67. La vida es pelota

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, hay que patear mucho.

En una semana conocí más de Montevideo que en los últimos ocho meses y en todas mis visitas anteriores.

Conocí Unión, La Comercial, Pasomolino con su ecléctica avenida Agraciada –designio urbanístico que no deja de tener una cierta ironía-, el Prado, la Teja. Y, ya que estoy lanzada a la aventura, resulta que también voy a conocer el famoso Cerro.

También conocí más en profundidad el aquí llamado barrio de los judíos (en el que ya había estado de paso). Y hace un par de días escuché nuevamente el jingle de “La ensalada” (una versión vernácula y abreviada de La Salada, acerca de la que hablé en un post anterior). Sigo sosteniendo que dice “Soy feliz, soy feliz, ahora que me como una ensalada”. Y sigo descreyendo de ese postulado tanto como en aquel infausto día en que esa pieza llegó a mi oído.

………………

Lunes, la lluvia cae con furia y el viento amenaza con arrastrarme poco a poco hasta el río (para mí técnicamente aún estoy en la zona de influencia del río, nunca le diré mar a la costa montevideana).

Camino desde Juan Marîa Pérez y Francisco Vidal hasta mi casa. En menos de diez cuadras se me da vuelta el paraguas más de diez veces. Y no es un paraguas plegable de puesto oportunista; es un señor paraguas. Y para mayor deleite, verde.

Y camino feliz porque acabo de conocer al bulldog francés más lindo de Pocitos, Punta Carretas, y aledaños. Un perrito que se quedó casi dormido en mi regazo.

Me muero de ganas de tener un perro. Pocas cosas me gustarían más que llegar del trabajo y tener un ser que acariciar. Un ser vivo leal, noble, empático, comprensivo y que no demanda nada a cambio.

Es fácil –tan fácil- comprender por qué los perros son tan superiores a los humanos en ciertos aspectos emocionales.

Cada vez lamento más no haberme dedicado de manera profesional a los animales. Debería ser veterinaria de caballos y vivir perdida en medio de un lindo campo.

Ya es un poco tarde para eso. No en cambio para tener un perro, pero ciertamente no es el momento.

………………..

No sólo camino por 21 (de setiembre, pero omitir esa parte te da un status de uruguayo) con un paraguas prestado que se dobla. Tiemblo no sólo del frío sino de la idea que se rompa.

Camino además con un sandwich de milanesa (en vocabulario uruguayo, milanesa en dos panes) en la cartera, que me preparó un compañero de trabajo -el dueño del precioso can- preocupado porque nunca me ve almorzar. Un ejemplo más de que la red se abre en el momento oportuno, en este caso justo cuando se te acaban los víveres para comer.

Todavía tengo reservas corporales que me permiten afrontar el momento sin que se note demasiado, pero el hambre nace de todas maneras y ese sandwich es el mejor regalo que alguien me podría haber hecho en este momento.

…………….

El jueves nace, el frío crece. Al menos en mi percepción. Será que estoy destemplada, pero estoy congelada. Hoy se cumplen 49 días sin calefacción en mi habitación y los he sufrido bastante.

Necesito, con desesperación, que empiece a hacer calor. Ya no resisto el frío.

Se inician, por otra parte, las 48 horas donde la señora dueña del apartamento espera que le pague mi alquiler. Cosa que, mis lectores imaginarán, no será posible. Tendré que hablar con ella para extender el plazo y la situación me genera mucha tensión.

Estoy exhausta después de un largo día, pero no puedo dormir. Tengo que probar las pastillas que me recomendó una compañera de trabajo, pero de todas maneras no puedo comprarlas ahora.

Lloro como una manera de diluir todo ese cansancio y esa tensión y el sueño comienza a aparecer, poco a poco.

Antes de que mi cabeza caiga sobre el teclado, dedico este texto a mi amiga V., quien escribió un exquisito texto sobre el porteño colectivo que comparte el número del post: el 67.

La vida es un 67, hay que dar muchas vueltas para llegar a destino.

Los porteños comprenderán. Y a los extranjeros que visiten Buenos Aires, les recomiendo la experiencia de subirse en él.

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