querido San Carlos, en Maldonado, en Punta del Este (con visita a Punta Ballena y a las cumbres incluida), en Piriápolis y en Pan de Azúcar.

Estoy segura de que he recorrido Uruguay más que muchos uruguayos.

Después, por otro motivo –asistir el evento de mi amado Francis Mallmann- estuve, por extrañas y mágicas conexiones del destino, en Garzón. Pero eso será tema de un próximo post.

El tema del alquiler en octubre fue más o menos lo mismo que en septiembre. Lo parí, lo cual no deja de ser una graciosa coincidencia a los nueve meses cumplidos de mi estadía en esta patria elegida. Y, por supuesto, ahora sufro los coletazos. No tengo un peso para nada y no tengo idea de cómo voy a llegar a fin de mes. Nada que pueda extrañar a mis lectores, por supuesto.

Y desde hace algo más de un mes, cada vez que me miro al espejo, veo una expresión de cansancio en mi cara como no la había visto nunca, ni cuando tenía dos trabajos y trabajaba entre 15 y 16 horas diarias, 6 de 7 días a la semana. Quizá porque, en ese momento, sabía que iba a poder pagar mis cuentas sin más sufrimiento que ese. En septiembre y octubre padecí un tipo de sufrimiento mucho más profundo: el de la incertidumbre de no saber de qué manera vas a poder reunir los fondos para seguir viviendo bajo el techo que te ampara. Sólo quienes hayan pasado por esa situación pueden entenderme.

Podría escribir acerca de tantas cosas. Pero el Plidex que me tomé (demasiada presión) está haciendo efecto y quiero dormir.

Y quiero soñar que estoy así, sentada al lado de la bella costanera de Mercedes, como en la foto que ilustra este post.

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