56. Tierna es la noche

noche

Miércoles a la mañana, me miro al espejo y veo mis ojos hinchados, muy hinchados del llanto de anoche. Intento poner en práctica eso de que el maquillaje hace milagros y la cosa mejora bastante.

Pero yo sigo viendo los rastros de la noche de anoche.

…………….

Martes, 7.05 p.m. Cuatro mujeres muy sobrias –entre ellas yo- pero que se ríen de cualquier cosa van en el auto de M., que está haciendo el carpooling clásico de los martes. Siempre es un viaje corto (ir de Pocitos a Punta Carretas es un suspiro cuando uno está acostumbrado a las distancias porteñas) pero intenso por lo divertido. Diez minutos de fiesta pura donde nada, ni nadie, se salva de ser alcanzado por los comentarios de la dueña del auto, una carrasquense a la que su condición de tal se le nota a leguas.

Martes, 9 p.m. Me siento –mejor dicho, me dejo caer así como caen mis lágrimas- sobre una silla en la cocina. Es el primer momento desde aquel 4 de enero donde quiero largar todo y volver a Buenos Aires. Sólo para que alguien me abrace sin hacerme preguntas y me haga sentir acompañada.

………………

Por supuesto, algo sucede entre una escena y otra. Algo que es un disparador de una bala que, además de dar en el blanco, roza en su trayectoria muchas heridas nunca cerradas del todo.

Heridas que afectan varios niveles de mi vida. Y, de repente, todo lo que hay en esa cocina donde estoy sentada desaparece y sólo puedo ver imágenes del pasado. Lejano y tan cercano que es como si lo pudiera tocar.

Se trata de uno de esos momentos que requieren ser acompañados de algo fuerte. Como yo –se sabe- no dispongo de demasiados recursos para esos consumos, acudo a una botella que tenía hace tiempo y reservaba para una circunstancia así; la quintaesencia de la bebida popular uruguaya, una botella de grappamiel. En Buenos Aires, en una situación como esta, elegiría una botella de licor Mariposa para que me queme las penas por dentro. La grappamiel es más suave, pero me siento tan ida que no me importa.

Tengo la computadora con varias ventanas abiertas pero no estoy hablando con nadie y, en realidad, tampoco estoy leyendo nada. Todo está calmo y silencioso. Creo que es porque absolutamente todo el desorden y el estruendo están en mi interior.

Escribo, de manera inconexa, sobre mil temas. Uno abre caminos hacia otros y esos otros a su vez hacia muchos más. Termino escribiendo no sólo acerca de un hecho puntual sino también acerca de muchos otros que conforman el trasfondo (el famoso contexto) de esto que sucedió. Y que no sólo lo enmarcan, sino que también lo explican. Es muy doloroso pero a la vez muy aliviador reconocer la influencia que siguen teniendo en mi vida ciertas situaciones.

Si esto fuera una película y me hicieran un plano cenital, sé que sería la imagen de la fragilidad. Y más aún si los espectadores conocieran esos pequeños detalles que la cámara no puede captar y sólo la mirada atenta advierte, como el temblor de mi cuerpo porque me siento destemplada y entra una corriente fría, muy fría, a través de la puerta corrediza junto a la que me encuentro sentada porque es el único lugar donde logro que mi computadora funcione.

Como es adentro, es afuera.

Lo bueno de estar triste en Buenos Aires es que nunca estoy tan sola en mi tristeza. Ese abrazo que ahora -sentada en la cocina y helada hasta el alma- necesito estaría allí a sólo un clic o a una llamada de distancia.

En mi vida de destierro voluntario y solitario no tengo esa adorable posibilidad. Estos minutos de mi existencia son de manera pura, dura y literal, la letra de un tema de Tom Waits.

Los minutos pasan, la cantidad de líneas aumenta, la botella se va vaciando y la angustia se sienta conmigo a ver si la podemos terminar.

……………

En estos casos, la vida es superadora de las películas, porque permite que lo que en ellas es sólo un decorado, un ambiente o un entorno adquiera una presencia y un peso que lo hace tan real como a aquellos actores a los que enmarca.

Y así, en la más profunda soledad, la noche me envuelve con ese manto de ternura que tan bien conocemos los espíritus desconsolados.

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