58. When you got nothing

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Por lo general, cada vez que me siento a escribir, es porque pasa algo. Son muy pocos los posts donde no hay alguna historia, explícita u oculta entre líneas.

Otra manera de decirlo sería que cada vez que me siento a escribir es porque tengo algo para contar. Pero, para ser exacta, no es así. Por una cuestión que tiene mucho que ver con mantener el hábito de escribir, salvo algunas excepciones me dedico a hacerlo al menos dos o tres veces por semana con prescindencia de que haya pasado algo o no.

Lo que sucede es que el timing de la vida me suele acompañar y en el 90% de los casos hay algo para contar.

Bueno: este texto forma parte de ese 10% en el que –al menos en la superficie- no sucede nada. Todo lo que pasa, pasa dentro de mí, y eso es lo más complicado de expresar. Como bien lo sabe cualquiera que escribe.

Quizá porque me gusta la fotografía, pero muchas veces traslado en mi mente lo que cuento en este espacio a un lenguaje visual. Así como hace unos días describía una escena real como si hubiera sido tomada desde un plano cenital, pienso que estas horas de mi vida deberían ser captadas por una cámara fija. Sin embargo los planos fijos, a veces, son los más expresivos. Te tiene que gustar el cine europeo, claro.

…….

Hoy, 6 de agosto, es imposible que haya movimiento. Estoy en mi habitación y no quiero ni asomar la nariz al exterior. Todavía no tengo dinero para pagar el alquiler y no quiero verme expuesta a la incómoda situación de decir que no lo tengo.

Miro el noticiero y veo un tiroteo que ocurrió ayer a dos cuadras de mi ex trabajo, en una cuadra por la que pasaba cada día, casi en el momento en el que ocurrió el delito. Recuerdo a mi jefa diciendo “cuando estamos todos adentro, no hace falta trancar la puerta”. Y me recuerdo a mí misma diciendo “yo vengo de Buenos Aires, la voy a trancar igual”. Más o menos lo mismo que me decían en mi trabajo nocturno cuando me preguntaban por qué me iba en taxi viviendo a menos de 10 cuadras y cobrando menos que la mayoría de mis compañeros. Yo llevo la marca porteña de la paranoia en el orillo, no la puedo borrar así nomás. Y, a la luz de los hechos, no corresponde que la borre.

Y, sin embargo, me quiero quedar a vivir en Uruguay y estoy haciendo todo lo que depende de mí para lograrlo.

………

Sábado a la noche, me escribe mi hermano. No sabe que renuncié a mi trabajo y es la última persona en el mundo a quien desearía trasladarle mis preocupaciones (y, por suerte, no lee el blog). Es un mail tan lleno de amor, del más puro y desinteresado que conozco y conoceré en mi vida, que me hace llorar. Y, ahora que ya han pasado unos días, se me llenan los ojos de lágrimas cuando recuerdo sus palabras.

No sé qué responderle. No quiero transmitirle esta tristeza. Tampoco puedo mentirle, así que le cuento lo que pasó. Y le digo que haré todo lo posible por quedarme.

Luego de ese mail, me llegan varios mensajes de apoyo. Me escribe, por ejemplo, una amiga de la facultad que solía prender velas cada vez que rendíamos un examen. Le pido que vuelva a encender una vela por mí, como en aquellas épocas.

Y, a continuación, una divina chica uruguaya a quien conocí en el TEDx del año pasado. Me dice que me concentre y visualice aquello que deseo.

Lunes a la tarde, voy a una entrevista en 21 de sePtiembre (me resisto a decir setiembre, aunque los carteles de vía pública me desmientan). Nada, la nada misma. La ilusión de ese empleo se diluye en el río (mar dirían los uruguayos) que veo por la ventana de esa oficina desde el piso 10.

Casi en simultáneo, una luminosa amiga me envía mensaje por Facebook y me dice que encienda una vela y me concentre en mis deseos. Ya van muchas personas que me dicen lo mismo y decido que, dado que no tengo nada que perder, debería ir a comprarme las mentadas velas.

Voy al coqueto Disco de Punta Carretas, que tanto extrañaré si me veo forzada a abandonar este país, y compro unas velas rojas. No es que quiera pedirle a la vida que me lleve de viaje por los tormentosos océanos de la pasión, eso es algo que no me haría falta pedir. Simplemente, son las velas más baratas que veo. Las más discretas, no sé por qué, son más caras.

Y, en el apartado “apoyo terapéutico”, también debo dedicarle unas líneas al whatsapp, ese invento moderno del cual –como buena profana tecnológica-prescindí por años.

A veces maldigo el momento en el que llegó a mi vida, a veces lo bendigo. En estos últimos cuatro o cinco días, “wapp” se dedicó a hacer méritos para amigarse conmigo, porque me sirvió para tender puentes hacia personas a las que extraño mucho y me dieron todos sus ánimos en este momento complicado.

…………….

Mañana, si a mi ex jefa se le canta, podré ir a cobrar lo que debo. Y ni así podré pagar el alquiler completo, que este mes con un dólar decididamente a más de 21 pesos se me fue a las nubes. Todavía no sé cómo haré para pagar el resto. Lo importante es que si todo sale bien al menos mañana podré calmar ánimos.

Mientras tanto, y como nunca viví esta situación en mi vida (y me desespera), quiero pretender que ni siquiera formo parte de ese mundo que sigue girando a mi alrededor.

Es un día soleado y apacible en Montevideo, puedo advertirlo cuando corro unos centímetros la cortina anaranjada que cubre mi ventana. Imagino que, en Buenos Aires, el día será igual.

Martes, 6 de agosto, aproximadamente unas dos semanas para decidir si me quedo o debo regresar, menos de doscientos pesos en mi bolsillo, una tarjeta que no debo usar, una liquidación que no cobré, un alquiler que todavía no pagué, una ilusión que por momentos me mira con melancolía como si se estuviera despidiendo de mí. Pero, aún, sigo teniendo algún que otro misterio que forma parte de esa encantadora zona oculta a los ojos ajenos. Y la convicción de que, hasta último momento, vale la pena dejar todo en el campo de batalla luchando por aquello que queremos.

Incluso aquello que no tenemos.

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