65. 90/09

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09 de septiembre, el sol calienta Montevideo (el termómetro acusa 27 grados en el momento en que escribo esto).

Ayer estaba sentada en un auto, en uno de esos modelos clásicos, bajos y largos, en Buenos Aires. Mirando –como buena hija canceriana- a mi madre luna que siempre se ve enorme desde el bajo. Incluso en cuarto menguante, como la uña blanca y perfecta de una mano invisible que se clava en el cielo y se resiste a dejar de aferrarse a él.

El “ocultamiento de Venus”, o como quiera que se haya llamado, me lo perdí. Según escuché, ocurrió un par de horas antes de ese momento, y no estaba enterada. Lástima.

De ese sol que ahora brilla la que se oculta soy yo. Y tengo frío, claro. Dormí sólo tres horas, llegué de Buenos Aires a Montevideo, me bañé, me vestí, me fui a trabajar. Fail: resulta que me habían llamado el sábado para comenzar el martes. Me perdí un día de estadía en Buenos Aires y tuve que hacer el viaje que más detesto sólo por no haber escuchado un correo de voz que mi celular nunca tuvo la delicadeza de avisarme que existía.

Me tomé el 17 – Casabo de ida, caminé unas cuadras por una de las zonas menos agraciadas de Montevideo, conocí mi nuevo lugar de trabajo, me tomé el 199 – Punta Carretas de vuelta.

Pasé por el Disco, compré dos manzanas y me volví a mi habitación casi en puntas de pie.

No quiero cruzarme a la dueña del apartamento porque, tal como ocurrió el mes anterior, no tengo todavía el dinero para pagar el alquiler. Y me resulta muy difícil manejar esa situación porque es una de las pocas cosas que no me tocó vivir en mi intensamente vivida existencia.

…………

A contramano del mundo, siento que me voy congelando de a poquito. Quiero dormir, necesito dormir unas horas. Pero tengo tantos mensajes pendientes por escribir, y tanto desborde que pide a gritos un poco de auto-contención, que creo que descansar es un privilegio al que deberé renunciar.

Dado que este mes no cuento ni con tarjeta ni con efectivo, me traje varias cosas de Buenos Aires, de diversos rubros. Porque, cuando hay que trabajar, el ítem presencia hace que productos que de otra manera serían suntuarios se tornen elementos necesarios. Así es como, además de polenta y arroz, en mi equipaje vinieron la tintura rubio ceniza y algunos cosméticos que se me habían acabado.

La tarde en la que compré el maquillaje me parece ahora un evento muy lejano. Decidir qué color de rubor comprar entre los veinte disponibles es muy WPP (white people problem). Ahora, que ni siquiera puedo cruzar la puerta para ir a calentar agua para el mate, siento como si esa situación la hubiera vivido una persona con circunstancias muy diferentes a las de la que está ahora sentada escribiendo.

 ……..

 Un título muy abstracto para un texto que también lo es, a pesar de estar estructurado alrededor de hechos concretos.

90 horas de Buenos Aires, ahora muy lejanas. En esas horas, una persona muy querida que compartió conmigo una noticia cuyo proceso viví muy de cerca. El evento es feliz porque esa persona logró algo que desde hace mucho tiempo buscaba, pero a la vez –para mí- significa decirle adiós a un lugar por el que pasó gran parte de mi vida de los últimos años.

90 horas que, tal como en los viajes anteriores, nunca alcanzan para nada.

90 horas en las que comí una gloriosa milanesa con puré en Vicente (lugar muy recomendado para quienes visiten Buenos Aires). Pero me hace mal recordar eso ahora que sólo hay una manzana delante de mí (la otra fue mi almuerzo).

90 horas en un par de las cuales me tocó recordar lo que es vivir en Buenos Aires cuando el viernes fui a Tribunales a tramitar el certificado de reincidencia y descubrí que habían cortado el tránsito peatonal en cinco manzanas a la redonda en honor a la presencia del Comité Olímpico.

90 horas en las que hasta hubo tiempo para algo que nunca había hecho: tomar un helado con mi hermano en la esquina de la cuadra de mi casa porteña (creo que me estoy recibiendo de turista en Buenos Aires).

90 horas de actividad incesante que desembocan en este 09 de septiembre en el que debo permanecer inactiva hasta el punto de que mi presencia no sea siquiera advertida.

90/09. Una vez más, la realidad visible y aquella que sólo revela su entidad del otro lado del espejo, como alguna vez describí en Through the looking glass.

Pero, hoy, no me siento como Alicia, sino como Scarlett O’Hara (esto es algo que sólo podrán comprender quienes hayan visto Lo que el viento se llevó, pero asumo que mi perfil de lector cuenta con ese repertorio cultural).

Vengo de esquivar tantos golpes que mi cintura va a terminar siendo superadora de la de Katie Scarlett. Y, al igual que ella, tengo a Dios como testigo de mi juramento de seguir adelante. Porque, al igual que ella, yo también tengo mi Tara y es como si sintiera esa tierra roja escurrirse entre mis dedos sin nunca caer del todo; clavándose en ellos como esa luna de cuarto menguante que se hunde en la piel de la noche.

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